La Revolución Amarilla Capítulo 20. Tesoros
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Capítulo 20. Tesoros

Tesoros

En mitad del más absoluto caos, los dos hombres más poderosos de la montaña, Vorak y Kabil, entraron a la Gran Despensa. Rodeados de su escolta personal y con trescientos guardias listos para impartir justicia en el Nivel III después de haber arrasado el Nivel II.

Como si de estrategas militares se tratase, se disponían a fijar su campamento base para su último golpe de asalto a los revolucionarios. La purga debía seguir hasta el final.

Vorak aparece ataviado con su uniforme negro impoluto y semblante serio, pero con la convicción de la victoria.

Entra a la Gran Despensa como un ser superior, antes de él entraron sus escoltas formando un pasillo que Vorak recorre con solemnidad.

Tras él, Kabil, con su capucha negra y su uniforme de custodio, le acompaña en la distancia para no robar peso al Capitán.

Fodos estaba sentado en su escritorio. Noventa y cinco kilos de cinismo y sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

En la mesa de Fodos, tazas de café humeando esperan a la visita.

Fodos: [como si recibiera invitados] Comandante. Kabil. [señalando a las sillas] Por favor. Siéntense. Disfruten del espectáculo.

Vorak: [sin sentarse, mirándolo con disgusto] ¿Cómo tienes café?

Fodos: [sonrisa ampliándose] Tengo mis fuentes. [pausa] Expedición 41 trajo tres kilos. Guardé la mitad para ocasiones especiales y ver cómo queman la montaña... [sorbiendo café] es sin duda una de ellas.

Kabil: [impaciente] ¿Por qué nos convocaste aquí? Tenemos una operación en progreso.

La sequedad de Kabil rompió el disfrute de Fodos, que estaba saboreando más ese momento que el propio café rancio que atesoraba.

Fodos: [dejando la taza, levantándose] Porque tengo un regalo. [pausa] Algo que tu red de cámaras no pudo encontrar, brujo. Algo que tus micrófonos no escucharon. Pero yo... tengo oídos en lugares donde tú no miras.

Fodos se levantó, y moviéndose casi como si de un trilero haciendo su show se tratara, se acercó a la cortina en el rincón trasero y la apartó.

Torbe estaba ahí, atado a una silla y amordazado. Sus enormes ojos brillaban de puro miedo, pero también... con el desafío que le otorgó el poder del fantasma amarillo.

Finalmente, el pequeño Torbe cayó en las trampas de Fodos, y el león cazó al gato.

La última misión que le encargó Jassim era más peligrosa de lo que habían estimado, no contaban con la colaboración de Fodos y Torbe no pudo escapar esta vez.

Los ratoncitos que acosaban a Oñara consiguieron detectarlo, era un objetivo costoso el que tenía que acometer, pero ,él sin embargo aceptó el riesgo que le encargó Jassim.

Kabil lo miró perplejo, aquel mocoso famélico le había puesto contra las cuerdas durante semanas, distribuyendo no soles pintados, sino dosis a raudales de recuerdos, emociones y caos.

Kabil: [acercándose rápidamente] El fantasma. [mirando a Torbe con fascinación analítica] El niño que pinta soles.

Fodos: [orgulloso] Lo atrapé esta mañana. En los conductos de ventilación... supuse que era tu famoso fantasma cuando le vi las manos manchadas de ese extraño material tan conflictivo...

El capitán Vorak estalló de furia al verlo, un simple niño, una rata del Nivel III, ni siquiera un fallo del sistema como podía haber sido Kael… se acercó a Torbe y empezó a zarandear al niño.

Vorak: [mirando a Torbe] ¿Quién te enseñó? ¿Quién te dio las tizas?

Torbe no podía hablar porque estaba amordazado. Pero sus ojos no apartaron la mirada de Vorak, nunca lo había visto antes, pero lo odiaba con toda su fuerza por todo lo que le había hecho a Amara.

