La Revolución Amarilla Capítulo 10. La Expedición 47 #2
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Capítulo 10. La Expedición 47 #2

Había sido un centro de distribución, algo improvisado o un almacén grande, con muelles de carga y estacionamiento para camiones. Ahora era solo cimientos y vigas rotas, una estructura de acero retorcida, con las paredes de hormigón agrietadas, y todo cubierto por la ceniza perpetua.

Adentro, protegidos por el techo parcialmente intacto, encontraron suministros. Habían encontrado aquello por lo que realmente Vorak les había enviado al infierno, a por sus tesoros. Se sintieron aliviados.

Comida enlatada oxidada pero sellada. Agua embotellada cubierta de polvo, pero potable. Mantas. Herramientas. Y una tienda de campaña de exploración, sorprendentemente bien preservada.

Se apresuraron a ir hacia ella buscando refugio, pero resultó ser ya el último refugio de alguien, dentro dos esqueletos abrazados.

Se habían quedado. Habían elegido morir juntos adentro antes que separados afuera.

Un sentimiento de abandono inundó los corazones de los expedicionarios, entendieron, que las gentes de aquella época asumieron su destino de la forma más cruel posible, sin escapatoria, lentamente.

Hamso cargó todo lo útil: latas, agua, mantas. Dejó los esqueletos donde estaban. Le parecía mal separarlos.

El quinto día, caminaban a buen paso, por alguna extraña razón, parecía que respiraban algo mejor. Llegaron a una zona donde todo parecía una planicie, gris eso sí, pero sin escombros.

Por un momento resultaba ser un lugar de paz, una zona donde no había horror, simplemente, no había nada. Todo transcurría con la calma previa a una tormenta, hasta que Ramos pisó mal.

El suelo cedió debajo de él. Cedió porque no era suelo. Era el techo de un sótano colapsado cubierto por treinta años de ceniza. Cayó cuatro metros. El golpe se escuchó hueco, al final.

Hamso y Chen se asomaron al borde. Ramos estaba en el fondo, con la pierna doblada en ángulo imposible y un pedazo de metal atravesándole el abdomen.

"Sáquenme," dijo Ramos con voz sorprendentemente calmada.

No podían. No tenían cuerda suficiente. Y aunque la tuvieran, moverlo con ese metal en el abdomen era sentencia de muerte.

Hamso bajó de todas formas. Usó su cuerda como arnés improvisado. Chen lo sostuvo desde arriba.

Cuando llegó al fondo, Ramos ya sabía.

Ramos: [sollozando] No van a poder, ¿verdad?

Hamso: [asintiendo con complicidad] No, me temo que no.

Ramos asintió. Miró el metal atravesándolo.

Ramos: ¿Cuánto tiempo?

Hamso: Horas. Quizás menos.

Ramos: [aumentó su nivel de súplica] ¿Pueden quedarse? No me dejen aquí solo… No.

Hamso miró a Chen arriba. Chen tenía los ojos rojos, pero negó con la cabeza. Quedarse era morir juntos.

Hamso: No puedo, no podemos, moriremos los tres, lo siento.

Hamso le dejó su lámpara de aceite. Y su ración de agua. Y su dosis de emergencia de analgésicos, que ambos sabían que Ramos usaría para otra cosa cuando el dolor fuera insoportable.

Hamso subió la cuerda dejando algo más que un compañero abajo; dejaba parte de la esperanza que tenía de volver con vida.

Sus planes de voltear la montaña chocaban con la idea de abandonar a un compañero y ser cómplice de su muerte.

Él no le facilitaría las cosas a aquel monstruo insaciable. No podría dejar solo a Chen.

Siguieron caminando.

A los diez minutos escucharon el disparo.

Ambos se quedaron inmóviles, ¿qué era eso? Se miraron, y comprendieron con tristeza lo ocurrido, aunque no podían ocultar la sensación de alivio.

Ramos se había quedado con una pistola de señales, la cual había usado para la señal equivocada.

Los dos supervivientes decidieron emprender la vuelta a la montaña, abatidos y cargados en exceso de víveres, no tenían otra opción de supervivencia.

