La Riqueza del Amor Capítulo 27
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Capítulo 27

—¿Quién coño era ese tipo? —le pregunto susurrante a Damián sin dejar de mirar de reojo las escaleras de los camarotes.

—Y yo qué sé —responde despreocupado anudando un cabo.

Lo observo detenidamente.

—Damián, te has tirado a todas las mujeres de entre veinticinco y cuarenta años de la isla y has tomado cerveza con cada uno de los hombres que viven o trabajan en ella. ¿Quién narices era ese tipo? ¿Y por qué ha tirado del bolso de Lola? Justo el de Lola.

—No sé si estoy entendiendo lo que insinúas, pero no me está gustando.

—¿Y qué estoy insinuando?

—No lo sé, dímelo tú.

—¿Conocías a ese tipo?

Tira con rabia los cabos al suelo, hincha pecho y se me acerca amenazante.

—¡No! No sé quién era. He preguntado y me han dicho que llegó hace un par de días en uno de los barcos de recreo, es marinero en él.

—¿Y…?

—Y nada más, Wil. ¿Qué cojones te pasa? Esa mujer lleva cuatro días en El Diablo Vela y ¿ha pasado de ser intocable a ser tu protegida? ¿Tienes algo que contarme?

Nos batimos en un duelo de miradas que sé que podría durar días, porque los dos somos demasiado orgullosos como para retirarnos.

Damián es mi amigo desde niños, hemos vivido muchas cosas juntos, hemos compartido muchas vivencias y habitado lugares que desearía olvidar.

Yo no soy un buen hombre, pero él, a pesar de su sonrisa relajada y su rollete de surfero despreocupado, tampoco lo es.

No confío en él, ni en absolutamente nadie. Hace muchos años que aprendí esa lección. No existen las personas cien por cien buenas, todas tienen una parte oscura en su interior, una que puede aflorar cuando menos te lo esperas. Esa es la mayor verdad de la vida.

—¿Va todo bien? —La suave voz de Lola consigue hacernos pestañear y ambos, atraídos de manera irremediable, dejamos nuestro duelo para centrarnos en ella.

Al verla no puedo evitar sonreír, pero me paso la mano por la cara para tratar de ocultar mi expresión.

Lola es un espécimen muy curioso y, de algún modo que no alcanzo a comprender, sin esfuerzo alguno, sin pretenderlo, solo con su simple presencia, es capaz de cambiar mi energía.

Hace un momento, mi parte más oscura rascaba mis entrañas, pero aparece y es como si tuviera el poder de amansar a mi fiera interior.

—Todo perfecto. Estaba acabando de revisar lo que nos falta para que Damián no se deje nada, pero ya hemos acabado. Venga, ya tengo todo listo en la lancha.

—¿Él no viene?

He de hacer un esfuerzo titánico para no gruñir de frustración.

El maldito Damián siempre consigue ganarse a la gente de una manera que no alcanzo a entender.

Todos los clientes, en especial las mujeres, se pegan a su trasero y a más cosas, como lapas.

Aunque he de reconocer que estoy sorprendido con Lola porque, aunque siempre andan los dos juntos, no ha sucumbido a sus encantos amatorios.

«Y eso te encanta». ¡Buf!, prefiero darle una patada a ese pensamiento.

—Leona, me quedan unos recados por hacer.

Estaba cerca cuando ha ocurrido el… altercado —me mira de reojo—, y he salido corriendo en cuanto he escuchado tus gritos.

Así que me faltan algunas cosas. Pero no te preocupes, nos vemos al final de la tarde aquí.

Hoy hay una fiesta increíble en la isla para celebrar el fin de año y tenemos una de las mejores mesas para cenar.

Será una noche épica, bailaremos hasta el amanecer.

—Le guiña un ojo y se le acerca para besar su mejilla antes de decir—: Sé buena, leona. Te veo en un rato.

Miro a Lola y la sonrisa más radiante y genuina está ahora mismo dibujada en su rostro. No deja de mirar a Damián mientras baja del velero y emprende su camino por el muelle, y yo… no dejo de mirarla a ella.

«¡¡Eooo…!! Tierra llamando a atontado obnubilado. ¡Eo! ¿Sigues ahí?». La cordura me grita y, por suerte, me hace reaccionar.

—Vamos.

No era mi intención, pero la orden sale en un gruñido que le provoca un respingo y la hace tambalearse un poco.

Su estabilidad va mejorando, pero no estoy seguro de si algún día conseguirá ser dueña completa de ella.

La sostengo del brazo y una corriente electrizante atraviesa mi piel, una energía que no había sentido nunca me saquea y no puedo evitar recordar a la viejita que hoy me ha hablado.

Al momento, como si me llamara, un destello brilla en el cuello de Lola y mi mano viaja hasta ese lugar.

