Capítulo 13. La fe, el brujo y el poder #3
Hoy tenían reunión con Vorak, de esas reuniones donde se toman las decisiones importantes, estaría con el Brujo, sí, pero es el momento de contar lo que acababa de confirmar.
Tenían información, y no era cualquier chisme del Nivel III, era algo que podría satisfacer las inquietudes de Vorak, y de paso, alimentaría la fe que se estaba perdiendo, la gente en la montaña volvería a creer y él volvería a ser el político que fue.
06:00 junio año 30
Aposentos privados de Vorak
El capitán Vorak, divisaba su maquinaria desde lo más alto de la plataforma superior del Nivel 0, la brisa era distinta, era brisa, densa, como ese aire húmedo de la montaña que se te pegaba a la piel y siempre con ese regusto a quemado de carbón, pero era brisa, no obstante.
Se cumplían 30 años desde que llegaran a la montaña y aún rebotaban en su cabeza esos golpes estrepitosos contra la puerta principal del búnker.
No siempre, cuando está despierto y consciente, no sucede, ocurre cuando es más débil, cuando su subconsciente despierta, cuando el mundo que ha creado no le puede proteger.
Le ocurre cuando duerme. No siente culpa, él sabe que hizo lo que tenía que hacer, pudo salvarse a sí mismo y a un puñado de almas, pero no pudo hacer más.
Tuvo que tomar la decisión correcta en décimas de segundo y aún tiene clavadas las miradas de esos niños a los que no pudo dejar entrar, la desesperación de esas madres, que lanzaban a sus hijos contra la puerta del búnker cerrándose.
Recuerda cómo al cerrarse la puerta, notó como uno de ellos se estrelló contra la misma.
Sí, fueron momentos terribles, la ciudad estaba sumida en el caos, la lluvia ácida había llegado por fin, antes de lo esperado debido al cambio de las borrascas del Atlántico de los últimos días, pero ya estaba allí.
Y donde no llovía veneno ácido, era casi peor, una nieve de ceniza casi hipnótica se precipitaba lenta pero constantemente, sepultándolo todo, haciendo el aire irrespirable, quemando los pulmones y convirtiéndolos en roca.
No había lugar donde esconderse, sí, quizás en una casa bien aislada, puede que gente sobreviviese al principio, es posible, pero no más de unas semanas. En pocos días, el mundo estaría cubierto por veneno y polvo gris incandescente.
Es como si el mismísimo Belcebú hubiese despertado para traer su mundo al nuestro.
* * *
Vorak: [introspectivamente]
Yo solo, fui oportunista, qué se podía esperar de un simple capitán de ejército de tierra al que dejaron como custodia este fuerte de la OTAN, aquí nadie del ejército pudo llegar, a todos pilló de improviso el cambio de condiciones climáticas, y este lugar quedaría obsoleto, abandonado, ¿Por qué no iba a yo a usarlo?
Ahora, 30 años después, puedo sentir el palpitar d e este engranaje perfecto, ya nada estará al azar nunca más.
El capitán Nelson Vorak, odiaba en lo más profundo de su ser no controlar una situación.
No saber cómo va a comportarse algo o alguien, en ese aspecto se parecía a Kabil, solo que, con propósitos distintos, mientras que uno era meticuloso y anotaba cada detalle de variación de probabilidades de escenarios, el otro detestaba la sorpresa.
Desde niño había vivido con la incertidumbre del comportamiento volátil y veleta de sus padres, ambos músicos, su madre cantaba en un grupo de jazz en varios clubs nocturnos de la ciudad e incluso hacían minigiras de semanas, y su padre era saxofonista de ese mismo grupo.
A priori, deberían haber transmitido el amor por la música a su único hijo, pero paradójicamente, fue todo lo contrario.
El pequeño Charles, se sentía solo constantemente, no conseguía penetrar en esa burbuja que sus padres construían, ensimismados con su música y su vida bohemia, rara vez había tiempo para saber si Charles venía triste del colegio porque no le gustó el menú o porque alguien más fuerte y tosco que él le hacía la vida imposible.
Los fines de semana, que para cualquier niño es sinónimo de libertad, para el pequeño significaba ruleta rusa.
No saber si vería a sus padres o no, si comerían juntos o en qué estado llegarían por la noche.
Las noches eran todavía peores, cuando las horas se alargaban en la madrugada y lo que llegaba a casa era cualquier cosa menos un reflejo de paternidad…
Vorak decidió desde muy pequeño que no quería ese azar, que nunca ganaba en la ruleta y que prefería controlar esas situaciones. Por eso, en cuanto pudo, se alistó al ejército regular, donde encontró todo lo que añoraba y nada de libre albedrío.
Pero ahora, después de tanto tiempo, y aunque se sentía orgulloso de su obra, sentía desazón, desidia, por qué no decirlo, aburrimiento.
Cada vez más se refugiaba en los pequeños placeres que ese mundo podía proporcionarle, olvidándose del devenir de la colonia.
Cada vez menos, pensaba en cómo mejorar las instalaciones o en los planes de futuro para las nuevas generaciones. Se sentía cansado, avaro y egoísta.
