La Riqueza del Amor Capítulo 20
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Capítulo 20

«Ese maldito Casanova no puede evitarlo, es superior a él». Pienso al escuchar el eco de la suave risilla de Lola. Algo que solo me lleva a creer que el clima es un cabronazo que ha empujado su alegre sonido hasta mí para dejarme claro que Damián ya la tiene cautivada.

Lola siempre ríe suave, ligera, como si el sonido que desprende al hacerlo acariciara el viento.

Y es que, si hay algo que la hace destacar, es precisamente lo poco que pretende hacerlo.

Cuando habla, lo hace un par de octavas más bajo que los demás, como si así pudiera evitar llamar la atención, pero, aun así, es imposible no escucharla, no verla.

Es ese pajarillo del nido más pequeño, el que menos pía, pero que tiene las plumas más llamativas.

Un gritito cargado de diversión se arremolina a mi alrededor con el nuevo soplo de la brisa y mis ojos viajan justo al lugar del que proviene.

Solo veo mar hasta que emergen, ambos, abrazados, entre carcajadas.

Lola estira sus brazos y su cabeza cae hacia atrás sin dejar de reír, mientras que los brazos de Damián la abrazan pegada a su cuerpo, sosteniéndola y haciéndola girar.

La química entre ellos cuando se miran me explota en la cara, es palpable incluso desde la distancia en la que los estoy «espiando».

Y sin aviso previo, esa leyenda que contaban siempre los pescadores de Teacapán, mi antiguo hogar, la misma que recordé ayer cuando fui a buscar a Lola a la playa de Deshaies y nuestros pies fueron acariciados por el mar al tiempo, regresa a mi mente con fuerza.

Nunca he creído en leyendas, en realidad nunca había creído en absolutamente nada, hasta que mi única salvación fue aferrarme a algo por muy inexistente que pareciera.

Hay momentos en la vida en que necesitas la fe, que solo eso te puede ayudar a resistir, a vivir.

Y no puedo evitar pensar que, por mucho que yo me empeñe en dejar de creer en ese supuesto más allá, en eso a lo que llaman destino escrito, la vida no va a dejar de ponerme delante pruebas de que es irremediable.

Mis noches más oscuras las transité gracias a la fe, no hablo de creer en Dios, aunque en aquel lugar la mayoría le rezaba a diario. Me refiero a esa fe que uno ha de tener en su destino, en el que sabe que merece.

Lo que está claro es que no estoy en absoluto convencido de que esa leyenda antigua sea mi nuevo camino, solo sé lo que ayer sentí en la orilla cuando el agua nos bañó a ambos. Y no tuvo nada de terrenal, eso sí es una certeza.

—¡Buf! —resoplo con frustración.

Dejo de observar el mar, de pensar en esa historia antigua que me sacude la cabeza, y regreso a los supuestos tortolitos. Damián sigue manoseando el cuerpo de Lola y ella, encantada, se deja hacer mientras sus gestos, algo torpes, acarician con suavidad los hombros y brazos de él.

—Si se la ha tirado… pienso cortarle un huevo —sentencio solo para mí mientras avanzo por la playa aporreando con mis pies la arena.

Creo que mis pasos son tan contundentes que se sienten como pequeños terremotos que llegan hasta ellos, ya que pronto Damián cambia la expresión de su rostro y me busca en la playa.

Sabe que estoy aquí.

Suelta a Lola a la vez que le susurra algo que el traicionero viento ahora prefiere no hacerme llegar y el gesto de ella solo acrecienta mi enfado.

Salen del agua y quiero matarlos y a la vez… morir.

El pajarillo no es capaz de mirarme, sus manos se anudan y frotan entre ellas frente a su cuerpo, igual que hace una niña que acaba de ser pillada haciendo algo incorrecto, la culpabilidad la consume.

Sin embargo, Damián emerge del agua con su habitual despreocupación, sonriente e igual de relajado que se está después de haber explotado en placer.

«¡Se la ha tirado!». El pensamiento me provoca un enfado monumental, no porque se la haya follado en la playa, a pleno día, sin contemplaciones ni remilgos, como si fuera una cualquiera más, no es nada de eso.

«Quizá un poco…». Barro el pensamiento susurrado que llega de algún lugar de mi cabeza en el que no pienso entrar.

Estoy muy enfadado porque le avisé de que no debía hacerlo.

Solo ha aguantado un puto día. ¡¡UN JODIDO DÍA!

! Y ahora voy a tener que lidiar con el enamoramiento y después el desamor que va a provocar en ella y tooodas las consecuencias que eso va a traer.

Todo ello en un velero de cuarenta y cinco pies donde debemos convivir casi un año.

«¡¡De puta madre!!».

—¿Os divertís? —gruño y el cuerpo de Lola se zarandea como si mi voz la hubiera empujado.

«Esta chica no tiene estabilidad ni en tierra».

