Capítulo 15
Necesitaba salir de El Diablo Vela .
Y justo esa necesidad me ha hecho darme cuenta de que hoy he podido hacerlo, pero que habrá muchas partes de la travesía en las que no podré. Que estaremos en alta mar y que, por muy apabullante que me resulte la presencia de Wil y su mirada del averno, voy a tener que aprender a convivir con ella.
Empecé mi viaje en Villavacas del Monte, cuando me subí a aquel taxi maloliente y dije adiós con la mano a todo lo conocido para aventurarme a lo desconocido, sin embargo, no puedo evitar tener la sensación de que en realidad todo empieza hoy.
Al acabar la ¡DUCHA! —sí, con mayúsculas—, he salido a cubierta rezando por que Wil no estuviera. Menuda tontería. Claro que estaba, con su pecho descubierto, sentado frente al cálido sol de la mañana, bebiendo de una taza como si nada en el mundo le importara.
—Buenos días —he susurrado.
—¡¡Aloha, Lola!! —ha respondido Damián con una sonrisa exultante mientras El Diablo miraba el océano como si yo ni existiera—. Me ha dicho Wil que te ha oído meterte en la ducha, por eso me he adelantado y ya te he preparado el desayuno.
«¿Así que eso te ha dicho?». ¡Bufff!
—¡Oh, Damián! —Me sorprendo al ver lo que me ha preparado—. Tiene una pinta deliciosa. Muchas gracias.
Sobre la pequeña mesa que hay en cubierta, una taza de rico café humea.
Junto a esta, dos tostadas recién hechas con un delicioso aguacate partido sobre ellas y algunas semillitas por encima esperan un gran mordisco.
En cuanto me siento, Wil, como si hubiera activado algo, se levanta como un resorte.
Decido ignorar su desaire y disfrutar de las espectaculares vistas.
Me refiero a las del mar, no me seas mal pensada…
—¿Dónde vamos? —pregunto sorprendida cuando el velero, que ha pasado la noche anclado en la bahía, empieza a moverse lentamente.
—Regresamos al puerto. —Arrugo el entrecejo y antes de que pueda preguntar, Damián añade—: Va todo bien, solo queremos acabar de recoger un par de cosas y poder despedirnos de Marcel y la hermana de Wil. Mientras tanto, puedes ir a la playa.
Lo de por fin pisar la arena fina y tocar el agua me emociona, pero no puedo evitar quedarme con otro dato que no me esperaba.
—¿Hermana?
—Sí, Renata, ¿no lo sabías? Son como dos gotas de agua. —Toso cuando la tostada se va por el otro lado debido a la sorpresa y me uno a las risas de Damián porque no se parecen ni en el blanco de los ojos.
—Esa chica encantadora, divertida y risueña… ¿Es su hermana?
—Sí, lo es —dice Wil tan cerca de mi oído que doy un brinco en la silla y… ¡¡BINGO!! Me tiro todo el café por encima.
—¡¡Jopetas!! —gruño frustrada.
—¡Vaya, Lola! Parece que vas a necesitar darte otra ducha. Si quieres ve y ahora te acerco la toalla.
Dejo de tratar de limpiarme el café de mi bonito vestido veraniego blanco, uno que me compré especialmente para mi primer día de viaje y que ahora ha quedado arruinado, y me giro de golpe a mirar a Wil.
No se aparta, ni se mueve, ni me retira la mirada, se mantiene ahí con una maldita expresión divertida en los ojos que no tengo claro si quiero borrársela de un tortazo o…
«O naaada… Lola, sal corriendo de ahí. ¡Huye de su mirada! ¿A qué estás esperando? ¡¡Corre!!». Y eso hago gracias a mi cabeza, que parece que esta mañana está más despierta que yo. En mi huida, choco contra el pecho de Damián.
—¡Ey, leona! ¿Dónde vas tan rápido? —Me sujeta para estabilizarme y que no me caiga cuando pierdo el equilibrio por el impacto—. Por cubierta siempre es mejor que vayas con más aplomo.
—Sí, perdona. Es que el café se ha caído y voy a cambiarme.
—Una verdadera lástima, ese vertido te queda de infarto.
Me sonrojo con el cumplido zalamero de Damián a la vez que le doy un «gracias» muerta de vergüenza. Lo dejo atrás, a él y a su mirada de promesas indecentes, y cuando estoy ya poniendo un pie en el primer escalón que baja a los camarotes, pasa cerca Wil y susurra:
—Torpe, insufrible y adicta a las duchas.
