Capítulo 9
Hoy hace un calor infernal, de esos que obligan a ponerse una fina camisa de manga larga para que el sol no abrase mi piel.
El mar parece una balsa, plano, tranquilo y más turquesa que nunca.
Llevamos dos días trabajando a destajo con Damián.
Incluso Marcel está dando el callo, algo poco habitual, pero esta vez esencial.
Renata se ha encargado de ir a comprar sábanas y toallas nuevas, y…
¡buf!, adornos navideños. Marcel dijo que lo quería todo perfecto, bonito y nuevo para nuestro cliente VIP.
No es que el velero no esté en buenas condiciones, siempre lo tengo listo para salir a navegar, sin embargo, esto es distinto, este viaje requiere mucha más atención y preparación. Iremos parando en varios puertos, aun así, quiero asegurarme de que no me dejo nada importante.
—Ya revisé los cabos esta mañana, dos veces, Wil —dice entre risas Damián. No le respondo, simplemente vuelvo a verificar que está todo correcto—. Esto también está. —Señala la cubierta limpia con la manguera de agua dulce aún en la mano.
Me quedo un rato observando con atención, confirmando que lo ha dejado como se debe. Él resopla entre risas y añade:
—Eres un jodido neurótico. Me largo. Voy al mercado a comprar todo lo que falta, en un par de horas estoy de regreso.
Asiento con la cabeza y bajo por la estrecha escalera hasta la zona de los camarotes.
Me acerco a la pequeña mesa de navegación.
La luz del sol se filtra por la escotilla y crea unos reflejos arcoíris sobre la carta náutica que usaré para el viaje de los próximos meses.
Releo mis notas e inevitablemente resigo con el dedo la que será, sin lugar a duda, la travesía más alucinante de mi vida.
Algo que nunca imaginé que haría, y que gracias a este cliente voy a poder disfrutar.
Detengo el dedo en cada marca roja en la que se interrumpe la línea que traza la ruta.
De Isla Guadalupe hasta San Vicente y las Granadinas.
Luego, Cartagena. San Blas. Panamá. Las Galápagos.
Cada punto, cada isla, cada trazo ha sido elegido con calma.
Sin duda no es un cliente cualquiera, este viaje está muy bien pensado.
El recorrido no se deja ningún punto importante.
Me llama la atención una de las distancias y tomo de nuevo las medidas, uso el lápiz para corregir la trayectoria entre esos dos puntos.
No porque haga falta. La ruta está perfecta desde el primer día, pasé la noche entera ajustándola.
Pero la repaso igualmente, una y otra vez, como si al perfeccionarla pudiera evitar cualquier contratiempo.
Lo he tenido todo en cuenta: profundidades, tipos de fondo marino con rocas o arrecifes, características costeras, puertos, faros y balizas.
Esta carta va a ser el instrumento esencial para una travesía segura.
«Segura…», susurra mi cabeza y no puedo evitar suspirar.
He de evitar en la medida de lo posible cualquier circunstancia…
«complicada», pero sé que durante tantos meses será imposible.
Van a surgir contratiempos, averías y, lo más probable, problemas con el clima.
Esa es la parte que más me preocupa. Por mucho que queramos controlarlo, la tierra es caprichosa y el mar poderoso.
Cuando comprendes eso, solo te queda disfrutarlo cuando te empuja y respetarlo cuando desea engullirte.
Una llamada me saca de mis cálculos y pensamientos.
—Renata.
—Hola a ti también, Wil. —Ríe divertida mi hermana y su dulce sonido a mí me saca una pequeña sonrisa—. Ya está aquí.
—Llega media hora antes —gruño mirando el reloj.
—¡Oh! Disculpe, capitán, ¿prefiere que le diga a nuestro mejor cliente que regrese en treinta minutos? —No respondo—. Eso imaginaba. Justo está pisando el muelle en este momento.
—¿Lo estás espiando?
—¡Nooo! Solo estoy verificando desde el despacho que llega bien. Y bueno, lo cierto es que estoy deseando ver tu cara cuando…
—¿Cuándo qué, Renata? —Se mantiene en silencio y eso no es nada normal en mi hermana—. ¿Ocurre algo?
—Aunque así fuera, ya no hay marcha atrás, Wil. Por favor, sal a recibirla.
—¿Recibirla? Renata, ¿lo has dicho con «A»? ¿Renata? ¡Eo!
Miro el móvil y queda confirmado, ha colgado.
Esto no me gusta nada de nada. Ya me pareció extraño que Marcel dijera que no estaría cuando llegara el cliente, a él le encanta estar aquí para enjabonarlos y meterlos en su bolsillo.
Lo cierto es que se le da genial ser amable y caer bien, y eso ayuda mucho a que zarpemos siempre con buen rollo.
Si fuera por mí, las cosas serían muy distintas.
Digamos que las personas me resultan… demasiado.
El caso es que entendí que debía ir a hacer varios recados para poder tener todo a punto.
