La Revolución Amarilla Capítulo 9. El Pozo Oscuro #3
48%

Capítulo 9. El Pozo Oscuro #3

Cuando habla, la voz sale rasgada por años de respirar polvo, pero cuando cuenta historias del mundo de antes, esa voz se aclara y suena casi joven. Es el tipo de hombre que debería estar roto pero que de alguna manera sigue de pie, sosteniendo el peso de una civilización entera en su memoria.

Alan se despierta un día más…

Alan:

Toca la sirena de la montaña, un ruido molesto y constante, que de un bocinazo impertinente te llama durante dos minutos exactos a prepararte para tus tareas diarias. Aquí abajo, el ruido se hace más tenue, más como un susurro latente que te recuerda que sigues vivo y que esto continúa.

Despacio y sin mucha gana me levanto de mi cama, si se le puede llamar cama a un saliente en la roca tallada adornado con telas viejas, desechadas por la comunidad y que son arrojadas al Pozo como cáscaras de sandía a los cerdos.

Aunque llevo despierto desde hace dos horas, no tengo mucha energía para afrontar el nuevo día, pero después de sopesar numerosas variantes y simulaciones de lo que me gustaría hacer y de lo que no podría hacer, decido levantarme de un pequeño respingo y afrontar el nuevo día pensando en aquellos que ya no podrán levantarse hoy.

Es curioso cómo con el paso de los años esta montaña se ha ido convirtiendo cada día en un olvido perpetuo, en el que cada ser no sabe lo que es, simplemente aporta su granito de arena diario para que esto funcione, como el mecanismo complejo de un engranaje demencial.

Nadie sabe por qué funciona, simplemente lo hace, sin ningún motivo, sin ningún fin, no hay premio al final del esfuerzo.

Realmente la deshumanización es un hecho consumado.

Cada día, recitan las muertes por megafonía, este año pasado 149 muertes, con sus edades, nombres y función.

No se hace como si de un réquiem se tratase, no, es un recordatorio del funcionamiento de lo que Vorak llama, el Orden.

Con cada muerte, que, por lo normal, suele ser de habitantes que nacieron antes del cataclismo, se nos avisa, o informa, de que cada vez quedan menos personas que pudiesen recordar algún atisbo del mundo que dejamos fuera.

Cada muerte es la sepultación del recuerdo, la consagración del olvido.

Siempre que nos deja algún habitante mayor de 60 años, sabemos que los pequeños trocitos de luz que guardábamos en nuestro corazón se deshacen.

Hoy en día, año 30 desde que llegamos, la población nacida dentro de la montaña es superior a la que vino de afuera, por fin Kabil y su programa de control de natalidad, lo han conseguido.

Los habitantes que han nacido aquí dentro no son seres humanos, y no porque no sientan dolor y sufran, no, no son humanos porque no saben sentir amor, no entienden lo que significa la pasión de luchar por un objetivo, la motivación que movía a la humanidad por mejorar.

Sencillamente, la capacidad del ser humano de superar miles de dificultades para crecer por una meta.

Aquí directamente no hay metas.

Por no hablar del arte, la música, la luz, el color, conceptos que ya jamás existirán en sus mentes, esto hace que a veces, sientan emociones que no saben explicarse a sí mismos.

Porque, aunque los Custodios se empeñen en repetir día tras día su lema, La Libertad es Muerte.

El Orden es Vida, EL ORDEN NOS SALVA. Todavía Kabil no ha conseguido que los niños nacidos en la montaña dejen de sentir emociones, ni siquiera rodeándolos de oscuridad, separándoles de un arraigo familiar, machacándolos a trabajar día a día en condiciones infrahumanas, aún no lo ha conseguido.

Su último y maquiavélico plan, recuerdo que fue sobre el racionamiento de comida, como fue poco a poco limitando las raciones por niveles en la montaña hasta dejar que los cuerpos necesiten toda su energía disponible en respirar y trabajar, ya no pueden sentir.

Yo por mi parte, me sigo refugiando en mi interior, aquí abajo en el Pozo, me siento más libre que en cualquier lugar de esta Montaña, apenas hay luz, solo la de los braseros que nunca duermen y que nos ayudan a ser nuestro punto de reunión.

Aquí no me hace falta cerrar los ojos para recordar tiempos mejores, me basta con mirar cualquier punto neutro oscuro para poder ver el mar, y tu sonrisa.

Hay una luz del Nivel III, que se enciende cuando los extractores se adentran en los túneles, todos los días la miro, es tenue, pero me sirve, me giro a ella con los ojos cerrados, los aprieto y me digo a mí mismo que todo es un sueño y que el Sol brilla en lo alto de un hermoso día de verano, y que allí, abajo, junto a aquellos geranios pochos y las veinte plantas de aloe vera que parecen reproducirse sin cesar, estás tú, con la manguera, haciendo el pato y regando todo el patio menos lo que tienes que regar, esperando a que me asome por la ventana para mojarme, cosa que nunca consigues y acabas calada tú misma, ya que te pones tan nerviosa que la manguera se vuelve contra ti.

