Capítulo 7
Un año más, los tres solos en Navidad.
Antes todo era muy diferente, pero desde que mi madre enfermó, nuestra vida cambió.
Lo habitual era que, cuando acababan las clases, cargábamos el coche con las maletas y los regalos y nos poníamos rumbo al País Vasco, en concreto al precioso Donostia.
Mi tía hacía la comida de Navidad siempre en su piso con vistas a la Playa de la Concha.
Decoraba la mesa con mantel blanco, un centro de flores secas y velas aromáticas, lo hacía frente al ventanal y dejaba las cortinas abiertas para que pudiéramos disfrutar del bonito paisaje.
Me encantaba sentarme en el extremo y pasar la velada observando cómo la luz se apagaba a medida que avanzaba la tarde.
Me resultaba inquietante el modo en el que entraba en la profundidad del mar hasta convertirse en noche.
El año que la esclerosis múltiple se reveló, mi tía viajaba cada mes a Villavacas del Monte para pasar tiempo con mamá.
Pero entonces llegó el buen tiempo, el calor, el verano, y las visitas empezaron a espaciarse.
¿Quién en su sano juicio querría pasar tiempo en este pueblucho a cuarenta grados a la sombra?
¿Quién lo haría teniendo una preciosa playa frente a su casa donde poder sentarse a leer con el sonido del oleaje de fondo?
NA-DIE.
Sin darnos cuenta, los meses pasaron, las llamadas se espaciaron y, de un modo tan lento como incomprensible, la relación entre las hermanas se desvaneció.
Algo que sé bien que a mamá le duele, aunque lo disimula y enmascara con esa bonita sonrisa que parece haberse dibujado en el rostro y que nunca borra cuando papá o yo estamos delante.
Dejamos de ir en Navidad a visitar a mi tía, no porque no quisiéramos pasar los días con ella, sino porque para mi madre viajar es agotador y hasta San Sebastián hay más de cuatro horas de coche, algo que con el Ibiza viejo y trotado se hace eterno. Eso agravó la distancia entre ellas.
—El caldo te ha quedado delicioso, Lolita —interrumpe mi padre el silencio, apartando la vista del televisor en el que una presentadora con vestido de lentejuelas doradas habla sin parar de no sé bien que.
—Gracias —respondo escueta, sin poder dejar de pensar en cómo eran las cosas, cómo son ahora y en cómo… van a cambiar.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
El sonido de un cromañón aporreando la puerta rompe de golpe la paz que se respira en el salón. Sé quién es incluso antes de escuchar su voz.
—¡Mi amor! ¡Cielito!
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
—Si vuelve a utilizar otro apelativo edulcorado, abro, pero solo para arrancarle la cabeza cual mantis religiosa.
Mi gruñido de frustración se mezcla con la carcajada de mi padre, que ya se ha levantado para abrir. Acción inteligente si queremos que todos sigan vivos en las próximas horas.
Un Florencio de cabello engominado, con traje de color azul marino y camisa blanca, entra en el salón colocando recta la corbata y cargando…
—¡¡Alto!! ¿Eso qué se supone que es?
Abre la mano y la mochila de los noventa que daban con la promoción de una campaña de leche desnatada Pascual, cae en mitad del salón como si fuera una piedra del tamaño de una montaña.
Aunque ahora lo mire sin entender por qué he estado con él tanto tiempo, he de reconocer que siempre ha sido un chico muy guapo, en realidad el único supuestamente hetero que era atractivo en Villavacas del Monte.
Cabello negro azabache, ojos oscuros como la noche, mentón marcado y labios gruesos, una composición perfecta que lo convertía en el suspirar de todas las adolescentes que vivían en el pueblo.
Digo vivían porque la mayoría se largó a estudiar fuera.
Así que fue como un destino escrito que acabáramos juntos.
—Pues qué va a ser, cielito. —Si me llama una vez más así… ¡Adiós pescuezo!—. Es la maleta. ¿A qué hora llega el taxi para recogernos?
Y sin poder contenerlo… me da. Un ataque histérico de risa brota de mí, haciendo que me doble en dos; río tan fuerte que he de sujetar mi vientre. Entre carcajadas y lagrimones llaman de nuevo a la puerta.
—¡Mierda! Me lo perdí. ¿Verdad, Miguel? —pregunta Taky con un exagerado gesto de frustración al entrar en casa y ver el panorama—.
He venido en cuanto Radio Cotilla ha interrumpido la comida navideña llamando a mi abuela para decirle que Florencio se había puesto traje con la corbata y andaba calle abajo en dirección a tu casa.
—¡Deja de reírte! —gruñe mi exprometido y yo exploto con más fuerza señalando la mochila que tiene junto a sus encerados mocasines y llena hasta los topes.
Eso provoca que Taky se una a mis carcajadas al verla.
—Pueblerino hasta para la maleta. Ni trajes ni ostias, Florens, tu hedor a establo es inconfundible.
Mi querido «mierda» no se corta nunca ni un pelo y eso hace enfadar mucho a mi ex.
Pero entonces un claxon se oye y Florencio detiene su avance asesino y a mí la risa se me corta de un plumazo.
Me estiro como un palo y la rigidez bloquea mi cuerpo.
Dejo de respirar, el corazón se acelera y el miedo me asalta.
Sin recoger la mochila del suelo, camina hasta la ventana y anuncia lo que ya todos sabemos.
