La Riqueza del Amor Capítulo 22
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Capítulo 22

Observo el mar infinito y me siento completamente insignificante.

Llevamos navegando cuatro días sin ver tierra y he de reconocer que los primeros días fueron…

inquietantes. En mi mente se había creado un sueño idílico y aunque es apasionante la sensación de grandeza rodeándote, también me está resultando apabullante.

Es cierto que Damián me enseñó a «nadar» —cojamos con pinzas este nadar—, pero hacerlo en una playa donde puedo tocar pie no es lo mismo que saber que bajo este pequeño barco —ahora me parece enano en mitad del océano— hay impensables metros de profundidad.

Todo un mundo marino con peces más grandes que el velero, imposibles de ver, aunque estén ahí, porque aquí el mar ya no es turquesa, es de un azul tan oscuro que no parece agua translúcida.

El oleaje también es muy distinto, más enérgico, como si su única intención fuera empujarnos para llegar a nuestro próximo destino.

En ocasiones, El Diablo Vela se mueve tanto que Damián y Wil no permiten que camine por cubierta sin sujetarme a los candeleros.

Por suerte, fui previsora y en la última parada compré un arsenal de Biodramina para evitar el mareo.

Esas pastillitas son mágicas y, llegados a este punto, creo que debo declararme adicta a ellas. ¡Me han salvado la vida y el estómago!

Hay poco que hacer y me encanta. La sensación de paz, de no tener que estar todo el tiempo adobando carne o reponiendo estanterías, es placentera.

Echo mucho de menos a mis padres, ¡claro que lo hago!

y más desde que llegamos a mar abierto. La última llamada con ellos fue antes de salir de Terre-de-Haut.

La cobertura móvil se pierde a unas veinte o treinta millas náuticas.

¿Que cuánto es eso? Pues no tengo ni idea. Damián así me lo explicó. Yo solo sé que cuando llevábamos unas cuatro horas navegando, las palabras «sin servicio» aparecieron en el teléfono.

Durante estos días no he estado preocupada.

Wil me ha dejado hacerles una llamada rápida diaria a través del teléfono satélite.

Igualmente, está todo bien en casa, la enfermera interina les encanta.

Esta llegó dos días después de mi partida y se ha adaptado muy bien al ritmo tranquilo de Villavacas del Monte y, sobre todo, al de mamá.

La sobrina de dieciséis años de doña Gertrudis va todas las tardes a trabajar al colmado con mi padre.

Al parecer es tan cotilla como su abuela, pero cumplidora.

Todo en casa va bien y eso también me genera mucha paz.

En lo que a mí respecta, paso el día leyendo en mi e-book novelas románticas que me roban suspiros, tomando el sol de la mañana, y cuando cae y afloja el calor, jugando a las cartas con Damián y Wil. Sí, el capitán también.

Desde que dejamos atrás tierra, El Diablo cambió. Está más relajado, incluso sonríe y hace algunas bromas. Como si el simple hecho de flotar en mitad del mar fuera su sentido de vida. Quizá sí sea así.

Lo que no ha cambiado es su manera de mirarme, esa forma de hacerlo tan penetrante que incluso cuando no lo veo puedo sentirlo.

Estoy todo el tiempo entre estremecerme cada vez que lo siento, reírme con Damián y sus divertidas bromas y la absoluta paz que te da estar en un lugar donde nada ni nadie puede perturbar la tranquilidad que se respira.

Ellos suelen bañarse siempre un rato al mediodía, antes de comer, cuando el sol aprieta.

Yo ni loca me meto en ese mar tan oscuro y mucho menos con mi nivel de nadadora flotante, que tan lejos queda del estilo de Michael Phelps de ellos.

El primer día Wil insistió y dejó claro que no iba a tolerar que me diera una insolación, pero Damián salió a mi rescate y me justificó alegando que no quisiera hacerlo en alta mar.

Sí que me remojo, pero sentada desde la escalera que baja al agua mientras ellos nadan y los observo, en especial a El Diablo, que con cada brazada avanza por el mar como si fueran solo uno, en sintonía y armonía.

Tiene una especie de conexión que no acabo de comprender, pero que me encantaría sentir a mí también.

Damián casi todo el tiempo se queda a mi lado, charlando y salpicándome para hacerme reír.

Es un encanto. Nuestra amistad cada vez toma más fuerza y esa tensión sexual que compartimos en la playa el día que me enseñó a nadar parece haberse disipado.

Sus labios no se han vuelto a acercar a los míos y sus manos, cuando me tocan, ya no lo hacen con esa intensidad.

Dejemos claro que Damián me parece encantador y guapísimo, pero menos mal que no nos liamos en aquella playa.

