La Riqueza del Amor Capítulo 19
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Capítulo 19

Damián se muere de la risa y quizá debería sentirme mal por ello, pero no es así. Sé que no lo hace con mala fe, es que no hay otra opción, o te ríes o te ríes, yo misma también lo hago al verme.

—Pues resulta que sí que sabes nadar. Solo que no como una persona, sino como un chihuahua. —Se troncha a la vez que no dejo de mover brazos y piernas con el cuello estirado para tratar de no sumergirme.

Coloco los pies sobre la arena y mis manos en la cintura. Intento ponerme muy seria, pero ni con esas consigo anular su diversión.

—¿Vas a reírte de mí todo el día?

—¡Nooo…! Solo un ratito más.

—Eres muy tontín.

—¡Oh! ¡Vamos, Lola! Me merezco un insulto mayor que ese. —Niego divertida—. Vale, a ver. Voy a ponerme un poco serio.

—Tú no sabes hacer eso.

—Lo voy a intentar, por ti, preciosa. —Me guiña un ojo, me sonríe y yo no puedo evitar suspirar de lo mono que me parece.

Desde que le he contado mi historia, se ha creado entre nosotros una complicidad especial. Saber que no tengo que esconderle nada, que no tengo que aparentar quién no soy, me hace sentir eufórica.

—Vayamos por partes, lo más importante lo tenemos, no te hundes —sentencia haciéndome volver de mis pensamientos.

—¿Me estás llamando boya?

—Tú tienes pinta de todo menos de boya, aunque sí es cierto que te pareces en una cosa, es imposible no verte.

Se acerca a mí y rodea mi cintura con ambas manos, durante unos segundos me observa, clava sus bonitos ojos verdes en los míos y…

«¿Me va a besar?». Mis piernas tiemblan solo de pensarlo. La expectativa me consume por dentro como si miles de hormigas recorrieran mi estómago.

Acaricia mi piel con sus dedos hasta colocar una palma en mi zona lumbar y otra sobre mi vientre y, con suma suavidad, empuja mi cuerpo. Veo cómo sus labios poco a poco se van alejando de los míos.

—Lo más importante es que entiendas que en el mar siempre vas a flotar. —Al sentir la sensación, estiro los brazos y las piernas sintiéndome estrellita de mar—. No importa que seas una experta nadadora o no, el agua salada es más densa y empuja tu cuerpo a la superficie.

Sus dedos se deslizan por mi espalda y después deja de tocarme. Echo de menos su tacto al instante.

—Siéntelo, Lola. Deja que el mar te acune, te sostenga.

Hoy aprenderás a nadar, pero necesito que sepas que, ocurra lo que ocurra, si un día crees que no vas a poder, que te ahogas, has de saber que es imposible si mantienes la calma.

Solo debes colocar tu cuerpo boca arriba y no dejar de respirar. ¿Lo entiendes, preciosa?

—Sí. —Le sonrío feliz al darme cuenta de que el mar nunca tratará de engullirme, de que si me relajo siempre será mi aliado.

—Bien, esto ya lo dominas, leona. —Cada vez que me llama así me saca una sonrisa y un precioso runrún sacude mi pecho.

Hemos pasado un largo rato, no sé bien cuánto, en silencio mientras ambos flotábamos y nuestros cuerpos eran acunados por el suave oleaje.

Mirando al cielo limpio, y con el único sonido del fondo del mar en mis oídos sumergidos.

Al ponerme en pie, siento la diferencia de temperatura en mi cuerpo, la parte que ha estado expuesta al sol está más caliente y se refresca con el agua.

—Ahora toca que aprendas a bucear —sentencia Damián mirándome con esa bonita sonrisa que parece incapaz de borrar de su rostro, aunque a mí, sus palabras, solo consiguen generarme pánico.

—¿Qué? No, yo no quiero meter la cabeza bajo el agua, yo solo quiero nadar.

—No digas tonterías, cuando descubras lo precioso que es el mar en su profundidad, no desearás sacar la cabeza de él.

—Deja que lo dude.

—Vaaaya… parece que ha vuelto el pajarillo.

Me pica y no puedo evitar caer en su trampa.

Molesta porque él me llame así, lo empujo con ambas manos.

Sentir su pecho caliente y fuerte bajo las palmas hace que me sonroje, pero por suerte él no es testigo porque cae de espaldas —más bien se deja caer—.

Lo hace de manera tan exagerada que me muerdo el carrillo para no reírme con su interpretación.

Al salir me doy cuenta de mi error. Aparece de nuevo como si fuera el rey del mar y el agua solo deseara lamer todo su fibrado cuerpo.

Sus rizos se pegan a su rostro hasta que sacude la cabeza y cobran vida, volviendo a ser caracolillos despeinados.

—Sabes que la has cagado, ¿verdad, preciosa?

—¡NO! —Extiendo la palma de la mano como si así pudiera detener a su metro ochenta de músculos y testosterona.

Pero ya no hay vuelta atrás.

—Será mejor que cojas aire.

—¡No lo hagas, Damián!

No responde, solo salta. Literalmente, se lanza sobre mí.

Tengo el tiempo justo de coger aire y taparme la nariz, antes de que ambos nos zambullamos.

Todo su cuerpo se pega al mío, es un abrazo ligero, pero cargado de seguridad.

Me embarga el miedo durante un segundo cuando tira de mi mano para que suelte la nariz y entonces me doy cuenta… estamos nadando bajo el mar.

«Sí, sí, como la canción de la película de La Sirenita : ¡Bajo el mar, bajo el mar! Vives contenta siendo sirena. Eres feliz».

