La Revolución Amarilla Capítulo 10. La Expedición 47
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Capítulo 10. La Expedición 47

Dieciocho Kilómetros al Infierno Gris

La compuerta exterior se abrió con un gemido metálico que resonó como hueso rompiéndose.

Hamso fue el primero en salir porque era el que tenía mejor récord de supervivencia en simulaciones, lo cual era irónico considerando que las simulaciones habían sido diseñadas por gente que nunca había puesto un pie afuera y que trabajaba con datos de treinta años atrás.

Pero alguien tenía que ir primero, y Hamso había levantado la mano cuando nadie más lo hizo.

Junto a Hamso otro grupo, en total diez, se dividieron en dos.

Un nutrido y sorprendente cóctel de perfiles formaba la expedición 47.

Predominaban ladrones, críticos con el sistema, o castigados por cualquier motivo, en realidad en los últimos meses la cantidad de insurrectos se incrementó exponencialmente con la presión de la Guardia Gris sobre los niveles II y III.

Pero los que formaban este tipo de misiones, no destacaban por el motivo del castigo, sino por el efecto que generaban sobre el resto de la colonia.

Hamso se veía rodeado de chicos jóvenes, incluso habitantes del Nivel II que no habían sido condenados, estos eran proclamados como héroes y despedidos con honores.

El mismo Primer Custodio, les despedía en la puerta principal del búnker mientras el resto de los miembros de la formación permanecían incrédulos.

Hamso se mostró resignado, ya que por suerte o por desgracia, los tres héroes, iban en su grupo, lo cual hacía que su objetivo estuviera expuesto a ser vigilado.

La idea era clara, tenía que hacer todo lo posible por aprovechar esta ocasión que Kael le brindó.

Después de un tiempo en el Pozo Oscuro, Hamso aprendió a entender que la única opción que él tenía después de asaltar el Almacén de la Guardia era pudrirse en el Pozo, y que esta expedición era la baza final que Kael le pudo proporcionar.

Si existía alguna probabilidad de sobrevivir fuera, Hamso tenía que encontrarla, no cabía otra posibilidad, era eso o morir en el intento.

Recordaba las palabras del mago, Jassim le contó que al otro lado de la montaña tenía que existir otro túnel, una salida de emergencia y que esa opción podría ser viable para su supervivencia.

Según él, se cometía un error en explorar la parte frontal del búnker, ya que estaba más expuesta a la radiación y la lluvia ácida, que seguramente al otro lado de la montaña podría haber mejores condiciones.

Hamso tenía un plan alternativo al de la misión, y trataría de cumplirlo, de todos modos, ¿quién de esos muchachos le obligaría a hacer otra cosa allí afuera?

El aire lo golpeó como un puñetazo.

No era frío. No era calor. Algo peor, ausencia.

Como respirar vacío. Como si el oxígeno estuviera ahí pero diluido, mezclado con algo que los pulmones reconocían como equivocado.

Tosió. Los otros tres detrás de él tosieron también.

El técnico que los había equipado había dicho que los pulmones se adaptarían en diez minutos.

Hamso esperaba que el técnico supiera de qué hablaba.

La luz era lo primero que dolía.

No había sol. No exactamente. Había un resplandor difuso que venía de todas partes y de ninguna, como si el cielo entero fuera una lámpara sucia.

Gris. Todo era gris. El cielo gris como metal oxidado.

El suelo gris como ceniza compactada. El aire mismo parecía gris, cargado de partículas que flotaban perpetuamente, nunca asentándose del todo, como nieve de un invierno que duraba treinta años.

La luz quemaba las retinas de seres nacidos en las sombras.

Hamso dio tres pasos fuera de la compuerta.

La ceniza subía hasta los tobillos. No nieve.

Ceniza. Volcánica, fina como polvo de talco, pero pesada, acumulada en capas que habían tenido tres décadas para asentarse y compactarse y convertirse en algo entre tierra y muerte.

Con cada paso, el pie se hundía cinco centímetros y salía cubierto de gris.

El viento empezó a los cinco minutos.

No viento como los libros describían. No brisa ni ráfaga.

Era algo constante, bajo, que soplaba siempre desde el oeste con la persistencia de algo mecánico.

Traía más ceniza. Siempre más ceniza. Se metía en los ojos, en la nariz, en la boca.

Hamso escupió y la saliva salió gris. Se limpió los ojos con el dorso de la mano y solo consiguió embarrar más ceniza en los párpados.

"¿Respirador?" preguntó Díaz, el segundo día de la expedición.

Era uno de los tres “héroes” que fueron asignados al cuidado de Hamso, y el hijo del Custodio Amir Díaz.

Otros dos le acompañaban, hijos también de otros Custodios, Ramos y Chen, a saber, qué rebuscada artimaña estaría tejiendo el brujo para enviar a hijos de Custodios al infierno.

“Todavía no”, dijo Hamso. “Reserva para cuando empeore”.

Porque empeoraría. Siempre empeoraba.

Caminaron hacia el este, siguiendo las coordenadas que Kabil había calculado basándose en mapas de treinta años atrás y suposiciones sobre dónde podrían haber quedado asentamientos abandonados.

