Capítulo 35
Todavía sigo sin creerme que haya aceptado que se viniera conmigo. Cuando Lola se entere, se va a enfadar muchísimo. No he tenido el valor de explicárselo y me siento fatal por ello, pero no es tan sencillo.
—Mantecón, eres único. —Se ríe a boca llena mi compañero de piso cuando Florencio le explica que montaba vaquillas de pequeño.
Sí, has leído bien: FLO-REN-CIO.
El mismito y en persona, con toda su planta en traje, ahora ya sin la americana, con la camisa algo desabotonada y su cabello azabache tan perfectamente engominado como al principio de la noche.
¿Que por qué lo llaman Mantecón?
Verás, el pobre tiene un nombre tan horrible como el apellido, pero este segundo parece que es mejor opción. O al menos eso decidió él cuando llegamos a Barcelona.
¿Qué hace en Barcelona?
Me encantaría decir que es una laaarga historia y que incluye una gran tragedia que lo justifica todo, sin embargo, se resume en unas pocas líneas, aunque he de reconocer que algo de drama sí que tiene.
Sí, sí, sé que lo estás deseando, así que te explico:
El taxi que me iba a llevar a Madrid para coger el vuelo a la Ciudad Condal esperaba en la puerta de casa. Eran las cinco de la mañana y la noche de antes ya me había despedido de mi familia con el mismo entusiasmo de siempre:
—Mañana me voy temprano —les dije mientras cenábamos—. Fin de año lo celebraré en Barcelona.
—Que tengas buen viaje, Eustaquio —respondió mi abuela mientras el resto siguió sorbiendo la sopa como si en vez de usar cuchara estuviera cenando con una cañita.
La abuela es la única de mi familia que no sabe que soy gay y también la única que sigue empeñada en llamarme por mi nombre real. Sí, Taky es una abreviatura que inventé y que me ha salvado de muchas humillaciones.
¿Quién en su sano juicio le pone Eustaquio a un hijo?
Ya te respondo yo; alguien que no tiene mucho interés en preocuparse por el bienestar social y mental de esa persona.
Ahora mismo ha hablado mi rencor. Es algo que tengo que trabajar… ¡Lo sé!
Para ser sincero, no tiene nada que ver con querer joderme la vida, la verdad es que soy la cuarta generación de Eustaquios de mi familia, todos ellos grandes toreros, menos yo, claro.
Creo que a mi padre le sentó peor que le dijera que yo no pensaba matar toros en un ruedo que cuando salí del armario y me confesé homosexual.
Quizá ya estaba tan decepcionado conmigo que mi sexualidad fue solo un añadido.
El caso es que yo tenía mucho de artista, pero no me veía con un traje de luces en una plaza de toros.
Bueno, volvamos al taxi. Tranquila, no me he olvidado.
Salí de casa a las cinco de la mañana, algo apresurado, porque hacía unos minutos que escuchaba el ruido del motor en la puerta y el amable conductor me recibió con un «buenos días» que llegó acompañado de una bocanada de humo de su cigarrillo que me sentó peor que un trago de cianuro en ayuno.
Le entregué la maleta y, subiendo la bufanda para cubrir un poco el rostro del gélido frío, me subí al coche.
Dentro, la temperatura era más agradable, pero estaba más frío que un cubito, así que empecé a frotar las manos con fuerza entre ellas para entrar en calor cuando lo escuché…
En ese momento, lo que se congeló de verdad fue mi corazón, que se detuvo en seco ante la incredulidad.
—¡Buenos días!
Del susto, boté en el coche y me golpeé la cabeza con el techo. Maldije a todas las vírgenes y cuando conseguí recuperarme, ya se había subido el taxista frente al volante.
—¡Pare! Él se queda aquí —rogué cuando empezamos a avanzar.
—Puede continuar.
El vehículo aminoró y, solo un instante después, tras la orden de mi acompañante inesperado, volvió a ganar velocidad.
—¿Se puede saber qué narices estás haciendo?
No esperaba que respondiera enseguida y mucho menos lo que dijo.
—Ir a Barcelona… contigo.
—¿Conmigo? —Empecé a reír porque, sin duda, era el mejor chiste que me habían contado nunca.
La carcajada se cortó de golpe cuando Florencio puso su mano sobre mi brazo.
«¿Me está tocando?», pensé tratando de arreglar el cortocircuito cerebral que estaba sufriendo. La cosa empeoró muuucho.
Deslizó su mano hasta llegar a la mía y la apretó un poco, fue como un reclamo para que lo mirara.
Dejé de observar nuestros cuerpos en contacto y levanté la vista, lo que encontré me dejó sin palabras.
Bueno, eso no es verdad, a mí nada me deja sin palabras, pero sí fue una de las imágenes más inesperadas que probablemente veré nunca.
Los ojos de Florencio estaban muy hinchados y rojos, de ellos no dejaban de caer lágrimas enormes que humedecían su cincelado rostro y, antes incluso de que se explicara, dentro de mí ya se rompió algo cuando su barbilla tembló sin contención.
Ese hombre que tenía delante no se parecía en nada al que se había criado conmigo en Villavacas del Monte.
Nada quedaba de ese joven altivo y engreído.
Toda la confianza que había destilado por cada poro de su fornido cuerpo se había evaporado.
Frente a mí solo había alguien desquebrajado, roto.
—Te lo ruego, deja que me vaya contigo —susurró suplicante—. No lo soporto más, si me quedo, creo que solo hay dos opciones en mi vida; o acaban conmigo o al final seré yo el que ponga fin a esta tortura.
