Capítulo 18. Virus
Virus
Había pasado una semana desde la muerte de Magnus y la colonia no paraba de murmurar al respecto, intercalando verdades con invenciones o con ensoñaciones sin propósito.
Los Custodios se debatían entre si aquello era una señal divina o el primer símbolo de la destrucción total, a la par que buscaban reemplazar al primer custodio entre los candidatos más cualificados o interesados en este propósito.
Eran demasiados acontecimientos seguidos en un lugar donde habitualmente no ocurría nada destacable. Y esto para el Orden era sinónimo de caos, algo que desde los primeros niveles se procesaba realmente mal.
El sonido que bajaba de la montaña cada tarde se propagaba como un gas anestésico, empapando a la colonia y sumergiendo a su gente en una nube de emociones.
Tras el estruendo aparecían los soles: círculos amarillos que conquistaban cada rincón, nivel tras nivel.
Brotaron en las letrinas, en los comedores y en las carretas de los túneles; incluso uno, amarillo y vibrante, tachaba la lente de una cámara de vigilancia de Kabil
Todo esto, tenía a la colonia sumida entre el caos y la emoción contenida por la incertidumbre de saber qué iba a ser lo siguiente, ¿qué pasaría ahora?
Las gentes del Nivel III lo veían como un desafío al sistema, sentían al fantasma amarillo como uno de los suyos, un libertador que se oponía al gris, y esto era algo que jamás se les habría pasado por la cabeza a estos habitantes, que, llevados al límite por el exceso de trabajo y la escasez de sus raciones, apenas podían pensar con claridad.
Mientras tanto en el Nivel II, aún con muchos de los primeros habitantes, cada detalle que les recordase el mundo anterior era adoptado como un pedacito más de su corazón roto.
Habían recobrado la energía y las ganas por levantarse cada día y aunque en algunas ocasiones, más de uno pudo ver algo extraño moverse entre las sombras, jamás delatarían al fantasma amarillo.
Lo que estaba claro es que algo estaba despertando en las gentes de la montaña, algo que les obligaba a hablar entre ellos, cosa que era realmente inusual.
Al hablar se opinaba y se encontraban distintos puntos de vista y lo peor de todo es que se generaba pensamiento y, sobre todo, pensamiento crítico, que siempre acababa orientándose al mismo sitio… hacia Vorak.
Los pensamientos se convertían en preguntas; estas, en críticas; y estas, a su vez, en rabia contenida que como un virus de hartazgo y desengaño se expandía entre la colonia.
Desengaño contra un Dogma que les había inculcado la idea de que el Orden era la salvación, pero que, al ver el primer atisbo de caos en esos soles amarillos, se había triturado contra el foro del Nivel I.
Cada día que avanzaban los turnos se hacían cada vez más lentos, como si los picos y las palas pesaran cada vez más, cuando lo que realmente era más pesado eran sus pensamientos y la ira que les llenaba el pecho.
En los invernaderos, los recolectores se sentaban a hablar a recordar viejos tiempos, y la producción de alimentos se fue estancando a niveles por debajo de los límites establecidos por Kabil.
Hasta que la situación explotó.
Tras un pesado día de trabajo, veinte Recolectores no habían llenado sus cuotas durante tres días consecutivos. El encargado reportó a Kabil y este ordenó la corrección. Treinta Guardias bajaron al Nivel II en formación intimidante con sus bastones de metal en la mano y moviéndolos con furia.
Capitán Guardia: [gritando] ¡Recolectores! ¡Formación!
Los Recolectores se reunieron, lentamente, sin reflejar ningún tipo de urgencia y, sobre todo, sin miedo visible.
Capitán: ¡Las cuotas no son opcionales! ¡Son mandato de Vorak! ¡Del Dogma del Acero! ¡Quien no cumpla será castigado!
RECOLECTORA: [desde atrás] ¿Castigado cómo? ¿Como castigaron a Magnus? ¿Dejándolo saltar?
Risas nerviosas.
Capitán: [señalándola] ¡Tú! ¡Adelante!
Ella se acercó sin resistencia, pero sin sumisión tampoco.
Capitán: [levantando bastón] Cinco golpes. Para recordarte tu lugar.
Recolectora: [mirándolo] ¿Mi lugar? [pausa] ¿Cuál es el tuyo?
El capitán vaciló, porque la pregunta era simple, pero la respuesta, la respuesta requería admitir que era carcelero, un opresor parte de un sistema que hizo que Magnus saltara.
El capitán la golpeó con un bastonazo en el hombro, pero ella no gritó: solo lo miró con unos ojos que le transmitían que ya no había miedo.
El Capitán no dio los otros cuatro golpes, estaba abrumado por la resistencia de aquella mujer. Se retiró mandando a los Guardias la misma orden.
Pero el mensaje había sido enviado por ambos lados. Por supuesto, este episodio de desacato no quedó aquí, y fue contagiándose como un virus a todos los niveles de la colonia.
Hasta que finalmente, llegó al horno de la montaña…
Nivel III — Gran Comedor:
Ciento cincuenta Extractores permanecieron sentados después de terminar sus raciones. No se levantaron para volver a túneles, sencillamente... se quedaron.
Supervisor: [acercándose] Turno vespertino comienza en cinco minutos. Vuelvan a los túneles.
EXTRACTOR JOVEN (28 años): [sin moverse] Tenemos hambre todavía.
