Capítulo 12
Me río divertida y negando con la cabeza sin poder evitarlo.
—¿Quieres explicármelo? Así me podré reír contigo. —Damián me sonríe ampliamente, mostrando sus blancos y alineados dientes.
Sus ojos se achinan cuando lo hace y, si no fuera porque son de un verde muy claro, quedarían oscurecidos por completo por sus tupidas pestañas. Sus rizos rubios y despeinados le caen por el rostro, dándole un aire juvenil y surfero que, estoy convencida, roba más de un suspiro.
—No es nada.
Le resto importancia, pero sí que es, y mucho.
Hace menos de dos días estaba en Villavacas del Monte comiendo caldo navideño y ahora estoy en la cubierta de un velero, cenando langosta hecha a la parrilla iluminada con la luz de centenares de lucecitas que trepan por el árbol de Navidad y suben por el mástil.
Es el fin del día y el cielo tiñe todo de un naranja que se apaga por momentos.
El mar parece una balsa y un suave, casi imperceptible vaivén mece El Diablo Vela .
Me llevo un trocito de marisco a la boca y siento como se funde entre mi lengua y el paladar. El placer me hace cerrar los ojos y gemir suavemente. Cuando alzo la vista de nuevo, colisiono con él.
Desde que hemos zarpado, todo está entre mi sueño hecho realidad y una tortura que no sé si podré aguantar.
Mi querido capitán, o como he decidido bautizarlo: El Diablo no deja de mirarme como…
como… ¡Buf! No sé explicarlo. Pero no deja de hacerlo.
Para colmo, mi estupidez insiste una y otra vez en comprobar si sigue haciéndolo, así que constantemente impacto con esos ojos oscuros que me roban el aliento sin tregua.
Por suerte está Damián, en solo un par de horas he decidido que va a ser mi gran aliado, y antes de ahogarme en la profundidad de la mirada de El Diablo, lo busco y encuentro el polo opuesto.
Sus ojos verdes chispeantes parecen sonreír siempre, aunque su boca no lo haga, y eso me hace sentir que todo irá genial.
Al fin y al cabo… ¿Qué puede salir mal?
¡Soy millonaria! Puedo comprar lo que sea o pagar lo que haga falta para solventar cualquier contratiempo.
«Definitivamente, nada puede salir mal». Pienso dejándome envolver de una nueva paz.
Wil es solo un tremendo amargado, ¡y sexy también! Aun así, no voy a permitir que ninguna de las dos cosas perturbe mi viaje. Haré tal como me ha dicho Damián:
—Preciosa, Wil es un hombre algo malhumorado, pero el mejor capitán que podrías tener. No le hagas caso cuando se ponga gruñón.
—¿Quieres que le ignore todo el tiempo? —La risa de Damián me ha contagiado, pero enseguida me he puesto seria—. Me mira como si fuera…
—¿Un pajarillo?
—No tiene gracia. —Pero ambos nos hemos reído de nuevo.
—Lola, tú solo habla poco con él, dale su espacio y disfruta al máximo del viaje.
Y eso es justo lo que pienso hacer.
He de reconocer que cuando ha regresado de hablar con Marcel, parecía mucho más calmado.
Yo estaba dentro de mi camarote con la puerta abierta, sacando las cosas de la maleta a la vez que escuchaba la playlist que hicimos con Taky antes de irme.
Tarareaba con Karol G su canción Si antes te hubiera conocido sin poder evitar mover las caderas ligeramente al ritmillo.
Entonces lo he sentido, ha sido sin aviso previo.
Un escalofrío ha recorrido mi columna y ha erizado todo el vello de mi nuca.
No me digas cómo, pero he sabido que El Diablo estaba ahí.
—Hola —he susurrado al girarme y encontrarlo bajo el quicio de la puerta con la camisa sin cerrar y con los puños apretados a ambos lados de su cuerpo.
—Lola…
Que dijera mi nombre por primera vez ha generado un cosquilleo en un lugar en el que nunca lo había sentido, al menos no de ese modo.
Wil sin duda ha salido de los avernos de la tierra con esa mirada, cuya única intención parece querer arrastrarme con él hasta el infierno para apoderarse de mi alma.
Inicialmente, me había parecido un hombre de esos que roban suspiros, de los que te roban el aliento con solo una sonrisa, pero entonces… no ha sonreído ni un poquito.
