Capítulo 36
—Renata, ¿sabemos algo? —pregunto en cuanto descuelgo el teléfono.
—Tenemos una pista, Wil.
Mi hermana nos está ayudando a encontrar a Lola. Conocemos a muchos capitanes y marineros que también trabajan con embarcaciones de recreo y llevan a los turistas a pasar el fin de año a fiestas como la de hoy. Así que le he pedido que llamara a todos, absolutamente a todos.
Alguien tiene que haber visto algo. Lo que sea. Una mujer no puede desaparecer como por arte de magia. Y mucho menos Lola, con ese llamativo vestido dorado y centelleante, ella no pasa nunca desapercibida.
En la fiesta debía de haber más de doscientas personas.
Al principio, Damián y yo hemos ido preguntando a todos los que podíamos y cuando ha llegado Daniel, el agente de policía, nos ha tomado el relevo junto con el resto de compañeros.
Pedirme que me mantuviera al margen ha sido como pedirle a un perro hambriento que no muerda el bocado que tiene frente a él. ¡Absurdo!
—¿Y bien? —Me impaciento debido a los segundos de silencio de mi hermana.
Unos que solo hacen acrecentar mi nerviosismo. El temblor en las manos llega de forma violenta y he de apretar con fuerza el timón y el móvil para no perder el control.
—Han visto salir un barco pesquero en dirección noroeste. Lo curioso es que lo ha hecho desde la playa colindante a la de la fiesta y no desde el muelle.
—Esas embarcaciones no pueden acceder a las playas.
—Exacto.
—Son ellos.
—Wil, creen que podrían ser…
—Renata, ve al grano, no tengo tiempo que perder —exijo mientras retomo el rumbo en dirección noroeste.
—Podrían ser piratas —susurra con voz estrangulada.
—¿En tierra firme? ¿Qué les ha traído hasta aquí? —Otro puto silencio que solo consigue empeorar mi nerviosismo—. Renataaa… ¡Habla, por Dios!
—Wil, Lola en su país es bastante conocida.
—¿Qué significa eso?
—Pues que ha salido en la prensa y… toda España sabe quién es.
—¡¿Qué?! ¿Por qué? —Resopla agobiada y mi furia se multiplica. Imagino por dónde va, pero quiero que me lo cuente ella. Desde que Lola contrató el viaje, todo son mentiras o verdades ocultas y ya estoy harto—. ¡¡Suéltalo, Renata!! —alzo la voz exaltado.
—A Lola le tocó la lotería. Pasó de ser una chica de pueblo normal y corriente a millonaria en un día.
—¡¡Millonaria!! ¿Cuánto le tocó? ¿Lo sabes?
—He encontrado varias revistas y vídeos en los que sale ella delante de una administración de lotería con el número ganador en la mano. Todos los titulares dicen: «La mujer que confió en El Diablo y se hizo rica».
—¿El Diablo?
—El número ganador fue el seiscientos sesenta y seis.
—¡Tócate los huevos! —Se me escapa una risa irónica porque realmente es paradójico y hasta tiene un punto cómico.
El destino puede llegar a tener un humor muy negro y jodidamente retorcido.
—Wil, ¿crees que se han podido enterar de que le tocó la lotería y por eso se la han llevado?
—Si saben que tiene tanto dinero, querrán un rescate.
Renata empieza a llorar y oírla me estrangula la garganta. Odio saber que se siente mal, asustada. No es para menos.
«¿¡Cómo he podido ser tan gilipollas!?». Todo es mi culpa. Nunca debí perderla de vista.
Ya debería haber aprendido la lección, pero está claro que con una vez no he tenido suficiente y la hija de puta de la vida me la está volviendo a jugar.
Si lo que imaginamos se confirma, Lola está en serios problemas y su vida ahora mismo pende de un hilo.
El porcentaje de rescates tras un secuestro no es muy alentador.
Cuando alguien desaparece en altamar, la esperanza se vuelve un lujo.
No es que en estas aguas haya muchos piratas, bueno, así los llamaban años atrás.
Hoy nadie lleva parche en el ojo ni un loro en el hombro, pero siguen robando y asaltando en alta mar.
Ahora más bien se les conoce como contrabandistas, bandidos, traficantes...
da igual el nombre. Cuando te apuntan con un arma en medio del océano, todos son igual de peligrosos.
Lo que más me preocupa es que se hayan aventurado en tierra firme.
Es inusual. Es mucho más fácil en mar abierto.
Te roban todo lo que tienes y te dejan a la deriva.
Pueden pasar días, incluso semanas, hasta que alguien te encuentra, y cuando eso ocurre, ellos ya están en aguas internacionales, siendo inmunes a la ley.
—Renata, por favor, no llores más. La encontraremos, te lo juro.
—Estoy asustada, Wil. No soportaría que le ocurriera algo a ella también y mucho menos que tú…
—Yo estaré bien. Sé cuidarme solo.
—Pero…
—Necesito que llames a Daniel —la interrumpo porque si seguimos por ahí no sé si lo soportaré—. Tienes que explicarle lo mismo que me has contado a mí, él sabrá qué hacer.
—Está bien.
—Te dejo, he de hablar con Damián.
—¡¡Wil!! —grita sabiendo que voy a colgar—. Prométeme que volveréis los tres.
—Esta vez no será igual, te lo juro.
—Te quiero, hermano.
—Y yo a ti… —guardo silencio un segundo para poder tragar la bola de emociones y finalmente me despido—, también te quiero, Renata.
Sin demora, le envío un mensaje a Damián con la ubicación de El Diablo Vela y en menos de diez minutos llega con la moto de agua. Nos miramos fijamente y no hace falta añadir nada.
—¡¡JODER!! —grita furioso, golpeando con el puño sobre el manillar.
—Nos la llevamos. —Le lanzo un cabo para que amarre la moto al velero.
—¿Qué sabemos exactamente? —pregunta una vez a bordo.
—Posibles piratas, dirección noroeste.
—Icemos la vela mayor, el viento va a nuestro favor.
—Pero el cielo no —susurro solo para mí mientras él se aleja para soltar cabos y desplegar la vela en el mástil.
«Malditos viejos marineros». Pienso inquieto viendo el nuevo color que está tomando el cielo. Allí donde se veía teñido de un bonito tono rojizo, ahora empieza a oscurecerse a pesar de que el sol ya ha despuntado.
Y tal y como decía mi padre: « cuando el tono coral inicia el día, la tormenta despierta y se acerca» .
Solo que esta vez no viene… nosotros nos dirigimos a ella.