Deslizo los dedos por el hilo blanco, rozando a su vez la cálida piel.

Al llegar a la concha, la sujeto para observar el bonito intrincado del hilo, pero entonces otra cosa llama mi atención.

El delgado cuello se contrae con cada respiración agitada.

Abro la mano a su alrededor deslizando mi dedo pulgar justo en el punto en el que se siente el bombeo acelerado de su corazón.

El contacto lo vuelve más frenético, tanto como el mío, que parece querer seguir su ritmo.

Alzo la vista y en ese preciso instante comprendo lo que me dijo la viejita, todo cobra un sentido tangible y muy real.

Asciendo en una caricia hasta la mejilla sonrosada y Lola, como si fuera una gata salvaje, ronronea dejando caer su rostro sobre mi mano.

De la boca entreabierta asoma su lengua y resbala suavemente por los gruesos labios para humedecerlos.

Un gesto inocente y demasiado perturbador para mí.

Acerco mi rostro al suyo y por primera vez me permito disfrutar de su aroma dulce sin tapujos.

Inspiro con fuerza a la vez que mi nariz roza la suya y llevando mi pulgar al punto en el que mi cordura puede perderse para siempre.

Dibujo el contorno de la forma corazón de su labio superior mientras ella se muerde el inferior.

Nuestros cuerpos, sin permiso y sin contención, se han acercado hasta el punto de que ya no hay nada que pueda circular a su alrededor.

La miro directamente a ese océano turquesa que me fascina y trato de leer el mensaje. La respuesta llega casi en forma de súplica y… ¡Que me perdone Dios por pecar! Ya no puedo luchar más contra esta fuerza.

Arrastro mi mano, la hundo en sus mechones platinos y cuando siento que ya nada la va a poder alejar de mí…

pego mis labios a los suyos. Me fundo en ellos y, totalmente enajenado, saco mi lengua ansiosa para poder encontrar la suya.

Su sabor es tan dulce como su olor, es caliente y rápido me doy cuenta de que es muy adictivo.

Sé bien lo que la droga te provoca, y esto es aún más peligroso.

Acompañado de un gemido que me hace estremecer y que me lleva a la excitación máxima, llegan las delicadas manos de Lola a mi nuca, se enredan en mis mechones y, cuando tira de ellos, la bestia que tengo dentro cobra vida.

Ya no puedo más, no aguanto más. Empujo su cuerpo contra el mástil, sin importarme el dichoso árbol navideño que sigue amarrado a él.

Un suave quejido brota de su boca, chocando con la mía, sin embargo, el beso continúa, no se interrumpe y eso me arrastra a un punto de enajenación desmesurada.

Es como si la energía de Lola cobrara poder y tuviera la capacidad de adentrarme en su huracán gravitatorio lleno de dulzura y fuegos artificiales.

Un contraste perfecto. Dejo que cada una de las sensaciones atraviesen mi cuerpo y lo recorran.

Ya no hay velero, ni mar, ni lugar, ni… nada más que ELLA.

Me aventuro a descubrir el tacto de sus muslos y siento que muero cuando deslizar la mano por ellos es igual que tocar la piel de un delfín.

Caliente, tersa, suave… enloquecedora. Asciendo sin censura, encontrando rápido los nuditos del bikini que se ajustan a sus caderas y, con un simple tironcito, lo que seguro es el verdadero paraíso, queda liberado.

En ningún momento dejo de jugar con su descarada lengua mientras me acerco hasta su pubis.

Un delicado vello me da la bienvenida y la húmeda cremosidad que este protege me hace jadear.

Está completamente mojada, lista y dispuesta para mí.

Acaricio su clítoris que se inflama excitado y, perdida en el placer, gime dejando caer su cabeza hacia atrás.

«¡Es una sirena!». Pienso observándola.

Sus ojos están cerrados y las mejillas con un bonito rubor. Los sonidos del placer escapan entre sus labios y cuando tira sin control de los mechones de mi nuca, entiendo que está cerca. Sin remilgos introduzco dos dedos dentro de ella y…

¡¿Qué narices?!

Una realidad totalmente inesperada me golpea.

Lola levanta la cabeza instantáneamente, dejando ir un gritito de molestia. Su cuerpo se contrae por completo, por TODAS partes. Sus ojos ahora me miran con una mezcla de dolor, turbación y mucha vergüenza.

—No puede ser… —susurro asombrado a la vez que vuelvo a mover los dedos dentro de ella tratando de certificar lo que creo que acabo de descubrir.

—Wil… —exhala.

Y mi nombre saliendo de sus labios, la nueva palidez en su piel y la incomodidad de sentirme aún en su interior lo certifica.

—Eres virgen.