La Riqueza del Amor Capítulo 3
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Capítulo 3

Pago y cojo los dos vasos de zurracapote, ese vino traicionero de la zona, macerado con frutas, especias y malas decisiones.

Ni de broma voy a beber, pero Lola necesita hoy —más que nunca— sentirse acompañada en todo momento.

Así que dejaré que ella beba y yo me mantendré sobrio para poder cuidarla.

Ya se nos han acercado cuatro chicos a los que he tenido que espantar porque Lola, ya «contentilla», no deja de usar esa preciosa sonrisa que tiene y lo único que está consiguiendo es que un enjambre de hombres hambrientos nos aceche.

Parece que han pedido turno en la carnicería.

Se van mirando los unos a los otros para ver cuál es el siguiente valiente que va a venir a hablar con ella.

Y es que, mi querida amiga, aunque sigue sin ser consciente, es preciosa.

Su cabello platino natural y su piel pálida le dan un aire angelical, que rompe con una sonrisa canalla y unos ojos azul cristal tan intensos que querrías vivir en ellos.

Si no fuera gay hasta la médula, estaría enamorado de ella, te lo aseguro.

Tampoco creas que es una modelo de más de metro ochenta, pero no necesita ser alta para que todas las miradas de un lugar se centren únicamente en su presencia, y es que allá donde está, ilumina, Lola es luz, así, sin más.

No necesitas conocerla para saber que es tan preciosa por fuera como lo es por dentro.

Hay algo en ella que resulta magnético, atrayente.

Cuando está en un sitio, la gente se apelotona a su alrededor y lo mejor de todo es que no es ni consciente de todo lo que provoca en los demás y eso…

eso, amigas, la convierte en excepcional.

A Lola le gusta pasar desapercibida —qué ironía, ¿verdad?—. Siempre ríe con suavidad y habla en un tono dulce, cercano, para no destacar por encima de otras voces. Pobrecita mía, es un puñetero faro en mitad del mar y ni se da cuenta.

Sonrío al ver otro valiente acercándose, acelero los pasos y llego antes que él. Intercepto su intento de conversar con Lola colocándome de espaldas entre ambos y cuando le entrego el zurracapote, no lo piensa ni un momento y le da tres largos tragos.

—Dicen que en la calle Laurel entras andando y sales trompa…

—Cariño, tú no has hecho ni medio metro y ya estás a punto de ir a cuatro patas. A este paso, no sales trompa… sales etílica perdida y en ambulancia.

Ambos nos tronchamos de risa y brindamos mientras ella, sorprendiéndome, grita:

—¡Que así sea! —Confirmado, va muy borracha.

Un largo trago baja por su delgada garganta y cuando por fin coge aire, el demonio que lleva dentro despierta. Una Lola, hasta ahora desconocida para mí y diría que incluso para ella misma, hace su aparición estelar y la tarde toma un rumbo totalmente inesperado.

—¡Hola! —saluda coqueta y mi mandíbula roza el suelo de lo alucinado que me quedo.

«¿Desde cuándo sabe coquetear?». Pienso sin poder dejar de observarla avanzar hasta el chico que se suponía había interceptado. Al parecer es de los de: «Si a la primera no, pues probemos otra vez», porque vuelve a estar aquí.

—¿Qué hace una chica como tú en un lugar como este?

—¿Eso va en serio, tío? Se te acerca la chica más alucinante de la calle, ¿y lo único que se te ocurre es esa mierda de pregunta? —protesto muy indignado.

Lola ríe cantarina y divertida, mientras el morenazo de ojos oscuros, con la mirada clavada en ella, responde:

—Sí, sin duda es la chica más alucinante, pero no de esta calle; es la más bonita que he visto jamás.

Y así, señoras y señores, es cómo se gana el gordo, pero no de lotería; este es un premio aún mejor. Mi querida Lola suspira, encandilada con un piropo barato, se acerca al morenazo y deja caer sus manos en el ancho pecho.

—¿Hola…?

—Lola —responde algo torpe y soy consciente de que el alcohol cada vez está causando más estragos en ella.

—Un placer conocerte y… tocarte. Yo soy Rubén —susurra cerca de su oído a la vez que retira un mechón de cabello de su rostro, lo coloca detrás de la oreja y recorre su perfil hasta llegar a los gruesos labios.

¡Bien! ¡Pues hasta luego, Mari Carmen!

Acabo de ver cómo mi querida «culito» perdía la cordura sin previo aviso.

Aunque, para ser totalmente sincero, hasta yo me he puesto tontorrón.

Voy a reconocerle el mérito al tipo, es hábil y guapo.

¡Espera! ¡NO! Es un puto cañonazo de metro noventa, hombros anchos, cabello oscuro y tremendamente sexy con todos esos mechones alborotados y cayendo por su frente.

Tiene más músculos que He-man y es una versión española de Henry Cavill.

¡Sí! Así de buenorrosísimo está. Encima tiene estilazo vistiendo; luce una camisa blanca desabotonada con la intención de hacerte perder la cordura pensando en lo que asoma entre la obertura y, sobre ella, una americana informal marrón.

