Capítulo 17
Fondeamos El Diablo Vela a poca distancia de la costa y Damián con decisión se ofrece a llevar a Lola a visitar Terre-de-Haut, una de las dos islas que componen el archipiélago Les Saintes.
El lugar es muy pintoresco y tiene muchas boutiques artesanales y restaurantes tradicionales.
El paraíso para cualquier mujer con ganas de gastar toda su fortuna.
Entre los dos hinchamos la pequeña lancha y colocamos el motor.
Durante todo el tiempo, Damián no deja de mirar a Lola, que ha decidido que, mientras lo preparábamos todo, ella iba a tomar el sol un rato en bikini en la proa.
Según ha dicho: «Necesito estirarme un poco para que mi estómago se asiente».
Podría haberlo hecho en la cama, pero nooo… ha preferido hacerlo otra vez, casi sin ropa y en la cubierta.
—¡Para! —susurro enfadado limpiando el sudor de mi frente con el dorso del brazo.
—No estoy haciendo nada malo —responde sin dejar de babear con el cuerpo de Lola.
—Deja de mirarla de ese modo.
—Sí, por supuesto, lo haré cuando tú también dejes de hacerlo —me dice con su habitual humor y entre susurros para que no nos escuche.
—No digas idioteces, yo no…
—Tú sí. ¿Te crees que no sé que te has duchado con ella?
—No es lo que crees.
—Sé que no te la has tirado. Una lástima que hayas perdido esa gran oportunidad.
—Es intocable, te lo advertí.
— Is inticibli… —se burla de mí como un crío y, antes de que pueda decirle nada más, se levanta y la llama.
—Leona, ¿lista para disfrutar del día?
—¿Del día? —Lo agarro del brazo, él se zafa rápido.
—Estoy más que lista —responde con entusiasmo poniéndose en pie.
Se tambalea como es habitual, eso me hace dar un paso al frente, pero Damián coloca una mano en mi pecho y me detiene.
Solo un instante después parece que se mantiene recta y que ha recuperado la compostura, posiblemente sea porque ya no le queda nada más en el estómago que echar.
Me mira con una gran sonrisa y casi puedo oír su cabeza gritarme: «¡Lo ves!
Ya estoy perfecta, solo necesitaba un poco de tiempo para adaptarme».
Pajarillo iluso.
A la que empecemos a navegar volverá el malestar. Quizá sea lo más conveniente. Si se da cuenta de que esto no es para ella, no le quedará más remedio que cancelar este estúpido viaje sin sentido.
***
—¡Espera! ¿Tú no vienes? —pregunta mirándome desde la lancha, ya sentada frente a Damián con un vestido veraniego de tirantes de color verde que hace destacar aún más el turquesa de sus ojos.
Dejo de pensar en su puñetero outfit y miro a mi amigo, que me sonríe canalla. Me está poniendo a prueba el cabronazo y no le basta con la miradita.
—Eso, Wil, ¿tú no vienes?
Nunca lo hago, es un hecho. Solo voy a tierra si tengo que hacer un recado específico. A mí no me gustan las personas, es él el que siempre hace de guía turístico.
—Me quedaré a preparar la comida.
—¡Oh! No te preocupes, Wil, no llegaremos antes de media tarde —dice arrancando la lancha y alejándose de El Diablo Vela .
Doy un paso hacia delante amenazante y el muy cabronazo se ríe y añade—: Tengo varias sorpresas para Lola y nos ocuparán el día entero.
¡Disfruta, nosotros seguro que lo haremos!
El motor de la lancha ruge y Lola se agarra al lateral como una garrapata mientras Damián no deja de decirme adiós con la mano. Juro que ahora mismo deseo matarlo.
El día pasa… lento.
Hasta leer me ha resultado tedioso. Al mediodía ya no sabía dónde meterme y eso que soy una persona que está muy acostumbrada a vivir en un lugar pequeño sin nada que hacer.
He comido una fajita con la carne y las verduras que Roxana preparó y que tienen el mismo sabor que el que hacía mi padre.