Kabil se acercó y quitó la mordaza bruscamente.

Kabil: [amenazante] Habla, niño. ¿Quién te ayuda? ¿Es Jassim, verdad?

Torbe: [tembloroso pero firme] No voy a decirte nada, brujo.

Kabil: [inclinándose] ¿Sabes quién soy?

Torbe: [asintiendo] Eres el hombre que convierte personas en números. El que cree que todo puede calcularse. [pausa] Pero no puedes calcular la esperanza.

Kabil: [ajustando gafas, voz sin emoción] La esperanza es una variable emocional sin base objetiva. Y tú eres un niño manipulado por viejos que no aceptan la realidad.

Torbe: [mirándolo directamente] Alan me enseñó que el Sol existe. Aunque no pueda verlo todavía. Y prometí hacerle el honor, prometí pintar luz donde no la hay.

Vorak: [interrumpiendo] ¿Alan? [procesando su furia] ¿El hombre del Pozo te enseñó?

Torbe: [asintiendo] Sí, y Jassim y Emro y otros. [pausa] No estoy solo, tirano, muchos quieren luz.

Fodos mientras tanto gozaba de la escena, ese niño tenía coraje para hablar así al hombre con más poder del mundo.

Fodos: [disfrutando] ¿Ven? El niño está infectado completamente. [pausa] ¿Qué hacemos con él?

Vorak sabía lo que quería hacer con él, lo usaría de ejemplo, nadie más volvería a cuestionarle.

Vorak: [agresivo] Viene conmigo.

Agarró a Torbe por la espalda de la túnica y lo levantó, como si fuera una muñeca. Los pies del niño apenas tocaban el suelo.

Torbe: [luchando] ¡Suéltame!

Vorak: [exaltado] Prepara las bombas incendiarias.

Es hora de quemar el Pozo. Se terminó todo rata, es hora de hacer la purga definitiva.

Las gentes del futuro no recordarán nada de lo que ocurrió aquí, solo sabrán que el Gran Vorak les salvó de la destrucción, yo seré inmortal para siempre, seré su mesías, su Dios y cuando acabe con todos los primeros habitantes y con su recuerdo, no habrá ya nada que se interponga ante mí.

Vorak estaba más irracional de lo normal, quizás por todo lo acontecido las semanas anteriores o que simplemente se hacía mayor.

Posiblemente también añorase ver el Sol que pintaba ese niño, pero lo que realmente necesitaba era perdurar en el tiempo.

Algo en su interior le ordenaba que no podía desaparecer en aquella sucia montaña, que aquellos treinta años tenían que servir para algo más grande.

Y para ser un Dios, necesitaba acabar con todo aquello que pudiese cuestionar a un Dios.

La memoria, la historia, el saber, el amor.

Poderosas palabras de Vorak que no pasaron desapercibidas para Kabil y mucho menos Fodos, seres que vivían de sus propios tesoros, que mantenían una posición y unas ambiciones que podrían ser amenazadas por la nueva actitud de Vorak.

Kabil había conseguido por fin tener su proyecto Arca, su gen perfecto, si alguien era un Dios, era él. Y Fodos era quien alimentaba al pueblo, incluso a Vorak, ¿por qué tendría que rendir pleitesía él a nadie cuando el sistema cayese?

Ambos sintieron una necesidad imperiosa de poner a buen recaudo sus tesoros y de protegerlos de la purga que Vorak estaba provocando henchido de rabia.

Demasiados escenarios que calcular. La mente de Kabil empezaba a colapsar, había múltiples variables que no podía procesar porque simplemente no las entendía.

Necesitaba ir a recuperar su proyecto Arca, no dejaría que Vorak se lo robase, eso nunca.

Aprovechando el desconcierto que se estaba generando con la organización de los guardias en el exterior, Kabil decidió ir hacia Nivel I para refugiarse en su laboratorio y hacerse con su valioso proyecto.

