La Riqueza del Amor Capítulo 4
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Capítulo 4

—¡¡ERES MILLONARIA!! —grita Taky mientras me abraza y salta sin parar.

—¡Teresaaa…! ¡La niña! Nuestra Lolita. ¡Teresa, ven! ¡A la niña le ha tocado el Gordo de Navidad!

Mi cuerpo, helado como un témpano, sube y baja con cada salto de Taky. Mis ojos no se despegan del televisor, donde en letras enormes aparece el número del Diablo: el gordo de Navidad.

Todo el colmado estalla en gritos: mi madre, mi padre y el escandaloso de mi «mierda» ríen y celebran mi buena fortuna. Yo, en cambio, no puedo evitar preguntarme si esto es algo bueno… o terrorífico.

—¡Compró cuatro boletos! —Taky no ayuda a calmarme.

—¡¿Cuatro?! ¡¡Dios mío, Lola!! — Papá hace un cálculo rápido y casi se desmaya; yo estoy al borde del infarto—.

Te han tocado un millón seiscientos mil euros.

¡Hija, eres millonaria! Están eufóricos, pero yo solo siento como los oídos se taponan, la visión se emborrona y un instante después… todo se funde a negro.

***

Siento una brisa suave acariciar mi rostro, frescor en la frente y ruido, mucho ruido de fondo. Antes de abrir los ojos, ya sé lo que me espera: Villavacas del Monte es… muy previsible.

—Amor, ¿estás mejor? —La voz de Florencio me despeja de un plumazo y el mareo se desvanece igual de rápido cuando disocio su apelativo.

—¿Amor? —Lo miro rabiosa—. ¡Quítate de encima! —Empujo su pecho para que deje de tocarme con las mismas manos que tocó al lechero su mástil.

«Deja de pensar en eso o será peor». Acierta a decir mi conciencia y no dudo en hacerle caso.

El paño frío que tengo en la frente cae cuando me incorporo y mi padre se aparta un poco, dejando de abanicarme con la revista Hola de esta semana.

Alzo un poco la vista y ahí están… TODOS.

El colmado está colmado —vale, quizá no toca la bromita, pero es mejor que me lo tome con humor o me dará otro telele—.

El pueblo enterito está aquí, y no, no puedo verlos a todos de una, pero estoy convencida de que los que no están dentro de la tienda están en la calle esperando para entrar.

La mayoría de los pies que tengo a mi alrededor están en zapatillas y eso solo puede significar una cosa: los gritos de mi querido «mierda» han recorrido los adoquines y se han colado en cada una de las casas.

Evidentemente, en primera fila tenemos a Radio Cotilla, con ojos abiertos como búhos para no perderse nada.

—¿Te ha tocado el Gordo de verdad, Lola? —pregunta doña Gertrudis, coronada como la cotilla mayor.

Y como si eso fuera el pistoletazo de salida…

un tumulto de preguntas llega una tras otra.

Unas absurdas, otras sin sentido, algunas que no entiendo…

El caos se apodera del lugar y aunque he conseguido ponerme en pie con ayuda de mi padre, me siento aún más pequeña que cuando estaba tirada en el suelo.

Parece que cada vez se cierra más el círculo que me rodea y a pesar de estar en diciembre, tengo un calor asfixiante.

—Lola, ¿vas a repartir tu dinero?

—Ahora que eres rica, ¿te vas a operar las tetas?

—Si te pido un pizquín me lo dejas y te lo devuelvo en cuanto pueda, ¿vale?

—Recuerda que todo es obra de Dios, y también que los feligreses necesitan unos bancos más cómodos para sentarse en misa.

—Esto no ha tenido nada que ver con Dios, ha sido el Diablo —susurro ya con la frustración por bandera.

A pesar de no haber alzado la voz, parece que todos los aquí presentes, es decir, todo el pueblo, me han escuchado porque las preguntas en metralleta paran al instante y se hace un silencio agradable.

Papá coloca su mano sobre mi hombro y un par de viejas cotillas se apartan para que la silla de ruedas de mamá pueda llegar hasta mí. Su mano busca la mía y nos encontramos con la mirada para después sonreírnos.

—Creo que deberíamos ir a visitar a doña Fortuna —sentencio y Taky me sonríe a la vez que asiente.

***

Si por un momento creí que eso de decir que el Diablo había sido el causante de mi fortuna iba a disuadir a los espectadores, bien equivocada estaba. Miro por el retrovisor y resoplo con enorme indignación.

—No se lo tengas en cuenta, hija.

—Papá, parece que vamos de procesión de Semana Santa y yo soy la virgen.

Solo decirlo me doy cuenta de que no puede ser más real. Taky se tapa la boca para no mondarse de risa y yo ahora mismo solo desearía no haberle hecho caso a Florencio con eso de la castidad hasta el matrimonio. Si es que soy una pueblerina hasta para mi virginidad.

—Solo son unos pocos coches —dice mamá.

Eso ayuda a que, al menos de momento, deje mi «situación» o dicho con más claridad: mi virginidad sin resolver a los veinticuatro años a un lado.

—¿Pocos? Poco es uno, dos… llevamos como diez o doce detrás. ¿Qué piensan hacer cuando lleguemos a Logroño?

—Pues aparcar.

Hay veces que lo pragmático que es mi padre me exaspera. Sin embargo, ocurre tal y como dice y al llegar a la ciudad, todos nos siguen dentro del parking .

¡Borregos! Sin más, eso es lo que son. ¡Una enorme panda de borregos!

Uno tras otro, en manada. Es vergonzoso, parezco la Virgen de la Santa Fortuna, con todos los feligreses pegados a mi culo.

Solo falta que me alcen y caminen al compás.

En Villavacas del Monte somos ochenta y tres habitantes; calculo que alrededor del noventa por ciento de ellos me acompaña pisándome los talones.

Giro la vuelta de la esquina y, como si fuera invocada, la señora que me vendió los boletos ganadores aparece en la puerta de la Administración de Doña Fortuna.

—Ahí está, la única valiente que quiso invocar al Diablo y resultó ser la ganadora.

Su sonrisa gigante resplandece, aunque no más que el primer flash que me deslumbra en la cara.

Y vengaaa… ¡Vuelta al ruedo!

Con lo que me encanta pasar desapercibida y lo mucho que parece verme todo el mundo desde que ese maldito número ha sido cantado como el ganador. Ya te digo yo que esto de la lotería no me va a traer nada bueno.

Un circo mediático y visionado por pueblerinos hambrientos de carnaza se desarrolla a mi alrededor.

Otra vez parezco la miel que atrae a las abejas punzantes y una gran multitud de periodistas con micrófonos y móviles en mano me rodean para preguntarme si estoy feliz ahora que soy millonaria.

Los vecinos van cerrando el círculo, acercándose cada vez más para poder escuchar todo lo que se supone que tengo que decir.

Por mi cabeza solo pasa una única duda: «¿Cómo puedo salir de esta? ».

Una mano blandita y regordeta alcanza la mía, tira de mi cuerpo hasta salvarme del pelotón; cuando choco con unas grandes tetas y alzo la vista, lo primero que encuentro es esa sonrisa que parece haberse impostado en su cara para siempre.

—Bienvenida, elegida del Diablo. Y… enhorabuena, ahora eres ¡millonaria!