No puedo evitar quedarme inmóvil con un pie flotando y sin llegar a pisar el siguiente escalón.
Te juro que si tuviera algo en la mano, se lo tiraba a la cabeza, pero en lugar de eso, cuando me mira de reojo para ver mi reacción, lo veo con una media sonrisa en el rostro que lo único que consigue es que mi labio también se alce un poco.
Niego con la cabeza sin entender muy bien a qué ha venido ese ¡MOMENTAZO!
de complicidad. Tampoco pienso detenerme a analizarlo, decido ir a cambiarme y…
dejar de pensar en esos labios gruesos curvados de medio lado y ese rostro divertido que me parece tremendamente sexy .
El puerto de Deshaies es pequeño pero encantador, un rincón tropical abrazado por colinas verdes y casas de colores que parecen detenidas en el tiempo.
Desde el muelle, lo primero que se percibe es el ritmo lento y cálido de la vida antillana: barcos de vela meciéndose al compás del oleaje, pescadores arreglando redes con paciencia infinita y una brisa cargada del aroma a salitre y flores exóticas.
Literalmente: ¡EL PARAÍSO!
La mayoría de las casas son de madera y tienen contraventanas pintadas en tonos pastel; turquesa, coral, amarillo...
Todas ellas se alinean en calles estrechas bordeadas por palmeras y buganvillas en flor.
Las aceras de piedra cercanas a la costa están llenas de tiendas de artesanía donde el tiempo parece haberse detenido.
Desde el puerto se divisa una ladera frondosa repleta de vegetación tropical: plataneros, helechos gigantes y demás árboles. Y entre todo eso, asoma una iglesia pintoresca con tejado rojo que sobresale como un faro discreto entre el verde.
A pocos pasos está lo que Damián ha llamado Playa de Grande Anse. La arena es fina y blanca, frente a ella, el mar Caribe se despliega en una paleta de azules imposibles. El oleaje es tranquilo, pausado, como todo aquí.
Recojo las sandalias del suelo y, despacio, queriendo disfrutar al máximo de la sensación, coloco uno de mis pies descalzos sobre la cálida arena.
Hago lo mismo con el otro y sonrío plena de felicidad.
Agito los deditos sin dejar de mirarlos y río divertida al ver cómo los diminutos granitos de arena resbalan entre ellos.
Avanzo sin poder dejar de observarlo todo y deseando que esta imagen quede en mi memoria para siempre.
Cuando veo la hilera de cocoteros que se inclina perezosamente hacia el agua y los pequeños chiringuitos de madera donde varias mesas están ocupadas con gente tomando lo que parecen zumos, no puedo evitar pensar en mi familia y lo mucho que les gustaría esto.
Saco el móvil de la bolsita de tela, extiendo el brazo y con una enorme sonrisa me hago un selfie. Envío la foto al grupo en el que están mis padres y Taky, porque sí, él es uno más de la familia. Como nota bajo la imagen, solo pongo «Feliz en el paraíso».
Al segundo, miles de emojis de corazones y caras con estrellas en los ojos aparecen en la pantalla. Les escribo para decirles que dentro de un ratito los llamaré y vuelvo a guardar el móvil, no quiero que tener la nariz pegada a la pantalla me robe este momento.
Camino tranquila, sin prisa, disfrutando de la temperatura, el olor a mar y frutas tropicales que llega de los chiringuitos.
Me detengo justo antes de tocar el agua.
La silueta de los veleros fondeados frente a la costa parece sacada de una postal, una que se parece mucho a la imagen de mi « Bitácora de Sueños» .
Deshaies no solo es un lugar hermoso: es un susurro tropical y magnético.
Inspiro llenando mis pulmones, haciendo que el pecho suba, al soltar el aire, levanto el pie, muertita de expectación por tocar el agua y entonces, justo al lado, unos pies de hombre aparecen.
Llega la primera ola y nos baña a ambos, con suavidad, rozando, acariciando nuestras pieles y…
todo se detiene. El mar parece congelarse, el sonido que mecía el ambiente desaparece y una energía inexplicable me recorre entera.
Al levantar la vista, Wil está a mi lado.
Nuestras miradas se encuentran y parecen quedar ancladas como lo hace un velero en el fondo del mar.
No existe tiempo.
No existe nadie.
No existe otro.