Capítulo 6
Paso las manos varias veces por el pelo, sin disimular la inquietud que me recorre por completo, y miro de reojo a mi jefe. Él sigue allí, tranquilo, como si no acabara de pedirme la misión más absurda de mi vida.
—Yo no he hecho nunca un viaje así, Marcel.
—Perfecto, esta es tu oportunidad para tacharlo de la lista de cosas que quieres hacer alguna vez en la vida. Además, te servirá para conocer el mundo —responde con su acento refinado de Marsella, que conserva intacto tras veinte años viviendo en México.
—No es algo que esté en mi lista de cosas que quiero hacer en la vida. Yo hace muchos años que la completé.
—¡Pues lo añades!
Camino nervioso de un lado a otro en el pequeño despacho del bajo de su casita playera de madera blanca.
Me detengo frente a la ventana y observo el puerto deportivo.
En realidad, esto era el recibidor, pero hace unos años me pagó para derribar una pared contigua y darle una mano de pintura.
Colocó un escritorio y en la puerta un letrero grande donde reza: Alisios Group.
Un nombre que no tiene nada de casual. Los vientos alisios son las corrientes constantes que, desde hace siglos, han ayudado a los navegantes a cruzar océanos y descubrir nuevos mundos.
Marcel siempre dice que ese es el espíritu de su empresa: conectar rutas imposibles, empujar sueños y rodear el mundo con el viento a favor.
Y es justo ese el eslogan que hay en la página web. Muy poético, muy típico de él.
Lo cierto es que, aunque ofrece muchos servicios, para el que siempre nos contratan son las rutas de una semana, como mucho dos, en velero por la costa del Caribe.
Algo que ya tengo muy mascado y con lo que disfruto.
Navegar por aguas turquesas contemplando playas de arena blanca y palmeras altas es lo que más me gusta de este trabajo.
Conozco la zona como la palma de mi mano, cada rincón, cada lugar idílico, y es así como me meto a los clientes en el bolsillo, aun siendo un tío bastante…
¿Cómo decirlo? Serio, sí, creo que eso puede definirme bien.
A Marcel Roux, le gusta llamarse a sí mismo «visionario».
La realidad: un estirado con ínfulas de fumador, siempre sosteniendo un cigarrillo entre los dedos, apagado, porque dice que odia su olor.
Su armario está compuesto solo de camisas de lino blancas que jamás plancha y que complementa con sombreros ridículos que dice haber comprado en la Polinesia antes de que fueran mainstream .
Es un tipo muy excéntrico, pero paga bien y puntual y, además, adora a Renata, mi hermana.
A ella también la tiene contratada para que le gestione toda la documentación, los mails y las llamadas.
En resumidas cuentas, él solo se pasea con esos ridículos sombreros y extiende la mano para cobrar las fortunas que la gente se deja para que los paseemos en su velero.
—Wil, ¿puedes hacer el favor de dejar de ir de un lado a otro? Vas a desgastarme el parqué. —Me detengo en seco, lo miro y añade—: Llegará en un par de días.
—¡¿Quééé?! ¿Solo dos? Para un viaje así hay que preparar muchas cosas y, además, son las vacaciones de Navidad.
Resoplo frustrado mientras las lucecitas del pequeño árbol navideño que ha puesto Renata para decorar el despacho parpadean sin descanso, generándome aún más ansiedad. Intento centrarme y pienso por un momento qué supondría para mí una travesía de esta magnitud. Finalmente, tomo la decisión.
—Esta vez no, Marcel, búscate a otro.
Con una calma irritante empuja la silla, camina hasta colocarse delante del escritorio, apoya el trasero y, tras meter las manos en los bolsillos, sonríe.
—¿Estás seguro, Wil?
—Totalmente. Busca a otro, capitán, es muy arriesgado y demasiado tiempo fuera.
Antes de que pueda decir nada más, me doy la vuelta y, con zancadas grandes, me dirijo a la salida, pero entonces Marcel hace una pregunta que me obliga a detenerme:
—Y… ¿te parece demasiado si te digo que nos van a pagar cuatrocientos mil euros?
