La Riqueza del Amor Capítulo 13
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Capítulo 13

Hoy es el día en que mi gran amigo Wil muere de un puto infarto.

—Vamos a ver, Lola —la sujeto de ambos hombros y doblo un poco las rodillas para quedar a la altura de su precioso rostro—, vayamos poco a poco. ¿Qué quieres decir con eso de «no sé nadar»?

Se queda callada, solo me mira como el pajarillo asustado que dice Wil que es y sus ojos se llenan de lágrimas. Cuando la primera gotita resbala por su mejilla, lo sé, queda verificado: hoy es el día en que mi amigo muere de un puto infarto.

«Solo si se entera» pienso mirando de reojo a Wil mientras flota en el mar con los delfines nadando a su alrededor.

Rodeo el cuerpo de Lola con el mío en un abrazo que se vuelve muy íntimo cuando su mejilla se apoya en mi pecho descubierto. Y aunque sé que este no es el momento, no puedo evitar pensar en la suavidad de su piel y en cómo deben de sentirse sus piernas bajo el tacto de mi mano.

—Lola, ¿te das cuenta de que quieres dar la vuelta al mundo en velero y… —necesito unos segundos antes de decirlo— no sabes nadar? ¿Cómo no nos lo dijiste antes?

—Nadie preguntó.

La aparto sujetándola de nuevo de los hombros y la miro fijamente.

«¡Dios! Es preciosa hasta con los ojos rojos y las lágrimas bañando sus mejillas».

—¿Y qué pretendes que hagamos ahora?

Sin necesidad de decir nada, sé que me entiende a la perfección porque su mirada vuelve al mar.

—Por favor, no se lo digas.

—Lolaaa…

—¡Enséñame! A ver, no es que no sepa flotar en el agua. Es solo que me he criado en un pueblo donde la única piscina que había era la de un vecino y en ella siempre tocaba pie.

—No sé…

—Damián, por favor, enséñame a nadar. Aprenderé superrápido, te lo prometo.

Ahora soy yo el que mira a Wil, no ha dejado de observarnos desde que se ha lanzado al mar. Y es que ya me lo ha advertido hoy antes de la cena, mientras ella estaba en el camarote llamando a su familia:

—Es intocable —ha sentenciado cerca de mí para que solo pudiera escucharle yo.

—¡Oh! ¡Vamos! No empecemos —le he respondido tratando de alejarme de él, pero no me ha dejado marchar.

Su mano ha sujetado con firmeza mi brazo y esa mirada que ha tumbado a varios hombres en lugares donde la falta de miedo era lo único que te salvaba, me ha atravesado.

—He dicho que es intocable.

—¿Qué pasa, la quieres para ti?

—No digas gilipolleces. Nadie le va a poner un dedo encima. Quedan mínimo ocho meses por delante y quiero que el viaje sea lo más… tranquilo posible.

—Está bien, no la tocaré… si ella no me toca a mí.

—¡Damián! —ha gruñido acercando su rostro al mío desafiante.

Pero a mí no me da miedo, lo conozco, sé muy bien de todo lo que es capaz, claro que lo sé, sin embargo, también sé que a mí no me haría nada, yo soy su hermano, aunque no compartamos sangre.

—¿Va todo bien? —La dulce voz de Lola ha irrumpido en el momento preciso.

Wil me ha soltado y, malhumorado, se ha sentado en la mesa donde ya había puesto los platos.

—¿Bien? No, leona, yo creo que en realidad va todo perfecto. ¿Qué opinas? —He señalado la bandeja con las langostas que compré por la mañana en el mercado y que había asado en una pequeña parrilla.

Ha sido divertido ver su cara de asombro, y mucho más tener que explicarle cómo partirlas para poder sacar la jugosa carne de su interior.

Wil no dejaba de mirarla con su ceño fruncido y, aunque no ha hecho la pregunta, sé que no podía dejar de cuestionarse: «¿Qué clase de ricachona no ha comido nunca langosta? ».

Lola es… de todo menos la típica rica. Y en este trabajo hemos conocido muchas.

Su inocencia y esa dulzura al hablar la hacen parecer delicada, casi frágil, aunque también he podido atisbar la fuerza que reside en ella.

Sí, aparenta ser un pajarillo temeroso deseando volar por el mundo, o bueno, navegar, pero siento que en su interior hay una leona deseando rugir.

Y yo estoy ansiando sacar ese rugido de lo más profundo de ella.

Este viaje va a ser la hostia.