Ambos notaban cómo los pulmones se iban atrofiando y como se agotaban cada día más.

Consiguieron llegar a unas ruinas de lo que parecía haber sido una casa de campo, no era gran cosa, pero a ellos les pareció un oasis en el desierto gris.

Establecieron el campamento para hacer noche, poca cosa, abrieron una lata de comida enlatada que le supo a gloria, acostumbrados a la pasta de bichos de la montaña y se calentaron con un fuego tenue.

El séptimo día, Hamso despertó y no vio a Chen.

Chen había desaparecido durante la noche. Hamso había dormido seis horas y cuando despertó, Chen ya no estaba. Lo llamó durante media hora. Buscó durante dos horas. Encontró huellas que iban hacia el oeste, cada vez más erráticas, hasta que terminaban abruptamente donde la ceniza era más profunda.

Chen había caminado dormido. O delirando. Se había hundido en ceniza profunda y la ceniza lo había tragado.

Otro final de película para el último héroe que envió La Montaña.

Hamso siguió solo. Paradójicamente la muerte de sus compañeros hizo que pudiese disponer de sus filtros y recambios de los respiradores, por lo que pudo continuar la expedición.

Pero eso no evitaba que se cuestionase durante todo el tiempo si lo que realmente les pasaba a las expediciones fuese por causa de las condiciones del medio o porque hubiese algo más allí afuera.

Realmente se sentía como Kael le había relatado, no sentía paz en aquel lugar, allí solo había destrucción y nostalgia, ¿cómo podía ser que algo tan hermoso como la compasión, la libertad o la música hubiese producido aquello?

, ¿realmente el ser humano se volvió tan egoísta con la opulencia que tenía en este mundo que no pudieron vivir en comunidad?

¿Qué capacidad de sacrificio tendría esa sociedad para no poder reponerse de algo así?

Y la idea que más le perseguía en su cabeza: ¿Este lugar está cambiando?, no es el infierno glacial que nos vendió Kabil, no es el paraíso no, pero tampoco es el Pozo... Y cómo de enorme debió de ser aquel volcán para que cubriese todo de ese gris perpetuo.

Lo que está claro es que si ese era el destino que les esperaba a los primeros habitantes de La Montaña, era completamente plausible que denominasen a Vorak como su salvador.

El octavo día casi sin poder descansar y con sus fuerzas llegando a límites más por agotamiento mental que físico, Hamso divisó la montaña, algo se encendió en su corazón cuando, alzándose en la nada, se elevaba el lugar que les había dado cobijo tantos años.

Y cuanto más se acercaba, más objetos iba encontrando, pero estos no eran tan antiguos, eran relativamente nuevos, seguramente de gente de las últimas expediciones, que aterrados decidieron desertar y quedarse aquí. Y fue entonces cuando la encontró.

Medio enterrada, casi invisible, pero estaba ahí.

Era una tienda de supervivencia del búnker, abandonada por alguien en su deserción.

Se apresuró a refugiarse en ella, estaba vacía, no había rastro de nadie, lo que sí encontró fue todo tipo de cachivaches extraños, como salidos de otro mundo, utensilios que jamás había visto.

Fue entonces cuando se acordó de sus amigos del Pozo Oscuro, de Alan y de Emro, y pensó en lo que les encantaría a aquellos viejos decrépitos ver todo esto.

Seguro que Alan empezaría a contar miles de historias sin parar de enlazarlas hasta que se quedase dormido y que Emro les contaría alguna de sus aventuras veraniegas con su grupo de músicos callejeros.

En fin… ciertamente no podrá cargar con todo esto, por lo que lo mejor será descansar hasta volver a reanudar la marcha.

Necesitaba descansar, ahora tenía algo de comida y los recambios de sus compañeros, no estaba lejos de la montaña y quizás solo quizás, podría conseguir su hazaña, volver dando la vuelta al mundo, a su mundo, a su montaña.

Hamso, cerró los ojos, y notó como el peso de aquel mundo cayó sobre él, miles de fantasmas y de voces le susurraron y aquella noche entendió que el significado de pertenecer a algo conlleva aceptar lo bueno y lo malo de ese algo.