Durante unos segundos o quizá más tiempo nos hemos quedado en silencio, mirándonos, como si solo con nuestros ojos pudiéramos tener una conversación.
Cuando ya no he soportado más la tensión, he asentido con la cabeza y, justo después, él también y…
ya. Eso ha sido todo lo que nos hemos «dicho».
Se ha dado la vuelta y lo he visto atravesar el pequeño espacio del comedor y subir las escaleras hasta la cubierta.
Mi trasero ha caído sobre el colchón porque mis piernas ya no soportaban mi cuerpo en pie y he necesitado algo de tiempo para aminorar la velocidad de mi acelerado corazón. Ese hombre me provoca emociones demasiado intensas y confusas.
Tecleando con velocidad, le he enviado un mensaje a Taky:
Lola:
Resulta que mi capitán ha destronado
al «Morenazo de Logroño» y lo ha
dejado a la altura de «Morenito sin más».
Taky:
¿Quéééé? La foto que me enseñaste era de un señor
de pelo blanco y sobrero hortera.
Lola:
Ese solo es el dueño del velero.
La tripulación ronda los treinta y
ha salido del Averno con la intención
de acabar con mi cordura y hacer de
este viaje un infierno.
Taky:
¡¡Ja, ja, ja!! Ni que el mismísimo
Diablo fuera a llevarte a dar la vuelta al mundo.
Lola:
Ni te imaginas lo acertado que has estado.
Mañana te cuento, me llaman para cenar.
—Más que un pajarillo, pareces una gatita con esos soniditos —me habla Damián cerca del oído, sacándome de mis pensamientos.
Es ahí cuando me doy cuenta de que vuelvo a tener la boca llena de langosta y he ronroneado del placer al saborearla, pero esta vez mis ojos no se han cerrado porque están demasiado ocupados tratando de desanclarse de los de El Diablo.
Una risa rompe el momento, que no sé bien cómo catalogarlo, y al mirar a Damián y su cálida sonrisa, siento calma.
Ese aire despreocupado me encanta, no se parece en nada a Taky, pero siento en él la misma energía que tiene mi amigo.
Sé que puedo confiar en él y que va a ser mi gran compañero en este viaje.
«¡Qué suerte que esté aquí!» pienso, correspondiendo su sonrisa y, divertida, le respondo.
—Prefiero que dejéis de compararme con animalillos.
—¿No te gusta ser una gatita? —pregunta pícaro.
—Prefiero ser una leona.
—¡WOW! Así que una leona, ¿eh? ¡Me gusta! —Ambos reímos hasta que un zambullido se escucha.
Me levanto nerviosa mirando a todos lados, sin entender de dónde ha venido ese ruido, y el agobio me sacude cuando no encuentro a Wil sentado en la punta de la cubierta. Corro sujetándome a las cuerdas que rodean el velero y, cuando llego al extremo, asomo la cabeza.
—¡¿Wil?! ¡WIL! —grito—. Damián, creo que ha caído al mar —dudo asustada.
—Leona —pretende ser divertido, pero en estos momentos no me hace gracia—, Wil sabe nadar perfectamente.
—Pe-pero, pero… ¡no está!
—Acabará saliendo.
—¿Saliendo? ¿De dónde?
—Del mar —responde divertido acercándose—. Mira, ahí lo tienes.
A varios metros de distancia emerge Wil como si fuera un Tritón gobernando los mares y a su lado…
—No puede ser verdad... —Ajusto la vista sin acabar de creérmelo—. ¿Eso son? ¿Son…?
—¿Delfines? Sí. Suelen nadar a esta hora todos los días en esta zona. Siempre que podemos nos bañamos con ellos. Venga, corre a ponerte el bañador.
—¿Para qué?
—Pues para meterte en el agua. Con los tejanos esos cortos no nadarás muy bien que digamos. —Me quedo paralizada y el agobio empieza a instalarse en la boca de mi estómago—. Lola, ¿estás bien? Te ha puesto pálida de golpe.
«Ha llegado el momento de la verdad. Sabías que iba a ocurrir. Mejor ahora que más adelante».
Respiro hondo con resignación, trato de recabar todas las fuerzas y la valentía que me son posibles y cuando creo que estoy lista —no lo estoy, pero me lanzo—, dejo ir mi verdad más vergonzosa.
—No puedo porque… —bajo el tono de voz tanto que Damián se agacha para acercar su oído a mí— no sé nadar.
—¡¡¡¿¿QUÉÉÉ??!!!