Me quedo petrificado en la puerta, tratando de asimilar lo que acabo de escuchar. Poco a poco me giro y puedo ver en su rostro calmado que esto no es un farol, pero necesito volver a escucharlo.
—¿Cómo has dicho?
—Wil, este va a ser el mejor regalo de Navidad de nuestra vida. ¡Nos va a pagar una fortuna! Serán más de siete millones de pesos mexicanos.
***
Una ola templada llega y arrastra la fina arena blanca entre mis dedos.
Observo cómo las pequeñas burbujas espumosas se disuelven, como si la tierra las absorbiera.
El sol brilla con intensidad; a pesar de ser ya última hora de la tarde, se siente igual de abrasador que cuando llegué.
Algo que no parece incomodar lo más mínimo a la niña que juega a mi lado mientras tararea una canción navideña y trabaja construyendo un alto castillo de arena con un gorro de Papá Noel puesto.
—Casi tres millones de pesos —susurro para mí mismo, intentando hacer que suene creíble.
Un salario medio en México ronda los quince mil pesos mexicanos, así que, con esa cantidad, haciendo cálculos muy rápidos, podría vivir tranquilo unos veinte años.
Sin grandes excesos, claro. Pero soy un tipo sencillo, no me hacen falta grandes cosas para disfrutar de mi libertad.
Ni siquiera me planteo dejar a Marcel y este trabajo; me encanta navegar, así que seguiría haciendo rutas por la costa y el resto del tiempo… solo viviría en paz.
El muy cabronazo ha tratado de regatearme.
Es así como los ricos se hacen ricos, ¿no?
Pero ni de broma pensaba doblegarme. Se quería quedar con el cincuenta por ciento y el resto a repartir entre Damián, mi amigo y marinero, y yo.
Con facilidad he conseguido lo que quería; tampoco ha sido un hueso muy duro de roer, la verdad.
No hay nadie más en toda Isla Guadalupe, que tenga los conocimientos y…
bueno, que sea tan kamikaze, como para hacer un viaje de esta magnitud y con solo un par de días de preparación.
—Una puta vuelta al mundo en velero… ¿Qué clase de persona contrata algo así?
No puedo evitar reírme. Es ridículo. Vamos a ver, analicemos bien las cosas. ¿Qué necesidad hay de estar entre ocho y doce meses en un velero?
Yo con todo ese dinero viajaría, pero en grandes y estables aviones, y después dormiría en habitaciones de hotel con bañeras enormes y duchas llenas de chorros. ¡¡Ah!! Y desayunaría todos los días en bufets llenos de fruta fresca y huevos con beicon.
Las personas somos curiosas. Seguro que es un ricachón aburrido que ya no sabe en qué gastar la fortuna. Solo le rezo a Dios para que no sea un maldito excéntrico que nos joda el viaje con sus rarezas o charlas insufribles.
No me malinterpretes, a mí me encanta navegar, pero la realidad es que la vida en el mar es dura, difícil y arriesgada.
No todo el mundo está preparado para algo así; habrá muchos días que no veremos tierra firme, que solo existirá la inmensidad del mar a nuestro alrededor y eso puede volver loco al más cuerdo.
He aceptado el trabajo por necesidad y porque, en el fondo, sé que, si no lo hago yo, Marcel buscará a cualquier otro y no, no quiero cargar con la culpa de un posible desastre provocado por un capitán sin la pericia ni los conocimientos que exige un viaje de esta magnitud.
Sin mucho esfuerzo, Marcel ha aceptado mi reparto.
Él y yo nos quedaremos con dos millones setecientos mil pesos, y el resto, los otros dos millones, será para Damián.
Mi intención inicial ha sido los tres a partes iguales, pero enseguida se ha negado y ha dejado muy claro que un marinero nunca —y ese «nunca» lo ha dicho con contundencia— puede cobrar igual que el capitán.
Por mucho que Damián sea mi amigo, es cierto que no puede recibir lo mismo que yo por el trabajo, simplemente porque ni su responsabilidad ni sus conocimientos son los míos.
Igualmente, estoy convencido de que estará muy contento con el importe final; yo me siento satisfecho, ya que es mucho más de lo que en un principio quería pagarle.
