La Riqueza del Amor Capítulo 8
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Capítulo 8

Nunca pensé que mi primera aventura internacional comenzaría en un taxi con olor a sobaco y pino, el día de Navidad, sorbiendo mocos y limpiando lágrimas sin descanso.

Con el estómago revuelto mucho más que mi vida amorosa y una mezcla de ilusión, pena por alejarme de los que más quiero y… sobre todo, un miedo terrible.

«¡Lola! Estás a tiempo de volver». Me grita mi traicionera cabeza.

Pero no, no estoy a tiempo, ya no. Ahora solo puedo seguir adelante, avanzar y, por encima de todas las cosas, demostrarme a mí misma que no voy a volver a ser esa pueblerina cornuda que renunció a todos sus sueños por cumplir los de los demás.

Abrazo con mucha fuerza mi « Bitácora de Sueños» sin dejar de mirar por el cristal trasero del taxi.

—Por favor, vaya despacio hasta salir del pueblo —le ruego entre sollozos al apestoso y orondo conductor.

—Sin problema, yo no tengo prisa, el taxímetro corre igual.

Ignoro por completo el comentario y alzo la mano para decirles, una vez más, adiós.

Papá suelta la silla de ruedas de mamá para corresponderme, pero sin dejar de empujarla detrás del coche, mientras tanto, Taky llora con tanto dramatismo que hasta me saca media sonrisa.

Tras ellos, «la procesión», avanza en un extraño silencio.

A la cabeza del pelotón, un Florencio estoico que aprieta mandíbula y sujeta su mochila de leche Pascual sobre su hombro como si cargara con el macuto de la guerra.

Don Asensio, el cura, se santigua varias veces como si en vez de irme a dar la vuelta al mundo estuviera entrando en el averno y las llamas fueran a consumirme.

Siguiendo el paso marcado, Radio Cotilla al completo con pañuelos bordados a ganchillo en las manos para limpiar sus lágrimas, no puedo evitar sonreír al verlas.

Sin duda, que tu tema más mediático y entretenido se largue de un lugar en el que casi nunca ocurre nada puede dejarte muy tocada.

He de reconocer que voy a echar mucho de menos este lugar y sí, su gente también. Llevo años soñando con largarme y ahora que lo estoy haciendo, aunque solo es por unos meses, no puedo evitar pensar en lo triste que me pone dejarlos atrás.

Están todos, sin pensarlo, han dejado sus sobremesas de Navidad llenas de licor casero y mantecados y han salido a decirme un adiós, que en algunos casos es demasiado sentido y exagerado, pero que igualmente agradezco y recibo con cariño.

Reconozco por el rabillo del ojo la que es la penúltima casa de Villavacas del Monte y mi mirada va directa a mi madre.

Es la persona que más voy a echar de menos.

Sé que va a estar en buenas manos, y aunque me costó mucho que entendiera que ningún dinero sería suficiente para que ella estuviera bien atendida, finalmente aceptó que pagara la enfermera, que no solo iba a preocuparse de su bienestar; además, me va a escribir a diario para garantizarme que todo en casa va como debe.

También se encargará de acompañarla a todas las revisiones médicas y hará con ella a diario los ejercicios de rehabilitación.

Era algo que hacía yo. Un ratito bonito que compartíamos, eso también lo voy a echar de menos.

Pestañeo rápido y las lágrimas resbalan por mi rostro al mismo ritmo que las de mamá. Lleva su mano a la boca y me lanza un beso, justo después puedo leer en sus labios:

«Es tu momento, mi niña».

Y sin más… adiós, Villavacas del Monte.

El taxi llega a la última curva sin compasión, sin demora ni pausa, la traza acelerando para impulsar el coche lejos de las calles adoquinadas por las que he correteado desde pequeña.

Con coraje tomo la decisión de dejar de mirar atrás, y sí, también lo hago en sentido figurado.

Me coloco recta, abrazo con fuerza en mi pecho el « Bitácora de Sueños» y sonrío con un miedo enorme y mucha ilusión.

Hoy dejo atrás una vida entera y abro la puerta a algo tan desconocido como… increíble.

***

—Hemos llegado a Barajas, señorita —aclara frente a la puerta de acceso a la terminal.

Miro acojonadita el acceso y a las decenas de personas que entran y salen arrastrando sus maletas, como si viajar fuera tan habitual como respirar.

«¡Oh! Claro… que tengo que respirar». Menos mal que a bordo hay alguien controlando que, como mínimo, siga usando todas mis funciones vitales.

—¿Se va a quedar mucho más rato dentro del taxi? —me pregunta el chófer con sobaco maloliente y voz de gallo afónico.

«¿Más rato dentro de este infierno?».

—¡¡No, no!! Ya salgo.

Y vaya si lo hago, por todo lo alto y demostrando al mundo que Lola Flores del Campo está en la capital.

Pongo un pie en la acera y todo bien, pero cuando impulso el cuerpo para salir del coche y el segundo pie toca suelo, lo hace sobre una fina e imperceptible —pero demoníaca— capa de hielo que me hace resbalar.

Todo mi cuerpo se mueve como una maraca intentando seguir el ritmo de La Macarena, la canción de Los del Río.

Llegado un punto, la gravedad decide dejar de concederme el privilegio del equilibrio y caigo hacia delante.

Lo hago sobre el orondo taxista, con la gran suerte de que es su sobaco maloliente el que frena mi rostro.