Supervisor: Recibieron ración completa. Una libra de hongos. Un cuenco de pasta.
Extractor: [mirándolo] ¿Y ustedes? ¿Cuánto comieron los Custodios hoy?
Supervisor: [incómodo] Eso no es asunto tuyo.
Otro Extractor: [levantándose] Hicimos cálculos, los Custodios comen 2 o 3 veces nuestra ración. Pero nosotros cavamos. Nosotros sostenemos los túneles. Nosotros hacemos que el carbón llegue a los braseros. ¿Por qué comemos menos que los que no hacen nada?
Supervisor: [buscando respuesta] El Dogma... el Dogma asigna recursos según función...
Primer Extractor: [interrumpiendo] Magnus escribió el Dogma, y Magnus está muerto. Así que quizás el Dogma también murió.
Ciento cincuenta Extractores permanecieron sentados. No trabajando, solo... existiendo y demandando silenciosamente hasta que Fodos fue llamado.
Llegó con cuatro Guardias, su escolta personal.
Fodos: [meloso] Mis queridos trabajadores. Entiendo vuestra frustración. Pero la despensa es finita. Todos reciben según necesidad calculada.
Extractor Mujer: [gritando desde atrás] ¡Tú pesas el doble que yo y trabajas la mitad! ¡¿Dónde está tu necesidad calculada?!
Las risas de los extractores se extendieron a coro mientras Fodos palidecía de vergüenza.
Fodos: [a guardias] Saquen a los líderes. Cinco. Los más ruidosos.
Los Guardias se acercaron con determinación, pero los Extractores se levantaron, los ciento cincuenta como si fuesen uno, formando una pared humana.
Guardia: [retrocediendo] Son... son demasiados.
Fodos: [nervioso] ¿Qué sugieren entonces?
Extractor Joven: [desde el centro] Ración adicional. Diez por ciento más. Para todos los Extractores. O mañana nadie trabaja.
Fodos: [procesando] No puedo... Vorak tiene que aprobar...
Extractor: Entonces pregúntale a Vorak. [pausa] Esperaremos.
Se quedaron sentados toda la noche, ciento cincuenta Extractores en el Gran Comedor, sin trabajar, sin violencia, solo... esperando. Era la primera sentada de la historia de la montaña.
A la mañana siguiente, en el Nivel III, más de doscientos Extractores no se presentaron al turno vespertino. No por hambre, no por cansancio, no por enfermedad, ni siquiera por desgana, era porque simplemente no querían ir. Permanecieron en sus nichos, acostados.
Los Guardias avanzaron y finalmente los trescientos Extractores se levantaron. No con armas, solo de pie, bloqueando los túneles y formando una pared humana.
Y uno gritó:
Extractor: ¡Si Magnus pudo elegir morir, nosotros podemos elegir descansar!
Otro: ¡Si alguien vio el sol, queremos verlo también!
Otro: ¡Treinta años es suficiente!
Coro:
¡TREINTA AÑOS ES SUFICIENTE!
¡TREINTA AÑOS ES SUFICIENTE!
¡TREINTA AÑOS ES SUFICIENTE!
El Capitán retrocedió, entendió que ya no había retorno en esas gentes, y que el Comandante Vorak no iba a permitir esto ni una vez más en cuanto él reportase esta insurrección.
Se giró, como el que no quiere volver a mirar atrás, como el que abandona a un animal al borde de la carretera, sabiendo, que aquella será la última vez. Decidió que era el momento de reportar al Capitán Vorak y que ya no habría retorno.
Ese mismo día, a altas horas de la noche, cuando la situación pareció calmarse, una sombra sigilosa se movió entre la penumbra del Nivel II y el caos del Nivel III.
Se trataba de Oñara, ella realmente disfrutaba con este espectáculo, este desorden vibrante en el que todo el mundo necesita cosas e información adicional, o agua, como le gustaba llamarlo, era perfecto para ella.
Oñara había estado encubriendo a Torbe, en alguna ocasión consiguió que los guardias no lo viesen, le caía bien ese muchacho y, sobre todo, si tenía que posicionarse entre el brujo y el mago, prefería a Jassim.
Pero como nunca se puede ser único en ningún sitio, ella misma sabía, que alguien más competía para hacerse un hueco en esto que parecía ser una guerra de espías.
Sabía que los ratones de Fodos le pisaban los talones y que pronto darían con Torbe, pero necesitaba saber en qué punto estaban, todavía había una parte del plan de Jassim en la que ella podría ayudar y no podía dejar nada al azar.
[Despensa principal — nivel III — noche]
La anciana llegó a la Despensa, olía a hongos secos y metal oxidado. Fodos había estado atareado esa noche, la lámpara estuvo parpadeando y el depredador cobrando favores. Esto hacía que estuviese receptivo.
Fodos revisaba inventario cuando escuchó pasos arrastrándose y reconoció ese ritmo inmediatamente. La ciega nunca venía a la despensa, siempre enviaba a otra recolectora por sus raciones de agua. Esto hizo que Fodos afinara su olfato.
Interesante.
Fodos: [sin girar, voz melosa] Oñara. Qué sorpresa.
Ella se detuvo en el umbral de la entrada, apoyándose en su bastón que tanteaba el suelo.
Oñara: Fodos. [pausa] Disculpa la molestia. Vine por... una ración extra de agua.