Dieciocho kilómetros en línea recta. Tres días de ida, dos de exploración, tres de vuelta si todo salía bien.

Nada salió bien.

El terreno no era terreno. Era sugerencia de terreno.

Debajo de la ceniza había cosas: rocas, edificios colapsados, vehículos oxidados, cuerpos.

Los cuerpos eran lo peor. Aparecían cada kilómetro aproximadamente, montículos bajo la ceniza que parecían piedras hasta que pisabas uno y sentías cómo cedía de manera equivocada.

Hamso pisó tres antes de aprender a reconocer la forma específica que hacían bajo la superficie gris.

No los desenterraban. No había razón. Llevaban treinta años muertos y la ceniza era su tumba y desenterrarlos solo traería ceniza a los pulmones y nada más.

La temperatura era incorrecta.

Debería haber sido invierno nuclear. Debería haber estado congelándose. Los informes de otras expediciones hablaban de temperaturas bajo cero, de hielo perpetuo, de un mundo convertido en refrigerador global.

Pero ahora, año 30, la temperatura rondaba los 6°C fresco, pero no mortal. Como un invierno perpetuo. Como si el planeta hubiera pasado tres décadas enfriándose y ahora estuviera lentamente, muy lentamente, empezando a recuperar calor.

Lo que significaba que quizás, solo quizás, Kabil estaba equivocado sobre la inhabitabilidad permanente.

Pero Hamso no dijo eso en voz alta. Decir eso en voz alta era traición, y era demasiado pronto para ejecutar su plan. Tenía que esperar a estar lo suficientemente lejos para que el resto de la expedición se plantease perseguirlo.

El primer día caminaron doce horas y cubrieron ocho kilómetros.

La ceniza se volvía más profunda cuanto más se alejaban de la montaña. En algunos puntos llegaba a las rodillas. Tenían que avanzar levantando las piernas alto, como caminando en agua espesa, y cada paso costaba el doble de energía que en terreno normal.

Decidieron detenerse a pasar la primera noche de travesía.

Díaz seguía manifestando problemas para respirar, el aire diluido más la ceniza inhalada más el esfuerzo, hacían que sus pulmones empezasen a colapsar. Tosió sangre gris y se quedó sentado en la ceniza respirando como pez fuera del agua.

"Respirador," ordenó Hamso.

Díaz se puso la máscara. Filtros de carbón activado que teóricamente limpiarían el aire lo suficiente para respirar. Funcionó. Más o menos. Díaz pudo seguir.

Pero ahora tenían un problema: los filtros duraban cuarenta horas máximo. Y tenían ocho días de expedición por delante.

Hamso empezó a plantearse seriamente que quizás su optimismo fue exagerado al pensar en su plan B.

La segunda noche acamparon en las ruinas de lo que había sido un edificio.

No quedaba techo. Las paredes tenían dos metros de alto, medio colapsadas, pero suficiente para romper el viento constante. Montaron las tiendas en el interior. Hamso hizo guardia primero. Los otros tres durmieron.

Era sobrecogedor, ver esos edificios enormes convertidos en polvo, por más que Hamso intentaba imaginar todas las cosas que le contó Alan, era completamente imposible.

La oscuridad era absoluta, no existía nada en ese mundo que se pareciese a las historias de sus compañeros del Pozo.

Sin estrellas. Sin luna. El cielo nocturno era negro sólido, sin un solo punto de luz. La ceniza perpetua bloqueaba todo. Hamso encendió su lámpara de aceite y la luz pareció patética, un círculo amarillo de dos metros que terminaba abruptamente donde empezaba la oscuridad.

Escuchó cosas en esa oscuridad.

Movimientos. Roces. Algo que podían ser animales o podían ser estructuras colapsando o podían ser su imaginación llenando el vacío con horrores. No investigó. Quedarse dentro del círculo de luz parecía la única regla sensata.

De todos modos, aquel lugar ya albergaba suficiente terror por sí mismo como para añadirle nuevos elementos, pero Hamso podía notar la presencia de algo, que los vigilaba y que con extrañeza y deseo parecía esperar su oscuro destino.

Fuera lo que fuese, era algo capaz de haberse adaptado a aquel entorno, por lo que tenía su respeto a la par de su temor.

A las 03:00, Díaz empezó a toser de nuevo. Hamso lo escuchó a través de la tela de la tienda. Tos húmeda, profunda. Luego silencio.

Por la mañana, Díaz no despertó.

Los pulmones habían cedido durante la noche. La ceniza se acumuló en los alveolos, convirtiendo el tejido en lodo gris. Murió sin hacer ruido, ahogándose en su propio interior.

Lo enterraron en ceniza. No tenían otra opción. Cinco minutos de cavar con las manos y desapareció bajo el gris.

Aquel gris que se tragaba todo, engullía la vida con solo tocarla, y según iban caminando, de nuevo, movimientos extraños.

Tres siguieron adelante.

Cada kilómetro que se adentraban en el inframundo era más terrible, encontraban estructuras de cosas que ellos no podrían ni imaginarse, esqueletos de coches, de casas, de edificios enteros, puentes…

El cuarto día encontraron el cadáver del edificio que buscaban.