La Riqueza del Amor Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

¿Qué? No me juzgues, no todos los días una se cruza con un espécimen de este calibre.

Te recuerdo que vengo de un pueblucho lleno de viejos y en el que los únicos hombres guapos son gais .

Taky confirmado y Florencio… bueno, esté debe de acabar de salir del armario públicamente, pero te aseguro que lo que yo vi, confirma su inclinación sexual.

Así que sí, me he despistado un poco. Qué culpa tengo de que mi mente sea muy creativa cuando se lo propone.

«Menudo cretino. Todo lo que tiene de guapo lo tiene de estúpido».

He pensado a la vez que trataba de sujetar mi cabello cuando un aire que parecía haber salido de la nada, se ha arremolinado a mi alrededor.

Me ha molestado su comentario y aún más el tono, pero cuando lo veo tapar su nariz y retirarse como si fuera una mofeta que acaba de dispararle en toda la cara, mi rabia también se ha disparado y no he podido contenerme.

—Pues no, no lo soy. En realidad, soy la clienta. —He exagerado la «A» y justo en ese instante, como si de una luz divina se tratara, la realidad me ha golpeado.

«¡Mecachis! ¡Mecachis! ¡Mecachis!». Y no, no pienso decir palabrotas por mucho que la situación lo requiera.

—¡Espera! Por el amor a todas las virgencitas. Dime que tú no eres Wilson Mendoza, el capitán.

Y aquí estoy, intentando entender por qué me parece tan sexy ese gesto que hace de frustración al pasar su mano por el cabello y por qué, a la vez, me resulta tan irritante que sea un grosero que no deja de resoplar como si yo fuera un moscardón del tamaño de un rinoceronte y no dejara de volar en su oreja.

—Esto es una puta broma de mal gusto. —Siento las palabras como si de escupitajos se trataran; igualmente, no puedo evitar pensar que tiene toda la razón.

Veamos, yo esperaba encontrarme a un señor de unos cincuenta años, cabello canoso y sombrero.

En la web había varias fotos de él en el velero.

Se suponía que iba a ser un hombre agradable, de esos que cuentan historias preciosas sobre el mar y que tienen una larga vida de recuerdos que compartir.

Pero… resulta que mi viaje me tenía algo muy diferente preparado.

«¡Cómo no!».

Ante mí, tengo un metro noventa de piel curtida por el salitre y bronceada por el sol, semicubierta con una camisa blanca desabotonada que deja al descubierto un cuerpo de puro músculo, no de esos de gimnasio, sino de los que han sido curtidos por la vida.

Y… la mirada más malhumorada que nunca me ha observado.

—¡Vamos! —exige.

—¿Cómo?

«¿Ahora qué narices dice? Uno, dos, tres, cuatro… ¿Se pueden tener tantos músculos en el abdomen? Cinco, seis…».

—¡Eo! ¡Pajarillo! ¿Me estás escuchando? —Chasquea los dedos delante de mí y siento como el calor me sube a la cabeza y las mejillas se me sonrojan.

«¡¡LOLA!! Céntrate». Me exijo levantando la vista de su esculpido abdomen y dejando de contar músculos.

—Te estoy diciendo que debemos ir de nuevo al despacho para solventar este problema.

—¿Qué problema?

—¡Este! —Extiende su mano y me señala de arriba abajo.

Bajo la mirada y me observo. Sigo… normal, o eso parece.

—Perdona, pero no entiendo a qué problema te refieres.

—Pajarillo, ¡TÚ! eres el problema. —Como si no acabara de ser el hombre más grosero que he conocido jamás, pasa por mi lado tan tranquilo y empieza a caminar en dirección contraria al velero—.

Vamos, no tengo todo el día y ya me has hecho perder suficiente el tiempo preparando un viaje para nada.

Renata te dará los documentos de cancelación, no te preocupes, que te devolveremos todo el dinero.

Una bola de angustia empieza a crearse en la boca de mi estómago. Sube por mi garganta y provoca que mis ojos se humedezcan al instante.

«Yo solo quiero que algo salga bien». Pienso muy disgustada.

He viajado más de veinte horas, muertita de miedo porque jamás había hecho algo así.

