Capítulo 5
—Me parece ridículo pagar más de quinientos euros por una noche de hotel.
—Hija, es el mejor hotel de Logroño. Además, ahora te lo puedes permitir.
—Que tenga dinero no significa que deba desperdiciarlo.
—O quizá sí —interrumpe mi madre, haciendo rodar su silla cuando las puertas del ascensor se abren.
La sigo por el largo pasillo enmoquetado. Las puertas son de roble oscuro, las paredes en un tono crema relajante. Todo es bonito, sí, pero no estoy segura de que valga lo que he pagado.
—Esta es la nuestra, Lola —verifica Taky mirando el número en dorado cromado.
—Ve entrando, voy a acompañar a mis padres y vengo enseguida.
Él asiente y cuando cruza la puerta, su grito recorre todo el pasillo:
—¡¡La hostia!! ¡¡Esto es una puta pasada!! Esta bañera es más grande que la piscina que ponemos en verano en mi jardín.
Ruedo los ojos, medio sonrío y sigo avanzando en silencio con mis padres.
—¿Qué ocurre, Lola? —pregunta mamá en cuanto estamos en la intimidad de su dormitorio.
El lugar es precioso, tiene un punto barroco, pero a la vez moderno, que crea una atmósfera muy acogedora. No puedo evitar pensar, ahora que lo veo, que hubiera pagado mucho más. Mis padres jamás han estado en un lugar así y se lo merecen.
La gente que nos ha acompañado hasta aquí ya hace unas horas que regresó a Villavacas del Monte.
Y aunque al principio no me pareció buena idea, ahora me doy cuenta de que papá tenía razón.
A mi madre no le sientan bien los viajes largos en coche y ya hemos hecho unas cuatro horas para venir.
Ha sido una buena excusa para disfrutar de la tarde juntos probando algunas de las tapas que ya degustamos con Taky el día que…
compré el número ganador y conocí a Rubén, bueno, para nosotros el Morenazo.
Fue una pena dejarlo allí tirado, pero no podía llevármelo como un llavero.
Mi querido «mierda» se puso pesadísimo e insistió en que le dejara mi número, aunque fuera escrito en un papel en el bolsillo.
Hubo un momento en que dudé. Lo observé, con su hilo de baba goteando en el hombro de su amigo, y algo dentro de mí me dijo: ¡Hasta nunca, Mari Carmen!
Fue muy divertido; yo jamás había hecho algo así.
Dios le había dotado a ese chico de una lengua que quitaba el sentido, pero lo cierto es que esa tarde me empaché de ella.
Así que ahí los dejamos. Guardé mis números de lotería en el bolso y, agarrada del brazo de Taky, algo tambaleantes los dos, regresamos hasta el coche.
—Ha sido una tarde preciosa y este lugar es increíble. —Mi madre me saca de mis recuerdos ebrios.
Observo la habitación un largo rato y finalmente respondo.
—Sí, es bonito…
—¿Pero? —pregunta sabiendo que hay algo más.
—Mamá, yo soy una pueblerina que no entiende casi nada de la vida y mucho menos de dinero. —Dejo caer mi cuerpo sobre el colchón y sí, lo hago con dramatismo.
Ella acerca su silla y rápido papá la ayuda a que pueda incorporarse.
Le hago un lado y se tumba junto a mí, de costado, para poder mirarnos fijamente.
Es uno de esos momentos especiales que comparto con ella, uno en el que nuestros ojos aguamarina se conectan y se hablan sin necesidad de mantener una conversación.
—Mi niña —extiende la mano y acaricia mi cabello colocándolo detrás de mi oreja—, la vida te ha hecho un regalo increíble.
—Pues no estoy segura de querer este regalo. ¡¿Qué narices voy a hacer con tanto dinero?! —Mis ojos se llenan de lágrimas.
—¡¡Volar!! O mejor dicho… navegar. —En su rostro se forma una preciosa sonrisa.
Arrugo el entrecejo hasta que, como si fuera un resplandor, la comprensión llega.
Papá se sienta en el borde de la cama y del bolso de mi madre saca algo que… no es que ya no lo recordara, es solo que hay cosas que quedan ahí, en algún punto de tu vida, formando parte de alguien que fuiste en ese momento y al que ya no te pareces en nada.
—Hazlo. Deja de soñarlo y ¡hazlo!
No me atrevo ni a tocarlo cuando lo extiende delante de mí.
—Mamá, era solo una cría. Esos sueños se desvanecieron hace mucho tiempo.
—¡Sandeces! —Con la poca fuerza que conserva en sus brazos debido a su enfermedad, se incorpora hasta conseguir recostar la espalda en el cabecero—.
Pasaste años rellenando este diario. He de confesar que hoy, cuando lo he sacado de tu armario, le he echado un vistazo y…
¡Dios mío, Lola! ¡Esto es alucinante! No me lo esperaba.
—Solo son apuntes y fotografías de aquella adolescente que soñaba con recorrer el mundo y ser guía turística. Ya no tengo esos sueños. Tengo trabajo en el colmado y…
—¿Y cuidando de tu madre enferma?