Recordarlos me da un bonito calor en el pecho, pero este se disipa con velocidad cuando vuelvo a mirar hacia el sol.
Justo está tocando el filo en el que el cielo roza con el mar. En menos de una hora será de noche y Damián no ha regresado con Lola.
Vuelvo a desear matarlo, pero ahora de una manera mucho más lenta y dolorosa.
Hace ya no sé cuánto rato me he sentado en estribor, con los pies colgando por la borda y la vista fija en la costa. La lancha continúa en el mismo lugar en el que la dejaron y ellos… siguen sin aparecer.
Miro el último mensaje que le he escrito; visto y sin responder.
Le he enviado varios durante el día para advertirle que Lola es nuestra clienta y no su nuevo ligue al que tirarse en la playa.
Los ha leído todos, está el doble check en azul, pero no ha respondido a ninguno.
Algo que está haciendo para joderme con toda la intención.
No tengo claro qué se ha imaginado esta mañana con el tema de la ducha, tampoco sé cómo se ha enterado, ya que suele dormir como un tronco y solo se despierta cuando voy a sacudirlo.
Parece que ha decidido tener el sueño ligero cuando menos tocaba.
El caso es que estoy convencido de que todo esto lo hace porque quiere demostrarme que, aunque me meta en la ducha con Lola, él siempre va a tener más, mucho más de ella.
Damián no soporta ir por detrás en nada y mucho menos de nadie.
Para él la vida es una competición y nunca pierde.
Su puñetera obsesión con demostrar a todos que él puede nos ha traído siempre infinidad de problemas.
Vuelvo a llamarle y al octavo tono salta el contestador. Ya le he dejado dos mensajes de voz y más de lo mismo, sin respuesta.
—¡¡Grrr!! ¡Hoy es tu último día de vida, Damián! —gruño muy enfadado levantándome.
Bajo al camarote y preparo la bolsa hermética que uso para hacer snorkel.
Meto a puñetazos una toalla, ropa seca, unas chanclas y el móvil.
Una vez tengo el bañador puesto, subo a cubierta sin poder dejar de maldecir.
Miro una vez más la costa, nada, todo igual, lancha en el mismo sitio y ellos sin aparecer.
Me coloco el tubo, las gafas y unas aletas para nadar mucho más rápido, sin más, salto al mar.
El agua está templada y calma un poco mi rabia, aunque no va a ser suficiente.
El Diablo Vela está fondeado a unos doscientos metros de la costa, así que en menos de diez minutos ya estoy pisando tierra.
Suelto la correa de la cintura que sujeta la mochila hermética y que ha hecho a su vez de boya para ser visto, y me cambio.
Con la toalla seco el cuerpo con tanto vigor que hasta siento la quemazón.
Me coloco la camiseta y decido no cambiarme el bañador porque hay un grupo de chicas sentadas en varios pareos junto a la orilla que no deja de mirarme y compartir risillas coquetas. No tengo tiempo para esto ahora mismo.
Terre-de-Haut apenas tiene cinco kilómetros, no puede ser difícil encontrarlos. En realidad, conociendo a Damián, solo pueden estar en un lugar: Plage de Pompierre.
Avanzo por la arena fina blanca mientras el sol ilumina el día, ahora ya con timidez.
Todo parece estar en calma, como si en este lugar los minutos pasaran más despacio.
Los colores naranjas del atardecer bañan la vegetación tropical y las casitas bajas de colores pastel adornadas con buganvillas enredadas en las ventanas.
Camino por las calles acompañado de ese silencio isleño que solo se rompe con el sonido de una moto perezosa que pronto llega a su destino.
Subo una pequeña cuesta, rodeando la colina con paso firme, y cruzo junto a una vieja capilla blanca.
Al lado, en una pequeña casa, un par de cabras dejan de pastar desde la sombra de un árbol y me miran como si intuyeran mi mal humor.
Al llegar a lo alto, la brisa me acaricia el rostro con una bocanada de aire fresco que huele a libertad y, quizás, a traición.
Tras el último giro del camino, llego a la Plage de Pompierre.
Y entonces lo sé: Lola está allí y Damián lo ha logrado.