Capítulo 32
Hay besos que cuentan historias. Historias de almas perdidas que necesitaban encontrarse. De momentos ya vividos… y olvidados.
La explosión del primer fuego artificial hace brincar a Lola y se abraza con fuerza a mi cuerpo mientras con la mirada busca y trata de entender qué sucede.
El cielo se ilumina con una segunda explosión y centellean miles de chispas de colores.
Su risa de felicidad me abraza con más fuerza que sus propios brazos y por primera vez en mi vida… me siento en casa.
Las luces del cielo se reflejan en el turquesa de sus ojos y crean preciosos brillos en sus iris. No puedo evitar pensar en lo afortunado que soy en este instante, nadie excepto yo, está siendo testigo del espectáculo más bonito, el que se refleja en su mirada.
—Sirena, me has dejado sin palabras —confieso en su oído.
Se gira a mirarme y sonrío al ver la arruguita que se forma entre sus cejas.
—Lola, cuando te he visto con este vestido, el pelo recogido y… ¡joder!, esos labios rojos tan apetecibles, casi pierdo los papeles y te llevo de nuevo a mi camarote. —Una carcajada se le escapa, pero se corta en cuanto añado—: Lo siento.
—Wil…
—No, espera —resoplo con frustración y trato de explicarme—. No lo entiendes, tú eres…
—¡Por fin os encuentro! —interrumpe Damián, muy inoportuno.
Lola se separa de mí, pero no suelta mi mano. Mi amigo baja la vista hasta el punto en el que nos mantenemos unidos y su labio se alza un poco en una débil sonrisa que provoca una mayor en ella.
—Venga, ¡vamos a bailar! Nos estamos perdiendo la fiesta.
En ese momento, como si la palabra «fiesta» fuera un interruptor que todo lo enciende, la música suena. La escucho con una canción ya a medias, así que debía de estar sonando antes de que fuera consciente de ello.
—¡Oh! Me encanta esta canción —explica con emoción y sorpresa Lola, a la vez que se mueve y camina hacia el bullicio de gente que se deja llevar por esta bachata tan conocida.
No me suelta, más bien tira un poco de mí, mientras conversa con Damián de lo alucinantes que han sido los fuegos artificiales. Está exultante, preciosa, perfecta.
Una vez alcanzamos la pista, llega una morenaza y, sin dudarlo, agarra a mi amigo de la camisa y tira de él hasta pegarlo a su cuerpo. Bailan con descaro restregando sus cuerpos mientras Lola los mira alucinada.
—¿Aquí todo el mundo baila así? Esto parece un Flashmob bachatero. —Ambos nos reímos mirando a la multitud.
—Solo faltas tú.
—¡Oh! Nooo… no tengo ni idea de cómo se baila esto.
—Yo te enseño. —Tiro de su mano que sigue unida a la mía, pero siento resistencia y me giro a ver qué ocurre.
Sus ojos están abiertos como platos y la boca acaba de convertirse en un aeropuerto de moscas.
—¿Tú… bailas? —Una gran carcajada se me escapa.
Con facilidad, la hago moverse haciéndola girar sobre su propio cuerpo hasta llegar a colisionar con su espalda en mi pecho.
—¿Lista para mover las caderas? —Coloco las manos en ese punto y las acaricio. El roce la hace cerrar los ojos un instante y, en cuanto la veo recomponerse, vuelvo a hacerla rotar para ponerla de frente a mí—. Solo déjate llevar.
Y lo hace, sin dudas, sin preguntas, solo con la sonrisa más auténtica que he visto nunca dibujada en el rostro de alguien; se deja guiar canción tras canción.
—Wil, no puedo más. —Ríe después de una vuelta.
—Pidamos un cóctel para refrescarnos.
Rodeo su cintura y caminamos hasta la barra, al llegar a ella nos encontramos a Damián.
—¡¡Leona!! Te sienta bien hasta el sudor.
No puedo estar más de acuerdo con él. Una fina capa cubre todo su cuerpo, el rostro, el escote y hasta los brazos, la humedad aquí provoca eso, y a ella le sienta de vicio. Mi mente solo puede pensar desde hace un rato en tenerla igual de sudadita, pero en mi cama y sin ropa.
—¡Eres un zalamero! —Golpea el pecho de Damián con cariño—. Chicos, voy al baño un momento mientras pedís.
Ambos asentimos y, como dos idiotas, nos la quedamos mirando mientras avanza entra la multitud.
El vestido se ciñe a su cuerpo como una segunda piel, está lleno de lentejuelas doradas que me recuerdan a las escamas de la cola de una sirena.
Al verla por primera vez, he sentido que infartaba.
No dejamos de observarla, nosotros y todos los hombres del lugar, hasta que desaparece por el pasillo que lleva a los aseos.
—¿Cómo era eso? Deja que piense.
—No empieces, Damián. —Sé por dónde va, su tonito lo delata.
—¡Ah, sí! ¡Ya lo recuerdo! —exclama golpeando su frente con exageración—. ¡Lola es intocable! Eso es justo lo que dijiste.
—Ya vale.
—Se te olvidó añadir que lo era para todos menos para ti. —Me guiña un ojo a la vez que me da un codazo.
—No es lo que crees.
—Claaaro… para nada. —Suelta una carcajada—. Venga, Wil, ¡dilo de una puta vez! Te encanta esa mujer. Y alto, lo entiendo, ¿a quién no? Solo había que ver cómo todos hacían pasillo embobados hace un momento mientras iba al baño.
—Ella ni se da cuenta. —Sonrío.
—Creo que ese es el mayor encanto de Lola.
—Sin duda.
Nos quedamos unos segundos en silencio, cada uno anclado en sus pensamientos, hasta que añade:
—Wil, está bien. —Lo miro sorprendido—. Llevas años sin estar con una mujer. ¡Joder! Son tantos que has involucionado y ahora vuelves a ser virgen.
Niego con la cabeza sin poder evitar reírme y, al momento, a mi mente llega el recuerdo de Lola gimiendo mientras rozaba la barrera de su virginidad. Sacudo un poco la cabeza para ver si así soy capaz de centrarme y retomo la conversación con mi amigo.
—No es un capricho.
—Nunca lo fue. Ni ella, ni ahora Lola. Para ti nunca lo son.
—Ella forma parte del pasado —gruño molesto.
—Sí, pero te ha afectado hasta el presente. Wil, es momento de soltar y avanzar.
—No se parecen en nada —murmuro, más para mí que para Damián, tratando de recordarme que no tiene por qué repetirse, que no tiene por qué ser igual, que ya han pasado muchos años y que, tal y como dice mi amigo, tengo que avanzar—. Lola es distinta.
—Lo sé desde el primer día. —Alzo las cejas mirándole de reojo mientras le pide a la camarera nuestros cócteles y espero a que continúe—.
Cambia esa cara, Wil. Se te vio venir a años luz de distancia.
Ignoras por completo a TODA la especie humana y…
¿de repente aparece una mujer que te produce un rechazo enorme, exagerado?
Amigo, Lola nunca te molestó, solo te incomodó.