Capítulo 37
He perdido la noción del tiempo. En esta bodega en la que me han metido no hay ventanas y solo una bombilla basculante ilumina el espacio.
Al principio el olor me parecía insoportable, ahora ya casi ni lo siento, lo tengo tan impregnado en mi cuerpo que no me ha quedado más remedio que habituarme a él.
Eso o acababa vomitando la exquisita cena de fin de año, puede que ni eso, porque siento el estómago hueco.
No es que tenga hambre, es solo que hace mucho rato que ni siquiera bebo agua.
No han querido quitarme la mordaza para absolutamente nada.
He pasado un rato sola, pero poco después de despertar apareció un hombre alto, con más músculos que Arnold Schwarzenegger en su mejor época, y colocó una silla frente a mí. Al sentarse y anclar su mirada en mí, fui consciente de la gravedad de la situación.
A ver, no es que creyera que estaba de paseíto en barco, ya estaba muerta de miedo mucho antes de que el individuo que no me quita ojo de encima apareciera. La cosa es que no me había dado cuenta de que entre sus manos llevaba un rifle.
¡¡UN RIFLE!!
Igualito al que tenía mi padre y que usaba cuando era más joven para ir de caza con algunos vecinos de Villavacas del Monte.
—Cómo echo de menos mi pueblo, tranquilo y aburrido en este momento—.
Papá dejó de usar el arma tras una huelga de hambre que Taky y yo protagonizamos a los siete años atados en la farola central de la plaza.
Bueno, en realidad solo nos saltamos la comida unas horas porque mi padre apareció, me prometió que nunca más mataría a un ser vivo y nos llevó al bar del pueblo a comer un gran bocadillo de chorizo ibérico.
«¡Céntrate, Lola! ¡Estás divagando!». Mi cabeza trata de hacerme recuperar la cordura. Llegados a este punto, creo que lo mejor que me puede pasar es llevar a mi mente a recuerdos placenteros que me ayuden a evadirme de mi horrible realidad.
«¡Voy a morir!».
El simple hecho de pensarlo me ahoga, oprime mi pecho y un temblor incontrolable me sacude entera.
«¿En qué narices estaba pensando cuando inicié este viaje?». En mi cabeza no deja de retumbar una y otra vez esa pregunta. Estoy muertita de miedo y sin poder dejar de tener en mi mente a mis padres y a Taky.
La puerta se abre sin que me lo espere, mientras divago recordando vivencias con mi familia, y brinco del susto.
Aparece una mujer con un traje chaqueta blanco impoluto, compuesto por americana y una falda de tubo por debajo de la rodilla.
Sus pies enfundados en unos zapatos de tacón tan rojos como sus labios se detienen justo en el umbral.
Mira el suelo con asco y lleva el dorso de su mano con largas uñas carmesí bajo su nariz, como si el simple hecho de tener cerca su piel pudiera paliar el hedor que desprende este lugar.
Arnold, que es así como he decidido llamar al hombre del rifle, se pone de pie y se cuadra igual que lo haría un soldado en el ejército.
—Ya estamos en aguas internacionales, llévala arriba. —Solo asiente con la cabeza, se acuclilla frente a mí y agarra mi brazo con una fuerza dañina.
Unos pasos rápidos llaman la atención de todos y una voz algo lejana habla desde el pasillo.
—Jimena, se acerca una embarcación.
El siguiente sonido es el del estallido de un guantazo, el que la mujer le arrea al hombre encapuchado que acaba de llegar.
—¡Imbécil! Más te vale que no te haya escuchado.
Al momento, entiendo que el azote ha venido causado por haber dicho su nombre, uno que almaceno con completa claridad para que no se me olvide. Si salgo de esta, podría ser útil.
—Tú, prepárala. Deprisa —exige girándose de nuevo mientras retira su cabello negro hacia atrás con suma elegancia.
Escucho los tacones alejarse mientras Arnold me desata las manos de la tubería, me obliga a ponerme de pie y las ata de nuevo en la espalda.