Salimos a la superficie y boqueo como un pez tratando de coger aire —muy mimetizada con mi nuevo rol—.

Tardo un poco en recobrar la respiración normal y entonces, volviendo a respirar por la nariz y dejando de tratar de encontrar unas branquias que no tengo, ajusto mi vista para observar al hombre que tengo delante.

Me sonríe exultante, con las puntas de sus pestañas agrupadas por algunas gotitas de agua y los ojos más alegres que he visto nunca.

—Vas a ser una sirena alucinante, Lola. —Peina mi cabello con su mano para retirar los mechones despeinados de mi cara y yo…

« ¡MAYDAY, MAYDAY! Nos inundamooos…». Grita mi cabeza al sentir como un calor abrasador y una nueva humedad, que nada tiene que ver con el agua del mar, encharca mi entrepierna.

Una energía fresca y burbujeante nos envuelve.

Sin ser muy consciente, acabo pegada a su cuerpo, tan cerca que puedo sentir cómo nuestros corazones acelerados se hablan en sintonía, pecho contra pecho.

El aliento de Damián roza mis labios y, al pasar mi lengua por ellos para tratar de humedecer la sequedad que de pronto siento, el sabor salado inunda mis papilas gustativas.

No puedo evitar pensar en si su boca tendrá el mismo sabor o la sal del mar se sentirá distinta en él.

Suspiro despacio al sentir su mano resbalar por mi cabello y acariciar mi columna hasta llegar a mi cintura.

Es tan agradable su tacto que mis ojos se cierran para entregarse a la sensación.

Me zambullo, pero esta vez no en el agua, sino en las sensaciones que me provoca estar tan cerca de Damián, tanto que, aun sin tocarnos, puedo notar la temperatura de sus labios.

El abrazo se estrecha y me rindo al beso que sé, ahora sin duda, que va a llegar…

—¡¡DAMIÁN!! —grita una voz chirriante desde la orilla, rompiendo el momento y volviendo a crear distancia entre la boca carnosa y jugosa de mi instructor de natación y la mía.

Enseguida, descubro en la orilla a una morena despampanante con un top de ganchillo, como el de los tapetes de doña Gertrudis, que cubre como puede sus grandes pechos y deja al descubierto un ombligo decorado con un precioso piercing que aprecio cómo centellea hasta desde esta distancia.

Nos observa con sus manos en las caderas y el ceño fruncido.

—Tengo tu comida lista, espabila si no quieres que se enfríe —anuncia cortante.

—¡Genial, preciosa!

«Ella también es: ¿Preciosa?».

¡A ver! Que esto no tiene nada que ver con los celos, es solo que no me esperaba que a todas nos llame igual.

«¡¡Clarooo… nada de celos!!». Estos pensamientos me molestan e irritan, así que los empujo fuera de mi cabeza y me separo del cuerpo de Damián.

Dejar de sentir sus manos sobre mí hace que el agua parezca más fría, también ignoro ese detalle y aligero el paso para llegar a la toalla y rodear mi cuerpo con ella con algo de incomodidad.

Observo a la camarera «preciosa» volviendo hacia su chiringuito sin dejar de mover las caderas de una manera exagerada y sensual.

A la vez que no puedo evitar resbalar mi mano por las mías para verificar una vez más que yo no tengo esas curvas.

No debería, pero mi delgadez me hace sentir algo insignificante, siempre ha sido así.

La voz de Damián me saca de mis castigadores pensamientos.

—Lola, ¿estás bien?

—Sí, claro. —Lo miro mientras se seca el cabello con la toalla—. ¿Por qué no iba a estarlo?

«Por favor, ¿cómo alguien puede estar tan guapo despeinado?».

Me observa unos segundos y se me acerca… mucho.

Tira de la toalla susurrando un: «ya estás seca».

Lo hace tan cerca de mi oreja que mi cuerpo toma el poder y reacciona sin que pueda evitarlo.

En este momento solo tengo ganas de decirle que estoy de todo menos seca, y que si lo duda, puede comprobarlo él mismo.

Por suerte, me mantengo calladita mientras se agacha, rebusca en la bolsa y saca uno de los nuevos vestidos que me he comprado.

Acuclillado frente a mí, lo abre y meto ambos pies.

Con suavidad lo desliza por mi cuerpo, como si fuera una caricia y la piel se me eriza.

Cuando llega arriba, sin necesidad de que añada nada, me doy la vuelta para que me lo pueda atar al cuello.

—¡Damián! —Alzo la voz sorprendida sintiendo que deshace el nudo de mi bikini.

—Leona —vaya, ahora vuelvo a ser la «Leona»—, nadie te va a ver nada, el vestido lo cubre, y si no te lo quitas, comerás mojada.

Ese «mojada» me hace tragar con fuerza. Él, ajeno al sofocante calor que he empezado a sentir, tira del bañador, lo deja caer sobre la toalla y anuda el vestido en mi cuello, todo sin que se vea nada, tal y como ha prometido.

Al girarme, sus ojos caen a mis pechos y me ruborizo hasta tal punto que creo que voy a explotar.

Alza la vista y cuando su verde choca con mi turquesa, sonríe y añade:

—Una auténtica sirena. —Se acerca y me da un beso en… la comisura del labio. Es lento, descarado y tórrido—. Vamos a comer, estoy hambriento —dice mirando mis labios como si lo único que ahora mismo deseara comer fuera eso.

«¡Lola, para poder seguir con vida debes respirar!». Gracias, cordura.