Tal y como ha dicho Marcel: ¡Va a ser el mejor regalo de Navidad de nuestra vida!
Todo esto es una maldita locura, tanto que he salido del despacho y he venido directo a la playa para tratar de alinearme y encontrar algo de calma.
El mar siempre ha sido y será mi lugar donde encontrar la paz.
El sonido de las olas, el olor del salitre, la textura de la suave arena caribeña entre mis dedos de los pies…
el horizonte infinito. Es como si este lugar me acunara, como si me abrazara y recibiera mis inquietudes para poco a poco engullirlas en su profundidad.
Inspiro sintiendo incluso ese aroma que tiene el calor, cierro los ojos y espiro despacio.
El recuerdo de mi vida pasada me zarandea y no puedo evitar pensar en que hace unos años habría hecho este trabajo incluso gratis.
Pero eso fue hace mucho tiempo. Era una época más oscura, en la que necesitaba huir de…
de mí mismo. Así fue como aterricé en Deshaies, un pueblo pesquero encantador en la costa del noroeste de Isla Guadalupe, en las Antillas Francesas.
Aquí el ambiente es relajado y, a pesar de ser pequeño, es bastante turístico y pintoresco, con muchas casitas de colores, restaurantes con vistas al mar y una vegetación exuberante.
Un lugar perfecto para pasar desapercibido y, sobre todo, uno en el que nadie supiera quién soy y el pasado que arrastro. Un sitio en el que empezar de nuevo.
No es momento de lamer viejas heridas, aunque todavía escuezan.
Me pongo en marcha; solo tengo dos días para preparar un viaje alrededor del mundo en velero, por el canal de Panamá.
Lo mejor es dejar de darle vueltas a mi pasado de mierda y que me centre en el futuro inmediato.
Solo espero que el cliente sea un tipo tranquilo y poco hablador, odio tener que darle conversación a la gente y más todavía que me la den a mí.
Aunque por suerte para eso estará Damián, que a él nunca le cansan las charlas por muy insustanciales y aburridas que puedan ser.
Pensar en mi amigo y ver empezar a caer el sol en el límite del mar, me recuerda que hace ya unas horas que le dije que iría a explicarle el nuevo trabajo para el que Marcel nos ha contratado.
Va a ser muy divertido verle la cara cuando le cuente lo que va a ganar, y más divertido todavía cuando averigüe cuánto tiempo vamos a estar fuera.
Renata debe de estar muy disgustada. Marcel me ha confirmado que ella ha sido la que está haciendo las gestiones con el cliente, que está al tanto de todo, pero que no iba a decirle nada a Damián, porque prefería que fuera yo quién hablara con él.
—Es tarea del capitán reunir a su tripulación —ha resuelto justo antes de despedirse de mí o, mejor dicho, de invitarme a irme del despacho.
Mi hermana lleva media vida enamorada de él y ahora que justo parece que hay un acercamiento entre ellos… nos vamos. Lo cierto es que me molesta que esté cerca de ella.
Damián es… bueno, simplemente es él siempre.
Rubio de cabello despeinado, aspecto de surfero australiano y sonrisa canalla perpetua, se ha convertido en el conquistador nato de Deshaies.
En resumen, es un maldito golfo. Es como un animal necesitado de caza todo el tiempo.
Alejarlo de mi preciosa Renata me va a dar algo de tranquilidad.
No me estaba gustando por donde iban esas charlas que últimamente tenían en el porche de casa antes de que yo llegara para la cena.
Los he pillado varios días ahí, sentados a la sombra, en las mecedoras de madera, basculando las sillas y rozando sus rodillas cada vez que estas se movían hacia delante.
Poner mar de por medio les vendrá bien a ellos y a mi salud mental también.
Por mucho que el corazón de Renata le reclame, no puedo permitir que algo tan precioso, acabe con algo tan corrompido.
Mi amigo y yo no estamos hechos para mujeres como ella; dulces, preciosas y buenas.
En realidad, no nos merecemos que ninguna tenga que soportarnos en su vida.
Las mierdas con las que cargamos solo podrían hacerla muy infeliz.