Capítulo 38
—¡Ahí, Wil! —Señala Damián con un dedo mientras usa la otra mano de visera como si así pudiera enfocar mejor su vista.
Al instante diviso una embarcación pesquera, debe de tener unos veinticinco metros de eslora.
El azul de su casco ahora destaca sobre el mar oscuro y grisáceo que se ha convertido en el espejo del cielo que ya se cierne sobre nosotros.
Los preciosos tonos naranjas y rojos han sido opacados por la negrura de unas nubes espesas que no presagian nada bueno.
Sin embargo, la tormenta que se avecina, al menos de momento, va a jugar a nuestro favor y el fuerte viento que ha levantado está empujando a El Diablo Vela con vigor hacia el único barco que sigue navegando en dirección a un mar revuelto que pronto será feroz.
Aun así, es imposible que con el velero pueda alcanzarlos, pero la moto de agua sí lo hará.
—¡Damián, coge el timón! Voy a buscarla.
El mar ruge cada vez más embravecido y su salvaje sonido solo es cortado por el grito de inquietud de mi amigo:
—¡¡Espera!! —Me agarra del brazo para detenerme—. No sabemos si ella está ahí.
—Tiene que estarlo, porque si no es así…
No acabo la frase, no soy capaz. El simple hecho de pensar que podríamos estar siguiendo la embarcación equivocada, que estamos navegando en una dirección errónea…
ahora mismo no es una opción. Si así fuera, querría decir que cabría la posibilidad de que jamás llegáramos a encontrar a Lola y definitivamente eso es algo que no nos podemos permitir.
Los ojos de mi amigo me explican que sus pensamientos son los mismos que los míos, eso y también hablan de preocupación, de recuerdos que ya habíamos olvidado, lo mucho que dolían, pero que han abierto una herida que nos desgarra por dentro.
Siento el viento azotar mi cara con furia mientras me sujeto a los candeleros con firmeza para no caer por la borda y observando a lo lejos la silueta borrosa del pesquero que se desliza entre las olas como un fantasma.
Damián me mira soportando las primeras gruesas gotas que golpean su rostro compungido.
—¿Estás seguro de esto?
Un trueno rompe el cielo y el silbido del viento llega como si fueran unos cantos de sirenas que nada bueno tienen en sus versos.
—No tengo opción. Esta vez no será igual. No tendrá el mismo final.
Sin pensarlo dos veces, salto. El golpe contra la moto de agua es seco y violento. Mis costillas protestan, pero en cuanto giro la llave y el motor ruge, dejo atrás todo y acelero con un gesto de muñeca. Aprieto los dientes, giro el manillar y salgo disparado entre las olas.
La tormenta se ha desatado como si el cielo mismo compartiera mi rabia. El agua cae a cubos, salpicándome la cara y nublándome la visión, pero ahora nada de eso importa. Cada ola parece un muro que debo traspasar. Cada segundo, un regalo que me concede la vida para, esta vez, no fallar.
La distancia se acorta mientras pestañeo incesante para no perder de vista ese cascarón podrido de acero que probablemente esté lleno de piratas modernos, ilusos e insensatos. ¿Creen que pueden desaparecer con ella? Se han equivocado de tipo al que robarle.
Alcanzo el arma escondida en la parte trasera de mis pantalones. Está fría. Es letal. Y estoy dispuesto a usarla.
Los metros de distancia se van desvaneciendo.
El casco del pesquero ahora ya solo parece una sombra negra contra la espuma blanca de la tormenta.
A su alrededor, el mar parece estar hirviendo.
Las luces parpadean como ojos sin alma, cegándome, sin embargo, acelero un poco más para pegarme al máximo a su lado de estribor, buscando algún punto por el que subir a cubierta.
Y entonces los veo; dos hombres empuñan sus rifles…
en mi dirección. Me han estado esperando.
—¡Hijos de puta! —murmuro, justo en el momento en que la primera bala silba junto a mi oído.
La adrenalina me atraviesa con más contundencia que el relámpago que cruza el cielo. Maniobro bruscamente, esquivando una nueva ráfaga de disparos. Las balas golpean el agua a mi alrededor como gotas de plomo. El corazón me late en la garganta. Y ahora mismo solo hay algo que está claro:
¡No puedo fallar!
Con un golpe de muñeca doy gas, hago un giro agresivo y vuelvo a acercarme. Ellos gritan algo que un espeluznante trueno devora. Uno de los hombres se asoma por la borda, apuntándome de nuevo directamente. No dudo, tampoco me tiembla el pulso, solo saco el arma de mi espalda, apunto y…
¡Pum!
La bala sale disparada y solo unos segundos después lo veo caer como un muñeco desmadejado.
—¡¡AHHH!! —Un grito de terror cruza el cielo y es capaz de cruzar la tormenta y el rugido del mar. La alegría me visita al escucharlo, aunque solo haya sido por un instante.
—¡¡LOLA!! —rujo su nombre con desesperación, buscando en la dirección en la que he escuchado su aullido de pánico.
No me responde y empiezo a desesperarme.
Cada vez el día está más oscuro, la fuerte lluvia nubla mi visión y solo cuando el cielo se ilumina con un rayo que lo atraviesa, la veo.
Todo su cabello platino, empapado, se pega a su rostro de terror puro.