—El taxi ha llegado. ¿Vamos, cielo? —Menos mal que sus tonterías ayudan a que despierte de mi cortocircuito mental.
—La única que va a algún sitio soy yo, puedes volver a casa a hincharte a mantecados. Y te recomiendo que los mojes bien en un vasito de leche, aunque es algo que ya sabes hacer con destreza. —Mi padre y Taky se ríen por lo bajini al escuchar mi indirecta bien directa.
—Ya te pedí perdón. Sé que no estuvo bien, pero solo fue algo transitorio. ¡Puntual! ¡Joder, Lola! No exageres. No puedes tirar por la borda todo lo que tenemos.
—¿Que no exagere? ¡¡Te pillé dándole por el culo al lechero!! ¡Junto a una de sus vacas!
—¡Vale! No fue muy acertado.
—Pues yo te vi con mucha puntería —susurra Taky aguantándose la risa.
—¡La madre que le parió! —gruñe mi padre a la vez que da un paso hacia Florencio amenazante, pero mamá lo sujeta antes de que cometa una estupidez.
—Vengo preparado para esto —anuncia tirando de las solapas de la americana.
Camina hasta mí con decisión y…
—Menos mal que he llegado a tiempo, si me pierdo esto, me muero —interrumpe Taky y lo miro con ganas de acabar con su vida.
—Deja de hacer estupideces —gruño a Florencio, viendo cómo, con la rodilla hincada en el suelo, busca en el bolsillo interior del traje.
—Lola Flores del Campo, ¿quieres casarte conmigo y hacerme el hombre más feliz del mundo?
Silencio.
Uno denso y asfixiante en el que solo se oye cómo una mosca choca contra el cristal de la ventana.
Miro a mi padre, parpadea como si necesitara reiniciar el sistema nervioso.
Mi madre se tapa la boca con un «¡Ay, Dios mío, que va en serio!».
Taky se ahoga con la risa y yo… bueno, yo tengo la mandíbula desencajada y creo que estoy más blanca que la leche.
—Tú no estás bien. ¿Has desayunado pegamento o qué? —le espeto.
—¿Habla mi futura mujer?
—Sí, definitivamente has esnifado pegamento esta mañana.
—¡Cómo me pone cuando te haces la dura!
—Florencio, que, si doy un paso más, me hago la dura, pero en la cárcel. Haz el favor de ponerte de pie y dejar de decir tonterías.
—He venido hasta aquí para demostrarte que he cambiado —añade con tono amoroso, ignorando mi petición y volviendo a la suya—.
Estoy centrado en el celibato, fui a ver al padre don Asensio, me confesé de mis pecados y rezo tres Padres Nuestros dos veces al día.
Mi alma ya está limpia. Soy un hombre nuevo y he dejado de usar mi cuerpo como herramienta del Diablo.
—¿Y también has dejado de tirarte al lechero? —cuestiono con una sonrisa tan dulce como un cactus.
Él traga saliva, pero insiste.
—¡Un desliz, un pequeño tropiezo, no puede marcar nuestro gran futuro juntos!
Y entonces Taky, con cara de póker, suelta:
—Sí, claro, un tropiezo… con pantalones bajados y lubricante. Todo fue muy accidental.
Papá da un paso más, temblando de furia. Ardua, mamá lo agarra del cinturón como si fuera un perro rabioso al que contener. Todo está tomando un camino que ni siquiera alcanzo a entender. Esto tiene que ser una broma de mal gusto.
Florencio sigue de rodillas con esa nota escrita a mano que ha sacado de su bolsillo. No, no hay ninguna caja de anillo, solo un papel arrugado y lleno de tachones.
—¿Qué se supone que es eso? —pregunto ya agotada por esta absurda situación.
—Una lista de razones por las que deberías volver conmigo.
—¿Y cuántas hay? —pregunta mi madre, que hasta ahora había estado en silencio.
—Cuatro… bueno, tres. La cuarta está medio tachada.
Ruedo los ojos a la vez que suspiro desesperada.
—¡Dámela! —Se la arrebato con la frustración por bandera y leo en voz alta:
1. Nunca nadie te querrá tanto como yo con todos tus defectos incluidos.
2. Siempre serás para mí porque ni borracho, ni sobrio, he podido olvidarte.
3. Aunque puedo ser un gilipollas, contigo lo era con estilo.
4. Me parezco a Mario Casas.
—¡La madre que lo trajo! —dice mi padre mientras se dirige al armario del fondo donde guarda el whisky .
Yo, sin pensarlo, hago una bola con el papel y se la meto en la boca mientras gruño perdiendo el control.
—Escucha bien mi respuesta: ¡¡NO!! N-O. Y ahora, gracias por venir, Florencio. Ya puedes volver a tu granja... o a tu corral, o si lo prefieres, al establo del lechero, ya no me importa.
Me doy la vuelta con toda la dignidad del mundo antes de estrangularlo y acabar en la cárcel por asesinato, sin embargo, su voz me detiene solo unos pasos después, justo antes de que alcance la cocina.
—Pero... ¿es un no definitivo? —grita él, casi inentendible porque sigue teniendo la boca llena con la bola de su gran lista de motivos por los que debemos estar juntos.
—¡Es un vete a tomar por culo! Que ahora te toca a ti recibir —remata Taky, agarrando su mochila cutre de los noventa y lanzándola fuera de casa.