El taxi tomó la última curva y dejó atrás el pueblo mientras los ojos llorosos de Florencio me imploraban que le salvara del que se suponía que era nuestro hogar —y que ahora me daba cuenta de que para él tampoco lo había sido nunca—.
Una parte de mí recordó esa sensación, esa en la que te sientes totalmente incomprendido en un lugar en el que jamás encajarás y siempre serás el bicho raro.
Coloqué mi otra mano sobre la de él, que seguía apretando la mía cada vez con más fuerza, y le hice la pregunta del millón:
—¿Tienes a dónde ir cuando llegues a Barcelona? —Negó con la cabeza y, apoyando el codo en la puerta, ocultó su rostro compungido bajo su mano libre.
Florencio huía de Villavacas del Monte con la persona que más había rechazado e increpado durante toda la vida y eso solo tenía una lectura:
¡Estaba desesperado!
Y bueno, aunque no lo soportaba porque era un tremendo presuntuoso, mata toros y pone cuernos a mi mejor amiga, algo dentro de mí me dijo que si estaba en ese coche debía ser porque realmente lo necesitaba muchísimo.
Un Florencio cuerdo y entero jamás se habría rebajado al nivel de suplicar ayuda a su archienemigo de la infancia.
—Puedes venir conmigo —sacó su cara del escondite de su mano y me miró esperanzado—, peeero… en cuanto pase fin de año, te quiero ver buscar trabajo y piso como si no hubiera un mañana. En menos de un mes te quiero fuera de mi casa.
—Así será —sentenció solemne, colocando su mano encima de la mía y creando una montaña de dedos enredados y sensaciones muy extrañas. Su pulgar acarició mi dorso y una corriente incómoda me recorrió mientras añadía—: No sé cómo podré devolverte este favor, pero lo haré.
—Florencio…
—Gracias —me interrumpió—. Muchas gracias.
Después de eso se lanzó sobre mí y… me abrazó.
Me quedé más de piedra que el David de Miguel Ángel.
Me rodeaba con fuerza cuando escuché el primer sollozo.
No sabía qué había ocurrido, lo que estaba claro es que había sido lo suficiente fuerte como para acabar con él.
Me sentí mal y finalmente yo también le abracé, lo hice sin prisa, hasta que su llanto se calmó y él mismo tomó la decisión de volver a su rincón del asiento trasero del taxi.
¡Y aquí estamos! En la fiesta que hemos organizado en el piso que comparto con dos amigos y a la que han venido como treinta más.
Casi todos son del ambiente LGTBI+, así que estaba muy preocupado por cómo actuaría el cromañón pueblerino que me traje de Villavacas del Monte.
Una vez más me ha sorprendido. Resulta que Florencio sabe ser divertido y agradable, algo que me tiene la mar de perturbado y que a su vez agradezco enormemente.
Me encuentro con una sonrisa que borro de un plumazo antes de que me vea alguien observando a mi archienemigo de la infancia y vuelvo a marcar el número de Lola. Cuando no lo coge, reviso la hora una vez más.
—¿Va todo bien? —me pregunta Florencio acercándose.
—Estoy llamando a Lola y no lo coge.
No hemos hablado de nada de lo ocurrido con mi amiga, bueno, en realidad conversamos poco, él es parco en palabras y yo… nunca sé qué decirle.
—¿Qué hora es allí?
—Hay seis horas más que en España.
—Seis, cinco, cuatro… —Empieza a contar con los dedos y ruedo los ojos al verlo.
—Florens —le interrumpo con la abreviatura que siempre he usado para dirigirme a él porque sé que le molesta un huevo y parte del otro.
¿Qué? Le he ayudado, pero eso no significa que ahora sea un mansito con él.
Sujeto su mano para que deje de hacer el idiota y le doy la resolución.
—Allí hace unos quince minutos que han dado las doce.
—Estará celebrando la entrada del año. No creo que esté pendiente del móvil.
—Lo cierto es que ya hemos hablado justo después de nuestras campanadas.
—Estará bailando con El Diablo. —Medio sonríe cuando pongo cara de sorpresa—. No soy sordo, Taky.
—¿Espías mis conversaciones?
Suelta una carcajada y un puñetero calorcito me recorre. Estoy empezando a preocuparme con esta nueva sensación que crea el renovado Florens en mí. No quiero pensar mucho en ella, así que trato de centrarme en la conversación.
—¿Qué te hace tanta gracia?
—Pues que tú no sueles hablar, más bien gritas, es imposible no escucharte. —Me coloca la mano sobre el hombro y no puedo evitar preguntarme: ¿Por qué narices me tiene que tocar constantemente?—. Taky, estará bien, seguro.
Su afirmación, por mucho que me joda reconocerlo, es justo lo que necesitaba oír. Estoy siempre preocupado por Lola, ese viaje es una puta locura.
—Venga, acaba de disfrutar de la noche. —Sonríe con suavidad.
Le da un último apretón a mi hombro y se gira para dirigirse a un grupo que charla entre risas. Observo cómo entra en la conversación y me sorprende lo fácil que le resulta.
—Es el jodido cromañón más sexy que he visto nunca —dice Pau, mi compañero de piso.
—No digas gilipolleces. ¿Tú lo has visto bien? Es tan pueblerino que casi le prohíben la entrada en el aeropuerto del Prat.
—Puede ser todo lo que tú quieras, pero ese hombre ha conseguido que te quedes embobado mirándolo más tiempo del que eres capaz de reconocer.
—Eso es porque me sorprende que alguien tan paleto sea capaz de entablar conversaciones normales.
—¿Sí? ¿Estás seguro de que no le quitas el ojo de encima por eso?