La Riqueza del Amor Capítulo 31
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Capítulo 31

No debería estar enfadada. Y, sin embargo, lo estoy. Mucho.

El lugar es idílico.

Las palmeras que bordean la playa están envueltas en pequeñas luces que se enredan en los troncos y cuelgan de las hojas como luciérnagas suspendidas en el aire.

Las mesas están cubiertas por manteles blancos que rozan la arena fina y sobre estas unas flores tropicales de color naranja sirven de centro.

La música en directo hace que cada dos por tres se me erice la piel mientras no dejo de disfrutar de la comida, que es exquisita.

La luna llena se refleja en el mar y el color turquesa que tiene durante el día ahora centellea como si fuera un manto de plata.

Una cálida brisa llega cada poco y acaricia mi cuerpo con tacto suave y agradable.

Sé, sin duda alguna, que es la noche más mágica que he vivido nunca y, aun así, un enfado inusual en mí rasca mi vientre sin descanso.

He entrado en un bucle. Por norma general, a no ser que mi prometido decida acostarse con el lechero, no suelo sentirme enfadada con nadie, porque ahora lo estoy y mucho, con Wil y su irritante mutismo.

Ridículo, lo sé, sobre todo partiendo de la base de que es un hombre que suele pasar la mayor parte del tiempo en completo silencio, pero… es tal cual.

Damián, en cambio, está siendo un encanto.

No deja de hacer bromas todo el tiempo y aunque me río, me siento mal porque no estoy muy centrada en lo que dice.

Quiero, pero la actitud de Wil no me deja.

Llevamos casi dos horas sentados y no ha abierto la boca ni una sola vez, ni siquiera para gruñir o quejarse.

Al principio Damián ha tratado de sacarle alguna palabra, pero pronto se ha rendido.

Ha girado la silla hacia mí y, dejándolo a su espalda, ha seguido charlando como si estuviéramos solos.

Y eso, lejos de tranquilizarme, me ha hecho sentir todavía peor.

Quiero gritarle: «¿Qué te pasa? ¿Es por lo de hoy?».

Y añadir que, si es por eso, puede dejar de preocuparse, no le molestaré más.

Evidentemente, no lo hago. Hoy es el último día del año, estoy en Colombia, disfrutando del paraíso, y no quiero que su aura de hombre del inframundo dañe la mía, que debería de ser de felicidad completa.

No lo es por su culpa, y de ahí viene gran parte de mi mosqueo.

Igualmente, no quiero darle el gusto de saberlo y disimulo fingiendo que lo estoy pasando en grande.

Hasta este momento no sabía que tenía tantas cualidades de actriz, si me viera Taky estaría orgulloso de mí.

—Leona, si quieres, toma la copa con las doce uvas y ve a la orilla a coger sitio. Enseguida voy. —Me giro y veo que ya mucha gente está acercándose al mar—. Tengo que ir un momento al baño —se explica Damián mientras se pone en pie.

Asiento sonriéndole y me levanto yo también.

Aquí en Islas del Rosario siguen la misma tradición que en España y se toma una uva por cada campanada que marca las doce, después hay una sorpresa que Damián no ha querido contarme y tampoco he insistido porque me gusta la idea de ver o vivir algo inesperado.

Spoiler : No tenía ni la más remota idea de lo inesperada que estaba a punto de ser la noche.

No me molesto en despedirme de Wil cuando me alejo de la mesa, pero entonces siento esa energía que me recorre cada vez que está cerca.

Giro el rostro sabiendo que está ahí y encuentro sus oscuros ojos mirándome.

Que me siga me enerva y no puedo evitar resoplar molesta.

Continúo caminando hasta llegar casi a la orilla, haciendo como si lo ignorara a pesar de que mi cuerpo, traicionero, grita ansiando su cercanía.

Me detengo un poco antes de llegar al agua porque no quiero mojar el vestido.

Él se coloca a mi lado, tan cerca que el vello de su brazo roza el mío.

Me encantaría hacerle el desplante alejándome, sin embargo, ahora mismo tengo tantas ganas de sentirlo cerca que me quedo ahí recogiendo las migajas que me da.

«¡Ridícula!». Aparto el flagelante pensamiento y trato de centrarme en otra cosa.

Al mirar a mi lado, veo que cada vez hay más turistas y lugareños a nuestro alrededor, pero la playa es grande y todos se van esparciendo sin invadir el espacio de los demás, eso nos concede algo de intimidad.

—Eran las sirenas cantando —susurra Wil y lo miro sin entender—. Aquel primer día en la playa, cuando tocamos el agua, fue eso…

—¿De qué estás hablando, Wil? —Su vista, que hasta ese momento parecía perdida en el mar, se alza para mirarme algo sorprendida, y es que el tono ha sido severo e impropio en mí.

Ignoro su expresión y decido sacar el tema que me está quemando las entrañas toda la noche—.

No hay quien te entienda. Cada vez estás más raro. Si es por lo de hoy en tu camarote…

De repente se ríe con una felicidad que me resulta inquietante y empiezo a pensar que ha perdido la cabeza o que ha lamido alguna seta tropical cuando no lo veía.

—En el momento justo en el que acabe el año y empiece el siguiente, debemos tocar el mar.

Siento un déjà vu al escucharlo, como si ya hubiera oído esas mismas palabras antes. Estoy navegando en mis recuerdos tratando de recordar cuando la mano de Wil se entrelaza con la mía y avanza por la arena tirando de mí.

—Espera, no. No quiero mojar el vestido.

Se detiene en seco, se gira para mirarme y…

¡Adiós, mundo!

—Jamás había visto una mujer como tú —susurra solo para nosotros dos.

Coge uno de los mechones que ha escapado de mi recogido y resbala los dedos por él, al llegar al extremo, toca mi piel recorriendo la barbilla.

Con una delicadeza inusitada baja por el cuello y pasea por él hasta colocar su mano en la nuca.

Esta tira un poquito de mí y yo, sin oponer ninguna resistencia, doy el paso que faltaba para pegar nuestros cuerpos.

Su frente descansa sobre la mía y en el mismo instante que el mar baña nuestros pies murmura:

—Almas que por fin se reconocen.

El mundo entero desaparece.

Es como si su voz acabara de detener la tierra.

Ya no hay voces, ni música, solo el rumor del mar y esa energía que trae con él.

La siento ascender por mis piernas, recorrer mis muslos, arremolinarse en mi estómago y explotar en mi pecho.

La sensación es tan abrumadora que necesito coger una bocanada de aire para no ahogarme en ella.

Wil no suelta mi nuca, ni se separa de mi frente, su otra mano continúa entrelazada con la mía y cada vez se estrecha más, sin doler, pero rozando ese umbral.

Se oyen las campanas resonar por la playa y sé que el sonido viene de la pequeña iglesia que vi esta mañana asomar entre las palmeras.

Está lo suficiente cerca para que la oigamos, pero lo bastante lejos como para que sea imposible que sienta resonar cada campanada en mis pies.

Aun así, con cada «don» la tierra se sacude y agita nuestros cuerpos.

Nada tiene sentido, toda esta energía parece envolvernos creando un campo magnético a nuestro alrededor que impide que nos movamos, que nos separemos.

He perdido la cuenta de las campanadas, sin embargo, cuando el mar baña de nuevo mis pies, algo dentro de mí sabe que acabo de escuchar la última.

—En el momento justo en el que acaba el año y empieza el siguiente… —murmura Wil rozando mis labios y siento sus palabras como el beso más desgarrador y hermoso de mi vida.