«O quizá sea que aún tiene flojera en las piernas después del orgasmo que le ha provocado tu marinero». Otra vez esa voz susurrante que NADA me ayuda con la cordura y la calma que necesito para este momento.

—¡¿Sois conscientes de la hora que es?! —alzo la voz y el pajarillo se abraza a sí misma llevando la vista al suelo.

Tengo que dejar de mirarla porque ahora mismo solo tengo ganas de… de… de colarme entre esas sedosas piernas mojadas y obligarla a mirarme con sus ojos turquesas hasta que entienda qué es perder la estabilidad de verdad.

«Buenooo… por fin un poco de sinceridad contigo mismo. Eso está bien».

¡¡MIERDA!!

¡¡JODER!!

¡¡NOOO!!

Nada tiene que ver con querer tirármela.

«Un poco (bastante), sí». Y vuelta al ruedo esa maldita vocecilla.

El pensamiento ha sido solo y exclusivamente porque sé que Damián lo ha hecho, y siempre ha habido entre nosotros esa absurda rivalidad que, de jóvenes, con las chicas del instituto era divertida, pero que ahora no tiene ningún sentido. Lola es absolutamente intocable. ¡¡PUNTO!!

Además, le faltan curvas, tiene el pecho pequeño y parece un pajarillo con miedo a ser devorado. Y sí, tiene unos ojos alucinantes, y su rostro de rasgos finos la hace parecer una puta sirena de cabello platino… sin embargo, no es mi tipo en absoluto.

—¿Has venido nadando? —pregunta Damián haciéndome salir de mis pensamientos.

Me mira suspicaz, con los ojos entrecerrados y una puta sonrisa de medio lado, la misma que compartía conmigo en las fiestas de la playa cuando la chica que nos gustaba y por la que nos habíamos retado se me acercaba.

—¡Cambia esa cara!

—¿Qué? No entiendo a qué te refieres. —Se hace el inocente y rodea el hombro de Lola con el brazo.

Esto fue, es y será una muy mala idea.

Lo dije desde el primer momento que la vi tirar de su maleta por el muelle de Deshaies y no me cansaré de repetirlo.

Pero ahora ya no hay marcha atrás, la realidad es que necesito el dinero y bueno, yo jamás falto a mi palabra, acordé con Marcel que lo haría y lo haré con todas las consecuencias que esto conlleve. Y van a ser un montón.

—En menos de veinte minutos caerá la noche. —Señalo el cielo que ahora mismo parece arder igual que mi estómago.

Lola se gira para mirarlo y su piel toma un bonito color anaranjado con el reflejo de los colores que adornan la Plage de Pompierre.

—Ya te avisé de que no nos esperaras…

—¡¡HASTA MEDIA TARDE!! No hasta el anochecer.

—¿Qué coño te pasa, Wil? ¿Cuál es el problema?

Porque que yo sepa tú te quedas siempre en El Diablo Vela , aun cuando llevo a los clientes —remarca la palabra «clientes» para joderme— a fiestas nocturnas y regresamos de madrugada o incluso al día siguiente.

Nunca habías venido a buscarnos. ¿Está pasando algo que no sepamos?

—Su última pregunta la hace en ese tono locuaz y cargado de perspicacia que solo consigue irritarme a niveles incalculables.

Nos sostenemos la mirada un largo rato hasta que la escuchamos y toda nuestra atención pasa a ella.

—¿Vais a pasar mucho más tiempo mirándoos como si os quisierais arrear un puñetazo? Yo ya estoy lista para regresar.

No tengo claro el tiempo que ha transcurrido, pero Lola ahora lleva puesto un precioso vestido blanco con flores bordadas en colores vibrantes y que va atado a su cuello.

Es uno distinto al de esta mañana y que sé que ha debido de comprar hoy en las tiendecitas, tiene un estilo mexicano típico de esta zona.

De su hombro cuelga su bolso e incluso su cabello está peinado.

Paso de hacer ningún comentario, tampoco pensar en cuánto rato hemos pasado en duelo de miradas, solo aparto mis ojos de su cuerpo y camino de regreso. Al momento, escucho cómo Damián susurra un:

—Preciosa, volvamos, ha sido un día largo y estarás deseosa de descansar.

Dentro de mí, un gruñido recorre mi estómago, sube por el esófago hasta llegar al cuello y muere dentro de mi boca silencioso.

—Gracias por todo, ha sido un día increíble —responde ella y juro que deseo explotar y gritarle que se la ha follado hoy, pero que en solo unos días ya no le interesará ni mirarla.

Decido callar, en realidad, no es de mi incumbencia y, además, ya he hecho todo lo que he podido para evitarlo y aun así ha ocurrido. Ahora solo queda esperar la hecatombe que traerá todo esto como consecuencia y tratar de lidiar con ella.

¿De qué sirve preocuparse de las cosas antes de que ocurran?

¡¡De nada!!