La Riqueza del Amor Capítulo 14
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Capítulo 14

Inspiro con fuerza, dejando que el aroma del mar cale tan dentro de mí que no pueda olvidarlo nunca.

Aun con los ojos cerrados, puedo sentir cómo el sol se cuela en el camarote dándole luz al día.

Ruedo para ponerme de lado y con algo de resistencia, abro los párpados intentando adaptarme a la claridad.

Frente a mí, el portillo —que es como me dijo Damián que se llamaba la ventana redonda de un velero—, sigue abierto, así ha estado toda la noche, dejando entrar una suave brisa que me acaricia el cuerpo con delicadeza.

El cielo tiene un precioso azul limpio y sin nubes.

Se toca con el turquesa del agua que no ha dejado de acunarme con un dulce vaivén durante toda la noche, igual que hace una madre cuando trata de dormir a su bebé.

Y justo así es como he dormido, como un bebé.

Estaba agotada por el viaje y todas las emociones vividas.

Mi intención después de la cena era darme una ducha, pero ya no me quedaban fuerzas para sostenerme en pie.

Entré en el camarote y miré la cama durante un par de segundos, eso es lo que tardé en tomar la decisión de dejar caer al suelo el tejano corto que llevaba y lanzarme sobre el colchón.

Me levanto y estiro los brazos hacia el techo con un gran bostezo y una enorme sonrisa en el rostro.

«¡¡Estoy en el paraíso!!», pienso con emoción antes de coger la toalla, que sigue bien enrollada a los pies de la cama, y también el neceser. Asomo la cabeza por el quicio de la puerta, despejado.

Salgo del camarote apresurada para no cruzarme con nadie y cuando doy dos pasos, la puerta que tengo justo al lado se abre.

—¡Ah! —grito sobresaltada agitando los brazos debido a la sorpresa.

Eso provoca que los botes del neceser salgan volando y, evidentemente, sin perder mi buena fortuna, el gel de ducha, el envase más grande, cae sobre mi cabeza.

Me golpea con contundencia y gimo del dolor.

Aunque eso solo me dura un instante porque al momento algo frío y resbaladizo impregna mis ojos.

—¡Mecachiiis…! —Trato de quitarme el jabón que está pulverizando mis córneas—. ¡Ay! ¡Ay! Picaaa…

Dos manos fuertes y muy calientes envuelven mi cintura y mis pies dejan de tocar el suelo.

—¡¡Ahhh!! ¡¡Está fría!! —me quejo cuando el chorro de agua cae sobre mi cabeza.

Una de las manos que me sujetaba ahora no deja de pasar por mi cabello y mi cara, ayudando a las mías a eliminar todo el jabón.

—¡Estate quieta, joder!

—Me escuece.

—Y lo hará más si no te dejas de mover, vamos a tardar el doble. ¡Quieta!

Su orden, autoritaria y contundente, hace su efecto, y me quedo como una estatua. En ese momento empiezo a ser consciente de lo que está pasando.

Wil me acaricia el rostro, limpia mis ojos con el pulgar y después recorre mi cabello desde la frente hasta las puntas, todo para tratar de eliminar el jabón.

La temperatura del agua rápido se templa y ahora resulta agradable, contrasta con el calor de su piel.

Y no me refiero solo a la de su mano, puedo sentir el pecho de Wil rozando mi cuerpo.

«¡OH! ¡OH!». Pienso en cuanto recuerdo mi outfit , si es que a este modelito se le puede llamar así. Solo llevo una camiseta de tirantes y las braguitas.

«¡Esto no me puede estar pasando!».

Está claro que salir así del camarote creyendo que nadie me vería ha sido una idea nefasta.

«¡Muy bien, Lola! Tú no dejes de liarla ni en el Caribe».

—¡Joder! —gruñe bajito.

—¿Qué? ¿No sale? —pregunto preocupada.

Si no fuera porque sé que este hombre no sabe, diría que lo he escuchado reír.

—Ya casi está.