Estoy agotada, hambrienta porque la comida del avión era más bien trozos de plástico con salsa por encima y, para rematar, llego a mi destino y me encuentro con el ser más arrogante y estúpido que nunca he conocido.

«¡¿Pajarillo?! Pero ¿quién se ha creído? ¿Que soy un problema? ¿Cancelación?». Mi cabeza va a mil por hora y entonces viene a mi recuerdo lo que me dijo mi querido «mierda»:

—Lola, deja de tenerle miedo a todo —susurro para mí misma y de manera inevitable sonrío.

Parpadeo varias veces y, con facilidad, las lágrimas que pretendían escapar regresan al lugar del que habían venido.

La angustia baja de nuevo y se coloca en ese espacio del estómago en el que se cultiva el enfado y la fuerza.

Dejo de mirar cómo mi supuesto capitán se aleja y giro el rostro hacia las embarcaciones.

Renata me dijo que era el sexto velero del muelle, el más grande y bonito, el del mástil más alto.

«¡Bien! ¡Allá voy!».

Agarro con fuerza la maleta y, con decisión, me dirijo hacia lo que será mi casa los próximos meses.

Porque sí, así va a ser. No he viajado hasta aquí para nada.

Las ruedas traquetean por las baldas de madera y el estruendo hace que algunos marineros salgan de los camarotes de sus barcos para mirar quién es la maraca andante que ha llegado al Caribe para perturbar la paz.

—Uno, dooos…

—¡Ehhh! ¡Pajarillo! ¿Dónde narices vas?

—Treees, cuatrooo… —Ignoro por completo los gritos que se acercan y sigo avanzando hasta que llego a mi destino y me detengo delante del velero en el que cumpliré mi sueño.

Lo observo alucinada, todo el casco es de un blanco reluciente, tanto que el brillo del sol lo hace centellear.

Un largo palo por el que imagino se iza o extiende la vela parece querer rozar el cielo despejado.

Enredada a la barandilla, una espumilla dorada y roja le da un toque navideño precioso.

Y abrazado al mástil, un pequeño árbol de Navidad decorado solo con un gorrito de Papá Noel sobre él me hace sonreír.

«¡¡Me encanta!!».

Por unos segundos quedo hipnotizada.

El vaivén con el que acuna el mar la embarcación me relaja al instante y me imagino durmiendo en el camarote con ese agradable movimiento.

Algo brilla al costado y veo que son unas letras cromadas. Camino un poco hacia el lateral para poder leerlas completas.

— El Diablo Vela —leo en voz alta.

—¿Se puede saber qué narices estás haciendo? No tengo todo el día para esperarte, Pajarillo.

—Tú no, pero yo… sí.

—¿Cómo dices? —Se coloca a mi lado, pero ni lo miro, solo puedo releer el nombre del velero una y otra vez.

—Digo que tú no puedes esperar, pero yo sí. Tengo todo el tiempo del mundo. Así que esperaré.

—¡¡¿A qué?!! —alza la voz con indignación.

Me giro por fin para encararlo directamente. Al hacerlo, arruga el entrecejo con desagrado y da un paso atrás.

«¿Puede que aún huela a vómito?». Inspiro con disimulo para que no lo note y lo único que percibo es el olor de mi perfume. Más tranquila y dando por sentado que el problema es él y no yo, respondo:

—Esperaré a que llegue mi capitán.

—¡Yo soy el capitán!

—Bien. —Empujo la maleta y se la coloco delante, la mira estupefacto. Suelta una carcajada y vuelve a clavar sus oscuros ojos en mí.

—Ni loco pienso llevarte a hacer la travesía.

—Vale. Entonces, como ya te he dicho, esperaré a que llegue mi nuevo capitán.

—No…

—¡Mira! —lo interrumpo ya cansada de ver su cara de desagrado—.

He viajado desde muy lejos, estoy tremendamente agotada, hambrienta y sin ganas de seguir aguantando tu mirada despectiva.

Solo quiero que me hagan la cena, tal y como he acordado con Alisios Group.

No me importa si eres tú u otro. Pero… —levanto la mano para hacerlo callar cuando le veo abrir la boca— no pienso ir a ningún otro lugar que no sea El Diablo Vela .