La Riqueza del Amor Capítulo 2
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Capítulo 2

Una semana antes

Me siento al volante de mi viejito Ibiza amarillo, lo acaricio, piso el acelerador y su motor ruge algo afónico, haciéndome sonreír. Suelto el embrague cuando escucho los gritos de Taky aun con las ventanillas subidas.

—¡¡Lola Flores Del Campooo!! ¡¡No te atrevas a irte sin míííí!!

Acelero un poco más y cuando estoy a punto de poner segunda, la puerta del copiloto se abre y mi «mierda», la persona menos dada al deporte que jamás he conocido —bueno, tampoco he conocido muchos que hagan deporte, la verdad, en Villavacas del Monte la mayoría pasa de los sesenta años—, tropieza en su acelerada y torpe carrera y cae de bruces, emitiendo un sonido lastimero que me hace sentir una miserable.

«Él no tiene la culpa de nada. Además, ¿dónde narices voy sin mi otra mitad?». El pensamiento llega con claridad y empuja mi pie sobre el freno.

Bajo del coche corriendo y, al llegar a él, lo encuentro como si fuera una cucaracha boca arriba, agitando las piernas y los brazos, representando una de las mejores actuaciones que jamás verá la humanidad de ese asqueroso insecto.

—¡Ay! ¡Ay! ¡Aaaay! Casi muero. Creo que me he roto las dos piernas. Llama a una ambulancia.

—¿Va a durar mucho el teatrillo? Porque si es así, yo me largo.

De un salto cual ninja, se coloca de pie y no puedo evitar rodar los ojos.

«Teatro y del bueno». Pienso mientras él se sacude un poco el culo, los brazos con despreocupación; después me mira y no puedo evitar acusarlo:

—Eres un exagerado.

—Y tú has atentado contra mi vida.

—¿A quién en su sano juicio se le ocurre tratar de subir a un coche en marcha?

—Ya casi lo tenía, si no hubiera habido esa piedra en el camino.

Me giro a mirar; el asfalto se ve tan limpio y desierto como siempre. Me río negando con la cabeza y, al volverme, ya se ha sentado dentro del coche. Golpea con los nudillos el cristal y me hace aspavientos con la mano como si llevara horas esperándome.

—¡Ay, Taky! ¿Qué haría yo sin ti? —susurro, divertida, mientras me acerco a la puerta del conductor.

Una vez dentro, acelero y tomamos la primera curva que deja atrás Villavacas del Monte sin mirar por el retrovisor... no vaya a ser que vea algo más y termine de perder la cordura.

El silencio dura, más o menos… diez segundos.

Es imposible que esté callado, es algo que le supera, le incomoda.

Taky sufre desde los dos años de « incontinencia verbal » una patología incurable que le convierte en el mayor dolor de cabeza para su familia, bueno, en realidad, aunque hablara poco o incluso nada, él siempre sería un problema en su familia, pero eso es otro tema.

—¿Y bien? —No le respondo y sigo mirando la carretera, yo sí sé estar en silencio—. Lola, tenemos que hablar de lo que acaba de pasar.

Lo pienso rápido y al final decido hacer la pregunta:

—Tú que eres… en fin, ya me entiendes ¿No te habías dado cuenta?

—Si lo que pretendes preguntar es: ¿que si por el hecho de yo ser gay había intuido los gustos de Florencio? No, Lola. No imaginaba que fuera de los de dar.

—¡Ohhh! Por Dios, Taky. ¿Dar? ¿En serio?

—¿Quééé? Está claro que, cuando hemos llegado, se lo estaba entregando tooodo.

—¡¡Ahhh!! ¡La, la, laaa! No te escucho. ¡La, la, laaa! —Suelto el volante para cubrirme los oídos y sacudo varias veces la cabeza tratando de borrar una imagen que, seguro, me acompañará para los restos mientras canturreo sin ton ni son.

—¡Lola! ¡¿Quieres matarnos?! —grita a la desesperada tratando de conducir desde el lado del copiloto—. ¡LOLAAA! ¿Quieres hacer el favor de parar? Canturrear para no escucharme no va a hacer menos verdad lo ocurrido. La pregunta es: ¿qué es lo que te está molestando tanto?

Retomo el control del coche y respondo sin tener que pensarlo demasiado.

—Pues a ver, no sé… veamos… Quizá sea el hecho de que mi prometido me ha engañado.

O bueno, no. Es posible que sea que me ha puesto los cuernos con ¡¡EL LECHERO DEL PUEBLO!

! Sí, creo que va por ahí la cosa —añado con mucho sarcasmo—.

Madre mía, si pudiera me arrancaba los ojos; no creo poder olvidar esa escena en toda mi vida.

—Sí, está claro que no seremos capaces de olvidarlo. Ni lo visto, ni lo escuchado. ¿Oíste a Eugenio? Gemía igual que las vacas cuando las ordeñan.

