Capítulo 11
— Enchanté, mademoiselle Lola. Bienvenue à bord. —El marcado acento francés de Marcel solo hace que crisparme más—. Bienvenue à El Diablo Vela ! —Llega a la altura de ella y extiende su mano para estrecharla.
— Merci beaucoup !
—¡Wow! Vous parlez français ?
—Nooo... solo alguna palabra suelta. —Sonríe y no puedo evitar resoplar, ambos me ignoran por completo y siguen con su conversación—. Es usted Marcel Roux, ¿cierto?
—El mismo y usted...
—Lola, soy Lola —responde rápido.
—La estábamos esperando con entusiasmo.
—¿Sí? —Me mira de reojo—. Pues hay algunos que lo saben disimular muy bien.
Marcel estalla en una carcajada y acto seguido agarra la maleta del pajarillo.
—Sí, Wil, en ocasiones, puede ser algo... serio. Pero ya sabe lo que dicen, perro ladrador, poco mordedor.
No responde, solo vuelve a observarme con esos ojos del color del mar Caribe. Aparto la mirada.
«¡Sí!, será lo mejor para tu cordura».
—¿Qué estás haciendo? —cuestiono a Marcel al verlo colocar el pesado equipaje en la cubierta. El muy cabronazo me ignora por completo y con facilidad sube a la embarcación.
— Mademoiselle ! —Extiende la mano y ella la estrecha con confianza, algo que provoca una punzada de molestia en mi estómago—. En breve llegará Damián y le preparará la cena.
—¿Damián? —pregunta sin dejar de mirar asombrada todo a su alrededor.
—Es el marinero que os acompañará durante toda la travesía por el mundo. —Una sonrisa resplandeciente se forma en su rostro y sé que ha llegado el momento de cortar esta pantomima.
—¡¡Alto!! ¡Hasta aquí hemos llegado! Ya he tenido bastante. —Me agarro de los candeleros apartando la espumilla navideña roja, coloco la punta del pie en el bauprés y de un salto subo a proa—. No va a haber ninguna vuelta al mundo.
Una pequeña brisa empuja ligeramente el velero y la tal Lola bascula más que la embarcación. Todo pasa a cámara lenta. Pierde el equilibrio y agita los brazos en vano. Su cuerpo se zarandea aún más y, por acto reflejo, alcanzo su cintura antes de que caiga y se desnuque.
Abrazo su cuerpo con fuerza, atrayéndola hacia el mío, que permanece completamente anclado a la cubierta.
—¿Pero qué narices? Esto es…
Su olor dulce interrumpe mi enfado y he de apretar los dientes para contener lo que me produce, tardo unos segundos en recomponerme y abrir los ojos.
«¿Cuándo los había cerrado?».
—Esto es una tontería. No habrá ningún viaje a ningún lugar —gruño mirando a Marcel—. No hemos salido del puerto y ya ha estado a punto de caerse. ¿No la ves? Es enclenque y débil.
—Lo cierto es que ahora mismo no la veo mucho porque todo tu cuerpo está rodeando el de ella. —En cuanto lo dice, me doy cuenta de que la sigo sujetando.
Abro los brazos de golpe y vuelve a tambalearse. Esta vez agarro su brazo para tratar de estabilizarla.
—Es un pajarillo que…
—¡Basta! —alza la voz, pero sin llegar a gritar. Se lleva ambas manos sobre el rostro, cubriéndolo, y entre susurros añade—: Necesito a Taky.
Empieza a buscar en la mochila con desesperación y saca el móvil. Sus manos temblorosas desbloquean la pantalla y justo en ese momento, llega el huracán.
—¡¡Alohaaa!!
Hace su entrada estelar dando un salto para subir a bordo y arrasando con toda esa energía que irradia siempre que ve una mujer boni… una mujer.
—Siento llegar tarde, me hubiera gustado poder estar aquí para tu llegada. Lola, ¿verdad?
El rostro de agobio se desvanece y da paso a uno que ya tengo muy visto, uno que grita: ¡Me gustas!
Es el efecto que siempre causa Damián en las mujeres.
Después de mucho tiempo, he entendido que no tiene que ver solo con su físico, es su aura, esa de tío majo que desprende a raudales.
Una totalmente opuesta a la mía. ¡Alto! Que yo ni de broma quiero parecerme a él, debe ser agotador estar todo el santo día sonriendo y siendo amable con todo el mundo.
En realidad, creo que solo somos amigos, porque él tiene la capacidad de que le caiga bien cualquier persona, así que tiene poco mérito que siga aguantándome.