Puedo sentir cómo las partículas se desprenden de su ser para ir a encontrarse con mi piel e impregnarla del aroma más…

«¡Oh! Dios, no lo soportooo…».

Es tal el asco que me produce que, sin control, una arcada con regusto a caldo navideño repta por mi garganta y, sin demora, sale por la boca a modo de fuente.

Cinco minutos después estoy plantada frente a la terminal, con Eau de Toilette de sobaco maloliente y vomitera postcomida navideña, una mochila colgada del brazo, mi « Bitácora de Sueños» bajo el mismo y una mano sujetando con fuerza la única maleta que me avisaron que podía llevar.

—¡Perfecto! Todo empieza perfecto.

Como si alguien en el más allá o más acá, lo que sea, se apiadara de mí, suena mi móvil y rezo para que sea la única persona que puede ayudarme a salir de este momento de agonía absoluta.

Me apresuro a quitarme de un manotazo las lágrimas de los ojos.

Sin dejar de respirar por la boca, porque si lo hago por la nariz volveré a evacuar fluidos digestivos, lo busco con premura en la mochila.

—¡Taky! Esto no es para mí —respondo a la llamada aliviada de poder hablar con él.

—Solo hace un par de horas que te fuiste, Culito, te queda casi un año para volver. No puedes tirar la toalla tan rápido. —Su risilla cantarina esta vez no me hace reír a mí también, lo que provoca es un sollozo.

—Tú no lo entiendes.

—¡Claro que lo hago! Eres una pueblerina que nunca ha viajado y que está cagada de miedo porque por primera vez ha pisado un aeropuerto. Porque ya estás en Barajas, ¿no?

—¿Que si lo he pisado? He hecho una entrada estelar al más puro estilo Lola Flores del Campo. Ahora mismo solo quiero desintegrarme y desaparecer de la faz de la tierra para siempre.

—No será para tanto, seguro que…

—Me he caído saliendo del taxi sobre el sobaco sudado y apestoso del chófer —le interrumpo poniendo quinta, decida a contarle todo—.

Ha sido tal el asco que no he podido controlar la vomitera y se la he echado toda encima.

Eso ha provocado un enfado desmedido en él y ha empezado a gritarme como un loco.

Estoy convencida de que voy a ser el próximo video viral de TikTok, porque todo el mundo ha grabado cómo se quitaba la camisa para dejar su pecho de oso barrigón al descubierto y así poder tirármela a la cara.

Su hazaña ha conseguido que mi pelo sea decorado de tropezones de caldo e impregnado de todos los aromas que dicha prenda poseía —lloriqueo sin poder contenerme al ser oyente de mi propia explicación—.

Conclusión: Estoy frente a la puerta de la terminal, sin saber a dónde ir, apesto tanto que la gente pasa a un radio de mínimo seis metros de distancia de mí, y…

solo puedo llorar —sollozo de nuevo agotada, dejándome caer en el suelo sin importarme que no sea el mejor lugar para sentarse un ratito.

El silencio al otro lado de la línea debería haberme preparado para la que venía.

Las carcajadas de Taky estallan de manera exagerada, ríe tanto y tan fuerte que trata de hablar varias veces y le resulta imposible.

Y de ese modo, aunque siempre incomprensible, pero inevitable, al final consigue que yo empiece a medio sonreír.

Solo un minuto después, mis lágrimas son de la risa.

—Puedes hacerme una videollamada, no me quiero perder la escena. —No respondo, simplemente presiona el botón para cambiar a vídeo.

El muy malvado, al verme, se dobla sin poder controlarse y se desternilla de la risa.

—Amiga, eres preciosa, pero ahora mismo estás lamentable y se te ve más pueblerina que nunca.

—¡Ja, ja! Muy gracioso.

Tengo que esperar un rato a que se calme y cuando por fin lo hace… me salva, como siempre.

—Vale, ¡ya! Yo voy a dejar de reírme y tú vas a mover ese culito prieto que tienes. Levanta del suelo, Lola. Que tú no eres una mochilera, eres una puñetera millonaria.

Un hombre pasa por mi lado y me mira sorprendido. Sé que ni de broma se ha creído lo que acaba de decir Taky. Es imposible creerlo con el aspecto asqueroso que tengo.

—Ahora vas a ir a un baño del aeropuerto y te vas a lavar el pelo en la pica.

—¡¿Quééé?! No pienso hacer eso.

—No tienes otra opción. Así no te dejarán subir al avión, tu hedor me llega hasta Villavacas del Monte. —Ruedo los ojos con dramatismo sabiendo que casi podría ser cierto a pesar de lo exagerado que ha sido—. Coge ropa limpia y la que llevas… la tiras a la basura. Ya te comprarás trapitos nuevos.

—Taky, yo…

—¡Lola Flores del Campo! Deja de temblar como una florecilla en mitad de un campo de trigo. Tú ahora eres… —Lo piensa un instante y temo por donde puede salir—. Eres un rosal, sí, un rosal lleno de espinas y ramas fuertes con preciosas flores y…

—Pero ¿qué tonterías poéticas te estás inventando? —Ambos nos reímos.

—Bueno, quizá me he venido un poco arriba con la simbología de la rosa. —Ríe de nuevo—. Ahora en serio, Lola, deja de tenerle miedo a todo. Entra en esa terminal, aséate y empieza el viaje de tus sueños. Tu vuelta al mundo acaba de empezar.