—¡Quieta! —gruñe cuando por tercera vez basculo y casi caigo con el vaivén del barco que se mueve cada vez más.
Tengo una de las piernas dormidas debido a la postura en la que he estado todo el tiempo y casi no la siento, pero en la otra, sí puedo notar cómo el agua asquerosa que bañaba todo el suelo resbala por mi piel hasta los pies descalzos que van chapoteando mientras camino para salir de la bodega.
Inspiro con fuerza cuando el aire fresco cargado de olor a salitre me envuelve.
Sin embargo, no ayuda a paliar lo más mínimo el terror que me está consumiendo.
«¿Cuánta gente debe de yacer en el fondo del mar sin que lo sepamos?». Pienso cuando mis ojos asoman por la cubierta y el océano se divisa. Frente a mí está LA MUJER, con todas las letras en mayúsculas. Parece sacada de una telenovela y sin duda es la villana de la historia.
Dos hombres la custodian sujetando rifles, no están tan fuertes como Arnold, pero poco tienen que envidiarle.
Son soldados. Van vestidos con pantalones negros con bolsillos a los lados y camisetas del mismo color.
Sus botas se agarran con firmeza a la superficie desgastada de la embarcación cuando el mar nos sacude con una fuerte ola, ni se inmutan.
Ella tampoco. Su cuerpo se mantiene estoico y erguido, con elegancia, a pesar de estar alzado sobre unos tacones de vértigo.
Sin embargo, yo me tambaleo hacia un lado y mis pies mojados resbalan.
De forma irremediable, caigo de bruces al suelo sin que nadie lo evite.
El golpe es grotesco y grito un gemido de dolor al sentir el impacto en el hombro y justo después en la mejilla.
Es contundente y seco. Me deja sin aliento y provoca que un aluvión de lágrimas se derrame.
Ovillada en el suelo, lloro por el dolor y también consumida por un terror que recorre cada partícula de mi ser.
El marcado acento mexicano de La Villana corta el silencio:
—Pajarillo —Abro los ojos estupefacta a la vez que un trueno atraviesa el cielo—, tienes dos minutos para transferir toda tu nueva fortuna a esa cuenta. —Chasquea los dedos y Arnold se aproxima, arranca de un tirón el esparadrapo de mis labios y aúllo de dolor.
Cuando abro de nuevo los ojos, me encuentro con un ordenador portátil delante de mi cara que no tengo ni idea de dónde lo ha sacado. Yo solo puedo pensar en una única cosa:
«¿Ha dicho pajarillo?». Pienso sintiendo como si me clavaran un cuchillo en el pecho y me atravesaran el corazón con él.
Sin poder ni moverme, rota por completo, tirada y magullada en la cubierta de este barco pesquero, la conversación que mantuve por teléfono con Taky me sacude de nuevo y recuerdo con claridad lo que le dije:
—Son unos profesionales. He firmado un contrato con una empresa, es todo legal y está bien hecho. Taky, no me he embarcado en un barco pirata y voy a la deriva con narcotraficantes.
«¡¡Pueblerina ilusa!!». Me grito a mí misma mientras el apelativo que Wil ha utilizado desde el principio para dirigirse a mí se repite como un mantra destructor resonando en mi cabeza.
—¡Vamos! ¡No tenemos todo el día, pajarillo! —El apelativo me hace regresar a mi espeluznante presente.
No tengo muy claro cómo ha ocurrido, pero ahora estoy sentada, frente a una pequeña mesa de madera vieja y con un ordenador delante. En la pantalla se lee: «Introducir número de cuenta» y justo debajo una cifra: 1.000.000€.
Todo el vello de mi cuerpo se eriza cuando una fuerte ola sacude la embarcación y la luz de un relámpago resplandece en un cielo plomizo que no augura nada bueno.
Mi llanto es silencioso e imparable, ahora mismo solo hay una única certeza:
Este es el fin de mi vuelta al mundo en velero.