Con nerviosismo se remueve sentada, tratando de apartar el cuerpo sin vida que le ha caído sobre las piernas.
Sin soltar el arma, me acerco al casco y lo advierto, otro tipo aparece corriendo en dirección a ella. No lo voy a permitir. Apunto de nuevo, disparo y el saco de escoria cae muerto a solo dos metros de Lola.
Las grandes olas se empeñan en alejarme una y otra vez, lucho contra ellas girando la moto en un semicírculo con la intención de dirigirme a la parte trasera del barco.
Voy a subir. Aunque tenga que dejarme la piel en el intento.
Una cuerda asoma colgando del costado del casco.
Está mal enrollada y no creo que muy bien asegurada.
Sin embargo, es perfecta, es mi única opción.
Amarro la moto de agua y doy un salto para aferrarme a la cuerda que está empapada. Mis manos arden resbalando por ella, pero voy con todo, soy imparable.
El mar golpea contra el barco y me sacude de lado a lado varias veces. Mis piernas se agitan como si fueran de trapo hasta que consigo encontrar un apoyo. Resbalo varias veces y finalmente trepo jadeando. Cuando mis manos tocan la barandilla oxidada, sé que ya estoy dentro.
El aire huele a pólvora, a pescado podrido y a recuerdos perturbadores.
Uno de los piratas sale de la cabina, me mira solo un instante y, sin demora, apunta.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Me lanzo al suelo. Las balas pasan rozándome y estallan contra el metal del casco. Ruedo por la cubierta resbaladiza y empapada buscando cobertura tras una pila de cajas y redes. Cojo una bocanada de aire y cuento.
Uno. Dos. Tres…
Salgo con decisión y disparo. Su pecho estalla como un globo lleno de sangre.
Cae sin un grito. Sin un quejido. Y sin detenerme, corro hacia proa.
Con los brazos extendidos, sujeto el arma con firmeza e ignoro la quemazón de los pulmones y mi corazón estrangulado.
El tiempo se ha convertido en oro. En vida. En Lola.
Cuando la veo maniatada y sentada en una banqueta al costado de la embarcación, respiro aliviado.
«¡Ya la tengo!», pienso, recibiendo una fugaz caricia de paz.
Sus ojos se abren como platos al verme y mi nombre gritado en sus labios es robado por el burdo sonido de un trueno cayendo tan cerca que puedo sentir la embarcación sacudirse. Al alcanzarla, empujo a un lado el cadáver que seguía sobre ella.
—¡Wil…! —susurra apenas en un suspiro.
—Ya está. Ya estoy aquí.
La abrazo sintiendo su gélido y pequeño cuerpo empapado como un arrullo de consuelo.
Los dientes le castañean con rudeza y su precioso rostro luce golpeado e inflamado, pero ahora mismo no tengo tiempo de pensar en ello, he de sacarla de aquí.
Busco las ataduras de sus manos y descubro con alivio un nudo marinero que conozco bien.
Lo aflojo y, sin detenerme, libero también sus tobillos.
Cuando me levanto y la encuentro llorando desolada, no puedo resistirme y pego mis labios a los suyos.
Es un beso corto, rudo, pero cargado de esperanza. No hay tiempo para más.
—Tenemos que salir de aquí —le digo separándome de su cuerpo—. ¡Ahora!
Agarro su mano y gime de dolor cuando tiro de ella, sangra del hombro y cojea de una pierna, sin embargo, ahora mismo nada importa más que el hecho de que sigue con vida. Para no lastimarla más, la rodeo por la cintura y la guío por cubierta.
Parece que un ángel nos protege cuando dos disparos rápidos cruzan el pasillo que lleva a popa y por el que avanzamos, pasan de largo sin tocarnos.
Levanto el brazo y aprieto el gatillo de mi arma.
El tipo cae por estribor y es engullido por una gran ola que parece no quedarse satisfecha solo con él.
El rizo cae sobre nosotros y he de abrazar con fuerza a Lola mientras me agarro a la baranda para no acabar en las profundidades junto al hombre que acaba de ser tragado.
—¡Hay más! —dice tosiendo debido al agua que debe haber tragado—. Están dentro. —Observa con pánico por el cristal de la cabina de mandos.
—No importa. Nosotros nos vamos ya.
La llevo hasta la proa, suplicando a quien sea que me esté escuchando que nuestra única opción de salir con vida de este lugar siga en el mismo lugar. Me asomo esperanzado y respiro aliviado al ver la moto de agua balanceándose abajo como un animal esperándome.
—No puedo. —Duda cuando la levanto de la cintura y la siento en el borde del barco para que baje por la cuerda.
—Sí puedes —respondo con firmeza—. Es esto o volver a ser su prisionera.
Siento ser tan cruelmente sincero, pero ahora mismo necesito que salgamos de aquí cuanto antes y para eso es imprescindible que crea en que puede. Me sostiene la mirada y finalmente asiente.
—Yo te sigo, pero primero tú.
La ayudo a bajar sin soltarla, sujetándola con fuerza cada vez que una enorme ola trata de arrebatármela. La altura del casco me obliga a volcar mi cuerpo sobre la barandilla y es justo en ese instante cuando siento una mordedura que me hace gritar de dolor.
Abro los ojos y me encuentro con el mar turquesa de los ojos de Lola bañados en terror absoluto, después… caigo al mar y todo se apaga.