La Riqueza del Amor Capítulo 24
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Capítulo 24

Recojo mi cabello en un moño, intentando sentirme menos asfixiada. Y no es por el calor que hace en este lugar, todo es culpa de Wil, que en estos últimos días su intensidad me resulta… apabullante.

Creo que prefería cuando yo le resultaba un pajarillo molesto al que evitar.

«¿A qué ha venido ese acercamiento?».

Desde el día de la ducha no me había vuelto a tocar de ese modo y yo vivía mucho más en paz por ello.

Busco en el bolso el móvil para llamar a Taky, hoy es el último día del año, ahora mismo pasan de las once de la mañana, así que en España más o menos serán las seis de la tarde, seguro que ya se está arreglando para la fiesta de esta noche.

Lo localizo entre el paquete de clínex y el monedero.

Pero cuando tiro de él para sacarlo, algo brillante salta del bolso y sale volando.

Al caer en el suelo, rueda centelleando por las baldas de madera y enseguida correteo detrás, recordando lo que es.

Lo alcanzo y, para detenerlo, coloco mi mano encima, al levantarla, veo la concha nacarada a la que le di un puntapié el primer día que pisé el muelle de Deshaies y sonrío.

El recuerdo del momento en el que conocí a El Diablo me hace estremecer.

Sus oscuros ojos me miraron con curiosidad al principio, como si fuera una especie acabada de descubrir.

Una energía transitó entre nosotros y provocó que el mundo se detuviera.

Éramos dos completos desconocidos que, de manera inevitable, solo podían mirarse el uno al otro.

Aún no sé ni cómo saqué fuerzas para hablar y salir del vértice del huracán en el que sentía que había entrado.

Ahí el verdadero Diablo emergió. En cuanto supo quién era, pasó a verme como un pajarillo que no sabía volar y desee odiarlo por eso.

Es una lástima que nunca haya sabido cómo odiar a las personas, ni siquiera a Florencio he podido colocarlo en ese lugar donde muchos relegan a los que les hacen daño, ese en el que pasas a detestar a alguien para los restos de la vida.

Taky dice que soy demasiado buena, yo siempre le respondo: «mi energía es demasiado valiosa como para consumirla odiando a alguien».

¿Sabes la de esfuerzo que se ha de poner en ello? Siempre mostrándote enfadado al encontrarla, tratando de ignorarla, criticándola… ¡Buf! No tengo tiempo para todo eso. No creo que nunca llegue a ese punto con nadie, sinceramente, creo que lo más fácil es apartarlo de mi vida y listo.

—¡Hola, hermosa!

La dulce voz de una anciana me saca de mis pensamientos. Distraída, he llegado caminando a la primera paradita.

—¡Buenos días! —Le sonrío con ternura al verla.

Millones de arruguitas bañan su rostro mientras algunos mechones canosos, que han escapado de la trenza que lleva al costado, son zarandeados por la suave brisa que trae el mar a la costa. Sus dedos sujetan unas agujas y, sin necesidad de mirarlas, no dejan de tejer.

—¿Qué llevas ahí, niña?

Bajo la mirada y respondo divertida:

—El móvil. —Sonrío porque no me había dado cuenta de que finalmente lo había sacado del bolso. El Diablo me perturba tanto que no sé ni lo que hago.

Deja las agujas de costura sobre la mesa en la que hay varias prendas que seguro ha tejido ella misma y extiende su mano hasta alcanzar la mía, que tengo cerrada en un puño y que no estaba prestando atención.

Con suavidad empuja mis dedos para que la abra y coge la concha que ya ni recordaba que seguía ahí.

—El mar os conecta —susurra y levanta la vista para encontrar la mía—. Las sirenas ya están cantando vuestros nombres, y vuestras almas por fin han comenzado a reconocerse.

—Disculpe, pero no la entiendo.

—Ahora no, niña, pero pronto lo harás. Has llegado a casa.

Le sonrío por educación y sin entender nada de lo que me dice. Es posible que esté divagando. Coloca mi concha sobre la mesa y saca de su delantal un cincel y un pequeño martillo.

—¡¡NO!! ¡No la rompa! —alzo la voz, pero nada impide que golpee sobre ella.

Me acerco tan sorprendida como enfadada.

«Es solo una concha, Lola. El mar está plagado de ellas». Trato de recomponerme y tomar cordura en el asunto.

La anciana me ignora por completo, acerca la boca y sopla, al hacerlo, un agujerito aparece en el nácar, me mira de reojo y sonríe.

En este punto mis cejas ya se tocan debido a la confusión, pero eso solo me dura el tiempo que tarda en coger de un saco que tiene a su lado un precioso hilo blanco con destellos dorados e hilarlo en unas nuevas agujas.

Mi expresión se convierte en asombro cuando empieza a tejer alrededor de la concha y entiendo lo que está haciendo.

Me dejo caer en el suelo, de rodillas frente a ella, para poder observar mucho mejor cómo crea un precioso collar en unos pocos minutos.

—Acércate más, niña —pide con una gran sonrisa que achina sus ojillos sabios.

Anuda el hilo a mi cuello y después coloca frente a mí un pequeño espejo.

—Es precioso. Gracias. —Estoy conmovida.

La concha brilla ahora envuelta en hilo blanco y dorado, todo el intrincado del punto recorre mi delgado cuello con pequeños destellos que provoca el sol al acariciar el colgante.

—¿Qué le debo?

—Debes escuchar.

—La escucho.

—¡A mí no, niña! ¡A las sirenas! —dice algo molesta—. Hoy, en el momento justo en el que acaba el año y empieza el siguiente, deberéis tocar el mar.

—¿Quiénes? —pregunto por inercia sin entender nada.

—Ha llegado el momento —repite y, aunque mi collar es precioso, empiezo a darme cuenta de que esta anciana no está muy cuerda—. Ahora corre.

—¿Que corra…? —Antes casi de que pueda acabar mi pregunta, siento un tirón en el brazo que me hace gritar de dolor—. ¡Ahhh!

Miro un instante a la señora y vuelve a decirme: «corre».

Como un resorte me levanto y hago justo lo que me ha dicho, correr como nunca antes lo he hecho gritando con la única esperanza de que alguien me ayude.

—¡¡Que alguien lo detenga!! ¡¡Detengan al ladrón!! ¡¡Se lleva mi bolsooo…!!