La Riqueza del Amor Capítulo 28
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Capítulo 28

—Aparta, Wil. —Lo empujo queriendo quitármelo de encima con la humillación por bandera.

La cosa empeora cuando me doy cuenta del espectáculo porno que acabamos de montar. Estamos a pleno día, sobre la cubierta de El Diablo Vela , jadeando sin control y… aun así la mano de Wil parece no querer salir de mi interior nunca.

«¿Cómo ha podido pasar?». Pienso enfadada conmigo misma.

«¡¡Y yo qué sé!!». Me respondo a gritos en mi cabeza.

Todo ha explotado dentro de mí cuando me ha tocado de esa manera. Jamás, nunca, nadie… ¡Buf!

Sus manos, algo ásperas, han rozado mi piel y mi mundo… ¡¡Qué digo!! No solo el mío, sino el mundo entero, el planeta Tierra al completo, ha dejado de existir. Solo podía escuchar las olas del mar mezcladas con su respiración agitada.

Ha sido tan…

Brutal.

Ardiente.

Excitante.

¡¡IRREMEDIABLE!!

El control me ha abandonado por completo, no me importaba que me vieran o que me escucharan, ni lo he pensado. Solo quería que él me tocara, pero, sobre todo, que me besara.

«¿Esos besos existían? O nada más había sido producto de mi imaginación». Quizá debería pellizcarme para comprobar si estoy despierta o todo esto es parte de un sueño húmedo muy… excitante.

—Lola —susurra con voz ronca y consigue que salga de mi trance.

—¿No me has oído? Aparta, Wil.

Vuelve a mover un poco sus dedos en mi interior y ahora ya no hay nada de placer, solo dolor.

—Estate quieta —gruñe cuando me agito a la vez que gimo molesta debido a la penetración—. Te dolerá más si no paras.

Las lágrimas llegan a mis ojos, la vergüenza es titánica y solo deseo salir corriendo de este lugar.

—Wil —sollozo—, apart…

—Por favor, no te muevas —musita suplicante.

«¿Por favor?». Eso sí es nuevo. Tanto que la sorpresa hace que haga lo que me ha pedido.

Lo miro asombrada y él… —¡¡POR EL AMOR DE LA VIRGENCITA!

!— me sonríe. En el mismo momento en que lo hace, mis paredes se aprietan contra sus dedos y un placer inesperado recorre mi espina dorsal.

Pero dura poco, porque Wil, con un cuidado perturbador, sale de dentro de mí.

Mentiría si dijera que no echo de menos al momento su calor en mi interior, y sí, es contrario a lo que solo hace un instante deseaba: tenerlo a kilómetros de distancia.

Cuando ha confirmado mi virginidad, he deseado que el mar se abriera en dos y me engullera.

Tengo veinticuatro años y sé bien qué es la sexualidad, con Taky hemos leído mucho sobre ello.

Queríamos estar preparados para cuando llegara el momento, pero una vez más he sido una ilusa, ningún blog o reportaje puede prepararte para lo que se siente.

Ha sido como uno de esos viajes astrales en los que dicen que tu alma sale de tu cuerpo y vive experiencias fuera de él, tú lo sientes absolutamente todo, pero no puedes hacer nada para controlarlo.

—¡Ven! —Retoma sus habituales órdenes a la vez que coge mi mano y tira de mí escaleras abajo.

Desaparecer de la vista de cualquiera que haya estado con las palomitas disfrutando del espectáculo es algo que agradezco, así que le sigo, pero cuando abre la puerta de su camarote…

—Espera, Wil. —Lo miro aterrada.

Se gira y sus oscuros ojos colisionan con los míos. Es perturbador lo guapo que lo veo en este momento. Se acerca tanto que la puntita de mi nariz roza la suya y, con esa calma que lo caracteriza, me habla.

—No, Lola. Hoy no vas a perder tu preciosa virginidad —susurra como si fuera un secreto solo entre nosotros, en realidad lo es.

«¡¡¿No?!!». Pienso confusa y ahora mismo no sé si me alegra o… me decepciona.

No comprendo bien a qué se refiere y ahí volvemos a tener una de esas extrañas conversaciones en silencio, de esas en las que nos entendemos solo con la mirada. Asiento con la cabeza en cuanto leo en sus ojos un: «confía en mí».

Lo hago barriendo todas las dudas de mi mente y le sigo mientras él entra de espaldas en su habitación, sosteniendo mi mirada con una preciosa sonrisa en el rostro.

Me resulta curioso ver todo tan ordenado y milimétricamente colocado. Mientras analizo el lugar, siento el frescor en mis muslos y llevo rápido las manos al vestido para bajarlo de nuevo. Una vez más esa mirada: «confía en mí».

Wil es rudo, gruñón y cascarrabias, pero también ha demostrado que puede llegar a ser extremadamente protector, sobre todo conmigo.

Lo que ha hecho hoy por mí, cómo ha corrido para ayudarme y el modo en que ha golpeado a ese hombre…

inicialmente me ha asustado. Toda esa brutalidad sin control ha sembrado la certeza en mi cabeza de que debía volver a casa y abandonar este viaje.

Pero después, mientras volvíamos al velero, no dejaba de preguntarme una y otra vez si estaba bien.

Me miraba de arriba abajo tratando de descubrir algún pequeño rasguño o golpe.

Ahí he comprendido que realmente estaba muy preocupado, que todo lo ha hecho por protegerme y, quizá es algo loco y sin mucho sentido, pero un calor especial se ha formado en el centro de mi pecho.

Mientras divago en mi mente, él sigue frente a mí, expectante y sin prisa, esperando mi respuesta a su petición, asiento con la cabeza y comprende que mi silencio quiere decir: «Confío en ti».

