Capítulo 25
—¡¡Mierda!!
Salgo a la carrera en cuanto veo a ese cabronazo arrancar de un tirón el bolso de Lola de su brazo.
Te preguntarás qué hago por aquí y por qué no estoy trabajando en El Diablo Vela .
¡Ni de broma iba a permitir que paseara completamente sola! Punto.
No es que sea un mal sitio, pero prefiero asegurarme de que está bien. Y sí, esto es estrictamente profesional, su seguridad forma parte de mi trabajo.
«Si tú lo dices… ¿Tengo que creerte?». Aparto el pensamiento absurdo y sigo corriendo todo lo rápido que puedo sin dejar de pensar en que seguirla ha sido lo correcto.
En cuanto ha bajado del velero, yo he ido detrás. ¡Menos mal!
La seguía a su lento ritmo, entendiendo que no tenía ninguna prisa y eso me ha hecho sonreír.
Lola tiene la capacidad de quedarse completamente obnubilada con detalles que otros pasan por alto.
Mientras navegábamos, la he visto observar las olas y sus rizos durante más de una hora sin borrar la sonrisa de su rostro, como si con cada movimiento del agua descubriera algo sorprendente que solo es capaz de ver ella.
Por eso, cuando se ha arrodillado delante de la anciana que cosía, no me ha sorprendido lo más mínimo.
Aprieto el ritmo de la zancada y estiro el brazo. Agarro con fuerza la camiseta del ladrón y tiro de él. Cae con un golpe seco de espaldas y su ronco quejido se mezcla con el gritito de sorpresa de Lola.
—Vas a arrepentirte de esto —sentencio justo antes de lanzarle un puntapié en el estómago que lo hace doblarse en dos.
—¡¡WIL!! —Lola, exaltada, trata de detenerme cuando le agarro de la pechera y estampo mi puño en su rostro—. ¡¡Basta!! —me pide.
Pero ya no hay vuelta atrás. La puerta a ese oscuro lugar me ha dado la bienvenida y, sin dudar, he entrado en él. Mis tinieblas son un todo ahora mismo y ese monstruo con el que lucho a diario toma el control.
Sigo golpeando una y otra vez con mi puño cerrado.
Puedo escuchar cómo cruje su nariz y el calor de la sangre salpicando todo mi rostro.
Los nudillos me arden, es un dolor familiar y reconfortante.
Todo está negro, mi propia tormenta gira a mi alrededor hasta que…
un halo de luz se interpone e irrumpe de manera inesperada.
Un cuerpo menudo se cuela entre el despojo y yo, me rodea, me abraza con fuerza y sentir sus cálidas manos resbalar por debajo de la camisa desabotonada y acariciar mi espalda me detiene en seco.
Mi vista sale del túnel y vuelve a tener la capacidad de verlo todo.
Mucha gente ha formado un círculo a nuestro alrededor.
Reconozco las caras, las he visto infinidad de veces, cada una de ellas tiene la misma expresión: están viendo a un monstruo.
El sonido de Lola llorando desconsolada me hace bajar la vista.
La encuentro enroscada en mi cuerpo con su mejilla bañada en lágrimas sobre mi pecho y, como si fuera el único mantra que recitará en su vida, repitiendo una y otra vez:
—¡Para, Wil! ¡Por favor, para!
El precioso pelo platino ahora luce mechones carmesí que me revuelven el estómago, empeora cuando trato de limpiarlo con mi mano ensangrentada.
Un grupo de tres hombres se acerca cauteloso y entre todos levantan al ladrón. Está inconsciente, pero no muerto. Si hubiera querido acabar con su vida, lo habría hecho. Solo deseaba que sintiera dolor, mucho.
Unas luces centellean a lo lejos mientras sonidos del coche patrulla se escuchan acercarse y el cuerpo de Lola tiembla.
—¡Wil! —Levanta la cabeza de mi pecho y egoístamente deseo que su mejilla vuelva a tocar mi piel.
—Todo estará bien —susurro para tratar de calmarla.
El temblor aumenta y eso escuece, porque sé que es por mi culpa.
La abrazo aun sabiendo que voy a ensuciar su precioso vestido, su delicada piel.
Solo deseo calmar su temor. En cuanto mis brazos la rodean, los de ella se cierran más a mi alrededor.
