Capítulo 26
—¿Te duele?
—No.
Se me escapa un poco la risa porque, aunque su respuesta haya sido rotunda, su cara se contrae cada vez que rozo la zona con la gasa, tiene los nudillos destrozados.
Hoy he entendido el significado de la corrupción.
Y aunque haya sido con un concepto de justicia, siempre, siempre, siempre, pagar a un policía para que le quite las esposas a tu amigo y le deje libre sin ningún cargo es un acto que queda fuera de los márgenes establecidos por la ley.
No es que no me alegre de que Wil no haya acabado en el calabozo de la comisaría más cercana, es que me parece alucinante lo sencillo que ha sido que no ocurriera.
Desde el primer momento que conocí a Damián, supe que su sonrisa relajada y su expresión cercana eran una puerta abierta de par en par a cualquier mujer que deseara, pero no alcancé a entender hasta hoy que va mucho más lejos, él simplemente es un conquistador de personas.
No importa el género, la clase social o el cargo, puede convencer a cualquiera de cualquier cosa.
Y así lo ha hecho con el agente, ese tal Daniel que parecía conocer bastante tanto al rubio embaucador como a… El Diablo.
Solo ha necesitado algunos minutos, unos pocos billetes y, por último, para cerrar el trato, unas palmaditas en el hombro en forma de agradecimiento. Y ¡listo! Wil volvía a ser un hombre libre a pesar de tener los nudillos reventados y la cara y todo el torso salpicados por sangre de otro hombre.
Casi podía escuchar la voz de Taky gritando: «¡La mejor telenovela que jamás veré!
». Cuando se lo explique, va a flipar. Aunque bien pensado…
no estoy segura de que sea muy buena idea contarle que viajo con un marinero extorsionador de policías y un capitán con gancho noqueador y preocupante sentido de la justicia.
Sí, definitivamente es mejor que no se lo cuente.
El movimiento de la pierna de Wil me trae de regreso al camarote, su gesto ha provocado que la única maldita prenda que lleva se haya abierto más.
«¡Por todas las virgencitas! ¿Por qué narices no se ha vestido?». Suspiro una vez más —he perdido la cuenta de las veces que lo he hecho mientras le curo— e intento apartar la vista de la toalla y de su muslo fuerte y cubierto de un suave vello.
Tener a Wil sentado en la cama de mi camarote me pone nerviosa y su olor a limpio ya hace rato que me tiene inhalando como una yonqui . Tengo la sensación de que el espacio se estrecha cada vez que inspiro y que no vuelve a expandirse cuando espiro.
«¡Menuda tortura!».
Cuando hemos llegado al velero, se ha ido directo a la ducha para limpiar todas las salpicaduras de sangre y, al salir del baño, casi infarto.
Todo su torso estaba bañado de gotitas de agua y sus oscuros mechones mojados se pegaban a su cara de una manera tan sexy que no he podido contener un suspiro.
La toalla enrollada a su cintura gritaba: ¡debajo soy libre!
Y no he podido evitar que mis mejillas combustionaran cuando me he dado cuenta de que estaba mirando demasiado rato su epicentro, mientras recordaba el grosor que me rozó el día que «compartimos» la ducha.
Se me escapa de nuevo la risilla nerviosa cuando pienso en lo que me habría dicho Taky en ese momento si hubiera estado presente: «¡Abre velas, amiga!
Tu castidad necesita navegar por un mar de olas salvajes».
—¿Qué te hace tanta gracia, pajarillo? —La sonrisa se me borra de un plumazo.
La sensación de tener las mejillas ardiendo cobra protagonismo y, al levantar la cabeza, veo que ahora el que sonríe es él. Cada vez que veo esa expresión en su rostro, siento que es como un regalo exclusivo que solo entrega a unos pocos.
Ahora mismo no sé qué pensar de Wil. Verlo defenderme de esa manera tan feroz, tan visceral, me ha fascinado tanto como…
aterrado. No es que le tenga miedo, pero descubrir esa parte de él me tiene muy confusa.
Nunca había visto a nadie pegar de ese modo a otra persona.
Le gritaba que se detuviera, pero parecía haber entrado en un túnel en el que solo estaba él y su objetivo.
—Ha sido una locura.
—¿El qué? —pregunto distraída, nadando entre mis pensamientos y su afirmación.
—No deberías haberte lanzado sobre mí para detenerme, pajarillo.
—¡Deja de llamarme así! Y… —bajo el tono— deja de reírte de mí —le pido ahora molesta por su nueva imborrable sonrisa.
Mi estado de ánimo ha cambiado a uno más sombrío, hace un momento estaba disfrutando de su olor y presencia, sin embargo, ahora deseo acabar con las curas y que se marche. Vuelvo a su mano y me doy brío para terminar cuanto antes. El dedo índice de Wil se coloca en mi barbilla y alza mi rostro.
