La Riqueza del Amor Capítulo 1
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Capítulo 1

—¡Mil euros! —canta una de las niñas del colegio de San Ildefonso con esa entonación aguda que a mí me resulta algo estridente.

Sigo amasando la carne para que el adobo se impregne bien y no puedo evitar sentir que estoy viviendo un déjà vu .

¿Sabes esa sensación de haber experimentado una situación con anterioridad?

Se supone que es algo que parece haber ocurrido, pero que realmente no sea así, y esto, este momento, me lleva ocurriendo desde que tengo memoria.

Una sensación incómoda de rabia y dolor me recorre entera y descargo mi frustración contra la carne que tengo entre las manos. La estrujo enfadada, no con ella, sino con la vida en general y…

—¡Ah! ¡Mecachis! ¡Jopetas!

—¡Lola! ¿Lola? ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?

—Sí, sí, papá. ¡Aix! ¡Jolines! —Correteo a ciegas por la tienda.

—Por el amor de Dios… ¿Ahora qué?

—Me ha saltado todo el adobo encima y ha tenido la puntería de meterse en mi ojo. ¿No decían que las pestañas estaban para proteger?

La carcajada de mi padre me hace medio sonreír, pero rápido siento que mi cavidad ocular se desintegra gracias a ajo picado, la cebolla rallada y el pimentón picante que lleva a raudales este adobo, y se me olvida que reíamos.

Camino a ciegas con su ayuda hasta el fregadero que tenemos en un rincón de la trastienda y me lavo las manos todo lo rápido que puedo.

Aclaro mi cara varias veces y trato de abrir el ojo para que los restos, de lo que creo que es orégano, se despeguen de la córnea antes de quedar ciega para siempre.

—Hija, ¿estás bien?

—Creo que sí —respondo incorporándome y secando mi cara con la toalla que me ha tendido.

—¡Hostia! —Da un paso atrás cuando lo miro.

—¿Qué?

—Hija, tu ojo tiene el mismo color que la salsa de la carne. ¿Seguro que estás bien?

—Perfecto, este año en la foto de Navidad saldré de nuevo divina —lloriqueo con pesar.

—Cariño, aun con el ojo en carne viva, eres preciosa.

—No tiene gracia —le recrimino tratando de no reírme con él.

—Lola, debes ir con más cuidado. —Cambia a ese tono serio de preocupación.

—¿Y crees que no lo intento? Pero parece que la vida me entregó la capacidad de atraer todas las desgracias.

—¡Y ahí está! Señoras y señores, con todos ustedes, les presento a «La dramas por excelencia».

Mi padre ríe al escuchar a Taky entrando en el colmado como si estuviera presentando un espectáculo en el mayor teatro del mundo. Brazos extendidos y en alto incluidos.

Mira que le gusta el drama.

—Ya tienes aquí a tu otro brazo —declara besando mi mejilla y volviendo a sus quehaceres.

Las voces infantiles de los niños del colegio de San Ildefonso resuenan por las estanterías de alimentos mezcladas con las risas de Taky que se troncha como nunca al verme.

—Me encanta tu nuevo maquillaje navideño. Ese tono de «en carne viva» te favorece mucho.

—¡Eres tontito!

—¡¡Por el amor de Satán!! ¿Quieres hacer el favor de dejar de usar insultos ridículos? —resopla con una exageradísima indignación peinando con ambas manos su corto cabello azul—. Venga, Lola, ¡ataca, fiera! ¡Grrr! —ruge como un tigre afónico y no puedo evitar reírme con sus chorradas.

—Taky, no vas a conseguir llevarme al lado oscuro.

— Ni vis a consiguir llivirmi… bli, bli, bli . La gente no dice tontito o mecachis.

—Mi hija sí.

—¡Buenos días, Manuel! ¿Qué tal estás?

—Bien, hasta que llegaste a corromper a mi niña con tu mal vocabulario.

Mientras hablan entre ellos, he llegado a la altura de Taky. Una vez a su lado, lo abrazo. Su cuerpo cálido y familiar me acoge, me da un apretón y la sensación de hogar me colma.

Lo he echado de menos a raudales. En septiembre se fue a vivir a Barcelona para cursar Bellas Artes en la universidad y cumplir su sueño de ser actor. Que se fuera me destrozó. Creo que solo he llorado más que ese día una vez y fue cuando nos dieron el diagnóstico de mamá.

Nos hemos criado y fortalecido juntos en este pueblucho que no entiende de personas «no convencionales» o, mejor dicho, de los que no son unos pueblerinos insulsos.

Estar sin él ha sido muy duro, me he sentido supersola.