El vestido sale por mi cabeza con facilidad y con las dos manos tira de los lazos que sujetan la parte de arriba de mi bikini.

Da un paso atrás y me escanea de arriba abajo.

Si dijera que me incomoda, mentiría. Me mira de una manera tan turbadora y excitante que provoca en mí un suspiro.

Se detiene en cada detalle, cada pliegue, cada lunar, cada curva…

y cuando llega de nuevo a mis ojos y habla, sé que estoy perdida.

—Eres la sirena más preciosa que he visto nunca. Ven, Lola.

Extiende su mano y, sin titubear, la alcanzo.

Nunca había estado desnuda delante de un hombre, creí que cuando eso ocurriera estaría muerta de vergüenza, pero con Wil me siento…

bien, hermosa. Y es que su modo de mirarme es tan inquietante como especial.

Es como si fuera capaz de ver belleza en cada poro de mi piel y eso es fascinante.

Al llegar a la cama, me ayuda a estirarme.

Estoy nerviosa y me tiembla todo cuando se sienta a mi lado, sin embargo, que empiece a acariciarme con esa delicadeza consigue calmarme con facilidad.

Sube por mi brazo despacio, resbala por mi hombro y recorre con dos dedos el contorno de mis pechos.

No los toca y, aun así, siento como estos se vuelven prietos y los pezones duros.

Vuelvo a perder el control de mi respiración.

De manera incontrolable cierro los ojos y mi espalda se arquea cuando pasa muy cerca de la aureola, al momento gimo desbordada de placer, uno que me provoca su lengua lamiendo mi duro guijarro.

Su boca se abre y besa mi pecho. Le dedica excitantes atenciones al pezón mientras su mano no deja de acariciarme ni un momento, resbalando por mi vientre, trazando círculos alrededor del ombligo y se aventura hasta el hueso de las caderas.

—¡¡Ahhh!! —jadeo en cuanto su dedo roza mi clítoris.

Traza círculos enloquecedores y no puedo evitar preguntarme si fuera de Villavacas del Monte la sexualidad es así para todos. Porque si la respuesta es sí, está claro que debería haberme ido del pueblo mucho antes.

—Wil… —Abro los ojos buscándolo cuando dejo de sentirlo sobre mi cuerpo.

Se está quitando la camisa mientras camina hacia los pies de la cama.

La luz del día entra por el portillo y hace que su negro cabello brille de una manera especial.

Los mechones despeinados enmarcan sus angulosos rasgos y los gruesos labios me sonríen sin enseñar los dientes.

Solo puedo pensar en que me iría al mismísimo averno ahora mismo si él me lo pidiera.

—Abre las piernas, Lola. —Dudo, abrumada por la descarada petición y la vergüenza me provoca un calor sofocante en las mejillas—. Ábrelas para mí, por favor, sirena.

«Vaaale… si lo pides así». Cómo no hacerlo cuando un hombre oscuro y tremendamente sexy te hace una petición de ese calibre.

Sonríe, se relame y baja hasta llegar a mi centro. Lo observo muy atenta y sorprendida. Sus ojos encuentran los míos y soy completamente consciente cuando inspira mi aroma y el placer de hacerlo provoca que sus párpados caigan y se queden cerrados unos segundos.

«Si vuelve a hacer eso, llegaré al orgasmo sin que me toque». Pienso turbada.

«¡¡¡Por todos los Dioses!!! Cómo se puede ser tan arrebatador y a su vez tan escalofriante y oscuro».

Nunca he tenido sexo oral, me parece muy íntimo y, bueno, tampoco es que Florencio hubiera mostrado interés por ello.

Comprendí muchas cosas cuando le dio lo mejor de él al lechero.

Además, Wil es un completo desconocido, sin embargo, aquí estoy abierta como una flor, sin pudor, deseando ser tocada por el mismísimo Diablo.

He decidido confiar en él con todo lo que eso suponga y… ¡¡Gracias a la vida que lo hago!!

Verlo sacar su larga lengua y lamer me enloquece, pero lo que me hace perder la completa cordura es escucharlo gemir del placer a la vez que susurra un: «exquisita».

Muerde, chupa y juega con mi clítoris a la vez que acaricia mis pezones y yo solo deseo sentir este placer todos los días de mi vida.

Pero cuando sus dedos rozan mi entrada, las piernas parecen un plegatín y tratan de cerrarse.

Sin importarle lo más mínimo, continúa su intromisión.

Los apéndices avanzan con suavidad, resbalando por mi abundante humedad, y no hay dolor, sino mucho placer.

Se agita en mi interior tocando un lugar que me hace suspirar, gemir y alucinar.

—Wil, eso es…

Él ríe con la boca pegada a mi centro y la vibración me estimula aún más.

Lo siento en todas partes, en mis pezones, en mi centro y en mi interior, una locura exquisita que hace temblar todo mi cuerpo arqueándolo.

Provocando que se zarandee de manera incontrolada hasta llegar al clímax más increíble.

—¡Ahhh! —Un grito turbador desgarra mi garganta resonando en el camarote.

Intentando asimilar todo lo que acaba de ocurrir en mi cuerpo y cómo acabo de sentirme, trato de respirar con más calma.

El peso del cuerpo de Wil levita sobre el mío, rozándome hasta llegar a mis labios.

Me besa, despacio, haciendo que deguste todo mi sabor mezclado con el suyo, dulce, picante y excitante.

Al abrir los ojos, la oscuridad de los de Wil me recibe.

—Exquisita en todos los sentidos. —Sonrío siendo consciente de que estoy perdidita—. Ahora vístete, que nos vamos.

Da un salto de la cama, se pone la camisa y justo antes de salir de la habitación se gira a mirarme y me dice algo que marca un antes y un después para siempre entre nosotros:

—Gracias por confiar en mí, sirena.