Corrió apresurado, no tenía mucho tiempo hasta que la batalla comenzase en el Nivel III.

Subió las escaleras de caracol hacia el Nivel II, donde la purga había dejado un rastro de sangre y dolor mezquino.

Pero él solo tenía su pensamiento en volver a su laboratorio, tenía que recoger su trabajo y guardarlo bien, si no lo hacía, nadie se lo reconocería cuando esta barbarie acabase.

Pero en esta tormenta de emociones que circula por toda la montaña, Kabil estaba sumido en su vanidad y en lo que necesitaba preservar.

Olvidó, por un instante, quién era el, y lo que estaba ocurriendo realmente a su alrededor.

Error de cálculo fatal, quizás si se hubiese parado un poco a pensar, si se hubiese tapado con la capucha, si no hubiese tomado ese camino al azar… el azar, su terrible enemigo.

En su huida a la desesperada, choca con un grupo de personas, y pierde sus gafas en el encontronazo.

No puede apreciar bien quiénes son, no ve bien sin sus gafas.

Son reproductoras, saliendo del Internado y Recolectores, que habían sido golpeados durante la purga y que estaban magullados y sangrando.

Y ahora... viendo al brujo tan vulnerable, solo, perdido y desorientado hasta que alguien lo reconoció.

Alguien que lideraba a todas esas que estaban apresadas y que como una presa desaguando, brotaban violentamente de su encierro.

Alguien que tenía mucho horror en su vida y mucho resentimiento hacia el propio Kabil.

Iris: [señalando] ¡Es Kabil! ¡El brujo!

Las demás se giraron con la mirada perdida, sin aquellas cadenas que las oprimían, sin esos muros que las encarcelaban.

Vieron al brujo… y recordaron, cada asignación forzada, cada embarazo doloroso, cada niño arrebatado, cada número en lugar de su nombre y esos treinta años de ser funciones en lugar de personas.

Iris no lo pensó, ella sería quien lanzase la primera, se lo merecía, se lo debía a muchas y sobre todo a una, levantó una piedra. Recordó aquella pregunta que le hizo hace años, cuando ella era una niña enamorada, sobre qué quería elegir...y la lanzó.

La primera piedra golpeó en la espalda de Kabil haciendo que este tropezara y cayese de rodillas.

Kabil: [girándose, voz desesperada] ¡Soy Custodio! ¡No pueden...!

Pero ya no había marcha atrás y tras esa primera piedra vino otra, y esta le impacta en la cabeza.

Kabil: [cayendo completamente] ¡No!

Y luego más piedras y más manos golpeando, empujando y pisoteando.

Solo alguien emergió entre la tormenta de roca, era ahora o nunca, y ella no podía consentir esto, pudo elegir, en décimas de segundo de qué lado se iba a poner, podría lanzar una piedra más o ser el escudo ante la venganza.

Y la Doctora Marie Serval no pudo hacer otra cosa, después de treinta años ocultando un torrente de emociones hacia aquel brujo perturbado, ahora en su momento más bajo, se vio a su altura, por fin a su nivel, para confesar.

Se interpuso ante él y la muchedumbre.

Por un momento, ellas dudaron, pero esas mujeres, que habían sido números, funciones, variables y recursos, ya no podían detener el fuego de la venganza por cada niño muerto, por cada violación sistemática, por cada lágrima que no pudieron llorar.

Las piedras cayeron y los puños golpearon, y Kabil, el hombre que había convertido la falta de empatía en virtud profesional, yacía en el suelo cubierto de sangre y polvo.

Sus últimas palabras:

Kabil: [susurro] Arca… mi gen... la perfección.

Y murió, y a su lado, la única persona que lo amó en toda su vida, que lo aceptó como era, y que asumió que no podría nunca ser amada por alguien que la rechazaría solo por sentir.

Se apagó junto a él.