Capítulo 18
Por mucho que antes de abandonar El Diablo Vela he mirado a Wil con seguridad y el mensaje claro de: «Nací para el mar y mi grotesca vomitera solo ha sido un proceso transitorio y pasajero del que ya me he deshecho», no podía estar más lejos de la verdad.
Me quería morir. Mi cabeza daba más vueltas que una noria y mi estómago parecía haber decidido ponerse cabeza abajo y no volver a su postura natural nunca más.
Había leído sobre el mal de mar, claro que sí.
Incluso había visto vídeos de gente tambaleándose como marionetas borrachas, y me había reído. Ingenua de mí.
La realidad era peor.
Mamá, cuando era niña, solía colocarme una bolsa de agua caliente en el vientre si me ponía enferma, algo que me aliviaba y calmaba el estómago. Así que he creído que el calor del sol podría ayudarme.
Otra horrible idea.
Si cerraba los ojos, sentía el vaivén del velero y eso provocaba el remolino inicial, ese que te avisa que tiene intención de salir disparado por la boca. Pero si los abría, lo veía a él.
El Diablo no dejaba de mirarme como si no hubiera tenido suficiente viéndome en la ducha con la camiseta pegada a mi cuerpo y toda mi piel transparentándose bajo ella. Casi infarto cuando me he dado cuenta de lo desnuda que estaba aún estando vestida.
Todavía no tengo claro cómo me he sostenido en pie cuando Damián ha dicho que nos podíamos ir. Me he tambaleado y Wil ha dado un paso para tratar de alcanzarme, pero mi nuevo aliado lo ha retenido para darme el tiempo suficiente con el que poder demostrar que estaba lista para partir a tierra.
¡TIERRA! Eso era lo que necesitaba. Pisar algo firme.
«Y perder de vista esos ojos oscuros que me consumían por completo… sí, eso también lo necesitaba».
Me senté en la lancha sonriente, tratando de ignorar la mirada que Wil me lanzaba desde que habíamos compartido ducha.
Era una mezcla entre «recuerdo tu piel mojada» y «ahora te odio un poco más por ello».
En cuanto empezamos a deslizarnos por el agua, chocando de un lado a otro cada vez que la lancha saltaba una ola, mi cerebro empezó a rebotar dentro del cráneo como si estuviera flotando en una pecera que no dejaban de agitar.
Mis oídos zumbaban, mis dientes castañeaban de rabia contenida y cada respiración me sabía a bilis.
Los salpicones de agua salada en la cara me parecían un insulto personal.
Cada vaivén, una burla del destino. Y el marinero al timón, con su preciosa sonrisa de dientes blancos y su cabello rubio de surfista siendo agitado por el viento, un sinsentido que la vida me entregaba sin dejar de troncharse de risa. Todo era absurdo.
Yo, la aventurera.
Yo, la valiente.
Yo, la que había prometido que iba a conquistar el Caribe como una diosa en bikini… En ese momento, solo quería bajar del maldito bote, abrazar la arena más cercana y besar el suelo como si fuera el amor de mi vida.
Eso es lo que deseaba, pero no lo que ocurrió. En cuanto toqué tierra, me vacié al más puro estilo «pueblerina que nunca ha navegado y se cree que puede dar la vuelta al mundo en velero». Mi llegada fue estelar y con un saludo del tipo:
«¡Hola, precioso Terre-de-Haut! Soy Lola, y esto es lo que me quedaba en el estómago, yo te lo entrego».
Damián solo me retiró con dulzura el cabello de la cara sin borrar ni un instante esa bonita sonrisa, rodeó mi cintura con su brazo como si fuera totalmente consciente de que sola, entre el mareo y la flojera, no podría caminar y avanzó despacio hasta un pequeño chiringuito con mesas y sillas de mimbre.
Me acomodó en una de ellas mientras, embobada, observaba la vegetación tropical, las casitas de colores y el contraste tan bonito que hacían con la arena blanca y el mar turquesa.
