Capítulo 12. Amor por designio #4
Amara: [sentándose en la cama] Eres el único, me han preparado durante mucho tiempo para esto, pero no me esperaba que fuese así, ahora sé, que nada será mejor que esto, y por eso me entristece pensar que algo así será solo un recuerdo para mí.
Único, esa palabra se le quedó grabada a Kael, no se había sentido tan especial nunca.
Por otro lado, notaba lo mismo que ella, lo de esa vez no fue igual a las anteriores asignaciones, fue distinto, tenían química, algo que, hacía saltar chispas, que hacía que el tiempo se parase y que nada más allá de ese cuarto importase.
Kael notó pertenencia, quería ser el único, el único para Amara, y mostrar hacia ella la misma lealtad que Hamso le mostró a él aquel día en el Pabellón de Acero.
Ahora entendió el valor de los sacrificios, sirven para que en el futuro sepas distinguir lo que vale la pena de lo superfluo y dejes tu alma para aquello que tiene valor real.
Kael: [miró a Amara a los ojos, con determinación] ¿Cómo te llamas?
Amara: [sonrojada] Soy… 00.., bueno me llamo AMARA.
Kael: [sentándose a su lado] ¿sabes? Creo que eres la primera mujer con la que hablo más de dos palabras.
Amara, estaba sorprendida a la par de enternecida, cada palabra que salía de la boca de Kael le parecía una sacudida a su corazón. Con una leve mirada de costado y una sonrisa cómplice…
Amara: [atrevida] Eso es porque no viniste antes a conocerme
Kael se sentía desafiado a la par de seducido, quería saber más sobre esa mujer, el tiempo se les acababa en aquel lugar que era solo un paréntesis en mitad de la montaña.
Él empezaba a darse cuenta de que esa mujer era un lujo peligroso que no podía permitirse y que sería complicado poder elegirla de nuevo.
Eso iba en contra del programa de optimización genética.
Ella recostó su cabeza sobre su hombro mientras él terminaba de calzarse las botas, en un último gesto de hacer que el tiempo se parase en ese instante.
Ambos sin apenas hablar, se decían todo lo que sentían, aquello no era justo.
No merecían desaparecer el uno para el otro, si había un sistema que les forzaba a no elegir cuando volver a verse, ese sistema no podía estar acertado.
Amara: [recostada en su hombro] gracias por hacerlo fácil, estuve muy asustada hasta que te vi entrar, no sé por qué, pero supe que esto no iba ser la pesadilla que me atormentaba cada día desde que entré a este lugar.
Kael: [levantándose] vine aquí buscando olvidar, tratando de calmar mi cabeza y sus voces, muchas hablando a la vez, [pausa] y ahora lo he conseguido, ya no hay muchas voces murmurando, ahora solo hay una voz… pero está gritando.
Amara: [con frialdad] aquí dentro da igual lo que grite, da igual cuantas voces me hablen, mi destino silencia todo aquello que se acerca.
Entonces Amara recordó lo que ella entendía que debía ser el amor.
Evocó aquellas noches en las que se quedaba dormida viendo cómo sus padres danzaban.
Se levantó y, abrazándose a Kael, trató de imitar lo que ellos hacían; lo rodeó y comenzó a bailar lentamente al único ritmo que su memoria conservaba…
Kael, sin entender demasiado lo que pretende Amara, la abraza y simplemente se deja llevar. Se balancea con ella suave y acompasadamente, mientras se funden en un abrazo interminable.
Kael: [se dirige a ella con pasión] Amara, yo soy Kael, jefe de la Guardia Gris, desde hoy pediré que me seas asignada a mí, solo a mí, yo seré tu ÚNICO.
Amara no sabía si estaba más sorprendida por saber quién era él, o por la afirmación que acababa de lanzarle.
No tenía claro de si eso era posible o no, pero si alguien pudiera hacerlo sería él.
Una luz se iluminó en sus ojos, como si hubiese alguna esperanza de que su vida pudiese ser diferente, como si aquello que tanto la aterraba solo fuese un mal sueño y como si aquel guerrero hubiese aparecido para sacarla de aquella oscura mazmorra.
No era consciente, de que, en realidad, quien había rescatado era ella a aquel pobre robot sin alma. Amara y Kael se fundieron en un abrazo, todavía a medio vestirse y con las matronas tocando la puerta.
Kael se desabrochó la insignia del brazo, la que se le atribuye como Jefe de la Guardia, el botón plateado, y lo deja con decisión sobre la mesita de noche mientras se sirve un vaso de agua.
Es su sello, él estuvo aquí, y ella podrá demostrarlo.
Con este gesto siente devolver la lealtad que le ha sido entregada y que él mismo ha traicionado.
Amara: [ilusionada] ¡te esperaré!
Kael abandonó el Internado, dando las órdenes precisas a quien se las tenía que dar, a Iris, sobre la asignación exclusiva que quería sobre la reproductora 007, insistió en que la orden era clara.
Sabía perfectamente que Kabil se opondría y que tendría que afrontarlo, pero en ese momento su cabeza y su corazón no cabalgaban juntos.
Esa noche, el jefe de la Guardia Gris, dejó de ser tan gris como debía ser. Su armadura se hizo más ligera y flotó sobre los escalones del Balcón en su ascenso.