Capítulo 16. El ángel caído
El ángel caído
Sombras en la noche recorren la montaña, las hay de muchos tipos, alargadas y estilizadas, cortas y achatadas por los polos.
Originadas por los destellos de los braseros del Pozo, por el parpadeo de los LED que bajan intensidad en todos los niveles, o simplemente las que originan las lámparas de calor de los invernaderos del Nivel II.
Pero a veces, las sombras tienen intenciones siniestras, otras veces ocultan secretos en la noche, algunas veces simplemente… lloran.
Estas sombras eran distintas, eran sombras decididas, con propósito y con fines grises, portaban un mandato que no debía ejecutarse en horas concurridas, ya que precisaba de la complicidad de la máxima oscuridad.
Eran botas negras, con pisada fuerte y decidida, no por convencimiento en el propósito sino por el origen de este.
La pareja de guardias grises bajó sola por las escaleras del Balcón, como escabulléndose de su oficio, ocultando su misión bajo su capa gris y las sombras de la montaña.
Al bajar los peldaños de la escalera de piedra que llegaba al Nivel II haciendo un caracol, como todas las de los niveles, sus siluetas oscilaban con las distintas luces de diversa naturaleza que las agitaban.
Sin hablar, con una pequeña lámpara de aceite, y sabiendo que la misión que portaban era tan secreta como importante.
Portaban un código negro, el tipo de orden que no necesitaba confirmación por su superior directo, ya que venía de más arriba.
Obviamente, el Jefe de la Guardia Gris, no estaba al corriente de este mandato, pero ellos no se cuestionaron eso, sino la sensación de traicionar al que era su modelo de vida en la colonia.
Con la determinación de quien necesita terminar algo desagradable cuanto antes, avanzaban en la soledad de la noche del Nivel II, su objetivo, el Internado.
Ambos habían ido a este lugar un par de veces cada uno, por asignación como premio de misiones que conllevaban más horas de lo normal y como pago que no podía suplirse de otro modo mejor que con la compañía de una reproductora.
Hoy tenían que portar una carga mucho más valiosa que su propia libido, el código negro se trataba de realizar un traslado, era una asignación directa. El destino, algún lugar del Nivel I, pero eso era algo, que ellos no querían ni saber.
Llegaron al portón del Internado, blanco, de acero pintado, con dos metros de alto y en la cima, el blasón de los Custodios. El triángulo gris con ojo negro, mirándolos, siempre mirándolos.
Dante golpeó tres veces, era la señal de código negro.
Boom. Boom. Boom.
Pasos del otro lado, la ventanilla pequeña se abrió.
Iris: [tono brusco] ¿quién toca la puerta a estas horas de la noche? ¿Acaso no sabéis que hoy no hay ninguna asignación programada?
Dante: [susurrando] código negro, 01.007.
El guardia, era Dante, un guardia que odiaba particularmente ese lugar, su hermana estaba internada, era una joven reproductora, a la que había tratado de ver en varias ocasiones y de la que nunca había podido saber cómo está. Él detestaba todo lo que rodeaba a este sitio.
Iris, entreabrió el portón y tomó el código leyendo su contenido. Alzó la mirada a los guardias, reconoció a Dante.
Iris: [aceptación] es correcto, está confirmado. Esperad por favor.
Amara, dormía, se había acostado pronto hoy, y estaba agotada, estuvieron limpiando todo el Internado, desde las salas de asignación hasta el comedor. Pero ella se sentía reconfortada estos días, era un día más que no era asignada a nadie, y eso significaba que Kael estaba cumpliendo su promesa.
La puerta de los dormitorios comunes donde dormían las reproductoras en literas se abrió despacio, como si aquello que fuese que tenía que ocurrir, no pudiese saberlo nadie más, como si ese código negro llevase la marca de la vergüenza a todo aquel que lo portase.
Iris sabía lo que significaba, y también conocía toda la historia alrededor de Amara y Kael, al fin y al cabo, ella misma recibió la orden directa del Jefe de la Guardia Gris sobre la asignación personal de Amara.
Y podía entender perfectamente que la chica se sintiese tranquila y segura por esto y por qué no decirlo, halagada, era un hombre muy apuesto.
La noticia de ese mandato era otra de esas cosas que Iris tenía que trasladar, que ejecutar sin pensar. Solo que había veces que el Dogma lo justificaba todo y otras veces en los que los caminos del Orden eran inescrutables...
Iris entró, quince literas para quince Reproductoras durmiendo. Caminó directamente hacia la litera de Amara. Tercera fila, lado izquierdo. Se detuvo y miró a la joven durmiendo, la envidiaba, era joven, era hermosa, su rostro pacífico en sueño, su cabello negro despeinado sobre almohada delgada.
Iris acarició ligeramente su rostro y deslizó su dedo índice por su cabello. Sintió algo, algo parecido a culpa, o a pena mezclada con rabia contra el sistema que hacía esto. Pero tenía órdenes que cumplir…
Tocó el hombro de Amara suavemente.
Amara: [despertando lentamente, confundida] ¿Mmm...? ¿Iris?
Iris: [susurrando] Levántate. Vístete. Tienes asignación.