Lo que no entiendo es la actitud que acaba de tener mi hermana.
Es más de media tarde, todas las embarcaciones de recreo turístico ya han regresado y están amarradas en el muelle.
Los turistas ya están en sus hoteles listos para ir a cenar a los suculentos bufets y los pocos que quedamos somos los capitanes y marineros trabajando en nuestros barcos.
Asomo la cabeza por la escotilla y entonces, como si fuera un puzle, todo encaja.
Que Marcel no esté aquí, que Damián se haya tenido que largar justo ahora y que mi hermana no se haya ni dignado a acompañar a nuestro cliente… todos han evitado estar presentes cuando lo conozca.
¡Oh! Perdona, deja que rectifique, ¡NO es nuestro cliente! ¡Es nuestrA clientA! Con dos enormes «A» mayúsculas.
—¡¡Voy a matarlos a los tres!! Pienso atarles un cabo al cuello, tirarlos al mar y abrir velas para navegar a máxima velocidad. ¡¡GRRR!! ¡Los mato! —Golpeo con la mano abierta sobre el mapa que solo hace un momento acariciaba con mimo.
Salgo como una furia a cubierta, dispuesto a solventar este maldito problema.
De un salto llego al muelle y camino con firmeza, sintiendo la madera caliente en mis pies descalzos.
Voy directo hacia el pajarillo asustado que está en mitad de mi camino y que mira a todos lados, perdido. Bueno, perdida.
Pero entonces, a solo unos metros de distancia, algo brillante llama mi atención.
Miro al suelo y veo cómo rueda hasta mis pies.
No tengo claro si se le ha caído o si quizá estaba en el suelo y le dio un puntapié sin darse cuenta.
El caso es que el pequeño objeto actúa como si de un muro se tratara y me detengo en seco para observarlo.
Es una pequeña concha nacarada. Atraído por una fuerza gravitatoria, la tierra tira de mí y, sin pensarlo, sin quererlo, solo siendo arrastrado de manera inevitable, me agacho a cogerla.
Extiendo la mano y justo cuando la alcanzo, unos dedos me rozan sutilmente para colarse antes que yo y recogerla.
Levanto la vista y… el mar más turquesa que he visto jamás me mira.
Unos ojos del color del mar Caribe me observan.
El tiempo parece haberse detenido.
Nunca había visto un tono como ese en el iris de nadie, es…
—Ho-hola, ¿sabes dónde puedo encontrar a… —sin levantarse del suelo, ambos aún en cuclillas, deja de mirarme para leer en un papel con voz suave—: Wilson Mendoza?
Su pregunta y que utilice mi nombre completo consiguen sacarme del remolino que me había atrapado sin sentido. Pestañeo un par de veces y es entonces cuando la veo bien, la observo y ¡ALUCINO!
—Esto es una puta broma de mal gusto —confirmo poniéndome en pie—. Pero si pareces un pajarillo llorón —resoplo al verla empezar a temblar.
—Per-perdona, ¿cómo dice? —Se tambalea al levantarse y por instinto extiendo la mano para estar preparado si finalmente he de sujetarla y evitar que no se caiga de bruces en el entarimado del muelle.
La observo frustrado. No debe de medir más de metro sesenta y, si llega a pesar cincuenta kilos, es un milagro.
Es escuálida y claramente está aterrada, algo sumamente inquietante contando que todavía está en tierra.
Ni me la quiero imaginar en mitad del océano con mala mar, y ya ni pensar si hay una tormenta.
Sus malditos ojos turquesas por un momento vuelven a despistarme cuando, asustados, empiezan a mirar hacia todas partes y en realidad a ninguna en concreto.
—Digo que, si esto es una puñetera broma… no tiene ninguna gracia. Dime que tú no has contratado a Alisios Group. Dime que tú no eres el cliente que quiere dar la vuelta al mundo en velero.
Su cabeza se gira rápido hacia mí. Me observa con el ceño fruncido y las delgadas cejas rubias casi tocándose.
Una brisa que hacía días que no circulaba se arremolina a nuestro alrededor y hace que su cabello rubio se sacuda, eso provoca que el aire se llene de un olor dulce inesperado que me incomoda sobremanera.
Necesito retirarme un par de pasos y crear distancia, incluso llevo mi mano al rostro y, sin poder evitarlo, me rasco la nariz para tratar de borrar el perfume que me está saqueando.
En ese momento algo cambia en su rostro, sus hombros se yerguen y su afilada barbilla se alza. Una especie de firmeza se apodera de ella y habla:
—Pues no, no lo soy —respiro aliviado sintiendo que toda la pesadez desaparece, pero antes de que pueda decir nada, añade—: En realidad, soy la clienta —remarca la «A»—.
¡Espera! Por el amor a todas las virgencitas.
—Cubre su boca con ambas manos y empieza a negar de manera nerviosa la cabeza—.
Dime que tú no eres Wilson Mendoza, el capitán.