Capítulo 9. El Pozo Oscuro #4
Este lugar es parte de Jassim y Jassim parte de este lugar, todo el mundo aquí le respeta, es una eminencia, pero verlo llegar aquí fue tan duro para todos como aceptar que esto es lo más similar al purgatorio que existe.
¿Cómo alguien que diseñó todo esto acaba aquí?
Él era lo único que separaba la cordura de la locura en el Nivel I.
Alan dejó sus pensamientos por algo más importante…
El momento más esperado del día, el desayuno llegaba por el montacargas a las 06:15 con la regularidad de un sistema que, aunque brutal, es al menos predecible.
Veintisiete cuencos de metal abollado.
Veintisiete raciones de sopa gris.
La sopa es proteína procesada disuelta en agua caliente con algo que podría ser sal y algo más que definitivamente no es sal pero que cumple una función similar de hacer el líquido menos insípido sin hacerlo exactamente sabroso.
Alan recibe su cuenco de manos de un guardia joven que no lo mira a los ojos porque mirar a los ojos a los hombres del Pozo requiere reconocer que son hombres, y es más fácil hacer este trabajo si no los reconoces.
Alan se sienta en el suelo junto al brasero del noroeste, Emro se sienta a su izquierda y Hamso a su derecha.
Jassim enfrente, todavía aprendiendo la geografía social del Pozo, y tratando de masticar su parte de culpa de que esos hombres estén allí.
Comen despacio.
No porque tengan mucho que comer. Sino porque han aprendido que comer despacio hace que el cuerpo registre la comida como más de lo que es, que masticar treinta veces cada cucharada en lugar de diez engaña al estómago haciéndole creer que está recibiendo más.
Es un truco. Pero los trucos son lo único que tienen.
Es hora de comenzar, los guardias les instan a moverse, especialmente a Hamso, al que tienen como un traidor y es raro el día que no le cae algún golpe de porra de más.
El trabajo del día es el trabajo de siempre: bajar a los túneles del Pozo, los que se abren en las paredes como venas enfermas, y extraer carbón.
Alan: [estirando su cuerpo con desgana] Hoy bajamos al Túnel 4, es el túnel que conozco mejor porque llevo trabajándolo de manera intermitente durante dieciocho años.
Conozco dónde la roca cede fácil y dónde resiste.
Conozco el olor del aire bueno y el olor del aire malo.
Conozco el sonido que hace la pared cuando está a punto de desprenderse y el sonido que hace cuando solo está ajustándose al peso de la montaña encima.
Hamso: [cogiendo su pico y su pala] Creo que la veta actual está a doscientos metros de la entrada del túnel, es un pasaje de metro veinte de alto, tendremos que caminar encorvados todo el camino.
Alan: [acercándose a Hamso] Yo camino encorvado, mi espalda ha olvidado cómo se siente estar derecho.
Pero he aprendido algo que los jóvenes todavía no sabéis, no es cuánta fuerza tienes.
Es cómo la usas. Golpea donde la roca ya tiene grietas.
Usa el peso del pico, no la fuerza del brazo.
Descansa treinta segundos entre cada serie de diez golpes en lugar de trabajar sin parar hasta colapsar.
Emro: [escuchando a lo lejos] Eficiencia...
A las 09:30 un hombre de cincuenta años, tres posiciones más adelante en el túnel, colapsa.
El sonido es inconfundible, el pico cayendo, el cuerpo golpeando la piedra, el silencio que sigue.
Hamso deja su trabajo y camina hacia él, porque es el más joven, o simplemente por sentimiento de culpabilidad.
Hamso está muy pendiente de todos, especialmente en el túnel.
El hombre respira, pero está inconsciente.
Golpe de calor, probablemente. El túnel hoy está especialmente caliente, quizás 41°C, quizás más.
Nadie reporta el incidente a los guardias porque reportarlo significaría que el hombre sería evaluado como "baja productividad" y enviado... bueno, ya está en el Pozo. No hay donde más enviarlo. Así que simplemente lo dejarían morir en su litera, sin ración, hasta que el cuerpo cediera.
Las horas pasan entre martillazo y golpazo, entre carretas y cestos de carbón, puedes detenerte a escuchar el ritmo del Pozo, hipnótico y bello por instantes.
Como se sincronizan los sonidos de los picos con el chirriar de las carretas y de fondo, el tintineo de las gotas al caer por las grietas del Pozo.
Con la astucia de veintidós años en el Pozo, Alan ha aprendido a robar tiempo.
A las 15:00, cuando los guardias cambian turno y hay veinte minutos de supervisión laxa, se escabulle a una de las cámaras secretas que solo él, Emro y Hamso conocen.
Es un hueco en la pared del Túnel 4, escondido detrás de una roca suelta, apenas lo suficientemente grande para que un hombre se siente con las piernas cruzadas.
Alan se apresura a entrar y cierra la roca detrás de él, oscuridad total, silencio total.
A veces se queda allí pensando en cómo sería estar muerto, que le metiesen en una grieta y quedarse allí, escuchando y viendo todo lo que sucede sin que sepan que él está allí.
Aquí no llega el sonido de los picos. No llega el calor de los braseros.
No llega nada del Pozo y por veinte minutos, está completamente solo.
Un lujo que no existe en ningún otro lugar de la montaña, donde siempre hay alguien mirando, siempre hay alguien escuchando, siempre hay ojos y oídos del sistema. En esta pequeña cueva en la roca, se puede pensar lo que quiera sin que nadie lo sepa.
Puede recordar a Illana sin que nadie lo vea llorar, puede imaginar un futuro donde su hijo le abraza, puede ser, por veinte minutos, un hombre con interior.
Luego vuelve a salir, y Emro le ha cubierto las espaldas, y Hamso ha cargado las paladas que le corresponden a él y los guardias aún no han vuelto.
Vuelve al túnel y nadie nota su ausencia, realmente parece un fantasma y… le encanta.
Entonces termina el día, hay alguien nuevo allí, y eso se huele, todos lo saben.
Como una parca del Hades, ha venido desde arriba a por uno de ellos, a por alguien que nunca debió bajar allí como un condenado.
Hamso, debe marcharse ya.
Hamso entiende perfectamente la situación, no se había dado cuenta de que ya se aproximaba la fecha, algo que Alan sí contemplaba, porque contaba cada día que estaban allí abajo y sabía que el momento llegaría en los próximos días.
Igual que un toro de lidia que esperaba su momento en los chiqueros, Hamso, afrontó su destino.
Hamso: [con coraje] ¡Vaya si han venido el perro de Kael! ¿Qué te parecen mis aposentos? Puedes quedarte el tiempo que quieras, aquí no existe el rencor ni la traición.
Dante aceptó con paciencia el desdén y la arrogancia de Hamso, al fin y al cabo, el poco tiempo que permaneció en el Pozo fue suficiente para que Dante diese por saldadas todas las deudas de Hamso.
Dante: [con rigor] Hamso, vengo por decreto del Orden, tienes que acompañarme, la expedición 47 te espera.
Hamso miró hacia atrás, hacia donde estaban de pie mirándolo, Alan, Emro y más al fondo Jassim. Dejó caer el pico y con él su entereza, notó dolor, más aún que cuando le condenaron a venir, no era la rabia del momento en que Kael le condenó, era más denso, era tristeza.
Y solo unas palabras atisbó a pronunciar…
Hamso: [apenado] Voy a volver… y les traeré el Sol.