Sigo esperando ver tu sonrisa, aquella que era interminable y que espantaba las nubes de cualquier día gris, y por todos los demonios, parece que te sigo escuchando, metiéndome prisa para bajar a la playa a coger el mejor sitio.

Pero, cuando abro los ojos, todo eso no está, hace ya mucho que eso solo existe en mi memoria.

Por un instante desearía seguir con los ojos cerrados para siempre, viendo tu luz, respirando tu calor, pero luego me gritas, ¡¡corre!

! ¡¡corre!! ... y entiendo que estar aquí es un lujo que no debo despreciar.

Hoy es un día especial, cumplo 63 años y 33 como ciudadano de este lugar, prácticamente soy un veterano, de los pocos que quedan, de hecho, creo que solo quedamos otros 10 o 12 como yo.

Cuando llegamos aquí solo encontramos un oscuro Búnker a medio terminar y un barracón atestado de materiales viejos o descatalogados por el ejército, que curiosamente hicieron su labor a la jubilación ya que sin estos trastos no hubiéramos pasado ni dos semanas aquí.

Recuerdo que cada mueble viejo, cachivache en desuso o artilugio oxidado, eran como un tesoro en una isla desierta para nosotros. En aquellos momentos cualquier soplo de esperanza nos hacía seguir con vida, esperanzados e ilusionados con poder construir algo parecido a lo que habíamos dejado atrás.

Realmente no es sencillo sentir justicia hacia este lugar, si no hubiese sido por este refugio todos habríamos muerto en un día, no fue sencillo llegar hasta aquí y dejamos a mucha gente atrás.

Hoy lo que veo me hace pensar en que estábamos construyendo nuestro propio caparazón y que aquel hallazgo nos hizo acomodarnos y aferrarnos a algo que ya jamás existiría.

A veces, me pregunto si todos los habitantes mayores de 60 años, que aún sobreviven, al igual que yo, mirarán todos los días un punto neutro buscando su mejor recuerdo para darle color a este gris que nos rodea, ellos al igual que yo viven aún en este mundo deseando cerrar los ojos todos los días para ver si tiene suerte de soñar con tiempos atrás.

Lamentablemente los sueños son traicioneros, no siempre sueñas lo que quieres sino lo que añoras y perdiste, es por eso por lo que no me gusta demasiado dormir, aunque hoy será especial, hoy vendrás a verme, con tu luz y tu calor y con todo lo que se nos quedó por hacer, siempre vienes a verme el día de mi cumpleaños.

Me pregunto qué me dirías al verme, tan viejo, tan cansado, ya casi sin pelo y el poco que me queda es gris como todo en este lugar.

Mi cuerpo está muy castigado, este lugar, la humedad, la litera que parece querer convertirme en una piedra ...

apenas creo que pudiese abrazarte, pero sí que lo haría con todas mis fuerzas, para volver a sentirte y por Dios, tu olor, poder volver a oler tu alegría.

En fin…

vamos a ver qué me toca hoy... como si hubiese variedad de opciones.

No oficialmente, pero me han asignado una tarea que me honra, de recuento de vivos.

Cada mañana, mientras el resto de los confinados del Pozo se levantan de sus literas, cuento cuántos se levantan y cuántos no.

Esta mañana: veintisiete. Ayer eran veintisiete. Nadie murió anoche.

Es un buen día.

Emro se levanta tres literas más allá, moviéndose con esa lentitud artrítica de los sesenta y ocho años pasados en gravedad, humedad y calor. Me mira sin saludarme con palabras.

Un asentimiento de cabeza es suficiente. Sigues vivo. Yo también. Otro día.

Como viejo músico loco que es, siempre tiene el pelo largo y alborotado que se recoge con un cordón de un zapato de vete tú a saber de quien.

No habla demasiado, pero sé que siempre tiene una emisora de radio en su cabeza, que como si de un matinal se tratara, hora tras hora tiene programación, y donde escucha uno tras otro sus temas favoritos.

Su único error cometido, por el que está aquí abajo, fue precisamente ser lo que es.

Hamso ya estaba de pie, estirando los brazos con la energía residual de sus treinta y cuatro años, que comparado con el promedio de edad del Pozo lo convertía en algo parecido a joven.

Si para todos venir al Pozo es el fin de su vida, para Hamso fue el descenso al infierno personal.

Al fin y al cabo, él nació aquí, en la montaña, desde niño fue criado para ser de La Guardia Gris, y eso ejecutó durante años hasta que fue el reflejo emocional del fallo del sistema de Kabil, y claro, como en todas las buenas familias, los errores no se hablan, se ocultan.

Lo único que le queda de su vieja vida son sus botas de punta de acero de las que nunca se separa, dice que le hacen más fuerte. Ahora destinado a la expedición 47, espera aquí su turno.

Jassim, en la litera que consiguió finalmente después de semanas durmiendo en el suelo, se levanta con la cara de alguien que todavía no ha aceptado completamente dónde está.

Han pasado meses y cada mañana Jassim despierta esperando otro lugar, y cada mañana tiene que reaprender que este es el lugar.