—¡¡TAKYYY!! No ayudas nada con esos comentarios. —Sacudo la cabeza otra vez con mucha fuerza para ver si así consigo deshacerme de todo lo visto y escuchado, pero es imposible.

—Lola —lo miro un instante al escuchar su voz seria y poco habitual—, ¿estás bien?

Que mi «mierda» se ponga en actitud solemne solo evidencia que esto no es una torpeza mía más de la que se hablará en el pueblo durante un par de semanas. Cojo aire por la nariz hinchando mi pecho y al dejarlo ir, me sincero.

—No lo sé. Esa es la verdad, Taky. Encontrarte a tu prometido dando por detrás con todo su ímpetu a otro hombre, no es lo que esperaba que me sucediera hoy.

Un silencio muy incómodo nos acompaña unos segundos hasta que, de pronto, Taky estalla en carcajadas.

Ríe fuerte y sujetando su vientre, golpea con la mano varias veces la guantera y al final, inevitablemente, yo también acabo riendo a boca llena con él.

Porque sí, la escena que acabo de presenciar es, sin duda, la cosa más surrealista que jamás hubiera esperado encontrar, tanto que roza la parodia.

—Don Asensio va a tener mucho trabajo para limpiar su alma sucia y corrupta. —Ríe mucho más fuerte al pensar en el cura de Villavacas del Monte—. Virgen hasta el matrimonio, decía el canalla. —Y se troncha tan fuerte que creo que al final le saldrá una hernia umbilical.

Sí, Florencio, mi novio desde hace un par de años es muy religioso, él y toda su familia.

Van cada domingo a misa y desde que empezamos a salir dejó muy claro que debíamos llegar puros al matrimonio.

Creo que me he perdido un poco con eso del concepto de «puros»; o a mí se me escapa algo, o alguien debe de volver a explicarle qué quiere decir eso de ser casto.

—Radio Cotilla no dejará de hablar de mí nunca —susurro, cortando la risa de golpe.

Taky extiende su mano y aparta un mechón de mi cabello platino para colocarlo detrás de la oreja y con el pulgar retira la primera lágrima escurridiza.

Cuánto lo he echado de menos este trimestre.

Menos mal que está aquí conmigo en este momento; no creo haber podido sobrellevar con tanta «entereza» —te aseguro que mucha para lo que es— la infidelidad de Florencio.

Si es que se puede llamar así a encontrarse a tu novio embistiendo a otro hombre por detrás.

—Lolita mía, qué más da lo que digan. Llevan hablando toda una vida; si no fuera por esto, sería por otra cosa.

No le respondo, solo dejo que las lágrimas de… humillación resbalen por mi cara. Necesito soltarlo o explotaré.

El sonido de la música emitida por la radio nos acompaña hace un rato, pero a diferencia de lo que solemos hacer, hoy ninguno de los dos canta.

Sé que está haciendo un gran esfuerzo por mantenerse en silencio y darme el espacio que necesito mientras lloro.

No quiero, de verdad que ni me apetece, pero entonces suena esa canción que tanto me gusta y sin poder evitarlo, mis labios empiezan a moverse junto a la voz de Nil Moliner y la nueva versión instrumental de Nexo 04. Tu cuerpo en braille.

Es una criminal

Que apuñala en silencio

Mata su mitad

Y la otra cuando miento

Si vuelve a pasar

Mira a ver si me despierto

Vuelvo a mirarla

Vuelvo a buscarla

Y seguiré cantando versos a la luna

Que me recuerde el vaivén de tu cintura

Un hombre lobo que lo ha perdido todo

Me faltas tú y me desangro poco a poco

Un déjà vu que me tiene un poco roto

Siempre lo mismo que ya me sabe a poco

Un hombre lobo que lo ha perdido todo

Me faltas tú y me desangro poco a poco

Una nueva aura nos envuelve y por fin somos un poco más nosotros.

A la vez que la intensidad de la canción crece, nosotros nos vamos animando y para cuando llega el final, la energía dentro del coche ya es otra.

Una débil sonrisa se dibuja en nuestros rostros y es que la música tiene ese poder.

El poder de calarte en el alma y hacerte sentir bien.

—¿Dónde vamos, Lolita? —me pregunta al terminar la canción mientras baja el volumen de la otra que justo empieza.

—A ahogar las penas.

—Lola, hay unas cuatro horas hasta la playa más cercana, y el Seat Ibiza tiene más de veinte años…

—No vamos a la playa —le interrumpo.

—¿Puedes dejar de hablar como si fueras una asesina en serie y esto una película en la que el pueblerino gay muere? ¿Qué quiere decir eso de ahogar las penas?

—Vamos a Logroño, no voy a salir de la calle Laurel hasta que haya ahogado este horrible día en alcohol.

—Pero si tú no bebes.

—Hoy sí.