—No me río de ti, Lola. —Su solemnidad me corta hasta la respiración—. Has sido una loca muy valiente.
—¿Valiente? —resoplo una risilla irónica—. Estaba muerta de miedo.
—¿Sí? Pues a mí no me lo ha parecido. —Sus oscuros ojos me miran como si ahora mismo no existiera nada más en el mundo que observar y por un momento desearía que así fuera—. Lola, estabas sola, en un país desconocido y un desgraciado te ha arrancado el bolso del hombro.
Su mano acaricia con delicadeza la marca, ahora ya morada, en mi piel y arrugo un poquito el rostro debido al dolor. Mi expresión provoca que la mandíbula de Wil se contraiga.
—Estoy bien —le confirmo por enésima vez.
—No lo estás —gruñe y, siendo totalmente sincera, me parece terriblemente mona esta nueva faceta que estoy conociendo de él. Tan protector y atento, a pesar de ser tan rudo y huraño—. Lola. Has sido muy valiente y estúpida.
—¿Perdona? —Y ahí está el Wil de siempre, con sus comentarios cortantes y… dañinos.
Responde con un tono severo que no me está gustando nada:
—¿En qué narices pensabas cuando has salido corriendo detrás de ese tipo?
«En que en mi bolso llevaba más de cinco mil euros, parte de ellos cambiados en dólares». Justo en eso estaba pensando, pero no se lo digo.
Ya he tenido bastante con la bronca que me ha echado Daniel, el agente que ha recogido mis pertenencias esparcidas por el suelo y que ha encontrado el neceser en el que llevo el dinero.
—Señorita —ha alzado el rostro pálido con la cremallera abierta y los billetes ordenados, casi rebosando—, ¿tiene una explicación para esto?
Pues la tenía, venía siendo algo tal que así: «Sí, agente, es fácil de explicar.
Soy de Villavacas del Monte, un lugar en el que no le ocurre nunca nada interesante a nadie…
excepto a mí. Verá, tras encontrar a mi prometido dándole lo mejor de él al lechero, me lo jugué todo al número del Diablo y ¡boom!
ahora soy millonaria y esta es parte de mi fortuna».
Te aseguro que hasta se abrió mi boca, pero entonces la conversación con Taky llegó a mi cabeza como un fogonazo.
Miré detenidamente al policía y lo sentí, no era una persona a la que debiera contarle que era una pueblerina convertida en millonaria.
Así que le dije lo que era más plausible.
Le expliqué que ese era todo el dinero que tenía para mis vacaciones, sin más rodeos.
Sencillo y para toda la familia. Él asintió con firmeza, me miró con reproche e inició un monólogo sobre lo insensato que era llevarlo encima a todas partes.
Vaaale… ahí no he estado muy acertada. Pero es que no sé dónde meter todo ese dinero.
Al principio pensé en esconderlo bajo el colchón y después imaginé que teníamos un naufragio y mi dinero quedaba sepultado bajo el mar.
—Evidentemente, yo no estaba dentro del velero cuando eso ocurría—.
Después se me ocurrió meterlo dentro de un calcetín, pero iba a necesitar varios y no había traído muchos.
Por último, llegó la «genialidad»: lo llevaré siempre conmigo y así lo podré controlar en todo momento.
«¡Pueblerina cateta nivel Dios!». Un suspiro se me escapa al pensarlo.
Está claro que ha sido la peor de las ideas.
Tendré que hablar con Damián a ver si tienen una caja fuerte por el velero y, si no, miraré de comprar una.
Mientras tanto, solo tengo dos pares de calcetines para ponerme, el resto se ha convertido en Ferreros Rocher: bonitos por fuera y «riquísimos» por dentro.
—Quiero llevarte a un sitio. —La voz ronca de Wil hace que mi piel se erice y deje de estar navegando por mis pensamientos.
—No estoy de mucho humor, ya he tenido bastante por hoy —respondo molesta y sin mirarle.
No me gusta que me trate como si fuera una tontita y menos aún que me llame pajarillo.
Le coloco el esparadrapo para sujetar la gasa que cubre la herida de los nudillos y, como si fuera un detonante, Wil se pone en pie rápido.
—Es el último día del año, te mereces hacer algo especial. Esta noche iremos a una fiesta. Pero primero, ponte el bañador. Te espero en cubierta en cinco minutos.
—¿El bañador? Wil, no tengo ganas de ir a ningún sitio. Ahora mismo necesito descansar un rato.
—Ni hablar. Venga, cámbiate.
La orden no admite réplica, se da la vuelta y sale de mi habitación sujetando con una mano la toalla que sigue envuelta en su cintura y que me ha tenido sufriendo un calor sofocante todo el tiempo. Su voz llega de nuevo:
—¡Espabila! ¡Ya solo te quedan cuatro minutos!
Después la puerta de su camarote se cierra.