Capítulo 3 #2
En cuanto la coloco en el suelo y dejo ir su cuerpo, como si acabaran de abrir las compuertas de una presa de agua, el zurracapote sale despedido de su boca. Las cataratas del Niágara acaban de quedar a la altura del betún.
—¡¡Qué ascazo!! —Escucho a uno de los «chicos monos» y corroboro lo que dice.
No puedo con esto. ¿La quiero? Sí, mucho, pero si me quedo aquí mirando un solo segundo más, acabaré contribuyendo a ese desastre medioambiental que está creando con los ácidos de su estómago, las tapas y todo el alcohol ingerido.
Paso un largo rato recostado en la pared de la calle principal, esperando a que Lola no haya resbalado en su propio desastre y tenga que regresar a casa con el pestazo.
Mientras tanto, el Morenazo parece estar casi en el mismo punto de declive.
Se ha dejado caer hasta apoyar su trasero en el suelo y Morfeo le ha hecho una visita.
Cuánto daño nos ha hecho las películas románticas.
Siempre nos ponen esos hombres guapos durmiendo como angelitos, pero la realidad es que el chico que tengo delante tiene la boca más abierta que un parking , ronca más fuerte que el cerdo que mi padre crio para la última matanza y le cae un hilo de baba por la comisura del labio con un color algo extraño que no deseo analizar.
Sobre todo, porque esos fluidos estaban mezclándose hace un momento con los de mi querida amiga fuente, una que no deja de escupir por la boca como si fuera el chorro principal de un manantial.
—Creo que voy a morir… —susurra Lola con voz ronca acercándose a la salida del callejón.
—Si solo has dejado ahí detrás lo que has ingerido y tus órganos vitales siguen dentro de ti, creo que no, hoy no morirás. Aunque con él no lo tengo tan claro… —Señalo con la cabeza al Morenazo y no puedo evitar reírme cuando lo mira y su cara se arruga como una pasa.
—Pero… ¿qué…? Si era…
—Ay, cariño, sigue siendo el mismo, solo que tú ahora no vas borracha como una cuba.
—Ja, ja, ja. Muy gra-graci-gracio… —Incapaz de acabar la frase y de cerrar la boca, su estómago vuelve a vaciarse.
Doy un salto a un lado para apartarme del desastre, cuando se produce uno mayor.
—¿En serio? ¡¡Eh, tú!! ¿No había otro sitio?
Una mujer gruesa, con mofletes rosados y expresión de comer madalenas cada mañana, nos mira rabiosa con sus pequeños ojos y ambas manos colocadas en sus anchas caderas. Lola se incorpora tambaleante, limpiando la boca con el dorso de la mano.
—Chiquita, ¿no te da vergüenza?
—¡Oh! Disculpe, he debido de comer algo que me ha sentado mal. —La señora suelta una carcajada irónica.
—Exceso de lenguado, eso es lo que te ha sentado mal —le digo acercándome a su oído y me gano una mirada de esas llenas de puñales asesinos.
—Mi administración lleva aquí muchísimos años, sé perfectamente lo que te ha sentado mal. Yo lo único que quiero saber es si piensas recoger tu propio destrozo o me va a tocar a mí.
—¿Disculpe? —La pobre está algo desorientada; entre el alcohol y tanta falta de oxígeno con tanto beso, no está en sus cabales.
—Quieta aquí, ni se te ocurra irte.
Cuando se da la vuelta y desaparece, Lola alza la cabeza; solo un instante después empieza a troncharse de risa. Sigo la trayectoria de su mirada y leo el cartel del establecimiento.
—Doña Fortuna —leo sin poder evitar reírme con mi amiga con la cabeza metida bajo la bufanda para no oler el vómito que tenemos al lado—. Lola, esto es una señal.
—¿De qué, Taky? Porque a mí me parece una broma de muy mal gusto, creo que solo me estoy mondando de risa porque aún estoy borracha. ¿Doña Fortuna? ¿En serio?
—Lolita, este año te ha tocado todo, ¡TODO! —Levanto los brazos para abarcar lo máximo posible—. Hasta un Morenazo. —Señalo al boca parking .
Los dos nos reímos divertidos al ver el trío pandereta; el guapo y los dos monos, sentados en el suelo, con las cabezas apoyadas los unos en los otros y roncando como trols.
—Sin duda este año estás sembradita. ¿Sabes? Solo te falta el gordo de Navidad.
Me río más fuerte hasta que me doy cuenta de que ella no lo está haciendo. Nos quedamos un rato mirándonos en silencio, hablando sin decir nada y entonces, esa sonrisa canalla se forma en el rostro más pálido que nunca lucirá.
—Ten, muchacha.
Nuestro intercambio de miradas es cortado por un cubo y una fregona. Lola no dice nada, solo lo coge y en unos pocos minutos recoge su propio desastre, eso sí, sin dejar de mirar una y otra vez dentro de la Administración de Lotería «Doña Fortuna».
Yo no sé si tú crees en el destino, pero, amiga, desde este momento yo sí lo hago.
Está claro que no hubiéramos llegado a entrar dentro de la administración, quizá ni la hubiéramos visto al pasar —algo muy probable debido a nuestro estado—, si Lola no hubiera dejado media calle Laurel en la puerta.
Si no hubiera hecho falta fregar la acera y que mi «culito» entrara para devolver el cubo y la fregona.
—Gracias —le dice la mujer con una actitud ya mucho más relajada, mientras Lola no deja de observar el cristal del que cuelgan hileras de números del Gordo de Navidad—. Deberías escoger uno.
Al decirlo, como si algo la atrajera, Lola avanza, extiende el dedo y señala uno en concreto.
—Estás de broma, ¿no? —La miro medio riendo.
—Ah, el de los tres seises… siempre lo juega algún valiente que no le importa que represente al Diablo. —Sonríe la señora—. Hay quien dice que trae más, mucho más que dinero.
—Lolita, hay más números y…
—¿Te quedan estos cuatro?
—Sí. ¿Los quieres todos?
—Últimamente me toca todo lo… malo y ¿qué puede ser peor que el número que representa al mal, al Diablo? Así que… —Lo piensa un instante y responde—: Sí, me los llevo todos. Si el destino quiere jugar, pues juguemos de verdad.
***
Lo cierto es que ese número de lotería tan diabólico, el 00666, que Lola compró como un acto de rebeldía, harta de hacer lo correcto, cansada de escuchar a los demás, sin tener ni idea en ese momento… la iba a colocar en un punto crucial.
Jamás imaginamos que ese número invocaría al mismísimo Diablo en persona y que, desde ese instante, nada volvería a ser igual.