Capítulo 33
—Wil, detente. ¿En qué coño estás pensando?
Damián trata de arrebatarme el arma de las manos, pero no se lo permito.
—¡Aparta! —grito, al borde de la histeria.
—No voy a dejar que cometas otra estupidez, esta vez no.
Deslizo la corredera y cargo la recámara. Un clic seco retumba en el aire. Apunto a su pecho.
—¡Sal de mi camino!
—¿Me vas a disparar? ¿Sí? ¡¡Vengaaa…!! ¡Hazlo! Eso te ayudará a encontrarla mucho más rápido. ¡Maldito idiota! —grita fuera de sí Damián.
Bajo el arma sabiendo que tiene razón, esta no es la solución.
Me dejo caer en la cama y apoyo la cabeza en mis manos sin soltar la pistola.
Al levantar la vista, miro por el portillo de mi camarote, ese por el que entraba la luz que ayer bañó todo el cuerpo desnudo y precioso de Lola, y veo cómo el sol empieza a despuntar de nuevo, anunciando el primer día de año.
Una vez más miro el reloj y un puñal se me clava en el pecho al verificar que ya hace casi cuatro horas que Lola fue al baño y… no ha regresado.
Tras los primeros diez minutos empecé a impacientarme y Damián se rio de mí cuando le dije que estaba tardando demasiado y que iba a buscarla.
Trató de calmarme asegurando que debía haber cola en el aseo y quise ser racional.
No podía dejar que mis sombras del pasado me arrasaran el presente.
Respiré hondo e intenté relajarme. La noche estaba siendo fabulosa y mis traumitas no la iban a joder.
Le di un buen trago al cóctel y seguí moviendo el pie al ritmo bachatero.
El problema es que donde hubo, retuvo, y no pude evitar seguir controlando el pasillo de acceso a los baños de reojo. Vi a una chica entrar y solo cinco minutos después salir. Lola hacía casi veinte que no aparecía.
Todas las alarmas saltaron.
No me molesté en decirle nada a Damián, solo salí a la carrera en dirección al pasillo. Apartaba a los bailarines de la pista a empujones y sin remilgos.
Algo no iba bien, podía sentirlo en el pecho.
No sé por qué no le hice caso a mi intuición desde el primer momento.
Juro que quise acompañarla, pero miré a Damián y pensé que una vez más estaba siendo un exagerado.
Con Renata me pasaba constantemente, la controlaba tanto que, a veces, terminaba asfixiándola, y no quería que Lola se sintiera así.
«¡¡Idiota confiado!!». Eso es lo que fui.
Esa misma mañana la habían tratado de robar delante de mis narices y llegaba la noche, en una fiesta llena de gente y turistas desconocidos, y la perdía de vista.
«¡Idiota de manual!».
—Hay dos patrullas peinando la zona, la vamos a encontrar. —Trata de calmarme Damián, pero puedo sentir en el tono de su voz que está tan acojonado como yo.
Nosotros ya hemos recorrido cada puto rincón y nada, se ha volatizado.
—¿Y si ya no está en la isla?
—Tiene que estar, Wil. —No es una afirmación, es más bien una súplica.
Está tan preocupado como yo, para él Lola también es muy importante.
—Deberías guardar esa arma antes de que algún agente aparezca.
—No me va a ver nadie con ella porque nos vamos.
Me pongo de pie, me coloco la pistola en la espalda, sujeta en la cintura del pantalón, y la tapo con la camisa. Sin demora, subo a cubierta y de un salto bajo al muelle.
—Wil, ¿qué estás haciendo?
—Ayúdame con estos cabos. —Se los lanzo para que los recoja—. Si se la han llevado en alguna embarcación, no estarán muy lejos.
—Pueden haber ido en cualquier dirección.
Me yergo para mirarlo cuando baja al muelle y se coloca a mi lado.
—Otra vez no, Damián, no lo soportaré.
Se me queda mirando un largo rato y entonces coloca una mano sobre mi hombro y, tras asentir con la cabeza, añade:
—No perdamos más tiempo. Coge el timón y enciende el motor para salir del embarcadero. Yo suelto el último cabo —le susurro un gracias y me subo a El Diablo Vela con rapidez para ponerme en marcha.
—Listo, vamos, Damián.
—Ve con el velero en dirección norte, yo iré a buscar la moto de agua y peinaré la zona opuesta de la isla. Si nos dividimos, tendremos más posibilidades.
Coloco las manos sobre el timón sin dejar de sentir el temblor en ellas. Hacía años que no me ocurría. Aprendí a controlarlo, sin embargo, ahora mismo no me voy a preocupar por ello, solo puedo pensar en encontrar a Lola.
Sé que ir a buscarla puede ser en vano, claro que lo sé.
Hace horas que le perdimos la pista. Nadie la vio salir del baño, y no nos engañemos, no es una mujer que pasa desapercibida.
Estoy convencido de que la sacaron por la ventana.
El dueño del restaurante asegura que siempre está abierta para ventilar.
La suelen dejar entornada, pero cuando he llegado al aseo y he abierto la puerta de una patada, la he encontrado de par en par.
Esa ha sido la primera señal de alarma, la segunda, lo que brillaba en el suelo.
El collar que tejió la viejita con la concha nacarada estaba ahí tirado.
Lo he recogido antes de que la policía lo viera, de él no sacarán nada en claro, no al menos esta noche.
Además… si no aparece, quiero conservarlo.
No debo pensar en ello, no me lo puedo permitir, he de mantenerme cuerdo, si voy por ese camino, perderé la cabeza por completo. Así que me centro en lo más importante, tengo que encontrarla.
El sol ya ilumina la mañana, tiñendo el cielo de un rosa intenso, como una herida abierta en el horizonte. El recuerdo de mi padre llega claro y sus palabras también:
«Cielo rojo al anochecer, buen tiempo al amanecer. Cielo rojo por la mañana, se avecina tormenta temprana».
La angustia crece y, por primera vez, deseo que sus palabras solo sean estúpidas habladurías de marinero.