La Revolución Amarilla Capítulo 12. Amor por designio
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Capítulo 12. Amor por designio

Amor por designio

Nunca me he sentido tan pesado, noto como si todo mi cuerpo fuese de plomo, cada paso que doy es un reconocimiento de mi culpa. Cada escalón que subo hacia el Balcón, me recuerda cada momento vivido con Hamso, cuántos días entrenamos aquí…nos caímos juntos, nos levantamos.

Competíamos y crecíamos, éramos como hermanos, ¿en qué momento le envié al Pozo?, cómo se me ocurrió que volvería de la expedición, ¡nadie vuelve! No puedo sacarme su rostro de la cabeza, estaba desnutrido, destruido, abandonado… hizo todo lo que pudo por volver, seguro quería mostrarme algo,

¿para qué volvió aquí?

Con lo testarudo que era seguro que fue para decirme que me equivocaba, o quizás, solo quería verme una última vez…

Y ese símbolo, lo había dibujado antes de morir, ese círculo con líneas saliendo… lo he visto en algún momento en los aposentos de mi padre, cuando era niño… puede ser algo del exterior.

¿Es posible que se trate del Sol? ¿Pero cómo sabría Hamso que es el Sol?

¿Cómo puede ser que de repente recuerde tantas cosas que parecían no existir en mis recuerdos?

¿cómo es posible que ahora sea capaz de poder ver a Hamso en muchas situaciones que hemos compartido?

¡No me lo puedo sacar de la cabeza!

Recuerdo aquel día, era un día como otro cualquiera en el barracón, todos habíamos vuelto del entrenamiento diario y nos preparábamos para formación.

Pero en el último escalón, un recluta torpe tropezó y se abalanzó sobre mí, no me hizo daño, pero me doblé ligeramente el tobillo. Nadie se dio cuenta, salvo Hamso, me levantó y me dio dos palmadas simultáneas en los hombros,

¡Arriba! ¡Arriba! ¡No querrás ser el último el día que viene El Capitán a hacer revista!

Mi padre bajaba ese día, y no lo había olvidado, no, llevaba toda la semana preparándome a conciencia y estaba algo desconcentrado, o nervioso, en ese momento.

Hacíamos formación, cuando noté que algo no iba bien con mi tobillo, me dolía, más de lo normal, no solía tener ningún tipo de lesión y estaba ofuscado conmigo mismo por tenerla justo ese día, odiaba a ese recluta torpe.

Llegó mi padre, y todos firmes formamos a su entrada al Pabellón de Acero, el jefe de la Guardia le acompañaba y también Kabil, no era nada habitual esa presencia en nuestro día a día, era un día clave para la selección de oficiales.

Era un día que yo, Kael, hijo de Vorak, ¡no podía fallar!, mi padre no había hablado conmigo en meses, pero no hacía falta. Su mirada se clavó en mí, en cuanto se pararon frente a los guardias que formábamos en el Pabellón, ni un gesto, ni un movimiento, pero yo sabía lo que significaba.

Tenía que enfrentarme a otros guardias, combate cuerpo a cuerpo, mi especialidad, nadie me había vencido nunca, ni siquiera siendo más joven, y todos lo sabían, porque si para mí era importante aquel día porque estaba mi padre, para el resto de los cadetes era vida o muerte, significaba tener una ración Nivel I o bazofia Nivel II durante toda su vida.

Era el momento, esta evaluación designaba los oficiales y los guardias, y había una gran diferencia.

Los oficiales, no hacían guardias nocturnas, siempre dormían 7 horas, y vigilaban el Nivel I, con acceso al módulo de reproducción y con ración Nivel I.

Los guardias, eran el martillo del Balcón de La Guardia, ellos estaban en todos los lugares de la montaña, desde el Nivel II al mismísimo Pozo Oscuro.

A lo más que aspiraban era a ser de los elegidos por Fodos, pero poco más.

Eso sí, formaban parte de la Guardia Gris, por lo que vivían en el barracón y su ración era bastante mejor que la del resto de los niveles inferiores. Pero lo que se decidía hoy, era si ascendías a la élite o controlabas las masas.

Yo no debía tener ningún tipo de problema en pasar esa prueba, para mí era rutina, un día más en la oficina.

Pero no estaba bien, el tobillo se me estaba hinchando y era cuestión de tiempo que no pudiese caminar.

Me estaba empezando a preocupar, pero por otro lado pensé, hasta cojo soy capaz de vencer a muchos de estos cadetes, lo he hecho a veces con un solo brazo, pero…

hay cuatro o cinco que son de más nivel, con ellos si tengo que emplearme a fondo, si me toca uno de ellos…

No quiero ni pensar que se le pasaría por la cabeza a mi padre si me ve caer en la arena del Pabellón contra otro cadete… qué decepción, que dolor, que humillación, no sé qué es lo que haría conmigo.

Mi cuerpo se congeló estaba paralizado, y entonces sonó mi nombre por la boca del oficial que hacía el sorteo de emparejamientos.

¡Kael! contra… mi corazón se encogió, Hamso...