—Sí, Lola. —Ni corto ni perezoso la abraza… ¡Le da un puto abrazo! Y ella le sonríe encandilada mientras lo corresponde.
—Solo me faltaba esto —refunfuño—. Marcel, ¿no ves que no tiene ningún sentido? Lo cojas por donde lo cojas, esto solo son problemas.
Señalo a los del abracito.
—Vaaaya… Veo que ya estás dando lo mejor de ti. —Damián rodea mi hombro con el brazo—. Lola, te presento al capitán o como muchos lo llaman…
—¿El Diablo? —pregunta ella con esa voz suave cargada de inocencia.
Mi jefe y amigo se miran un segundo y acto seguido estallan en una carcajada, yo sigo serio, sin comprender qué les hace tanta gracia y sin poder dejar de mirarla mientras sus mejillas se encienden avergonzadas.
—Iba a decir el gruñón, pero sin duda alguna El Diablo le pega mucho más. —Damián me guiña un ojo y solo pienso en darle un puñetazo y que no pueda volver a abrirlo.
—¡Vaya! Se ha hecho muy tarde —determina Marcel mirando su carísimo reloj de bolsillo. Sí, otra de sus horteras excentricidades—. Tengo que irme, pero, Lola, te dejo en las mejores manos de toda Isla Guadalupe.
—Marcel…
—Ahora Damián preparará la cena. —Me ignora.
—¡Marcel!
—La idea es que Wil fondee El Diablo Vela en la playa y puedas dormir ahí. —Señala con el dedo y ella se gira y suspira como una enamorada al ver todo el mar caribeño bañado de tonos naranjas que ofrece el atardecer.
—¡¡Marcel!! —alzo más la voz.
—Eso sería perfecto. —Otra que hace como si no existiera.
—¡Marcel! —Me acerco y le agarro del brazo intimidante.
Me mira de reojo y añade:
— Mademoiselle! Bienvenida, estoy convencido de que tu viaje será merveilleux. (maravilloso) Ahora voy a hablar con Wil un momento, para poder acabar de organizar algunos detalles insignificantes para vuestra partida de mañana.
—Lola, corre, ven, que voy a enseñarte los camarotes y así puedes ir dejando tus cosas en el tuyo. —Damián agarra su mano con una confianza irritante y tira de ella; que le sigue como un perrito contento moviendo su cola.
—¿Has terminado de mirarlos como si fueras un asesino psicópata? —Me giro hacia Marcel.
—Ganas de matarla, no, pero de hacerla desaparecer, te aseguro que muchas.
—Ya… —Me mira pensativo y antes de que pueda preguntarle qué narices le pasa, me interrumpe—: Anda, vayamos al despacho. —Baja del velero y emprende el camino por el muelle sin girarse y sabiendo que no me queda más remedio que ir tras él.
***
—¡Todos lo sabíais y me lo habéis escondido! —lo acuso en cuanto entramos en la oficina.
—Sí.
—¿Y ya? ¿No tienes nada más que decir?
—No.
—Marcel, no juegues conmigo. Hoy ya no me queda paciencia. —Me acerco mucho a su rostro y él solo sonríe.
—Verás, Wil, no te lo dije porque en realidad no es relevante.
—Claro que lo es. ¡ES UNA MUJER!
—Y… très belle!! (muy guapa)
—Justo ese es el problema —gruño—. Sabes de sobra qué va a pasar. Conoces tan bien como yo a Damián. No estoy dispuesto a vivir todos los estragos que causa mi querido amigo don Juan, y encima en alta mar, dando la vuelta al mundo en el pequeño espacio de un velero.
Guarda silencio un segundo y cuando responde lo hace con una contundencia poco común en él.
—Sí lo harás, Wil. Lo vas a hacer porque esa mujer…
¡¡Nos ha pagado una PUTA FORTUNA!! —grita furioso, perdiendo los papeles y toda la compostura que siempre le acompaña—.
Me importa una mierda si te la tiras tú, Damián, los dos o ninguno.
Lo único importante es que la lleves a dar esa maldita vuelta al mundo y la traigas de regreso, sana y salva.
Así que deja de actuar como un auténtico gilipollas, y sé el profesional que deberías haber sido desde el primer momento que la has visto.
Carraspea, se coloca bien el sombrero, saca un cigarrillo de su pitillera y, sin llegar a encenderlo, con una calma que parece haber llegado de la nada, añade:
—Ahora, Wil, por favor, vuelve a El Diablo Vela y haz tu jodido trabajo.