Capítulo 29
He metido la pata hasta lo más hondo —bueno, la lengua en sentido figurado—, y por primera vez en mi vida me siento bien por ello.
He hecho muchas veces cosas incorrectas, esta no es la peor, pero tiene mucho peso porque he faltado a mi propia palabra, algo que me prometí hace muchos años que no ocurriría de nuevo.
Sin embargo, aquí estoy repitiendo viejas costumbres y menos arrepentido que nunca.
Lola es… mucho más de lo que jamás podría haber imaginado.
«¡¡Virgen!! ¿En serio?».
Sentir esa barrera en la punta de mis dedos me ha excitado tanto que solo podía pensar en atravesarla de un único empujón y disfrutar de su apretado interior hasta desfallecer.
Y aunque ya he dicho en varias ocasiones que yo no soy una buena persona, tampoco soy un animal, o como mínimo no con la gente buena.
Vayamos por partes…
En primer lugar, he roto mi primera norma, esa que he gritado incesante en la cara de Damián: «¡Lola es intocable!
». Lo ha sido hasta que… la he tocado y ahora ya no hay vuelta atrás.
Voy a seguir ganándome su confianza, aunque aún no tengo muy claro cómo lo gestionaré ni cómo lidiaré con lo que eso va a suponer.
Por encima de todas las cosas, deseo a esa mujer en mi cama una vez más, durante muchas horas.
Esto ha sido solo un pequeño tentempié, uno brutal.
Toda esa inocencia mezclada con su fuego interior me ha volado la cabeza.
Definitivamente, Lola es una preciosa sirena que canta dulces gemidos mientras la acaricias y que se convierte en una leona que ruge descontrolada cuando se libera y el placer la sacude.
En segundo lugar, no puedo permitir que Damián descubra que Lola lleva encima toda esa pasta.
«¡Está loca! ¿A quién se le ocurre pasearse por el mundo con esa cara de soy turista y llevando semejante cantidad de dinero?».
Cuando Daniel, mientras me quitaba las esposas, y ella estaba algo alejada con Damián, me lo ha contado, casi cortocircuito.
Yo me voy a encargar de que eso deje de ser un problema y lo pondré a buen recaudo, pero tengo que encontrar el modo de decírselo a Lola y, sobre todo, antes de nada, necesito que confíe en mí lo suficiente como para que me lo dé y así pueda guardarlo lejos de manos largas.
Y, por último, en tercer lugar, el intento de robo no va a quedar así.
Aún no tengo muy claro si ese tipo es un idiota que no sabe quién soy y lo que supone que metan el hocico en mis asuntos —sí, Lola ya es asunto exclusivamente mío—, pero quien coño sea el que se ha atrevido a joderme lo va a pagar muy caro.
Unos pocos golpes no son ni mucho menos suficientes.
Me ha costado muchos años hacerme respetar en este mundillo y un ladrón de poca monta no va a tirar por tierra ese trabajo.
Si es que es solo eso, porque no lo tengo claro.
Mis clientes son intocables y, si quiero seguir ganándome la vida, debe continuar siendo así.
Uno de los motivos principales por los que Alisios Group ha llegado a donde está y tiene la reputación que tiene es precisamente por eso, todos saben quién es Wilson Mendoza y prefieren seguir especulando con mi pasado que hacer que vuelva a ser ese hombre que un día fui.
Damián asegura que el ladrón es un nuevo marinero, pero no me fío de su palabra, no es la primera vez que me miente o me oculta algo. Y yo perdono, pero nunca olvido.
Mis cavilaciones se esfuman al sentir la presencia de Lola, sé que está en la cubierta en el mismo momento en que pone un pie en ella.
Levanto la vista para encontrarla. Tiene los labios algo hinchados y me hace sentir bien saber que es gracias a mis besos, se la ve preciosa.
