Capítulo 12. Amor por designio #2
Tenso y con determinación, tapándose con una capa que había pedido a su escolta, se dirigió a la unidad de reproductoras.
No se sentía cómodo con esa situación, no le gustaba que le viesen acudiendo a la unidad de reproductoras, él no necesitaba cita consensuada, podía ir cuando quisiera, pero no era algo habitual en él.
En todo este tiempo solo recordaba haber ido dos veces con distintas sensaciones en cada una de ellas, que bailaban entre la indiferencia y lo avergonzante.
Kael sabía, que por mucho que se tapase, finalmente Kabil sabría que él había estado allí, y por algún motivo, Kael relacionaba esto con un símbolo de debilidad, que él no quería ni podía transmitir.
Pensaba en su padre, y en si él aprobaría estos comportamientos, desconociendo por completo que el mismo Vorak tenía mujeres a las que elegía directamente para él solo.
Sea como fuere, en este momento, todo pareció importarle menos que la decencia le importaba a Fodos. Algo pareció desvanecerse de la mente de Kael, algo como la creencia en todo aquello que lo había formado desde niño, de nuevo las dudas sobre si aquello, no estaría fallando.
Entonces, se sintió libre y se olvidó del correcto sistema por unos instantes. Se acercó a la puerta de metal del Internado y pidió acceso.
La puerta se abrió ligeramente, sin brusquedad, sin querer llamar demasiado la atención.
Si bien es cierto que a final de la tarde las luces del Nivel II bajan intensidad y casi todo el mundo descansa; también es cierto que hay mil ojos observando en cada rincón, pendientes de información que puedan usar para canjearla por media tosta de hongos.
Lo paradójico de este lugar es que forma parte del sistema de Kabil, de su orden, del proceso fundamental de la supervivencia, como la recolección de alimentos o la extracción de carbón, pero todo el mundo que acude aquí, lo hace a hurtadillas, como si en el fondo de sí mismos supiesen que es algo difícil de institucionalizar.
Internado
Repentinamente, alguien ha llegado al módulo de reproductoras y no hay ninguna disponible, porque todas tenían asignaciones.
Quien ha llegado es lo suficientemente importante como para no necesitar una asignación, y esto ha hecho que se tenga que disponer de Amara de manera urgente, aunque ella nunca ha tenido una asignación aún.
Esto es algo que no es muy relevante para el programa de reproducción, pero a Nivel Individual es algo que a Amara la tiene completamente bloqueada.
Amara deambulaba por sus pensamientos contradictorios dando tumbos entre su moral y su deber.
No sé porque, no debería estarlo, pero estoy aterrada, llevo años preparándome para este momento y sin embargo no me siento capaz. Si Nira estuviese aquí…
Tantas clases de formación reproductiva, mi selección, todo el tiempo que llevo viviendo en el Internado, todo esto tiene que haber valido para algo.
Somos el futuro de la comunidad, sé que tengo que contribuir, que forma parte de la cadena, de ser quien traiga a los nuevos hijos de la Montaña, pero no puedo dejar de pensar en quien será mi primera asignación, en cómo será ese momento, en que debo ser yo quien guie el acto, quien se encargue de que todo sea correcto acorde al procedimiento, pero no me siento con fuerzas de hacerlo.
¡Ojalá pudiese desaparecer!
¿Y si luego no sirvo?, ¿y si todo sale mal?, ¿y si nunca consigo tener hijos?
¿Me pasará como a Nira? Me enviaran al Nivel III y moriré cubierta de polvo en un túnel oscuro...
Es mi labor, es mi función, lo sé, pero ¿por qué no puedo seguir encargándome de los niños?, llevo un tiempo haciendo de matrona y creo que se me da bastante bien. Pero aquí solo vienen las mujeres del Nivel I que ya son más mayores y que su labor no puede ser otra que cuidar a los pequeños.
Además, he podido cuidar de primera mano de Torbe, despedirme de él fue terrible, no podré protegerlo fuera de aquí, pero creo que conseguirá valerse por sí mismo, ¡es tan despierto!
¡Tan feliz! … me recuerda a mi cuando era niña, creo que el será lo más parecido a tener un hijo que voy a experimentar.
Pero no puedo dejar de temer por él, es como tener algo puesto al fuego constantemente, no puedo cuidarlo a cada momento de su vida, me temo que no podre cumplir la promesa que le hice a Nira.
Amara, había estado durante un tiempo retrasando sus funciones principales, para las que fue seleccionada, las de reproductora, a pesar de estar ya en edad de acometerlas. Debido a que se había sufrido un par de bajas en el área de matronas y ella se había encargado de suplirlas.
Ahora que llegaba el momento de afrontar su destino, muchos recuerdos le venían a su mente de su madre, cuando le cantaba los días que estaba triste o que ella misma necesitaba abstraerse de la rutina de los recolectores o cuando su padre falleció, siempre tarareaba una canción,
Si la muerte viene a buscarme, yo seré, yo seré valiente.
