La Revolución Amarilla Capítulo 11. Hallazgo inesperado
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Capítulo 11. Hallazgo inesperado

Hallazgo inesperado

Alan:

No ha tocado la sirena, el día aún no ha empezado y es como si la oyese en mi cabeza retumbando, tan insistente como impertinente, otro día más, a veces pienso en cuando me voy a quedar sordo para dejar de escucharla.

No sé exactamente qué hora es, pero no he podido pegar ojo esta noche.

Hoy me pesa más el cuerpo de lo normal, últimamente la comida está siendo particularmente peor que antes, eso o mi cuerpo directamente ya no la tolera.

Hoy voy a imaginar que desayuno un tazón de cereales de chocolate con leche, cómo amaba ese desayuno, cómo crujían, cómo sabían, cómo se mezclaban y empapaban en leche hasta deshacerse… si lo pienso se asemeja bastante a la sopa de bichos y tubérculos que nos sirven, solo que esta sabe a… a nada.

Tengo que decir que llevamos unas semanas sin perder a nadie, y eso aquí es todo un hito.

Es muy frustrante tener compañeros con los que compartes el Pozo día tras día, en los que a veces les ayudas en sus tareas y otras veces simplemente les cobijas de los guardias, y que luego de repente, fallecen, de un día para otro, se van y te dejan aquí.

Te abandonan y se llevan consigo los favores que te deben, las paladas de más que se cobraron de ti y las carretas que no cargaron.

Llega un momento en el que morirse me parece un acto de egoísmo brutal.

Por no hablar, de esas historias incompletas, esos recuerdos que se dejan a medias porque no son capaces de verbalizarlos o porque les entra sueño, o muchos de ellos, porque se quieren hacer los interesantes y te dejan las historias a medio acabar.

Creo que debería haber un registro donde la gente aquí abajo deba dejar constancia de los favores adeudados para que cuando se vayan, no lo hagan sin más.

Por otro lado, ninguna historia debería quedarse nunca sin terminar, hoy mismo me voy a encargar de que Jassim nos termine de contar qué demonios ocurrió con los túneles que descubrió, quien sabe si mañana estará aquí o se habrá ido ya.

La verdad es que a veces prefiero que sean como Emro, que lleva años sin hablar, al menos es buen escuchador y nunca deja historias inconclusas, aunque tararee solo estribillos de las mismas canciones, son canciones que ya se conocen, por lo que, si mañana no está, no sentiré que me deba nada…

Como detesto a la gente que se muere antes que yo.

* * *

Alan divagaba mientras seguía con su rutina diaria de revisión de literas y de despertar a sus compañeros del Pozo.

Últimamente llevaba semanas un tanto disperso, como si la fluidez de sus ideas se estuviese apagando, supongo que simplemente estaba alcanzando los niveles normales para el Pozo, tras más de veinte años allí abajo, lo verdaderamente increíble es que este hombre tuviese cordura.

Lo que estaba claro es que el cuerpo ya no le iba a fallar, se había adaptado a vivir allí, a la comida repugnante, al dormir en la piedra, a trabajar en túneles infestados de ratas y al olor nauseabundo de la fosa. Él era evolución pura.

Pero cuando tu cuerpo no revienta lo hace tu cabeza, y este pobre viejo llevaba tiempo ya viviendo más en sus recuerdos que en la realidad.

Se seguía viendo, impartiendo clase en la universidad, debatiendo con sus alumnos sobre la relación entre la geopolítica y la historia para tratar de adivinar el futuro.

Seguía viendo todas las noches a Illana, su mujer, y soñaba que abrazaba a su hijo, que le fue arrebatado al entrar a la montaña. Durante muchos años, ese fue el único motor que le mantenía vivo, activo y recordando, el mero hecho de poder ver a su hijo y contarle quién fue su madre.

Pero cada día que pasaba en el Pozo le acercaba más a la desconexión con el mundo que le rodeaba y lo introducía en un letargo cariñoso, que hacía que le resultase más placentero vivir en su memoria que en la vida real.

Muestra de este apagón de Alan es que ya no tenía la curiosidad de antaño.

Hacía ya unos meses que Jassim, el gran ingeniero que orquestó media montaña, por no decir toda, estaba allí abajo, con él, comían juntos, dormían a cinco metros. Pero Alan no le preguntaba nada, es como si no le interesase en absoluto el motivo por el que estaba allí.

En cierto modo, se alegraba, en parte le culpaba de todo esto, pero, por otro lado, le conocía, no personalmente, pero sí sabía por los años que pudo vivir arriba, que Jassim no era una persona con malas intenciones, la prueba es la situación en la que se encontraba.

Había algo en el interior de Alan, que tenía miedo por preguntar a Jassim, él sabría cosas que se llevaba preguntando durante años.

¿Sabría Jassim algo sobre su hijo?

Eran preguntas, por las que quizás, no quería conocer la respuesta, verdades que harían que se tambalease lo único que le mantenía con vida aún, que eran sus memorias.

Al otro lado, como si nada fuese con él, sentado en su litera de roca y con una sonrisa de oreja a oreja, estaba Emro.