—Esto hará que te sientas bien —certificó con un gran coco partido en la parte superior y con una cañita clavada dentro.
Después de unos pocos tragos ya era otra persona, y entonces la camarera trajo una arepa rellena de carne jugosa. Comimos en un silencio agradable, mientras contemplaba el paraíso y Damián no dejaba de mirarme, tratando de verificar si iba recuperando la compostura.
—¿Qué tal te encuentras?
—Soy una mujer nueva —le respondí emocionada y sonriente, provocando una carcajada en él.
—Lo cierto es que vuelves a tener color de persona viva, e incluso se te nota en las mejillas el ratito que has tomado el sol. Vuelves a estar tan preciosa como siempre.
—Y tú vuelves a ser el zalamero de siempre. —Me reí sabiendo que mis mejillas acababan de encenderse mucho más y no por el sol.
—Venga, vamos a dar un paseo, te encantarán las tiendas artesanales.
—Damián —lo detuve antes de adentrarnos en las calles—, necesito que me enseñes a nadar y hoy, bueno… como…
—Como no está Wil tenemos que aprovechar —acabó la frase por mí—. Daremos un paseo y después iremos a la Plage de Pompierre. Está al otro lado de la isla, y así Wil no podrá vernos desde el velero. Allí comeremos en el local de una amiga y después te enseñaré a zambullirte como una sirena.
—¡Oh! ¡Genial, Damián! ¡Muchas gracias! —salté y lo abracé emocionada.
El resto del día ha sido… ¡INCREÍBLE!
He de reconocer que lo he empezado con ganas de renunciar a mi sueño, pero, a medida que las horas han ido avanzando, me he dado cuenta de que mi viaje no será perfecto, pero sí alucinante.
He entendido que habrá momentos complicados, aunque todos ellos serán compensados por otros maravillosos.
Y lo más importante, he tomado un compromiso conmigo misma: «pase lo que pase, no renunciaré a mi sueño. Voy a dar la vuelta al mundo».
Llevamos un rato paseando por las tiendas y he acabado comprando un par de vestidos y también unas pulseritas de colores con motivos marinos dorados colgando de ellas.
Damián no deja de señalarme prendas que, según él, seguro que me quedan perfectas y me invita a que me las pruebe.
Me resulta divertido, no sabía que existían hombres que les gustara tanto ir de tiendas.
No puedo dejar de pensar en lo mucho que se parece este ratito a cuando nos escapábamos a la ciudad con Taky para renovar armario, solo que esta vez la diferencia es que no hay límite de tarjeta.
—Me resulta curioso que mires tanto los precios. Los clientes que solemos tener más bien despilfarran sin contemplaciones cuando están de vacaciones —comenta Damián mientras distraídamente mirábamos unas prendas colgadas de varias perchas.
Al girarme, lo observo unos segundos dudosa y cuando sus ojos verdes encuentran los míos, siento esa energía que irradia, una que me confirma que puedo ser sincera con él.
—En realidad, hasta hace solo unos días, debía de mirar en qué gastaba mi dinero siempre. —Le sonrío cuando veo su cara de incomprensión.
Salimos de la pequeña tiendecita y, mientras caminamos por los adoquines rodeados del ambiente relajado de este lugar, decido explicarle cómo he llegado aquí.
—Todo empezó el día que pillé a mi prometido… dando mucho amor al lechero del pueblo.
—¡¡Espera!! ¿Quééé? ¿Prometido?
—Damián, ¿te acabo de decir que lo encontré teniendo sexo con otro hombre y solo te has quedado con que estaba prometida?
—Río sin poder evitarlo al ver su cara de sorpresa y continúo—: Después de eso decidí beber hasta perder el sentido con la esperanza de borrar de mi mente la terrible imagen.
—Un escalofrío me recorre de los pies a la cabeza—.