Sus ojillos, tan turquesas como el mar Caribe, me observan algo avergonzados y después van hacia el mástil donde solo hace un rato la tenía entre mis brazos entregada al placer, no puedo evitar reírme al entender la preocupación en su rostro.
—¿Buscas esto? —Estiro el brazo y dejo que la braguita de su bikini cuelgue de mi dedo índice.
—¡¡Wil!!
Corre apresurada a cogerlo mientras mira en todas direcciones como si alguien, solo con ver esa escena, pudiera saber lo que acabamos de compartir en mi camarote.
Se me escapa una carcajada y el mundo entero se sacude bajo mis pies cuando ella también ríe.
Lola es más juguetona de lo que inicialmente aparenta y eso me gusta mucho más de lo que soy capaz de reconocerme a mí mismo.
Sin embargo, no me puedo permitir pensar en ello, todo esto tiene otro propósito mayor y he de centrarme en él.
—¿Estás lista? —pregunto cuando acaba de colocarse el bikini por debajo del vestido, asiente con la cabeza y volvemos a sonreírnos.
Cojo la mochila con todo lo que he preparado y doy un salto a la lancha, extiendo la mano y la ayudo a subir.
—¿Dónde vamos?
—Voy a enseñarte el verdadero paraíso. —Le guiño un ojo y disfruto de ver sus mejillas cobrar color de nuevo.
Nos alejamos de las embarcaciones y surcamos el mar en dirección al arrecife. En solo unos minutos llegamos y ato con un cabo la lancha a un saliente rocoso que asoma por la superficie. Al girarme, Lola está pálida y mirando a su alrededor.
—¿Estás bien?
Su cabeza se gira de forma brusca en mi dirección y el pánico me saluda. Definitivamente, no está bien.
—Wil… —enmudece y yo me mantengo en silencio esperando que reúna el valor para decirme lo que sea que la tiene tan nerviosa—, yo no… bueno, un poco sí, pero no mucho. A ver, que bien, ¡eh! Aunque, en fin…
—Lola —se calla al momento—. ¿Te das cuenta de que no estás diciendo nada?
Vuelve a observar el mar y una vez más a mí. Hace solo unos días que nos conocemos y acabamos de compartir un momento muy íntimo, así que decido no presionarla y saco de la mochila todo el material para hacer snorkel mientras ella se recompone de lo que sea que le ocurre.
—Esta zona está protegida —le explico tirando de su vestido para que se quede en bikini.
No puedo evitar sonreír al verla levantar los brazos sin oponer ninguna resistencia—.
Es un arrecife de coral que está lleno de especies marinas, peces de miles de colores y una sorpresa más que espero podamos ver —sigo hablando mientras le coloco las gafas y se las ajusto bien para que pueda usar con comodidad el tubo para respirar—.
Lola, no me separaré de ti en ningún momento —le confirmo cuando veo sus manos enredarse en su regazo con nerviosismo.
Hay algo que no me está contando, pero no quiero presionarla, así que me tiro al mar y la invito a venir conmigo. Se mete en la cálida agua y se agarra como Tarzán a una liana, solo que ella a la lancha. Cojo su mano libre y tiro para atraerla hacia mí y empieza a negar nerviosa con la cabeza.
—Lola, todo está bien entre nosotros, lo que ha pasado en el camarote…
—No tiene nada que ver con eso. —La miro confuso y espero que continúe—. Wil, verás… no soy una gran nadadora que digamos.
Solo necesito un par de segundos para leer en su mirada la verdad velada.
—¡¿No sabes nadar?! —alzo la voz.
—Claro que sé, Damián me enseñó en la Plage de Pompierre.
No doy crédito.
—¡De eso hace solo cuatro días! —«Esto es una broma de mal gusto» pienso perdiendo toda el aura de buen rollo que tenía—. Suelta la lancha. —Niega con la cabeza—. Lola…
Digo su nombre con tanta rudeza que la incomodidad me recorre incluso a mí, pero yo no soy un hombre que tenga tacto y mucho menos cuando me han ocultado algo tan importante.