Cada día que yo resista, yo me haré, yo me haré más fuerte.
Soldadito fuerte y valiente, yo seré yo seré por siempre.
Por algún motivo, esto la calmaba y la conseguía mantener entera en otras ocasiones.
Respiró ocho veces, se concentró en todas las enseñanzas de Nira, empezó a recordar todas esas veces en que ella tenía asignaciones y en todos los pasos que ella hacía previamente.
Con la mente en blanco, empezó a funcionar como un autómata, se fue a su cama, debajo de la misma, tenía una caja, con su uniforme de reproductora, que no era otra cosa que una túnica de hospital con la parte trasera al descubierto.
Se aseó meticulosamente, quería oler bien, esto es algo que Nira le enfatizo mucho, “por mucho que nos traten como envase, somos animales, el olor es el lenguaje del amor”.
Era una frase que no terminaba nunca de entender, pero igual que no recordaba en exceso a la cara de sus padres, sí que había olores que le recordaban a ellos, como la tierra húmeda de los invernaderos, o el olor de la ropa de su padre al abrazarla. Quizás Nira se refería a eso.
Trenzó su pelo negro, que limpio parecía que brillase, era denso y fuerte y la trenza le llegaba a la cintura, al lavarse la cara, se podía apreciar el pequeño lunar que tenía bajo el ojo derecho, un pequeño punto que conseguía que prestasen más atención en su cara.
Sus ojos marrones oscuros, cambiaban a un tono meloso con el calor de las lámparas de aceite.
Realmente, era una mujer hermosa, y así se sintió durante unos instantes, sonrió junto al pequeño espejo de las literas y se gustó.
Entonces la llamaron,
Sala 4: [sonido metálico] reproductora 007, acuda a sala de asignación nº 4.
Amara recordó, que ya no era ella, ahora era la reproductora 007 y aunque parezca extraño, se sintió reconfortada, como si no fuese Amara quien fuese a ir a esta asignación, como si fuese otra persona, como si la reproductora 007 fuese otro papel para interpretar. Y eso, le dio confianza.
La habitación no tenía nombre, solo número. 4
Grabado en una placa de metal oxidado clavada en la puerta con dos clavos torcidos. Los números del 1 al 6 marcaban las seis habitaciones idénticas del pasillo este del Internado. Seis celdas blancas donde el sistema convertía biología en función.
Amara había pasado frente a estas puertas cientos de veces durante sus cuatro años aquí. Había escuchado sonidos filtrándose a través de las paredes de cal. Había visto mujeres salir con expresiones vacías. Había limpiado sábanas después. Pero nunca había entrado, hasta ahora.
La puerta era de acero pintado de blanco, o había sido blanco alguna vez.
Ahora era gris sucio con manchas de óxido en las esquinas donde la humedad perpetua de la montaña corroía el metal.
La pintura se descascaraba en el borde inferior, revelando capas anteriores, verde militar debajo del blanco.
Blanco como pureza, blanco como una clínica, blanco como un lienzo donde escribir una nueva vida.
Mentiras, todas.
El blanco aquí era blanco como hueso, como ausencia, como rendición.
La puerta tenía cerradura. Pestillo simple que se podía cerrar desde dentro. Iris le había explicado (voz monótona, como leyendo manual):
"Cierras el pestillo cuando él está dentro. Por privacidad. Para que nadie interrumpa. Abres cuando termine. Esas son las reglas."
Amara empujó la puerta con manos temblorosas, las bisagras chirriaron comiéndose el silencio del pasillo. Cerró la puerta detrás de ella y se quedó de pie con la espalda contra la puerta durante treinta segundos completos.
Sola respirando, mirando, procesando.
La habitación era de tres metros por tres metros, unos nueve metros cuadrados de funcionalidad brutal.
Una lámpara de aceite colgaba del centro, hecha de vidrio grueso, con una llama amarilla temblorosa dentro.
Proyectaba luz débil que creaba más sombras que claridad.
No había interruptor ni había manera de apagarla completamente.
La luz permanecía siempre, era un testigo constante.
Y más allá de las paredes, nada, silencio espeso. Las otras habitaciones estaban vacías esta noche, o si no estaban vacías, las paredes eran suficientemente gruesas para que no se escuchara nada.
Aislamiento acústico perfecto, para que nadie escuchara. Para que lo que pasara aquí permaneciera aquí.
Había exactamente tres objetos en la habitación. Una vieja cama, que era más una estructura de metal con un colchón que crujía. Amara lo supo sin tocarlo. Había escuchado ese crujido característico filtrándose desde otras habitaciones. Era metal fatigado protestando bajo peso.
Había una pequeña silla de madera, lejos de la cama, que básicamente servía para esperar, para sentarse antes, para ponerse la ropa, todo ligado al procedimiento en lugar de la pasión.
En una esquina, cerca de la puerta había una jarra de metal abollado y un poco de jabón, que servía para asearse antes y después del acto. Lo que no había en este cuarto nº 4 era ni tiempo, ni salida, ni distracciones.