La Riqueza del Amor Capítulo 10
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Capítulo 10

La llamada con Taky me ayudó a entender que no podía rendirme por un sobaco apestoso y un vómito asqueroso. Y sí, he hecho una rima que podría ser digna de una poeta, pero que en realidad es más bien dada por algo totalmente improvisado y espontáneo. Vamos, que me ha salido sin pensar.

Vale, dejemos a un lado las tonterías y volvamos a lo importante.

Te estarás preguntando qué ocurrió en mi inicio del viaje y cómo he llegado al muelle de Deshaies, en Isla Guadalupe, y me he dado de bruces con ÉL.

Pues bien, la llamada de mi «mierda» me espoleó.

Me ayudó a ver que no podía rendirme con el primer contratiempo y mucho menos tratándose de mí.

Soy torpe por genética, y a esto hay que sumarle que no he salido de un pueblo con menos de cien habitantes nunca.

Una combinación que, sin lugar a duda, me traerá más de una sorpresa o circunstancia inesperada durante mi viaje. Es algo que tengo asumido.

Así que allí, en el aeropuerto de Barajas, mientras me enjabonaba el cabello frente a un cristal salpicado de gotas y ante la mirada de incomprensión y desagrado de otras viajeras, agarré al toro por los cuernos y la determinación la coloqué en primer puesto.

No iba a permitir que nada ni nadie me detuviera.

Este era un sueño, ¡MI SUEÑO! e iba a cumplirlo.

La vida había sido extraordinariamente generosa conmigo y yo solo podía hacer una cosa: honrarla con mi valentía.

Solo dos horas después, y tras haber parado a tres mujeres y un chico para preguntarles dónde debía ir, cómo tenía que hacerlo para embarcar la maleta y en qué lugar debía de esperar a mi avión, me abroché el cinturón junto a una ventanilla ovalada que me tuvo todo el vuelo alucinada.

Destino: París.

No lloré. Bueno, solo un poco cuando vi mi reflejo en la ventanilla y me di cuenta de que mi vida entera iba a cambiar. Y sí, también lo hice porque tenía más miedo que un gato en una bañera. Valeee… Lloré bastante todo el vuelo.

«¿De verdad ese enorme amasijo de hierros iba a volar?».

Pues sí, lo hizo y sin caerse. Algo que, sinceramente, me alivió bastante.

En el aeropuerto Charles de Gaulle me sentí más sola que una gallina en un congreso de zorros. Todo el mundo hablaba francés, comía croissants sin culpa y llevaba maletas de ruedas silenciosas. No como la mía, que trotaba más que la burra de mi vecino de Villavacas del Monte.

Fue una pena no poder visitar la ciudad, pero mi vuelo al paraíso salía solo cuatro horas después y ni de broma, con mi buena fortuna, iba a jugármela.

Podría haber pagado un taxi que me diera al menos una vuelta rápida para ver la Torre Eiffel.

Pero ¿y si pinchaba rueda o había un accidente en carretera y cogíamos caravana o, y si el accidente lo tenía yo?

¿Y si una nave alienígena invadía la Tierra y su primer ataque era en el centro de París?

—Llegados a este punto de mi vida, puede ocurrirme cualquier cosa inverosímil y surrealista—.

Así que, nooo… no me moví del aeropuerto, porque definitivamente uno tiene que saber hasta qué punto se la debe jugar, y yo no estaba para apostarlo todo a un número, no con mis antecedentes.

¡Vale! Estaba en París porque me la jugué a un solo número, el del Diablo, pero que te toque el Gordo te pasa una vez, no dos. Así que me conformé con comprar un llavero de la Torre Eiffel que colgué de la cremallera de mi mochila y me prometí que volvería con más tiempo para ver la ciudad.

El avión que me trajo hasta Isla Guadalupe, México, era mucho más grande que el primero, y aunque los asientos seguían siendo estrechos, yo soy menuda y fui cómoda.

La mantita y la almohada fueron gloria bendita, no entendí muy bien lo del aire acondicionado a menos diez grados.

Llegué a la conclusión de que era para conservarnos en perfectas condiciones hasta el lugar de destino.

Al fin y al cabo, es importante que la mercancía siempre llegue fresca, ¿no?

¡La leche! Qué frío del demonio hacía en ese avión.

El golpe más bestia llegó cuando abrieron las puertas en mitad de la pista y desplegaron unas escaleras hasta el asfalto ardiente —o eso creí en ese momento, ilusa, me esperaba uno  mucho  mayor—.

Cuando asomé la cabeza, el aire olía a humedad, a océano y calor asfixiante, pero, sobre todo, a revolución interior.

Mientras me acercaba al autobús que nos esperaba para llevarnos a la terminal, me sentí cebolla. Con cada paso me iba desprendiendo de una capa; la manta, la sudadera, la camiseta… ¡Tranquila! Me quedé en tirantes.

No lo podía creer, había cruzado el océano. Yo, Lola Flores del Campo, había iniciado mi sueño, solo que, en vez de llegar al éxito como cantante farandulera, llegaba al Caribe con una promesa estúpida: dar la vuelta al mundo atravesando el mar en velero.