Evidentemente, es algo que no desaparecerá nunca, por desgracia…
El caso es que, en un momento de locura —no menciono lo propensa que soy a vaciar mi estómago—, decidí comprar un número de lotería del Gordo de Navidad.
Me quedo callada y lo dejo asimilar un poco lo que acabo de contarle.
—Lola, ¿me estás diciendo que…?
Su pregunta queda tanto rato suspendida en el aire que al final la termino por él.
—Hace solo unos días me tocó la lotería —le susurro en el oído.
—¡¡Vaaaya…!!
—¿Qué? Ahora te cuadran muchas cosas, ¿verdad?
—Si dijera que no, mentiría. No tienes nada que ver con la gente con la que solemos tratar y que contrata nuestros servicios en Alisios Group. Y… ¿te ha tocado mucha pasta? —pregunta bajando el tono de voz para que solo yo le escuche.
Me detengo, apoyo mis manos en sus hombros, me pongo de puntillas para acercarme a su oreja y, riendo porque ni yo misma aún me creo mi nueva realidad, me sincero:
—¡Ahora soy millonaria!
Cuando apoyo los talones en el suelo y le miro, vuelvo a reírme. Su cara está entre: «¡¡La hostia, menuda sorpresa!!» y algo tipo «¡Joder, esta sí que no la esperaba!».
Entiendo que tiene que disociar lo que le acabo de contar, así que me agarro de su brazo y empiezo a andar, he de tirar un poco de él, pero enseguida retoma el camino conmigo.
Caminamos callados un ratito observando el lugar, me resulta idílico con esas bicicletas viejas recostadas en las fachadas de colores de las casas y toda esa mezcla de colores pastel y verde tropical.
Sin que me dé cuenta, hemos ido dejando atrás el tranquilo pueblecito para avanzar por una pequeña pendiente coronada con una capilla preciosa de paredes blancas relucientes por el sol. Y entonces, el sendero se ha abierto de pronto como si alguien hubiera descorrido una cortina invisible.
—Ahí está: la Plage de Pompierre —habla por fin Damián.
El agua está llena de tonos azules inimaginables y todo el verde rodeándola me hace creer que acabo de entrar dentro de una postal sin filtros.
No me muevo durante unos segundos, tengo el corazón revuelto por la belleza y no me he dado ni cuenta de que tenía la boca entreabierta hasta que Damián, con suavidad, ha empujado mi barbilla para que la cierre.
—Es espectacular —susurro.
La arena es blanca, suave, como espolvoreada con azúcar glas, se extiende en una curva perfecta abrazando la bahía.
Las palmeras han crecido inclinadas hacia el mar, como si también ellas quisieran bañarse.
El agua, quieta como una bañera, en calma, sin prisas, brilla en tonos turquesa y esmeralda, y algunas barquitas de madera flotan en silencio, siendo conscientes de que ahí no se viene a hacer ruido, sino a respirar despacio.
Más allá, un par de gallos —sí, gallos— se pasean por la orilla como si fueran los dueños del lugar, ajenos a los escasos turistas tumbados bajo las sombrillas.
Sin pensarlo, me quito las sandalias y, tras mirar un instante a Damián con una gran sonrisa... salgo corriendo. Quiero sentir la arena bajo mis pies. Quiero tocar el agua y bañarme en ella.
Al llegar a la orilla, tiro del lazo de mi espalda y los tirantes del vestido se aflojan y lo hacen caer al suelo. En ese momento, Damián llega a mi altura ya con la camiseta en la mano. La tira sobre mis cosas y extiende su mano para que yo pueda agarrarme a ella.
—Vamos, Lola. Hoy te voy a convertir en sirena. —Me guiña un ojo.
Río divertida por su comentario y avanzo hasta sentir el agua empezar a cubrir mi cuerpo. Lo hago confiada, porque, inexplicablemente, Damián me provoca justo eso, una confianza absoluta. Sé que junto a él todo irá bien, que no permitirá que nada me ocurra, que me cuidará.