No le respondo, solo permanezco ahí inmóvil, tratando de respirar con normalidad y sin dejar de apretar mis muslos porque ese cosquilleo inquietante en mi entrepierna parece haber decidido aparecer de nuevo en el momento menos oportuno.

—Abre los ojos, Lola.

«¡Por todas las virgencitas! ¿Tenía que decir mi nombre otra vez con esa voz ronca y sibilante?».

Pestañeo varias veces tratando de ignorar mis pensamientos, y me centro en respirar u olvidaré cómo he de hacerlo para no morir por falta de inhalación de oxígeno. Cuando consigo enfocar la vista…

¡¡¡OH, MY GOD !!!

«¿Mundo, por qué eres tan cruel conmigo? ¿Qué te he hecho yo para merecer esto?».

Creo que prefiero volver a quedarme ciega, y ahora mismo no estoy segura si lo deseo para el resto de los días.

«¿Cómo narices gestiona un humano corriente algo así?».

El Diablo en persona está frente a mí con su pecho bronceado y mojado, casi rozando mi cuerpo. Unas tremendas ganas de estirar la mano y acariciar el suave vello rizado de su pectoral me embargan. No puedo evitar seguir el curso de este, cómo recorre su abdomen hasta el ombligo y llega…

«¡¡JODER!!».

Y sí, esto se merece una palabrota de este calibre y en mayúsculas, una tan grande y poderosa como la erección que trata de encajar dentro del bóxer negro y apretado que lleva Wil puesto como única prenda. Eso puede caber dentro de…

—¡Pajarillo! ¿Siempre eres tan insoportable y torpe?

—¿Perdona? —Alzo de nuevo la vista, bueno, alzadas hay otras cosas por aquí, así que mejor corramos un tupido velo.

—No te perdono. Eres torpe, frágil y un puto peligro para quien sea que se te acerque.

El enfado me explota en el vientre con cada palabra y sale por mi boca sin contención.

—Y tú eres maleducado, grosero y ¡¡grrr…!! ¡¡Insufrible!!

—Date la vuelta. —Su orden me deja petrificada y siento el rubor cubrir mis mejillas al instante—. ¿Estás sorda? Vuélvete.

Miro todo el espacio o, mejor dicho, la falta del mismo, con los dos aquí dentro es imposible que pueda moverme.

El baño del velero es funcional, pero muy pequeño.

Tiene una pica, un inodoro y justo al lado la ducha con una mampara que ahora mismo sería impensable cerrar, ya que nosotros ocupamos todo.

—Torpe y sorda —resuelve a la vez que vuelve a tocarme y gira mi cuerpo colocándolo contra la pared.

Al hacerlo, rozo todo su pecho y… —¡Dios mío, deja de castigarme!— su erección. Un gruñido de frustración ruge en su garganta.

—¿Qué narices haces? —Trato de volverme de nuevo—. No soy una niña a la que castigar, tú no…

—Lola, quédate quieta si no quieres verme desnudo.

—¿Des-desnu…? —Un chasquido llama mi atención y al mirar al suelo veo su calzoncillo negro a mis pies—. ¿Pero qué…? No me vas a…

—Tranquila, no pienso tocarte —me interrumpe con tono de suficiencia—. Solo voy a acabar de ducharme.

—Y no puedes esperar a que termine yo.

—Eres tú la que ha provocado que acabara aquí mojado de pies a cabeza. Así que, tras salvarte de una ceguera, creo que puedes esperar a que termine la ducha.

Mientras habla, juraría que lo hace ¿riendo?

—¿Te parece divertido?

Tarda un rato en responder.

—Me resulta muchas cosas —contesta en un tono tan grave que parece retumbar por las paredes del pequeño espacio. Apaga el agua y añade—: Te dejaré una toalla limpia colgada de la puerta, me llevo la tuya.

Un segundo después, su energía apabullante desaparece del baño y, sin poder evitarlo, me dejo caer al suelo de rodillas para tratar de recomponerme.