La Riqueza del Amor
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Prólogo
Si la vida te da limones, haz limonada.
¿Quién fue el genio que inventó esta frase? Por favor, que me lo presenten; tengo una conversación pendiente con él, y no precisamente llena de palabras de amor.
Ya te adelanto que, en mi caso, si la vida me da limones, me suele pillar bajo el limonero, sin paraguas… y con un enjambre de abejas picoteando mi cuerpo.
Lo cierto es que a mí me pega muuucho más esa frase que dice: «Hay quien nace con estrella y quien nace estrellado». Evidentemente, soy del segundo grupo.
Pero todo cambió el día que pisé esa boñiga de vaca en la puerta del establo de Florencio, mi prometido.
Dicen que pisar mierda con el pie derecho da suerte y, aunque en ese momento no me pareció en absoluto que me estuvieran colmando de buena fortuna, sin duda así fue. Aquella enorme caca apestosa marcó un antes y un después en mi vida.
¿O quizá fue lo que vi justo después de pisarla?
El caso es que ese fue el detonante que provocó una serie de acontecimientos que me llevaron a tomar la decisión de recorrer el mundo entero.
Y lo digo de manera literal. Decidí que por fin iba a ser libre y nada ni nadie me impediría descubrir miles de lugares.
Bueno, eso creía yo… Pensaba que, con un velero y el Diablo capitaneándolo, estaba lista para navegar hasta Japón.
Spoiler : no llegué a pasar del Caribe.
Pero eso no es lo más importante de mi loca historia. Lo que de verdad me cambió para siempre la vida fue a quien encontré en ella, algo más valioso que todos los pasaportes sellados del planeta y todos los miles de euros en la cuenta bancaria.
¡Oh! Espera, que ni me he presentado.
Soy Lola Flores Del Campo, sí, como la farandulera y con campo incluido, y aunque yo no tengo nada de arte ni sé cantar ni bailar, mi vida es un auténtico espectáculo. Lo del segundo apellido es simplemente la cerecita final del pastel; parece una broma, lo sé, pero, aunque te haga reír, no lo es.
A mis veinticuatro años no he salido nunca de este pueblo de mala muerte situado en el interior de España llamado Villavacas del Monte.
—Y ahí está la declaración de amor más profunda que puedo hacer hacia el lugar en el que nací y me he criado—.
Para que te hagas una idea, está ubicado en la provincia de Cuenca, cerca del límite con Teruel, y aunque se dice eso de «Teruel existe», en la mayoría de los mapas nosotros ni aparecemos.
¿Para qué? Aquí no hay naaada interesante que ver. Aquí solo hay montes, vacas, una niebla infernal en invierno y mucha tradición almidonada para que parezca lustrosa cuando, en realidad, está pasada desde hace demasiados años.
Sin embargo, no todo es tan horrible. Vivo con mis padres, dos personas increíbles que quiero sin límite.
En esto sí he tenido mucha suerte. Aunque, como ya te he dicho, a mí la vida siempre me tira los limones en vez de dármelos, y hace unos años a mamá le detectaron esclerosis múltiple, fue un golpe muy duro, sobre todo cuando nos dijeron que ya no se levantaría de una silla de ruedas, pero eso lo único que consiguió fue unirnos mucho más.
Y después está él, mi querido Taky, mejor amigo, incondicional, y la única persona que da más conversación que yo en el pueblo gracias a su peculiar aspecto y su amor pasional por los hombres.
Él es mi mierda, porque sí, yo soy el culo.
Nunca podría asumir el papel de algo tan escatológico.
Éramos solo unos críos cuando empezaron con eso de: «Ahí van, culo y mierda, todo el día juntos», pero a pesar de mi corta edad, tuve claro que yo no sería ni loca algo asqueroso y apestoso.
No me doblegué y asumí el papel que podía llevar con más dignidad.
Definitivamente, prefiero ser un culito en esta relación.
Bueno, en realidad preferiría que no nos llamara todo el pueblo así, pero hay cosas en Villavacas del Monte que es mejor asumir que no van a cambiar.
Una de ellas es que hace solo unos días destroné a Taky del puesto número uno del top diez de los temas de conversación más recurrentes en el bar del pueblo, ese santuario del chisme local.
En realidad, ser la amiga del único gay con ínfulas de travesti ya me posiciona como uno de los mayores focos de conversación de Radio Cotilla.
Dicha emisión es retransmitida a diario en la calle mayor, al fresquito del verano o en el bar de la plaza; gobernando las dos últimas mesas cuando es invierno.
Y no, no es una emisora de verdad, pero cada uno de sus comentarios y cotilleos resuena por todas las calles de Villavacas del Monte como si hubiera megáfonos emitiendo.
El nombre, aunque no muy original, le viene al pelo a las diez mujeres que forman parte de este grupito de malvadas tertulianas.
Las apodamos así con Taky cuando solo éramos unos niños sin mucho ingenio y así se quedó.
Aquí no se libra nadie, pero yo que, con asiduidad, ya coronaba los puestos entre el tres y el seis de los temas más recurrentes y excitantes, gracias a mi fabuloso prometido o, mejor dicho, EX-prometido, he desmarcado a mi querido «mierda» y me he posicionado en el primer puesto con muy pocas probabilidades de bajar de lugar en los próximos quince o veinte años.
Que son más o menos los que creo que irán tardando en morir ese grupo de viejas cotillas malvadas que solo viven para meterse en los asuntos de los demás.
Como verás, nada parecía poderme ir peor en ese momento de mi vida… Hasta que se me ocurrió esa loca idea. Una que lo cambió absolutamente todo.
¿Sabes? Yo nunca había creído en la fortuna, ni en el destino, ni mucho menos en tonterías como esas de que hay almas unidas que están destinadas a encontrarse y unirse para siempre.
Quizá tú también seas una escéptica como yo. Si es así, siento decirte que… vas a dejar de serlo.