Capítulo 34
Cuatro horas antes de la desaparición
Camino entre la gente sintiendo que levito y con la absoluta certeza de que es la mejor noche de mi vida.
Cuando he visto a Damián, por un momento el corazón, que bombeaba con más fuerza que nunca en mi vida, se ha detenido en seco.
—¡Por fin os encuentro! —nos ha interrumpido con su habitual tono cargado de buen rollo y sus rizos rubios más despeinados que de costumbre.
No quería que discutieran, así que me he separado rápido de Wil, pero… no he soltado su mano. Ni siquiera me he dado cuenta. Estaba tan cómoda sintiendo su calor pegado a mi palma que solo he sido consciente de ello cuando he visto la mirada de Damián bajar hasta ese punto.
Para entonces, ya tampoco podría haberme soltado: El Diablo ha hecho acto de presencia, ha reclamado mi cuerpo apretando mis dedos con más fuerza y ha tirado un poco para volver a acercarme a él.
Esa necesidad de posición debería incomodarme, sin embargo, solo ha servido para reactivar mi corazón con la misma fuerza que hacía un instante.
Ver sonreír a Damián con ese gesto canalla y sin reproches me ha gustado. Que nos invitara a regresar para continuar con la fiesta aparentando normalidad, como si no fuera una bomba que Wil y yo estuviéramos cogidos, ha conseguido que le tenga aún más cariño.
La noche estaba llenita de sorpresas alucinantes.
Spoiler : En ese momento no tenía ni idea de cuántas me esperaban.
La primera de ellas llegó en la pista y al son de la música. No tengo muy claro si en el inframundo se baila bachata, pero El Diablo mueve las caderas de una manera tan ardiente que solo deseas ser consumida por sus llamas.
«¡¡Por todas las virgencitas, qué hombre!!».
Wil llevaba una camisa de lino blanca sujeta por un único botón.
«¿Para qué abrocharlos todos si puede ir medio desnudo alegrando la vista de todas?», pensé sin poder contener la risilla.
Su pecho tostado por el sol caribeño, ese pequeño vello suave y rizado bajando por todos esos abdominales y perdiéndose bajo el ombligo…
me estaba quedando majareta. Cada vez que se dejaba caer en el respaldo de la silla durante la cena, la vista se me iba a su pectoral y tenía que gritarme mentalmente que debía volver a la conversación con Damián y su divertida camisa de flores hawaianas.
Pero todo no quedó ahí, la vida estaba dispuesta a hacerme infartar una y otra vez.
Bailando, la camisa se soltó y ¡para qué abrocharla si puedo seguir torturando a Lola!
No solo me sorprendieron sus pasos de bachatero experto, también su humor. Nunca había visto a Wil tan contento y relajado. No dejaba de susurrarme lo guapa que estaba y lo bien que bailaba.
La verdad: lo hacía fatal, pero me pareció encantador que me halagara a pesar de mi enorme descoordinación.
Le pisé mil veces, resbalé otras cuantas y no caí de bruces al suelo porque él en ningún momento me soltó.
Te aseguro que fui Lola Flores del Campo en todo su esplendor.
Di codazos en cada tropiezo y le tiré la copa a un hombre que solo pasaba por allí.
Damián acudió al rescate rápido y le invitó a otra.
Mientras tanto, yo no dejaba de hacer el ridículo con mi habitual torpeza.
Wil no dejó de reír y repetir que era imposible ser tan inestable estando en tierra.
En ningún momento me llamó pajarillo, y eso me encantó.
Agotada y muy sudada, decidí descargar la vejiga y aprovechar para refrescarme en el baño.
Sentí la mirada de Wil mientras me alejaba, era esa energía que parecía crearse cada vez que el uno buscaba al otro.
Una que, en la orilla del mar, mientras nos besábamos, se había multiplicado por mil y nos había robado el sentido por completo.
Jamás había sentido algo así, tan magnético e irremediable.
Era como si estuviéramos envueltos en una especie de magia ancestral que nos empujaba hacia el otro sin que pudiéramos hacer nada para evitarlo.
Sentí la necesidad consumiendo mis entrañas y solo podía paliar esa urgencia con mis labios pegados a los suyos.
Me estaba retocando el pintalabios en el espejo cuando la ventana entornada se abrió sin previo aviso y me golpeó en la cabeza.
Miré hacia el lado, aturdida, gimiendo de dolor, y antes de que pudiera gritar de terror, ya tenía algo sobre la nariz y la boca que olía a medicamento. Un instante después… oscuridad.
Hace un rato que he recobrado la conciencia. Antes incluso de abrir los ojos ya he sabido dónde estaba —sentía el ir y venir de las olas—, es un barco.
A pesar de la poca luz, puedo certificar que no es un velero de recreo. Aquí huele a pescado muerto y a mar rancio. El suelo está algo encharcado de un agua sucia que danza de un lado al otro con cada movimiento. Y…
¡Estoy aterrada!
Me han amordazado y mis manos están atadas en una tubería.
También tengo anudados los tobillos y mi precioso vestido está desgarrado en un lateral.
La ansiedad y el miedo me consumen y no puedo parar de gritar con todas mis fuerzas.
No sirve de nada con el precinto que me han colocado sobre la boca, aun así, ¿qué otra cosa puedo hacer?
A mi alrededor hay montones de cajas azules apiladas y creo que están llenas de hielo, el ambiente es frío. La deducción me lleva a pensar que estoy en un barco de pesca. No tengo ni idea de cuánto rato hace que navegamos, solo espero que no se hayan alejado mucho de la costa.
Un pánico atroz se ha apoderado de mí y no puedo dejar de llorar. La conversación que tuve con Taky hace unos días me martillea la cabeza sin descanso:
« México es precioso, sí, pero también es uno de los países con mayores índices de corrupción del mundo.
¡Sale en todos los informes! Entre narcos, robos, policías comprados y políticos que se tapan entre ellos…
no puedes andar por ahí contándole a cualquiera que te has hecho millonaria. ¡¡Te pueden secuestrar, Lola!!».
Ya no estoy en México y tampoco le he contado a nadie más que me ha tocado la lotería…
Pero sí.
Me han secuestrado.