—¿Quééé? ¡Nooo! Pero qué estupideces dices, yo no cuido de…
—Sí lo haces, Lola. Tenías miles de sueños y cuando llegó la esclerosis múltiple, renunciaste a todos ellos por cuidarme y por ayudar en la tienda a papá.
Me gustaría decirle que eso no fue así, pero es exactamente cómo ocurrió.
Extiende sus manos y me planta delante de la cara todo lo que fueron mis sueños. Con la quemazón en los dedos lo observo, dudo y finalmente lo cojo. Acaricio la cubierta llena de colores y sigo con el dedo el título: «Bitácora de Sueños» .
Paso la página y sonrío al ver el papel doblado; lo despliego, haciendo que se convierta en uno mucho mayor. Hay un mapa y mi sueño trazado en él.
—Ruta de circunnavegación por el canal de Panamá —leo, resiguiendo la línea roja con el dedo—. Salida desde el precioso Caribe, llegando hasta el Pacífico Sur, continuando por Fiyi, Australia, Indonesia, Maldivas, Sudáfrica, Islas Azores y… de regreso a España.
—Una vuelta al mundo completa —habla papá y rompe mi ensoñación haciendo que levante la cabeza y lo mire—. Lo hemos hablado con tu madre y queremos que te marches.
—¡Oh, vaya! Está claro que se puede decir más alto, pero no más claro.
Los tres nos reímos hasta que mi madre coloca su mano en mi pierna.
—Lola, hazlo. Va en serio. Ahora tienes el dinero. Pasaste años planeando ese viaje.
—¿Y el colmado? ¿Y… tú?
—Todo estará perfecto y, sobre todo, igual cuando vuelvas. —Sonríe.
La travesía de esta vuelta al mundo tiene una duración de entre ocho y doce meses, todo dependiendo del clima y también de los tiempos que quiera invertir en cada una de las paradas del viaje.
Es mucho tiempo, aunque, sí, es cierto que nada habrá cambiado cuando vuelva.
Villavacas del Monte y sus habitantes seguirán exactamente en el mismo lugar y haciendo las mismas cosas.
Pensativa, paso algunas páginas de mi cuaderno; en él hay dibujos de animales marinos que había leído que encontraría buceando, también frutos que estaba deseando probar e incluso fotografías de lugares que debía visitar sí o sí.
Río divertida al encontrar una imagen de una playa del Caribe preciosa, en Isla Guadalupe, con una foto de mi cara recortada y enganchada encima.
«¿Cómo se debe de sentir el sol ahí? ¿De qué modo olerá ese lugar?». Pienso sin dejar de observar el agua turquesa de la playa de fondo. La idea de poder responder a esas preguntas se hace cada vez más real.
Siempre he soñado con viajar, con dejar atrás el olor a estiércol y el retumbar de las campanas de la iglesia marcando cada hora, mi meta era salir del pueblo.
Mi plan no era tan descabellado. Irme a la universidad, estudiar turismo, aprender idiomas, descubrir el mundo a través de los mapas y las guías, y después —cuando tuviera ese título en la mano— embarcarme en mi verdadera aventura: sacarme el certificado de marinera y viajar en un velero.
Trabajar surcando mares, viendo amanecer en puertos distintos cada semana, sintiendo la libertad en la piel salada.
No quería un trabajo cualquiera. Quería un destino.
Y que ese destino tuviera sabor a sal, olor a libertad y forma de velas desplegadas al viento.
Para mí el mar siempre ha sido un anhelo, desde niña.
Cuando iba a la Playa de La Concha en San Sebastián, en esos días que pasábamos de vacaciones de Navidad con la familia, lo sentía…
Mi lugar en el mundo estaba ahí, entre olas ligeras, brisas saladas y vientos que no solo empujaran la embarcación, sino una vida entera descubriendo miles de lugares.
Ahora… tengo dinero, ¡muchísimo! ¡Soy millonaria!
«Puedo hacer lo que quiera».
El pensamiento me golpea con toda su fuerza, y no puedo evitar reírme.
Pronto, la risilla se convierte en una carcajada descontrolada.
Me dejo caer en el colchón, ruedo de un lado al otro…
y, por primera vez, acepto todo: he ganado un millón seiscientos mil euros y…
¡Puedo hacer todo lo que desee! ¡¡TODO!!
Doy un salto de la cama, salgo del dormitorio y sin dar ninguna explicación, corro por el pasillo del hotel hasta llegar a la habitación donde está mi «mierda».
—¡¡Corre!! ¡Ven! —grito picando en su puerta como una loca.
Sin esperar a que abra, regreso a la carrera con mis padres; solo unos segundos después aparece Taky asustado, sin aliento, mojado, con el pelo lleno de espuma y una toalla atada a la cintura.
—¡¿Qué?! ¡¿Qué ha ocurrido?! —Nos mira a todos sin entender y mi padre solo se encoge de hombros sin poder borrar la sonrisa de su rostro.
—Familia —digo para captar toda la atención de las tres personas que más quiero en mi vida—, está decidido, voy a dar la vuelta al mundo en velero.