Spoiler : no tenía ni idea de nadar.

Segundo spoiler : tampoco tenía ni idea de que mi número de lotería no solo me hizo millonaria, también había servido para invocar a su creador; el mismísimo Diablo.

***

Hay momentos en la vida cruciales, de esos que son asombrosos, increíbles y diferenciadores. Pues bien, después del primero; viajar en avión y cruzar el océano volando. Creía que el resto llegaría cuando iniciara la travesía.

¡Qué ilusa puede llegar a ser una pueblerina!

Nada, ni nadie me había preparado para lo que me acabo de encontrar en el muelle del puerto de Deshaies.

Llegar ha sido… fácil. Solo he tenido que tomar un nuevo taxi desde el aeropuerto y la amable y divertida mexicana —una que olía a colonia fresca y no a sobaco rancio—, me ha traído todo el trayecto con una conversación amena y contándome curiosidades de los lugares por los que íbamos pasando.

Me ha dejado en la misma puerta de Alisios Group, la empresa que contraté para el viaje.

Renata, la joven que estaba en la oficina y con la que hice un par de videollamadas para organizar todo el viaje, me ha recibido con una preciosa sonrisa.

Mi llegada ha sido menos pasional y alucinante de lo esperado, ya que hemos estado como una hora firmando documentos y contratos llenos de cláusulas que hubiera preferido no leer —ya te digo que son peores que los prospectos de las anticonceptivas—, aun así, lo he hecho ilusionada, sin miedo y con la certeza de que todo iba a salir genial.

Lo que te decía, pueblerina ilusa.

Mi paseo por la tarima del muelle ha empezado con una agitación preciosa en el pecho. Esa expectación alucinante de que algo increíble va a ocurrirte.

Y tan increíble. No estaba lista para lo que venía.

No podía dejar de mirar las embarcaciones mientras avanzaba hacia la que me había señalado Renata. «Es la del mástil más alto» dijo indicándome hacia dónde debía ir cuando salí del despacho.

Estaba alucinando con lo completamente distinto que era el mar de allí en comparación al de Donostia.

En la Playa de la Concha siempre se veía de un azul marino oscuro, con grandes rizos de espuma blanca y daba la sensación de que te podía engullir y hacerte desaparecer para siempre.

El que tenía ante mis ojos parecía emitir luz, como si te pudiera hacer renacer.

El color turquesa le daba un aspecto casi ilusorio, parecía sobrenatural, pero…

era real, muy real, y lo tenía ante mí. Estaba tan seducida con el paisaje que tiraba de mi maleta como si ahora solo transportara plumas que me iban a ayudar a volar muy lejos.

Caminaba totalmente absorta tratando de fotografiar mentalmente todo lo que veía hasta que, en uno de mis pasos, un ruidito a mis pies ha llamado mi atención.

Al mirar hacia abajo, un destello rodaba sobre la oscura madera del muelle y me he sentido completamente atraída, como polilla a la luz.

Apresurada, he avanzado para que no se escapara y rápido me he agachado a alcanzar la concha nacarada que no se detenía y tampoco dejaba de centellear.

Es ahí cuando mis dedos se han rozado con otros mucho más calientes y algo ásperos.

He cerrado la mano con fuerza para sostener dentro de ella la preciosa concha y, al alzar la vista, el Caribe se ha desvanecido.

Ha sido demoledor y… aterrador.

El hombre más guapo y escalofriante que jamás he visto estaba frente a mí.

Su piel tostada por el sol brillaba debido a la pequeña capa de sudor que la cubría y sus gruesas y oscuras cejas casi se tocaban.

Unos ojos oscuros como la noche me miraban como si tuvieran la capacidad de adentrarse en mi alma y capturarla para llevársela al averno.

Sentía que el aire que, hasta hacía solo un instante, era sofocante, se estaba convirtiendo en gélido.

Necesitaba salir de ahí, de ese bucle temporal en el que había quedado atrapada, debía encontrar al capitán y alejarme de ese hombre que me erizaba la piel y a la vez me robaba el aliento.

—Ho-hola, ¿sabes dónde puedo encontrar a… Wilson Mendoza? —He conseguido preguntar.

—Esto es una puta broma de mal gusto. Pero si pareces un pajarillo llorón.

Lo ha dicho a la vez que se ponía en pie y su imponente ¿metro noventa? Se alza ante mí como si de un gigante capaz de aplastarme se tratara.

—Per-perdona, ¿cómo dice? —En un absurdo intento de no sentirme diminuta y… tan frágil, me he levantado con las piernas temblorosas.

Sí, he sentido algo de miedo, estoy sola, en un país desconocido, no veía a nadie más por el muelle y ese hombre me resultaba aterrador, pero también tremendamente sexy. Pensaba que los hombres como este solo existían en Netflix.

—Digo que, si esto es una puñetera broma, no tiene ninguna gracia. Dime que tú no has contratado a Alisios Group. Dime que tú no eres el cliente que quiere dar la vuelta al mundo en velero.

Y justo ahí, su adusto tono me ha hecho despertar de mi ensoñación erótica.