Capítulo 16
Miro de reojo a Lola una y otra vez, me resulta completamente inevitable por varios motivos, todos muy irritantes y… confusos.
Me gustaría poder decir que es porque lleva dos de las tres horas de viaje vomitando por la borda, pero no, no es eso lo que no deja de ametrallarme la cabeza.
Vayamos por partes. Para empezar el día, va y aparece casi desnuda.
Y digo casi porque llevaba unas braguitas y una camiseta de tirantes, aunque ninguna de las dos prendas ha evitado que casi muriera por combustión espontánea.
Inicialmente, ella y esa torpeza ridícula —y vaaale…
divertida—, me han distraído. Y es que jamás había conocido a alguien que sea tan ¿inestable?
De verdad que no quiero reírme, pero es que esta chica es un completo desastre, se tambalea constantemente, sus tobillos delgados parecen de gelatina y su punto de equilibrio lo perdió en algún momento y no ha sabido reencontrarse con él.
Si la hubiera oído salir de su camarote, me habría esperado, pero parecía estar todo en silencio, así que, harto de dar vueltas en la cama, me he levantado para darme una ducha como cada mañana.
Nada me había preparado para toparme con Lola y su arsenal de botes de champú, gel de ducha y botecitos de cremas.
El maldito destino es un jodido cabronazo. Y sí, un montón de palabrotas en una sola frase, pero es así como lo siento. Ya te aviso de que yo no soy de «¡mecachis!». Casi me doblo de la risa cuando la he escuchado utilizar esa expresión.
«¿De dónde narices ha salido tal espécimen?».
He conocido mucha gente adinerada en los años que llevo como capitán y Lola, sin duda, es la más peculiar.
La gente con dinero es distante. Suelen aparentar cercanía, pero siempre desde un nivel infranqueable en el que, sin palabras, te dejan muy claro que ellos son los que manejan la pasta y tú la marioneta a su mando.
Pero la rubia de ojos del color del mar Caribe es muy diferente.
Su aparición triunfal con lluvia de envases cosméticos ha sido como un tsunami matinal.
Sin pensarlo, se ha llevado las manos a la cara para tratar de apartar el montón de gel que resbalaba por ella y esa ha sido la peor de las ideas.
La espuma ha empezado a aparecer y la he agarrado y metido bajo el agua.
No quería que se quedara ciega en su primer día viajando por el mundo.
Todo iba bien, de verdad, el agua parecía ir quitando el jabón, la cosa se ha complicado cuando he mirado hacia abajo.
La camiseta de tirantes de un color amarillo pastel ha pasado a ser «amarillo transparente».
Estaba pegada a sus erguidos y… suculentos pechos como una segunda piel, definiendo con exactitud cada bonita y prieta curva.
Dejando constatar unos pezones descarados que me apuntaban, amenazando con arañar mi pecho si no ponía el agua un poco más caliente.
Mi erección se ha disparado de manera instantánea y he dado gracias a que estuviera casi perdiendo la vista por culpa del gel de ducha. He regulado el agua deseando que sus tetas dejaran de gritar atenciones y ha sido aún peor.
Ha gemido. Un sonidito suave, ronroneante, como el de esa leona de la que hablaba con Damián el día de antes. Una que seguro es capaz de rugir como una fiera.
Sus muslos se apretaban entre sí y su quietud solo hacía que deseara darle la vuelta, apartar esas diminutas braguitas de algodón con borde de encaje y metérsela hasta poder escuchar ese maldito rugido feroz.
Mis pensamientos estaban provocando que cada vez estuviera más y más cachondo. Con intención me rozaba con su piel suave, y aunque le había pedido que no se moviera, deseaba que lo hiciera.
Permanecía ahí tan obediente, tan quieta… estaba a punto de cometer una puta locura.
Mi cabeza había viajado a un lugar de no retorno en el que le ordenaba no moverse y era yo el que lo hacía sobre su cuerpo, balanceando mis caderas una y otra vez dentro de ella.
La cosa ha ido empeorando por momentos. Cuando ha abierto esos ojos que le roban el sentido a cualquier mortal y me ha mirado de arriba abajo con sus labios entreabiertos… mi entrepierna ha saltado pidiendo a gritos un lugar calientito y prieto en el que entrar.