Tenemos que viajar muchos meses juntos, podría haber acabado en boda o peor que el Rosario de la Aurora. No hace falta averiguarlo.

—Lola. —Me giro en cuanto escucho la voz seca de Wil a mi espalda.

Va descalzo, como siempre, con un pantalón corto y una de esas camisas de lino blancas que suele ponerse sin abotonar y que dejan al descubierto los suaves rizos de su pectoral esculpido.

Se quita las gafas de sol y yo hago lo mismo, solo con mirarle a los ojos entiendo que me está pidiendo que me ponga en pie.

Las conversaciones con Wil siguen siendo mayormente silenciosas, sin embargo, cada vez lo entiendo con más facilidad.

Recojo las piernas que tenía colgando por proa y, sujetándome a los candeleros —como ves, estoy ya muy puesta en términos marítimos—, me levanto.

Busco a Damián por encima del hombro de Wil, no lo veo.

Si no fuera porque sé que es imposible, creería que el resoplido de El Diablo es de molestia por estar siempre pendiente de su marinero.

Nada más lejos de la realidad. El problema es que es impaciente, y que siempre se han de hacer las cosas en cuanto él las pide y yo sigo necesitando unos segundos para estabilizarme cuando paso de sentada a erguida.

Mi cuerpo ha de encontrar el equilibrio y ajustarse al vaivén de las olas.

Antes de que pueda volver a clavar la mirada en esos ojos oscuros que estudian si finalmente voy a caer o mantenerme en pie, sin que me lo espere, dos manos con yemas algo rasposas rodean mi cintura desnuda.

El calor del cuerpo de Wil se acerca al mío y de repente el bikini lo siento aún más pequeño de lo que ya es.

El recuerdo vivido en la ducha asalta mi cabeza; él dándome la vuelta y rozando mi espalda…

Tardo un par de segundos en recomponerme, pero caigo en picado de nuevo al sentir el calor de su respiración en mi oído. Sin dejar de rodear mi vientre con uno de sus brazos, extiende el otro apuntando con un dedo lejos y dice:

—Islas del Rosario.

Ajusto la mirada para enfocar bien y…

—¡TIERRA!

Una ligera brisa revuelve algunos mechones de mi cabello y empuja mi grito de entusiasmo hacia el mar. Estoy feliz. Y no, no es por tenerlo pegado a mi cuerpito, es porque llegamos a un nuevo destino.

—Hemos llegado a Colombia. En concreto, al Parque Nacional de Cartagena.

Vi un montón de fotos de este sitio por internet, el archipiélago es espectacular, y sé que hay un restaurante flotante en una de las islas que ya le avisé a Renata, cuando le envié mi ruta, que deseaba ir.

—Pararemos en esa primera isla a reponer combustible, descansar y que puedas disfrutar del snorkel.

Obnubilada con el paisaje al que nos vamos acercando poco a poco, tardo un rato en darme cuenta de lo que ha dicho.

Desde que estamos navegando, el velero parece haberse estrechado, al menos cuando Wil pasa cerca de mí.

No importa el espacio que haya, siempre acaba rozando mi cuerpo con el suyo de algún modo, aunque sea sutil. Pero esto… que me abrace…

«¡¡Lola!! Has de retomar la acción de respirar». Inspiro cuando mi cabeza me recuerda que el oxígeno debe seguir llenando mis pulmones y recompongo la frase que me ha susurrado al oído, la fragmento y me quedo con el dato más importante.

—¿Has dicho… snorkel?

—¡¡Leonaaa…!! —La voz alegre de Damián brota por las escaleras de los camarotes hasta llegar a nosotros y, como si fuera empujado por ella, Wil se separa de mi cuerpo, pero no del todo.

Una de sus manos envuelve mi muñeca para sujetarme mientras retomo el equilibrio que he perdido cuando mi punto de apoyo se ha alejado.

Sé que es imposible, que con el clima tropical de este lugar no tiene sentido, sin embargo, una corriente de frío me recorre entera cuando el calor de su cuerpo se separa del mío.

Damián llega y para en seco cuando nos ve. Primero me observa, después mira a Wil y, por último, su mano sobre mi piel, una que, al sentir el escrutinio, me suelta.

—Venía a avisarte de que ya se divisa tierra, pero veo que Wil ha llegado antes que yo. —Sonríe acercándose.

Pasa por delante de su capitán, rodea mis hombros con su brazo y tira de mí para señalar un punto en concreto que quiere mostrarme.

Pero, aunque sonrío y asiento con la cabeza como si estuviera muy atenta a lo que me está explicando, mi cabeza no puede evitar pensar en cómo los dedos de El Diablo han resbalado por mi piel hasta soltarme y en cómo sus ojos no dejan de estar clavados en mi cuerpo.

Porque sí, puedo sentir cómo sigue mirándome.