Y aunque hemos hecho videollamadas a diario, nada es igual que sentir cómo sus brazos me rodean, cómo besa mi cabeza y cómo su pecho se agita bajo mi mejilla cuando ríe.

Estará solo para las vacaciones de Navidad y pensar que se volverá a marchar y yo me quedaré una vez más aquí…

Prefiero no darle muchas vueltas a eso ahora; no quiero agobiarme de nuevo.

—¡Cuatro millones de euros! —canta una niña en televisión alargando mucho cada palabra.

Y un ruido apabullante de aplausos acompaña a la repetición del número y el premio.

—¡Seiscientos sesenta y seis!

—Pues vaya número más raro ha tocado este año para el Gordo —resopla mi padre.

Yo sigo en mi momento de gloria disfrutando del abrazo con mi «mierda», pero dejo de hacerlo cuando lo escucho tartamudear.

—Lo-Lo-Lola… —Taky me separa de su cuerpo y me hace girar para colocarme en dirección a la televisión que cuelga de un trocito de pared de la tienda.

—El número premiado del Gordo de este año es, sin duda, peculiar —comenta una reportera mientras una niña y un niño caminan con dos bolitas en la mano, enseñándolas para que todos la vean bien.

—¡Seiscientos sesentaaaa y seiiiis!

—¡Cuatro milloooones de eurooooos!

Cantan repetidas veces.

Miro a Taky con mi ojo sano abierto de par en par y el otro tratando de enfocar algo que no sea borroso, entonces, los niños una vez más canturrean:

—¡Seiscientos sesentaaaa y seiiiis!

—¡Cuatro milloooones de eurooooos!

Los labios llenos de gloss con purpurina de mi amigo empiezan a extenderse por su rostro mientras yo niego como una histérica con la cabeza. Suelta una enorme carcajada y añade:

—¡¡Te lo dije!! ¡¡AHHH!! —Empieza a dar saltos delante de mí cual delfín feliz en el mar y yo solo quiero ahogarlo para siempre—. ¡¡Es que lo sabía!! A nadie le puede ir tan tan mal todo; tenía que pasar algo bueno. ¡¡LOLAAAA!! ¡Que te ha tocadooo!

—No-no… no puede ser…

—Ay, culito mío, ¡¡sí que es!!

Asfixia.

Ansiedad.

Ahogo.

A… lo que sea que tenga que ver con querer morir en este mismo instante y que empiece también por la «a» o, bueno, la letra que te dé la real gana.

—¿Qué me he perdido? —pregunta mi padre acercándose a nosotros y agarrando mi brazo para que deje de mirar el televisor y le preste toda mi atención.

Algo imposible porque yo solo puedo escuchar una y otra vez cómo se repite ese número del Diablo.

El seiscientos sesenta y seis.

«¿En serio?».

«¡Espera! Creo que me acaban de colocar bajo el limonero y vuelvo a estar sin paraguas».

«Esto es imposible». Empiezo a entrar en colapso.

¿Cuántas probabilidades hay de que te toque la lotería? No lo sé, pero ya te digo que son poquísimas, y… ¿que te toque el número del Diablo?

Creía que eran inexistentes.

Si es que ya lo dijo Taky…

—¿Lola? Me estás preocupando, tienes el rostro pálido. ¿Te encuentras bien? ¡Lola! —Mi padre sacude mi cuerpo ligeramente para que reaccione.

—Miguel —la mano de Taky se coloca sobre su hombro—, creo que será mejor que te sientes un momento.

—¿Yo? La que necesita tomar asiento es ella; mira cómo está.

—Visto así, mejor acomodaros los dos.

Mi amigo nos acompaña a ambos al par de sillas que tenemos en un rinconcito junto a la entrada, para que los clientes más mayores puedan esperar su turno sin estar de pie.

A mí me tiembla todo y el corazón no me sale por la boca porque la mantengo cerrada.

Mi cabeza está tratando de comprender lo que acaba de ocurrir en este momento.

Las manos de Taky envuelven mi rostro, se acuclilla delante de mí y me pregunta:

—¿Dónde los tienes?

No soy capaz de responder, solo levanto la vista hacia el lugar en el que dejo siempre el bolso colgado.

Nos mantenemos en absoluto silencio mientras va a por él.

Lo coloca encima de mis rodillas y al ver que soy incapaz de tocarlo, me sonríe y hurga hasta encontrar la cartera.

De ella saca los cuatro papelitos con el número del Diablo impreso y los pone frente a los ojos de mi padre.

—Miguel, a tu hija le acaba de tocar el Gordo de Navidad.