Lo que más alteraba su curiosidad era lo que podían aportarle esas expediciones suicidas que mandaba al exterior, no por conocer la situación climática o el estado del ecosistema y aledaños de la montaña, no, quería productos que ya no existían, reliquias, cosas que anhelaba profundamente.
Al igual que las personas al hacerse mayores acumulan sus recuerdos por todos los rincones de su hogar, Vorak estaba empezando a necesitar pedazos de su vida, y conseguir esto tenía un coste muy elevado.
Hoy tenía reunión bimensual con el área científica y con el Supremo sacerdote. Dos seres antagónicos, a los que Vorak disfrutaba enfrentando, se imaginaba a dos escarabajos ciervo peleando por caer de una rama.
Pero no tenía ningún apetito por escuchar sus reportes, sus proclamas, sus peticiones, su… presencia. Solo había una cosa que le interesaba de esa reunión, la expedición 47.
Vorak se giró en la plataforma superior hacia la parte exterior del Nivel 0, y esperó sobre el suelo de roca pulida a sus invitados.
Kabil llegó primero por las escaleras en caracol que subían del Nivel I, con su bata blanca, sus gafas con lentes redondas que brillaban con el reflejo de las luces LED del techo y con sus carpetas, siempre con sus carpetas de informes y análisis.
Kabil: [con respeto] Vorak, buenos días, disculpa la espera.
Pedía disculpas, aunque era meticulosamente puntual.
Vorak: [altivo] Kabil, espero mejores noticias que la última vez.
Sin duda se refería al mantenimiento de las instalaciones.
Acababan de saludarse con un apretón de manos, cuando la ligera brisa del Nivel 0 se detuvo, el ambiente se cargó de repente y una sombra accedió desde la escalera.
Era Magnus, llegando al Nivel 0, lentamente como su proceder habitual, esto inquietaba a Vorak y exasperaba enormemente a Kabil.
Magnus: [solemnemente, e inclinándose ligeramente] Gran día, mi Lord.
Miró a Kabil y asintió con condescendencia.
Así, el poder, el brujo y la fe, se adentraron en los aposentos de Vorak, directamente a su despacho.
Al fondo, el ventanal que daba a la brecha y que parecía una extensión de la pasarela superior.
Situado en el medio del despacho, un escritorio de madera de caoba marrón oscuro, acompañado de dos sillas para la reunión.
Las sillas no cuadraban con el propio escritorio y costaba presentar cualquier documento a la persona que se sentaba al otro lado, casi era necesario levantarse para mostrar la información si querías que se atendiese correctamente.
Pero esa incomodidad de sus invitados daba a Vorak todavía más sensación de poder sobre su entorno.
Los tres ocuparon su posición, Magnus tardó algo más, ya que arrastrar los pies por el suelo de moqueta del despacho de Vorak ralentizaba sus movimientos.
Los tres hombres sentados en triángulo haciendo honor a sus cargos como Custodios.
Vorak en la cabecera, con su uniforme negro impecable y las manos entrelazadas sobre la mesa, mantenía una expresión neutra que ocultaba aburrimiento profundo.
Kabil a su izquierda, con sus gafas recién limpiadas, portaba tres carpetas de manila ordenadas frente a él con precisión milimétrica y su pluma favorita en la mano derecha, otra en el bolsillo del pecho.
Magnus a su derecha, siempre encorvado bajo su capucha puesta incluso aquí, porque odiaba la luz tan intensa de los LED y sus manos temblorosas sobre el regazo, escondidas bajo la mesa.
Un silencio inicial, solo perturbado por el zumbido de los LED y el goteo distante de alguna filtración que acompañaban la respiración controlada de Vorak esperando.
Vorak: [con firmeza] Comenzamos. Kabil.
El doctor empezó a mostrar sobre la mesa los diferentes informes que tenía preparados barajándolos como si fuesen cartas para evitar soltar los dos ases que traían en su baraja, no era el momento, no aún.
Kabil: [abriendo primera carpeta] Informe bimensual: marzo-abril, año 30. [pausa, ajustando gafas] Población total: 2.489. Estable respecto a período anterior.
Vorak: [mirando al ventanal] Continúa.
Kabil: [leyendo con voz monótona] Producción nivel superior. Invernaderos Nivel II: hongos comestibles, 847 kilogramos. Tubérculos, 1.240 kilogramos. Proyección anual mantiene tendencia decreciente del 2,3 % respecto año 29. Dentro de parámetros tolerables.
Magnus se movió ligeramente. Un pequeño ajuste de postura que hizo crujir la silla de metal.
Kabil no levantó la vista.
Kabil: [continuando] Producción mineral.
Nivel III, túneles activos: carbón, 3,2 toneladas.
Hierro procesable, 240 kilogramos. Azufre, 89 kilogramos.
Eficiencia por trabajador ha disminuido 4,1 % debido a...
[pausa, consultando nota] fatiga acumulada en extractores veteranos.
Recomendación: rotación con personal más joven cuando esté disponible.
Vorak: [interrumpiendo, todavía sin mirarlo] ¿Muertes?