Ahí ha llegado una nueva mala idea.
He preferido darle la vuelta para romper esa energía que me recorre cada vez que su iris colisiona con el mío.
Quería que dejara de mirarme como si estuviera dispuesta a que me hundiera en ella en ese mismo instante, pero no estaba listo para tenerla contra la pared, a mi merced, mojada, con su larga melena rubia goteando en su espalda y ese trasero prieto y respingón pidiendo a gritos una suave cachetada mientras se agitaba su carne con mis embestidas.
Sentía como si los bóxer me estrangularan y he decidido quitármelos. Bueno, por eso y porque deseaba que ella estuviera tan… excitada como lo estaba yo. Aunque fuera solo para que sintiera el mismo castigo físico que me estaba haciendo vivir ella a mí.
Y lo he conseguido, claro que lo he hecho.
Desde detrás he podido ver su perfil y su adorable forma de sonrojarse, como si todo la inquietara, sorprendiera o avergonzara.
Su piel cremosa se ha teñido con una facilidad asombrosa y, aun sin verla, he sabido que sus delgadas cejas se habían juntado para crear una pequeña arruguita en su entrecejo.
Después de ese momentazo matinal, he tomado el café con un dolor de huevos terrible, porque me niego a masturbarme pensando en Lola. Es intocable, hasta para mi mente. Punto. No hay más que hablar.
No puedo ignorar que es una mujer preciosa, que me atrae tanto como a Damián y como a cualquier mortal en la faz de la tierra, pero es una clienta con la que voy a pasar meses en alta mar, así que ni de broma voy a empezar a darle a la zambomba el primer día.
Acabaría como un pajillero adolescente y yo ya hace mucho tiempo que trabajé mi impulsividad.
Durante muchísimos años fui descontrolado en todos los sentidos.
Nunca reprimía mis ganas de nada, ya fueran de sexo salvaje o de la adrenalina que me provocaba golpear a alguien, en el ring o en la calle.
No me importaba, yo solo hacía lo que sentía. Pero ese ya no soy yo.
El rato que se ha ido a pasear por Deshaies me ha relajado un poco, pero entonces he ido a buscarla a la playa para decirle que partíamos y esa maldita leyenda, que siempre contaba mi padre, me ha golpeado con tanta fuerza que parece repetirse en mi cabeza como si de un fotograma atascado se tratara.
En Teacapán, el que fue el hogar donde nací, los pescadores siempre contaban leyendas sobre el mar. Había una que a mi padre le gustaba especialmente y que nunca se cansaba de repetir. Una que hablaba de la magia del mar y su poder.
—¿Estás bien? —pregunta Damián a Lola, sacándome de mis recuerdos.
—Me estoy muriendo. Y, además, el mar huele a pescado podrido y decisiones erróneas.
Me río sin poder evitarlo mientras ella vuelve a sacar la cabeza por la borda y a vomitar. Con drama, con fuerza y con un «me quiero morir» entre arcada y arcada.
—Es el mal de mar —digo con media sonrisa.
— Pues yo lo llamaría el mal de haber nacido lejos del mar.
Damián se troncha de risa, pero yo empiezo a preocuparme.
—Lola, si no mejoras, no vamos a poder viajar y…
—¡No! —me corta consiguiendo incorporarse un poco—. Me pondré bien. Cuatro olas no van a impedirme cumplir mi sueño.
—¿Cuatro olas? El mar está como una balsa y el velero prácticamente no se mueve. No vas a soportar el movimiento cuando esté más agitado, pajarillo.
—¡¡Deja de llamarme pajarillo!! —ruge su leona interior, sorprendiéndonos a Damián y a mí.
Está muy pálida, algo ojerosa, sin duda se encuentra fatal, pero eso no le ha impedido mirarme con una rabia cortante.
—¡Lola, ya llegamos! Ahí está Les Saintes. —Señala con el dedo Damián la costa pintoresca con casitas de colores y parece que el simple hecho de ver tierra consigue estabilizarle el estómago.