¡No me lo podía creer!, él era el segundo a tercer mejor luchador del barracón, entrenaba a diario, y era fuerte y rápido, su sueño era ser oficial, llevaba años preparándose para ese momento.

Por primera vez en mi vida, tuve miedo, no controlaba la situación, aquello no dependía de mí, noté como mis botas se clavaban en el suelo, mis rodillas rígidas y mi mandíbula tersa.

Nos llamaron al círculo de batalla, Hamso ya estaba allí, estirando, calentando sus músculos, para él, luchar contra mí era el máximo nivel. Nunca me había ganado, aunque combatimos tres veces antes y el último combate en concreto, fue especialmente divertido porque sentí que él mejoro bastante.

Me posicioné en el círculo de batalla, mentalizándome y abstrayéndome de todo lo que rodeaba mi mente en ese momento, de toda preocupación para centrarme en mi modo de combate, pero al primer movimiento, el tobillo me recordó donde estaba el problema.

Se notaba demasiado, yo no solo debía ganar, sino que tenía que parecer un modelo perfecto, no podía ganar con movimientos torpes y ese dolor no me permitirá usar mi técnica perfectamente, estoy iba a ser un desastre.

Mi mente lo asumió y mi cuerpo se destensó, como esperando el fin de manera rápida y sin dolor.

Pero Hamso se dio cuenta, sabía que aquel cadete idiota me había lesionado en esa caída, en décimas de segundo, mostrando una empatía increíble para el lugar en el que estábamos, entendió todo lo que se me pasaba por la cabeza y creo que, sin apenas pensarlo demasiado, decidiendo en ese preciso instante todo su futuro y enterrando todos sus sueños, mostró el mayor gesto de lealtad que he visto en mi vida.

Hamso hizo y movimiento torpe, atacó mal, pero no un movimiento que desde afuera pudiese entenderse como un error, no, tenías que saber luchar en ese barracón para entender que se había equivocado con ese movimiento.

Noté, que me miró levemente de reojo, y pude palpar su fidelidad, supe que quería que le venciese.

Rápidamente ejecuté mi movimiento sobre su flanco débil que dejó al descubierto, golpeé, seco y directo.

Dejando a Hamso tumbado en el suelo en mi costado derecho.

La pelea resultó espectacular a ojos del espectador y todos aplaudieron, incluso vi un gesto de aceptación de mi padre al sonreírme levemente, se sintió orgulloso.

Nunca hablamos Hamso y yo de esto, al día siguiente me ascendieron con honores a oficial, convirtiéndome en el más joven en llegar al cargo, mi padre me envió un mensaje de felicitación incluso.

Me fui a vivir al Nivel I, y Hamso quedó en el barracón asumiendo el destino que había elegido por salvar al hijo de Vorak.

Es cierto que cuando me convertí en Jefe de la Guardia, lo primero que hice fue convertirlo en parte de mi escolta, y eso le facilitó su vida, pero en parte también lo hice porque él lo merecía por méritos propios, era uno de los mejores.

Kael no podía entender por qué todos estos recuerdos golpeaban su mente como martillos a un yunque, él no estaba pidiendo recordar esto, él no debía pararse en este tipo de emociones vacías que no conllevan a nada más que la debilidad.

Trataba de repetirse el dogma del Guardia Gris una y otra vez mientras subía las escaleras del balcón.

“Soy la Línea Negra que divide el orden del caos. No pienso. Obedezco. No siento. Ejecuto. No dudo. Protejo. Mi vida no me pertenece. Pertenece al Refugio.”

Pero el corazón le brincaba en el pecho como queriendo romper la piedra que lo encarcelaba, el estómago se le encogió, oprimiéndolo hasta convertirse en una bola dura.

Empezó a sentirse fatigado, le faltaba la respiración, y no era por los escalones, los había subido cientos de veces, no estaba cansado.

La falta de oxígeno o el aumento de dióxido de carbono, en su cuerpo empezaron a conseguir que Kael se marease, tuvo que agarrarse a uno de sus escoltas y sentarse en lo más alto de la escalera del balcón.

Reconocía esta sensación, lo había vivido antes, pero quedaba muy lejano, cuando apenas era un niño y no podía dormir, como si miles de pensamientos rebotasen en su cabeza tan rápido que no era capaz de procesar cuál era el más importante, cuál era la prioridad.

Y es que el gran jefe de la Guardia Gris no recordaba tener emociones, no asimilaba tener que gestionarlas y sobre todo no sabía lo que era la ansiedad de la frustración.

Por un lado, el código del Orden, el dogma de Acero y todas las enseñanzas que había recibido desde niño, le indicaban lo que era lo correcto. Por otro lado, su interior le gritaba que se había equivocado y su propia lealtad al orden le indicaba que por dentro tenía un caos brutal.

El joven líder ordenó a su escolta que se marchase, se le había ocurrido una solución al vacío que sentía, algo que en otras ocasiones había aplacado su desasosiego interior.

Se dirigió escaleras abajo de nuevo, hacia el Nivel II, era tarde pero no lo suficiente y él no necesitaba a su escolta para lo que tenía en mente.