Amara: [sentándose bruscamente, corazón acelerando] ¿Qué? No... no puede ser. Kael...
Iris: [interrumpiendo, voz más firme] Código negro, Amara. Directamente de Vorak. [pausa] No hay apelación.
El mundo de Amara se detuvo.
Amara: [sollozando] No... él prometió... que sería solo él...
Iris pudo notar la desesperación repentina de la muchacha y en un gesto de empatía, que raramente filtraba, puso su mano sobre el hombro de Amara.
Iris: [mirando al suelo] Lo siento. Pero tienes que levantarte. [pausa] Ahora.
Amara: [lágrimas ya cayendo] ¿Quién? ¿A quién me asignan?
Iris: [apartando mirada] No lo sé. El código no especifica. Solo... módulo en Nivel I. [pausa] Permanente.
Amara: [susurro horrorizado] Permanente...
Se vistió como una autómata, con sus manos temblando y sus ojos inundados en lágrimas que caían silenciosamente. La túnica blanca de Reproductora, que odiaba pero que había empezado a odiar menos cuando Kael prometió que sería solo él. Pero ahora...
Se tocó el pecho, donde guardaba, escondida bajo la tela, atada con un cordel alrededor del cuello, la insignia del Jefe de la Guardia Gris.
Una línea negra en metal plateado, que Kael se la había dejado, "Intencionalmente" pensaba ella, después de su primera noche juntos.
Como símbolo, como promesa y como prueba de que ella importaba.
La tocó a través de la tela, ahora… todo era mentira.
Iris la escoltó al pasillo. Las otras Reproductoras no despertaron, o simplemente fingieron no despertar. En la entrada, Dante y Marco esperaban. Amara los vio, dos Guardias con sus capas grises y sus rostros medio ocultos en el bochorno que sabían que arrastrarían para siempre tras esa noche.
Iris: [a los guardias] Reproductora 007. Como ordena el código.
Dante: [asintiendo] Entendido. [a Amara, voz más suave] Ven conmigo.
Amara caminó arrastrando los pies, condenada, porque lo era, porque así se sentía. Salieron del Internado, y la puerta y una parte de la vida de Amara, se cerró detrás de ellos.
Caminaban en silencio por el Nivel II, por delante de las fuentes de agua, al fondo los invernaderos donde Amara se crió, al fondo, a la derecha, las escaleras de caracol de piedra tallada que ascendían al balcón de la Guardia y a los niveles I y 0.
Dante avanzaba el primero con lámpara, Amara en medio, y el otro guardia, Marco atrás, en una procesión fúnebre.
Amara tocaba la insignia bajo su túnica constantemente, como si de un talismán se tratase, afanándose por guardar un recuerdo que había sido real.
Y sin pensarlo, actuando en puro instinto de dejar rastro, de crear evidencia, de gritar silenciosamente que esto importaba, tiró del cordel, este se rompió y la insignia cayó al suelo de roca polvorienta.
Ting… un pequeño sonido resonó levemente en la oscuridad del Nivel II, casi imperceptible para la mayoría, pero no para todos.
Dante: [girándose] ¿Qué fue eso?
Amara: [nerviosa] Nada. Solo... tropecé.
Dante la miró con la lámpara, Amara sostuvo su mirada, no mintiendo exactamente, pero no revelando. Dante asintió y continuaron en la oscuridad.
Veinte metros detrás de ellos, una figura se movió, una sombra que vivía incandescente en cada rincón de ese lugar y que no había perdido detalle de todo lo acontecido aquella noche.
Era Oñara, había visto a la joven salir, no sabía quién era, pero entendía lo que significaba. Código negro, un traslado nocturno, el secreto debía ser importante. Y había oído algo caer.
Esperó hasta que los pasos se alejaran. Hasta que la luz de la lámpara desapareciera en la escalera hacia el Nivel I.
Luego se acercó, sus manos, acostumbradas a navegar en la oscuridad, palparon el suelo.
Encontraron el objeto de metal, frío y con una forma específica, lo levantó y lo acercó a sus ojos casi ciegos.
Pero Oñara no necesitaba ver claramente, sus dedos leían mejor que ojos.
Una línea grabada. Parecía una Insignia militar, no cabía duda, era la del Jefe de Guardia Gris.
Oñara: [susurro para sí misma] Así que el halcón tiene un tesoro. [pausa, procesando] Y las sombras se lo llevan, le están robando…
Guardó la insignia en su túnica y casi sin pensarlo demasiado, comenzó a caminar. No hacia su celda, sino hacia arriba. Porque información como esta valía el riesgo y porque Oñara había decidido hace tiempo que si el sistema iba a romperse...ella ayudaría a empujar.
EL BALCÓN AL AMANECER
Balcón de la Guardia Gris — 05:07 horas
Kael no había dormido, llevaba cinco días sin dormir realmente. Solo siestas de veinte minutos, nunca más. Porque tenía que vigilar, tenía que asegurarse de que código negro no se ejecutara mientras estaba inconsciente.
Había pasado cinco días en el Balcón, patrullando, vigilando escaleras, interceptando cualquier movimiento sospechoso, y esa noche...esa maldita noche...se había quedado dormido.