Descansa su barbilla en mi hombro y puedo sentir cada una de sus agitadas respiraciones, y cómo su corazón y el mío golpean el uno contra el otro descontrolados.
—Las sirenas ya están cantando vuestros nombres —habla la anciana que cosía, colocándose frente a mí—. Vuestras almas por fin han comenzado a reconocerse. En el momento justo en el que acaba el año y empieza el siguiente, deberéis tocar el mar.
Me la quedo mirando alucinado, con todo el vello del cuerpo de punta y sin dar crédito a lo que acaba de decir. Tras una sonrisa cargada de arruguitas, se da la vuelta y empieza a alejarse.
—¡¡Espera!! —trato de detenerla—. ¿Qué sabes de la leyenda? ¡¡Eh!! ¡Perdona!
Lola golpea mi pecho con su mano de manera nerviosa mientras la mujer se aleja.
—¡¡Wil!! ¡¡Dios mío, Wil!!
Dos agentes de policía me arrancan de sus brazos mientras ella, muy asustada, grita mi nombre.
—Todo estará bien —afirmo mientras me esposan las manos a la espalda.
—Señorita, necesito que me acompañe.
—Ella no ha hecho nada, dejadla en paz —gruño al policía que ha colocado la mano en su espalda para empujarla hacia un lado.
—No hay duda de quién ha hecho qué, Wilson. —Me mira con reproche Daniel usando mi nombre completo.
Es uno de los agentes que siempre suele estar en el muelle controlando la ida y venida de turistas.
Lo considero casi un amigo, hemos tomado infinidad de cervezas mientras charlábamos de todo y nada, y él se saltaba una de las normas primordiales de su trabajo; no consumir alcohol durante el servicio.
Es un tipo tranquilo, que habla poco y con fundamentos, me cae bien y ya es mucho más de lo que la gran mayoría puede esperar de mí.
No puedo dejar de observar a Lola mientras habla con el agente.
Sus manos siguen temblando y sus lágrimas resbalan una y otra vez por su bonita piel nuevamente bronceada.
Soy consciente del momento en el que explica cómo el malnacido le ha arrancado el bolso del hombro, el tirón ha dejado una marca que seguro será más visible a medida que pase el rato. Eso me enfurece, mucho.
Durante todo el tiempo que le toman declaración, Daniel me mantiene al margen, sentado dentro del coche patrulla, pero con la puerta abierta. Es una declaración: no estás del todo detenido.
El tipo que recordará para siempre el día que trató de robarle a quién no tocaba, ahora ya está despierto y dolorido. ¡Bien! Como debe ser. También está esposado y a él sí que le han cerrado la puerta del vehículo en el que lo han metido. ¡Bien! Eso también debe ser así.
—¡¡Lola!! —resoplo en cuanto reconozco la voz—. ¡Dios! ¿Estás bien? —Damián aparece en escena casi gritando y la agarra de los hombros para evaluarla. Ella se queja dolorida cuando apoya la mano sobre la marca que le ha dejado el tirón del bolso.
Puedo leer en los labios de Lola cómo le asegura que está bien y entonces me mira.
Sus ojos turquesas están enrojecidos y cargados de un miedo apabullante.
Le mantengo la mirada para que podamos tener una de esas conversaciones que solemos compartir sin decirnos nada, una con la que pretendo que entienda que todo va a salir bien.
La conexión se rompe cuando el cuerpo de Damián se interpone.
—¡¿En qué coño estabas pensando?! ¡Eres un insensato! —gruñe enfadado y a mí la rabia me impulsa fuera del coche.
Daniel coloca una mano sobre mi pecho para detenerme y Damián da un paso atrás. Unas esposas no me detendrán, y ambos lo saben.
—No te atrevas a juzgarme.
—¡Está aterrada! —vocea y después baja el tono para que solo lo escuche yo—. Hace años que esto no ocurría, tú ya no…
—Le ha dañado —lo interrumpo.
Mi amigo de toda la vida me observa un largo rato, nos mantenemos la mirada y entonces asiente antes de añadir:
—Nunca imaginé que sería testigo de algo así. —Sonríe.
—Pues ya ves… en esas estamos.
—Está bien, Wil. Voy a solventar esto —afirmo con un gesto de cabeza antes de que Damián se dirija a Daniel—. ¿Con quién tengo que hablar para poder irnos ya?