Como si estuviese en otra dimensión, letras, sonidos, canciones resonaban en su cabeza trasladándolo a lugares insospechados, algunos de sus recuerdos y otros a los que jamás visitó.

Sesenta y ocho años de vida convertidos en ceniza viviente.

Encorvado por la edad y el Pozo, con el cabello blanco largo y sucio cayendo sobre hombros huesudos.

Las manos, alguna vez ágiles sobre cuerdas de guitarra, ahora temblorosas y callosas, con dos dedos torcidos que se rompieron y nunca sanaron correctamente.

Le faltan varios dientes, lo que hace que su sonrisa sea más hueca que forma, pero cuando sonríe hay una calidez genuina que contrasta brutalmente con el lugar donde vive.

Los ojos hundidos pero brillantes, como brasas bajo ceniza. La piel manchada de carbón y tiempo, arrugada como papel viejo.

Lleva harapos que fueron ropa hace una década, remendados tantas veces que es difícil saber qué era originalmente.

Se mueve despacio, con la cautela de quien sabe que los huesos ya no perdonan caídas. Pero cuando tararea, y tararea constantemente, bajito, melodías de Beatles y Dylan y Morrison, algo en él se endereza, se vuelve más joven, como si la música fuera la única medicina que funciona.

Huele a sudor viejo y carbón y a los años acumulados en el calor del Pozo. Es el tipo de hombre que debería haber muerto hace una década, pero que sigue vivo porque aún tiene canciones que enseñar, melodías que preservar, música que transmitir antes de que el silencio lo reclame.

Aún duerme con su vieja guitarra, esa que consiguió rescatar el bueno de Hamso del almacén general de la Guardia Gris, y que le costó el destierro al Pozo.

Nunca hablaron de ese asunto, pero al verse ambos entendieron que el motivo del castigo de Hamso fue en cierto modo, devolver aquel viejo trasto a ese músico tarado.

La guitarra apenas sonaba, estaba medio rota y parecía tener operativas dos cuerdas, de hecho, Emro ni las tocaba, pero parece que al cogerla se extrapolase a otro momento, a esos viajes que contaba en su día sobre vacaciones en Portugal, esas rutas con su banda de músicos ambulantes que circulaban por infinidad de pueblos y que iban buscando cada noche otro cuerpo de mujer.

Para alguien tan bohemio como él, un ser con alma de marinero mercante, alguien sin patria ni bandera, le resultaba sencillo no encariñarse con nada, pero le mataba el mero hecho de estar aislado.

Es por esto por lo que hace tiempo eligió el camino de su propia introspección hasta el punto de rozar el autismo.

Pero hoy, no sería un día más en el Pozo, hechos extraños, sucesos paranormales estaban a punto de desencadenarse.

Era demasiado temprano aún, no era la hora de todos los días, era pronto hasta para cualquier Guardia Gris.

Alan se percató el primero, algo fuera de lo normal estaba aconteciendo, algo que como si de un pellizco se tratase, le despertó de su letargo y le trajo a la realidad.

Miró a Jassim, como si él pudiese explicar algo, al fin y al cabo, era el padre de la criatura.

Pero Jassim se quitó las gafas y se las limpió con esmero mientras se acercaba a Alan en silencio, aún dormían la mayoría de los habitantes del Pozo y los que no dormían, no prestaban ya atención a nada.

4:00 am

El montacargas descendió con ese crujido metálico obsceno que resonaba en la grieta como campana rota anunciando muerte.

Veintiocho metros de caída controlada en una oscuridad casi total.

Con una mujer de cincuenta años que fingía ser ciega envuelta en una manta raída, acurrucada en la esquina del montacargas como si fuera carga olvidada.

El guardia que operaba el sistema de poleas, Dante, veintitrés años, con una conciencia que empezaba a morderlo por dentro, no miró hacia abajo mientras bajaba la plataforma. No quería ver. No quería saber.

Oñara le había dado algo invaluable tres días antes, información sobre su hermana, una joven reproductora de 14 años, que fue asignada con anticipación, según el informe de la Doctora Serval, “secuenciación genética muy favorable”, que convirtió a la muchacha en un envase a utilizar cuanto antes.

Le había dado el poder de saber, el motivo por el que su hermana falleció antes de tiempo, aunque aquello era lo único que podía ofrecer a quien no podía cambiar nada.

A cambio, esta noche, Dante no veía a la mujer en el montacargas.

No escuchaba el crujido extra del peso, no reportaría nada, y rezaba, aunque no creía en dioses, para que nadie descubriera su ceguera voluntaria.

Oñara no tenía miedo a las alturas. Tenía miedo a muchas cosas, al hambre, a la crueldad casual, a morir sin propósito, pero no a caer.

Si caía, caía. Había peores formas de morir que rápido contra la piedra.

Mantuvo los ojos cerrados, innecesario, pero el hábito de treinta años de fingir ceguera era difícil de romper, y contó los segundos del descenso.

Cuarenta y ocho segundos. Un poco más lento que el descenso normal de veinte kilos de carbón. Porque ella pesaba cuarenta y dos kilos de huesos y determinación.