Los tejanos le dan un toque desenfadado que acompaña con unas deportivas.

Todo él parece decir: «¿Abrigo? ¡Buah! ¿Para qué? Yo no necesito de eso, nena».

Y es que hace un frío que te pone los pezones como estalactitas, pero él aparenta ser inmune y eso me lleva a una clara conclusión: este hombre es todo fuego.

—¡¡Oh, my God !! —grito cubriendo mi boca con ambas manos, más sorprendido que una monja en un after con gogós en tanga.

Estaba tan entretenido escaneando al fusión entre He-man y Henry que me he perdido el momento exacto en el que mi querida «culito» ha perdido literalmente el culo y…

la cabeza. Una lengua húmeda y juguetona no deja de colarse en la boca de mi virginal amiga, que —estoy seguro— está viviendo el momento más excitante de su vida.

«¡¡Por el amor de todos los Demonios!! ¡Cómo besa ese hombre! Si todo lo hace igual, me pido ser el siguienteee…».

Carraspeo con exageración, porque ya lo he hecho con delicadeza, pero con tanto lengüetazo era imposible que se me oyera.

Al separarse, mi Lolita suspira tan fuerte que el flequillo del morenazo se aparta a un ladito.

No puedo evitar pensar que le acaba de echar todo el aliento borrachil en la cara y se me escapa un poco la risa.

Sin embargo, a él parece hasta gustarle, porque vuelve al ataque empujando el menudo cuerpo de ella contra la pared que hay junto a la puerta del local.

La gente ya no tiene interés en la conversación que mantenían, ni en los pinchos que comían; ahora hay un nuevo espectáculo.

La tarde va dejando paso a la noche y pronto, el tumulto de gente que durante un rato parecía haberse disipado un poco, reaparece.

Los que no se han alejado ni un poco son el Morenazo —así es como lo he bautizado, sé que se llama Rubén, pero…

no me importa—, y sus dos amigos, cómo decirlo…

¿Monos? No me refiero a orangutanes; es que los chicos son normalitos, del montón, sin mucho brillo y purpurina.

Ya me entiendes, ¿verdad? Todos ellos siguen aquí con nosotros.

El rebueno pegado literalmente a la lengua de mi querida Lolita, mientras los demás tenemos absurdas conversaciones de ascensor que nos ayudan a apartar de tanto en tanto la vista del espectáculo erótico que tienen montado nuestros amigos.

Hace tanto frío que mis pezones ya deben haber rasgado mi camisa, y bajo el gorro de lana gruesa tengo todos los pelos azules de punta y seguro que desteñidos.

La humedad cala bajo la ropa y cubre el suelo y las mesas altas que los bares ponen en las entradas de sus locales con una fina capa de rocío.

Creo que los únicos acalorados son Lola y su besugo incansable.

De verdad que yo no sabía que se podían tener orgasmos solo con morreos; juraría que mi querida amiga ya lleva dos.

Si no fuera porque para perder la virginidad han de romperte el himen, te diría que la penetración de esa lengua en su boca ha acabado con toda su castidad.

Me alegro por ella. Al fin y al cabo, aunque estos tres chicos no lo sepan y no lo sabrán nunca, Lola es más pueblerina que las vacas que pastan en el monte. Para ella esto es como sacarla del corral y soltarla en una alfombra roja.

Ya hemos recorrido la calle Laurel al completo y sí, queda validado eso de que al final llegas trompa.

¿Te dije eso de… «Lola necesita, hoy más que nunca, sentirse acompañada en todo momento?». Pues se ha cumplido con creces y, al final, entre lengüetazos, gemiditos inadecuados pero divertidos y mucho zurracapote hemos ido cayendo todos en el declive al que te lleva el estado de embriaguez.

—Ohhh… menuda marea, capitán. ¡¡Detengan el barcooo…!! —grita Lola y el grupo entero nos reímos, también los que tenemos en la mesa de al lado. Dos de ellos no han dejado de mirarla, a pesar de estar pegada como una ventosa a los labios del Morenazo.

Dejo de mirar el culo prieto de uno de ellos, cuando Lola decide ponerse a caminar sin dirección concreta.

Lo hace gracias a un milagro y a que se aferra al brazo del lengua suelta como si fuera un halcón cazando un ratón.

De pronto se detiene en seco. Antes de que me dé tiempo a volverme, ya escucho el sonido del caos; es el preludio del fin de esta aventura por la calle Laurel.

—¡Aguanta! Por lo que más quieras —le pido llegando a ella a la velocidad de un superhéroe.

Porque sí, este chicarrón se parece mucho a Henry Cavill, pero tiene muy poco de Supermán y supervelocidad. Más bien ha ido decayendo y cada vez sus movimientos son más lentos y torpes.

Agarro la menuda cintura de Lola, levanto su liviano peso con facilidad y correteo hasta un pequeño callejón, sin prestar atención al balbuceo del Morenazo que me grita que le devuelva a la chica de sus sueños.

—¿De tus sueños? ¡Chato! Está a punto de convertirse en la de tus pesadillas más espeluznantes —hablo más para mí que para él mientras me río, conocedor de lo que ya hace rato estaba esperando.