Se permite dudar un par de segundos más y finalmente se suelta.
Cuando la veo empezar a nadar, juro que quiero mantenerme serio, el problema es que fallo estrepitosamente y empiezo a reírme.
Hacía muchos años que no me carcajeaba así.
Las risotadas son tan fuertes que soy yo el que ha de cogerse a la embarcación.
Pero deja de hacerme gracia cuando mete la cabeza bajo el agua, veo asomar su trasero y, seguido, los pies que siguen a su cuerpo mar abajo.
Me sumerjo nervioso para ayudarla a salir.
«Solo me faltaba que se ahogara». Pienso inquieto.
La sorpresa llega de forma totalmente inesperada.
Lola bracea bajo el agua con delicados movimientos mientras sus mechones platinos forman ondas imposibles.
Se ha alejado unos metros y a pesar de que acaba de demostrarme que nada como un perrito nervioso, estoy tranquilo porque bucea como la sirena que es.
Emerge y yo lo hago a la vez con ella, coge una bocanada de aire y entra de nuevo en el mar.
La sigo, tooodo el tiempo y disfruto buceando a su lado mientras no dejo de observar su cara de sorpresa con cada pececillo que se cruza por su camino.
Gozo el momento en el que su rostro se convierte en la absoluta fascinación cuando una gran tortuga aparece de detrás de un coral y como si la conociera, empieza a nadar a su alrededor.
—¡¡Wil!! ¡¡Wil!! ¡La estás viendo! —grita emocionada moviendo las piernas y los brazos como un caniche para poder sostenerse flotando y coger algo de aire.
Me muerdo el carrillo para no reírme en este momento tan especial para ella y solo asiento con la cabeza.
Entrelazo nuestras manos y le pido que coja aire.
Lo hace de manera exagerada y se deja arrastrar bajo el agua conmigo.
En cuanto la tortuga se nos acerca, coloco su mano sobre el caparazón, con la mía encima, para que pueda acariciarla.
Al salir a respirar, se coloca boca arriba, flotando como una estrellita de mar, y empieza a reír. Se queda ahí, dejándose mecer por las suaves olas mientras emocionada y recobrando el aliento repite una y otra vez:
—¡Qué pasada! ¡Es alucinante! ¿La has visto, Wil? ¡Es preciosa!
«Cuánta razón tienes». Pienso sin dejar de mirarla a ella.
Me resulta divertido verla ahí, panza arriba, hablando sin parar completamente emocionada, como si fuera algo normal, sin embargo, las ganas de tenerla cerca en este momento me pueden.
El deseo quema en la punta de mis dedos y de manera irremediable extiendo las manos hasta alcanzarla.
Rodeo su cintura y encajo su cuerpo con el mío, la risilla se corta tan rápido como su respiración.
Mentiría si dijera que no me encanta tener ese efecto en ella.
Agarrado a la lancha, la abrazo para pegarla mucho más a mí.
Acerco mi boca a su cuello y, rozando su piel, susurro:
—Estoy muy enfadado contigo, sirena. Viajar por el mundo en velero sin saber nadar es una insensatez.
—¿Y qué vas a hacer, Wil? ¿Me vas a castigar?
Su descarado comentario me provoca una erección instantánea y sé que es consciente cuando la miro directamente a los ojos. Trago con fuerza mientras mi mente transita a un lugar donde el castigo es tan placentero que te consume. Su timidez también aparece sin previo aviso.
—¿Quieres que te castigue, Lola?
Ahora es ella la que traga con fuerza, manteniendo la firmeza de su mirada, y me resulta fascinante su dualidad de mejillas sonrosadas y ojos retadores. Es la primera persona que conozco capaz de sorprenderme de esta manera.
—Responde —exijo con voz ronca, moviendo las caderas para rozar mi erección con su centro.